Sal Pradelica — octubre de 1887 — Era del Estancamiento
Contexto histórico
Octubre de 1887. Ciento siete años después de la noche en que la montaña se abrió sobre Ivandir, el continente de Cross va por la séptima década de una guerra que ya nadie planea ganar. La Era del Estancamiento no tiene ofensivas: tiene turnos. Un comandante competente, en 1887, planea para aplazar.
Sal Pradelica es el quinto de los siete Estados internos de la Orden Clerical — cordillera este-central, de quinientos a mil doscientos metros, invierno continental seco. De ella sale la Sal de Sello: noventa mil toneladas al año, monopolio absoluto del continente, hallada por casualidad en 1781 dentro de las propias galerías-prisión por hombres que no sabían lo que tenían en las manos. Es la sal que hace el perímetro de toda aldea cristiana, de toda trinchera, de todo umbral de puerta entre el Mar del Coro y la línea. Sin Pradel no hay barrera en ninguna parte.
Y Pradel, como todo el resto de la Orden, funciona sobre once mil purificadores — número fijado por cálculo de necesidad en 1826 y nunca revisado. Desde 1881 mueren más de los que se forman. El déficit acumulado, en 1887, pasa de seiscientos. Nadie publica el número. Todos los Cardenales-de-Estado lo conocen.
Un purificador despierta la piedra. La minería laica produce mineral muerto; el clérigo escéptico produce mineral muerto; y un cartucho de Crisma Argénteo solo mata a un demonio si alguien con fe real pasó veinte segundos con él en la mano. No es metáfora. Es la línea de equilibrio sobre la que está sentado el continente entero.
En octubre de 1887, la semana siguiente a la Fiesta de Ivandir, la diócesis de Pradel-Este concluye que ya no puede guarnecer el sector. No hubo batalla. No hubo cerco. No hubo aviso al enemigo, porque no había enemigo al que avisar. Una orden administrativa retrasa la línea veintidós kilómetros y evacúa nueve aldeas.
Sin comunicado. Sin campana.
Es la primera pérdida de territorio del canon por desgaste de fe, y no por combate — y es la fecha que los inquisidores citan, de ahí en adelante, cuando hablan de los Ángeles que se agotan.
«Me preguntó el muchacho cuántos hombres tenía el enemigo para tomar su aldea. Le respondí que ninguno. Quiso saber entonces por qué la estábamos entregando. Le respondí que porque yo tenía cincuenta y un años y las manos me temblaban, y se rió, porque creyó que estaba bromeando.»
— declaración de Onésimo Farkas ante la Comisión de Investigación de Pradel, febrero de 1888, folio 12
I. La Medida
La balanza era de latón y tenía sesenta años, y Onésimo Farkas conocía cada uno de sus defectos como un hombre conoce los defectos de su propia esposa, es decir, sin notarlos ya y sin poder ya vivir sin ellos: sabía que el platillo izquierdo bajaba medio grano de más en mañana fría, sabía que el fiel se atascaba si alguien cerraba la puerta con fuerza, sabía que las pesas de medio gramo habían sido gastadas por tres generaciones de dedos hasta quedar en cuarenta y siete centigramos, y lo compensaba todo — llevaba veintinueve años compensándolo, todas las mañanas, sin anotar la compensación en ninguna parte porque no había dónde anotarla, porque el Canon Mineralógico de 1842 no preveía que una balanza envejeciera.
Levantó la mano derecha. Esperó.
Era eso, siempre eso, primero eso: levantar la mano y esperar, y contar cuántos segundos tardaba en aparecer el temblor. En los primeros años no aparecía nunca. Después aparecía al cabo de un minuto, y él creyó que era cansancio. Después a los treinta segundos, y creyó que era la edad. Ahora aparecía a los siete, a los ocho, a veces a los cinco, y ya no creía nada, porque tener ideas sobre el propio temblor era un lujo de purificador joven y Onésimo tenía cincuenta y un años y la cara de un hombre de sesenta y cinco, y sabía exactamente lo que era el temblor, y sabía que todo purificador antes de él lo había sabido, y que todo purificador después de él lo sabría, y que nadie en Aurum Roma lo había escrito en documento alguno porque escribirlo obligaría a resolverlo.
Siete segundos. Bajó la mano.
Siete estaba bien. Con siete daba para tres cartuchos seguidos, si no hablaba, si nadie golpeaba la puerta, si el chico del reparto no escogía justo esa hora para preguntar si la diócesis iba a pagar el porte de este mes o el del mes pasado.
Cogió el primer cartucho.
Y aquí era donde empezaba la cosa, y Onésimo — que no era hombre de pensar cosas grandes, que había sido hijo de carretero en Solnica y habría seguido de carretero si el párroco no le hubiera notado una quietud a los once años, una quietud que el párroco llamó vocación y que Onésimo, a los cincuenta y uno, seguía llamando simplemente sosiego — aquí era donde siempre pensaba la única cosa grande que pensaba, y la pensaba exactamente del mismo modo, con las mismas palabras, desde hacía veintinueve años, como quien repasa una oración que ya no necesita sentido para funcionar:
Esto va a matar una cosa que no muere.
Era eso. Era solo eso. Era el cartucho de latón con nueve gramos y medio de Crisma Argénteo en bruto dentro, plateado y muerto, tan muerto como una cuchara, y dentro de veinte segundos no estaría muerto, y la diferencia entre una cosa y la otra no pasaba por ningún instrumento que existiera en el mundo, no podía medirse, no podía demostrarse, no constaba en informe alguno, y sin embargo era la única diferencia que importaba entre un soldado que volvía del Limes y un soldado que no volvía.
Cerró la mano sobre el cartucho. Cerró los ojos.
Y rezó — pero no la oración del Canon, que también rezaba, en voz baja, porque el Canon lo exigía y porque apartarse del Canon era materia disciplinaria desde 1842; rezó por debajo de ella, en la segunda capa, en la capa que nadie fiscalizaba, del modo en que rezaba su madre en Solnica, del modo veherénico de tres veces que su madre nunca supo que era veherénico y que Onésimo solo descubrió que lo era a los treinta y uno, en un sermón en Pradel, cuando un canónigo joven explicó de qué región venía la costumbre de las tres repeticiones y Onésimo salió de la iglesia aquel día con una cosa fría en el estómago, entendiendo que había rezado toda la vida una oración de gente a la que la Orden perseguía.
Que lo que sale de aquí no falle. Que lo que sale de aquí no falle. Que lo que sale de aquí no falle.
Veinte segundos.
Abrió la mano. El cartucho no había cambiado de color, no se había calentado, no había hecho nada que un hombre pudiera ver. Onésimo lo puso en la caja de la derecha.
Cogió el segundo.
A las once había hecho noventa y un cartuchos y las manos ya no paraban, y paró, porque un purificador que sigue con las manos así produce piedra muerta y no lo sabe, y producir piedra muerta sin saberlo era lo único del oficio que Onésimo temía de verdad — no la muerte, que venía y venía rápido y era conocida, sino la posibilidad de llevar semanas bendiciendo nada, de llevar semanas mandando a la línea cajas de latón que un sargento repartiría con ese cuidado de quien reparte dinero, y que un muchacho de diecinueve años llevaría en la cartuchera con esa confianza de quien lleva la salvación, y que no harían absolutamente nada cuando hiciera falta.
Se sentó. Comió pan. Bebió agua.
Después abrió el libro de registro y escribió 91, y la fecha, y firmó, y miró el número, y el número era el problema.
Porque el sector de Pradel-Este tenía, sobre el papel, cuatro purificadores licenciados. Kral había muerto en marzo — cuarenta y cuatro años, catorce de oficio, se acostó un miércoles por la tarde y no se levantó el jueves. A Wozniak lo habían trasladado a Ferrum Alpina en mayo, porque Ferrum Alpina hacía la Hashmalita y la Hashmalita movía los tanques, y cuando la Curia del Hashmal pedía un purificador no estaba pidiendo. Y la muchacha, la Ilinca, tenía veintiséis años y tres de licencia y el mes pasado, en mitad de un lote, lo había dejado todo encima de la mesa y había salido de la sala, y había vuelto al día siguiente, y al otro día había salido otra vez, y Onésimo no la había reprendido porque sabía perfectamente qué era aquello y sabía perfectamente que no tenía cura y sabía perfectamente que decir el nombre de aquello en voz alta obligaba a comunicarlo a la diócesis, y comunicarlo a la diócesis significaba perder también a Ilinca, y entonces no había dicho nada, y seguía sin decirlo, y escribía en los registros de ella los números que ella lograba hacer, y completaba el resto con los suyos.
Cuatro sobre el papel. Uno y pico en piedra.
Y el sector consumía, al mes, entre once y trece mil cartuchos consagrados solo para las guarniciones de vía, y cuatro mil más para los puestos avanzados, y además la Sal — y la Sal era lo peor de todo, porque la Sal de Sello no se bendice por unidad, se bendice por tonelada, y una tonelada llevaba tres días de un hombre entero, y el sector tenía nueve aldeas con perímetro doméstico que renovar antes del invierno, y el invierno empezaba en cinco semanas.
Onésimo hizo la cuenta otra vez. Hizo la cuenta una tercera vez. Hizo la cuenta una cuarta vez con el lápiz, en el reverso del registro, despacio, como quien busca el error que sabe que no va a encontrar.
Después se quedó muy quieto, con el lápiz posado, y su quietud en aquella sala era la misma quietud que un párroco le había notado a los once años y había llamado vocación.
Solo que ahora ya sabía su nombre.
II. La Vía
El kilómetro del cabo Halas era el ciento cuarenta y dos, y lo conocía de tal manera que habría podido recorrerlo con los ojos cerrados y decir dónde estaba por el sonido de la bota — catorce pasos de balasto suelto después de la curva, luego piedra asentada, luego el tramo de traviesas nuevas de 1879 que aún crujían de un modo distinto porque la madera era de otro lote, y nadie en el mundo aparte de él y quizá de otros tres hombres lo sabía, y nunca nadie había necesitado saberlo.
Diecisiete años.
Había entrado con veintidós. Había entrado con la idea — la idea que tenían todos los muchachos de Solnica, y Solnica quedaba a once kilómetros de allí, y había más hombres de Solnica en la guarnición que de ningún otro sitio — la idea de que servir en guarnición de vía era antesala, de que se hacían dos o tres años allí y después se pedía traslado al Limes, y en el Limes era donde se era soldado de verdad, y en el Limes era donde se veía aquello, y él quería ver aquello, todos querían, del mismo modo confuso y hambriento con que un muchacho quiere ver el mar.
Diecisiete años. Ciento cuarenta y dos. Y nunca había visto.
Nunca había visto un demonio. Ni grande, ni pequeño, ni de lejos, ni en fotografía decente. Vio una vez, en 1874, una cosa a trescientos metros que el sargento de entonces juró que era un Clase I y que Mirek, honestamente, creía que había sido un perro. Vio hombres que habían visto, y se fijó en que los que habían visto de verdad no hablaban de ello y los que hablaban de ello no habían visto. Y vio, una vez, lo que sobra: un saco de lona que pasó por el puesto en un vagón de carga en 1881, con escolta de dos jinetes de la Casa VII, y uno de los jinetes dejó el saco en el suelo del andén mientras iba a mear, y Mirek se acercó, porque tenía veintinueve años y era estúpido, y el saco contenía ceniza — solo ceniza — y Mirek lo levantó con una mano para ver cuánto pesaba.
Pesaba demasiado.
Fue la única cosa en diecisiete años que aún le volvía en sueños, y nunca logró explicar a nadie por qué, y dejó de intentarlo hacia 1884.
El oficio era este: caminar. Caminar el kilómetro ciento cuarenta y dos de punta a punta, cuatro veces por turno, y mirar los raíles y los taludes y la línea de árboles, y no dejar que nada ocurriera. La doctrina exigía un puesto cada diez kilómetros desde la Masacre de la Línea de Hierro, y eso significaba — Mirek había hecho la cuenta una vez, con un capellán, una noche en que los dos habían bebido — que seiscientos mil hombres en todo el continente se pasaban la vida garantizando que no ocurriera nada.
Seiscientos mil hombres. La mitad del ejército de línea de la Orden.
—La mitad —había dicho el capellán, con la mirada de quien descubre algo e inmediatamente preferiría no haberlo descubierto—. La mitad del ejército existe para que la otra mitad coma.
A Mirek aquello le pareció gracioso entonces. Dejó de parecérselo hacia el duodécimo año.
Porque la verdad sobre el kilómetro ciento cuarenta y dos — la verdad que nunca le dijo a su mujer, y que su mujer probablemente sabía porque las mujeres de Solnica sabían todo lo que los maridos no decían — es que no ocurrir nada no es lo mismo que paz. No ocurrir nada es un trabajo. Es un trabajo que se hace con el cuerpo y que consume el cuerpo y que no deja nada detrás, ni cicatriz, ni historia que contar, ni siquiera el derecho a quejarse, porque quejarse ¿de qué, exactamente?: ¿de diecisiete años caminando por una línea en la que no ocurrió nada, que es precisamente el resultado que se pretendía?
Tenía cuarenta y un cartuchos consagrados en la cartuchera. Cuarenta y uno, contados, firmados, y sabía el nombre del hombre que los había bendecido porque el nombre venía en el lacre de la caja: O. Farkas. Sabía que el reglamento daba ciento doce al año. Sabía que nunca, en diecisiete años, había disparado uno solo.
Y sabía — y esto era lo que no se decía ni a sí mismo en voz alta, y por tanto lo decía de ese modo enredado con que los hombres se dicen las cosas por dentro, empezando por otro asunto y llegando allí por accidente — sabía que aquellos cuarenta y un cartuchos costaban más que él. Que cada uno de ellos se había llevado veinte segundos de un hombre que se estaba muriendo de eso, y que cuarenta y un cartuchos eran, por tanto, trece minutos y cuarenta segundos de la vida de O. Farkas, más la fracción de todos los demás días, y que la suma de todos los cartuchos de toda la guarnición era una cantidad de vida humana que no lograba representarse, y que estaba todo parado, allí, en cartucheras de hombres que caminaban por líneas donde no ocurría nada.
Caminó hasta el final del kilómetro. Volvió.
El viento venía del este y venía frío y venía con ese olor a tierra seca que la gente vieja de Solnica llamaba vehrannen, y Mirek decía la palabra desde niño sin haber preguntado nunca qué era, del mismo modo que decía decenas de otras cosas, y si alguien le hubiera dicho aquella tarde que estaba diciendo vino el viento del mundo que hubo antes, se habría reído y habría seguido caminando.
Sopla siempre en la semana de la Fiesta. Es lo que se sabe.
El despacho llegó el miércoles, en el tren de las dos, en un fajo con la correspondencia ordinaria y el correo personal y tres periódicos de Pradel con cuatro días de retraso.
El sargento lo leyó dos veces. Después llamó a Mirek, y lo leyó en voz alta, y la lectura duró menos de un minuto.
Mirek esperó el resto.
—Es eso —dijo el sargento.
—Cómo que es eso.
—Es eso, Halas. Recoger los puestos del ciento treinta al ciento sesenta y dos. Pasar a retaguardia antes del día treinta. Está aquí.
—¿Y la guarnición se queda dónde?
—En el ciento veinte.
Mirek hizo la cuenta con una facilidad que le pareció obscena.
—Son veintidós kilómetros.
—Lo son.
—¿Y el enemigo está dónde, sargento?
El sargento lo miró. Era un hombre de Bielgrod, catorce años de puesto, y no tenía ningún motivo para responder aquello a un cabo, y respondió igualmente, y la respuesta fue lo más honesto que Mirek oyó aquel otoño:
—Donde siempre estuvo. A ochenta kilómetros. No se ha movido.
Y se quedaron los dos allí, en el andén, con el fajo de la correspondencia aún sin abrir y los tres periódicos de cuatro días de retraso, y el viento del este, y el kilómetro ciento cuarenta y dos detrás de ellos con sus catorce pasos de balasto suelto después de la curva.
—Entonces por qué —dijo Mirek.
Y el sargento — que tampoco lo sabía, que solo lo sabría en febrero, cuando la Comisión de Investigación publicara el folio 12 y el folio 12 circulara por toda la guarnición en un único ejemplar mal copiado que pasó de mano en mano durante tres semanas — se encogió de hombros con ese gesto de quien ya no espera que las órdenes tengan motivo, y dijo:
—No lo dice.
III. La Orden
Diócesis de Pradel-Este — Cancillería — Despacho n.º 411 de 1887
Al Mando de Sector, a las Casas Parroquiales de Strazhka-Menor, Solnica, Vieska, Bierkut, Dolna Ruda, Trzy Krzyże, Hnilec, Zamostie y Wąska Woda, y a la 3.ª Compañía de Guarnición Ferroviaria.
Considerando el estado de los medios sacramentales del sector;
Considerando la imposibilidad material de asegurar la renovación de los perímetros domésticos de las poblaciones supra antes del inicio de la estación fría;
Considerando que el mantenimiento de un perímetro incompleto constituye un riesgo superior a la ausencia de perímetro, por inducir una confianza no correspondida;
Se determina:
1.º — La retirada de la población civil de las nueve poblaciones, a los distritos de retaguardia designados en anexo, con término el día 30 del corriente.
2.º — El repliegue de los puestos de guarnición del kilómetro 130 al 162, con reposición de la línea de vigilancia en el kilómetro 120.
3.º — La retirada del Santísimo, los ornamentos y los libros parroquiales, a cargo de los respectivos párrocos.
4.º — La presente determinación no es materia de anuncio público. No habrá toque de campana.
Pradel, a 21 de octubre de 1887.
Por el Cabildo, el Canónigo Canciller, Bartolomeu Sroka
IV. El Altar
Bartolomeu Sroka firmó el despacho 411 a las once y veinte de la mañana del veintiuno de octubre, y a las once y veintiuno estaba mirando su propia firma, y a las once y veintidós comprendió que no lograba dejar de mirarla, y a las once y media seguía allí.
No era la decisión. La decisión era correcta. Sroka tenía cincuenta y ocho años y veintiséis de cancillería y sabía distinguir una decisión correcta de una decisión cómoda con una claridad que le había costado, a lo largo de la vida, casi todos los amigos que había tenido: la decisión era correcta porque un perímetro a medias era peor que ningún perímetro, y era peor por una razón que ningún laico aceptaba y que todo clérigo operativo conocía — porque la aldea con sal vieja en el umbral duerme como quien tiene sal nueva, y manda a los niños a por leña al anochecer, y deja la puerta entornada en noche templada, y la aldea sin sal ninguna no hace nada de eso. Lo que mata no es la falta. Es la confianza no correspondida.
Eso era correcto. Sroka lo había escrito en el propio despacho, en el tercer considerando, y lo había escrito bien.
Lo que no lograba dejar de mirar era la cuarta determinación.
No habrá toque de campana.
La había redactado él mismo. Nadie se la había impuesto. Podía haberla omitido y el despacho seguiría siendo válido, y el efecto práctico sería el mismo, porque no había campana de aviso para una evacuación administrativa y nunca la había habido, y por tanto la determinación no determinaba rigurosamente nada. Era superflua. Un canciller de veintiséis años de casa no escribe líneas superfluas.
La había escrito porque tenía miedo de la campana.
Porque si un párroco de cualquiera de aquellas nueve aldeas tocaba la campana — y el Vit Halas de Strazhka-Menor era perfectamente capaz de tocar la campana, era exactamente la clase de hombre que tocaría la campana —, la campana se oiría en Solnica, y desde Solnica en Bierkut, y el continente entero tiene un único vocabulario para campana tocada fuera de hora, y ese vocabulario dice están llegando. Y no estaban. No venía nadie. El enemigo estaba a ochenta kilómetros y no se había movido desde 1859.
Si la campana sonaba, nueve aldeas saldrían corriendo de una cosa que no existía, y tres días después alguien preguntaría de qué habían huido, y la respuesta tendría que darse, y la respuesta era:
De nosotros. Huyeron de nosotros. Huyeron porque nosotros ya no podemos.
Sroka posó la pluma. Miró hacia la ventana, donde la mañana de Pradel estaba exactamente igual que todas las mañanas de Pradel, con el mismo polvo de sal asentándose en los alféizares, el mismo polvo que se asentaba desde 1781, el mismo polvo que él limpiaba con el pulgar todas las mañanas sin pensar y que aquella mañana no limpió.
Después hizo algo que no constaba en ningún protocolo de la cancillería: sacó de un cajón el mapa del sector, lo abrió sobre la mesa, cogió la regla y midió.
Veintidós kilómetros.
Se quedó mirando la regla sobre el papel. Y el pensamiento que le vino — el pensamiento que habría dado una cantidad considerable por no haber tenido, allí, con la regla en la mano — fue que aquella era la primera vez en veintiocho años que la línea se movía en el mapa, y que la última vez había sido Cherniwicz, en 1859, y que en Cherniwicz la línea había avanzado doscientos kilómetros, y que toda la gente del continente sabía la palabra Cherniwicz.
Y nadie, nunca, sabría la palabra Pradel.
Porque no habría batalla que le diera nombre. No habría muertos que contar. No habría informe de pérdidas, ni despacho de encomio, ni grabado en la prensa ilustrada, ni sermón. Habría nueve aldeas vacías y un número administrativo, y dentro de veinte años alguien en Aurum Roma que mirara dos mapas sobre la mesa notaría una diferencia de veintidós kilómetros y no tendría la menor idea de qué la había causado.
Sroka enrolló el mapa. Guardó la regla.
Y rezó — porque también él rezaba, y rezaba bien, y esa era la parte que nadie creería si la contara — rezó pidiendo perdón no por haber retrocedido, que estaba bien, sino por la cuarta determinación, que era cobardía con apariencia de prudencia, y él sabía distinguir las dos cosas con esa claridad que le había costado todos los amigos.
No retiró la determinación.
En Strazhka-Menor, el padre Vit Halas leyó el despacho el viernes por la noche, solo, sentado en el primer banco de su propia iglesia, porque la casa parroquial era fría y la iglesia era peor pero en la iglesia lograba pensar.
Lo leyó tres veces. No por no entenderlo. Por costumbre.
Después se levantó y fue a ver lo que había.
Y lo que había era esto, y lo fue viendo en el orden en que se ve cuando se está decidiendo y aún no se sabe que se está decidiendo:
Estaba el Santísimo, que iba. Eso no era decisión. Estaba el cáliz y la patena de Oro Litúrgico, del inventario de 1836, que iban. Estaban los tres libros parroquiales — bautismos desde 1791, matrimonios desde 1791, defunciones desde 1791 —, y los libros iban, y los libros pesaban once kilos los tres, y el carro era el carro del Marek Halas, y el Marek Halas tenía un caballo.
Estaba la campana.
La campana era de 1804 y pesaba cerca de trescientos kilos y estaba a doce metros de altura en una torre construida a su alrededor, y no había manera alguna de sacar aquella campana de Strazhka-Menor con un caballo, y el padre Vit estuvo mucho tiempo bajo la torre mirando hacia arriba, y el pensamiento que tuvo fue que la campana iba a quedarse allí sonando sola al viento durante los años que siguieran, sin nadie que la oyera, y que era eso, era exactamente eso y nada más complicado que eso, lo que no lograba soportar.
Estaba la pila bautismal, que era de piedra y se quedaba.
Estaba la argamasa. Y aquí el padre Vit se detuvo, y apoyó la palma de la mano en la pared lateral de la nave, por dentro, donde el revoco estaba sin terminar desde la reparación de 1869 y se veía la argamasa cruda — y la argamasa cruda de Strazhka-Menor llevaba Ceniza Santa mezclada, como toda la argamasa de toda iglesia de todo el continente cristiano, y el padre Vit sabía cuánto costaba, y sabía que la Ceniza Santa en la pared era la razón por la que aquella nave era el único metro cuadrado de suelo de aquella aldea donde un pacto no prendía, y sabía perfectamente que iba a dejar aquella pared allí.
Y después de eso, cuando ya lo había visto todo, fue cuando vio la cosa que no estaba en el inventario.
Estaba en la pared sur, a la altura del pecho, escrito con navaja en una piedra, y estaba allí desde antes de que él llegara, y él había llegado en 1852:
V. H. + M. K. — 1817
No sabía quiénes eran. Nunca lo había sabido. Lo había preguntado una vez, a los viejos, en 1854, y los viejos no sabían, y los viejos que quizá supieran ya habían muerto en 1854. Setenta años de misas rezadas a medio metro de aquellas cuatro letras, y nunca había logrado descubrir de quiénes eran, y había pasado a rezar por ellos del mismo modo que se reza por un nombre ilegible en una lápida, es decir, con una especie de terquedad particular que no le interesaba a nadie.
El padre Vit Halas, sesenta y tres años, cuarenta y uno de sacerdocio, puso la mano encima de las letras.
Y comprendió, con una claridad que le pareció casi indecente por lo simple, que era esto lo que iba a dejar. No la campana, que era grande y cara y de la que se hablaría. No la pila. No la pared con Ceniza Santa que costaba un año de diezmo de la aldea entera.
Iba a dejar a dos personas que se habían querido en 1817 y por las que alguien había rezado durante treinta y cinco años sin saber sus nombres.
Y después de eso — después de eso no habría ya nadie rezando por ellos. Y esa era la pérdida. La pérdida entera, la pérdida verdadera, la única pérdida que aquel despacho realmente producía y que no constaba en él por ninguna parte, era que dejaría de haber quien rezara.
Se quedó allí un rato.
Después fue a buscar el cincel.
V. El Carretero
El circuito eran once días y Marek Halas lo hacía desde los veintidós años, y lo único que había cambiado en veintitrés años era el caballo, tres veces, y una de ellas mal.
Iba así: salía de Strazhka-Menor un lunes, dormía en Vieska, bajaba a Bierkut por el camino de abajo porque el de arriba partía ejes, hacía Dolna Ruda y Trzy Krzyże el mismo día porque distaban legua y media y las dos juntas no daban media carga, subía a Hnilec, cruzaba a Zamostie, tomaba la curva larga hasta Wąska Woda, y al noveno o décimo día entraba en Solnica, que era la mayor y la última y la única donde dormía dos noches, y volvía a casa el jueves o el viernes según la lluvia.
Llevaba clavos. Llevaba hilo negro e hilo blanco y, dos veces al año, hilo rojo, que era para bordado y por tanto para boda. Llevaba aceite de candil en lata de diez litros, agujas, clavos de herradura, azúcar en pan, tabaco en hoja, té malo, jabón, y sal.
Sal de cocina. Sal gorda, de Pradel, del mismo macizo de donde salía la otra, cortada de las mismas galerías por hombres que bajaban al mismo pozo — y completamente inútil contra lo que fuera, porque no había pasado ningún sacerdote por encima de ella, y porque lo que hacía la diferencia entre aquello y lo otro no era la piedra.
Veintitrés años oyendo el mismo chiste en nueve aldeas. ¿Y de la otra, Marek, también traes? Y él respondiendo siempre lo mismo, porque una respuesta que sirve es una respuesta que no se cambia: de la otra se encarga el señor cura, que yo no tengo las manos limpias para eso. Y las mujeres riendo, y él descargando.
Tenía, además, debajo del pescante, el libro.
El libro era un cuaderno de tapa negra, comprado en Pradel en 1871 para sustituir a otro, y en él estaba escrito cuánto le debían las nueve aldeas. No en cuenta corriente de escritorio, que Marek nunca había aprendido; en líneas. Ostrowska, dos litros de aceite y jabón, debe. Kubik el de la fragua, treinta clavos, pagado en herradura. Casa del molino de Hnilec, azúcar de tres circuitos, debe.
Eran, en total, y lo sabía de memoria sin haberlo sumado nunca, algo así como once meses de trabajo sin cobrar. Nunca había reclamado por carta y nunca había reclamado en voz alta, porque en una aldea de ciento y pico almas la deuda no es un instrumento financiero: es una forma de que las personas sigan necesitándose unas a otras, y un carretero que cobra en serio deja de ser carretero y pasa a ser acreedor, y la aldea busca otro.
Fue con el libro debajo del pescante que salió de Pradel el martes veinticinco de octubre, con nueve sobres lacrados encima de la carga.
Se los dieron en la cancillería, en una ventanilla de madera oscura, y el escribiente — un muchacho de veintipocos años, con manguitos — los contó en voz alta delante de él, uno a uno, y le pidió que firmara la hoja de entrega.
Marek firmó. Después se quedó mirando los nueve.
Porque en veintitrés años la cancillería le había mandado cosas: circulares de diezmo, tablas de fiesta móvil, una vez un decreto sobre cementerios que nadie entendió. Las mandaba en legajo abierto, atado con bramante, y el bramante era todo el lujo que había.
Nueve sobres lacrados, lacre por lacre, cera roja, con el sello del cabildo estampado de fresco en todos.
— ¿Es para hoy? — preguntó el escribiente, sin levantar la cabeza.
— Es para el circuito.
— Entonces es para hoy.
Y Marek Halas, que tenía cuarenta y cinco años y no era hombre de hacer preguntas en la ciudad, cogió los nueve sobres, los guardó bajo la lona, y salió de Pradel con una cosa parada en el pecho que no lograba nombrar y que no tenía nada que ver con el miedo — porque él ya había tenido miedo en la vida, varias veces, y conocía la forma del miedo, y aquello no tenía aquella forma. Aquello se parecía más a la sensación de ir cargando plomo y de no haber pesado la carga a la salida.
En Vieska no lo abrieron delante de él. El párroco de Vieska tenía setenta y un años, dio las gracias, dejó el sobre en la mesa de la sacristía con el lacre boca abajo, y le preguntó por la mujer.
En Bierkut lo abrieron.
El párroco de Bierkut se llamaba Pawlak, tenía cuarenta y tres años, era de Cracoviana y hablaba deprisa. Rompió el lacre allí mismo, de pie, en el atrio, con Marek todavía sujetando las riendas, leyó, volvió la hoja para ver si había más, no había, leyó otra vez, y después hizo una cosa que Marek no esperaba: se volvió hacia él y la leyó en voz alta.
Lo leyó todo. Los tres considerandos. Las cuatro determinaciones. La fecha. La firma.
Y al final se quedaron los dos en el atrio, y la mañana en Bierkut estaba azul y seca, y había una mujer sacudiendo una manta a veinte metros de allí, y el sonido de los golpes siguió durante todo el silencio de los dos.
— ¿Esto es verdadero? — dijo el padre Pawlak.
Y Marek comprendió, con una claridad desagradable, que la pregunta no era sobre el papel. El papel era obviamente verdadero. La pregunta era si el mundo de ahí fuera — el camino, los otros ocho sobres, Pradel, el cabildo, el continente — estaba haciendo aquello de verdad, o si en algún sitio quedaba todavía un escalón por aparecer que deshiciera la cosa.
— Llevo ocho más iguales — dijo Marek.
El padre Pawlak miró la lona del carro.
Después dijo gracias, lo cual era absurdo, y entró en la iglesia, y Marek se quedó en el atrio con la mujer sacudiendo la manta, y se marchó sin descargar los clavos, y solo se acordó de los clavos a la salida de la aldea, y no volvió atrás.
A partir de allí ya sabía, y esa fue la parte peor — no el saber, sino el llegar sabiendo.
Porque a un carretero se le ve venir de lejos. La aldea oye el eje antes de ver el carro, y siempre hay alguien en una puerta, y siempre hay un niño que corre hasta el camino y vuelve diciendo que es Marek, y las mujeres salen con el dinero o sin él, según el mes, y el herrero levanta la cabeza, y es una especie de pequeña fiesta mínima y absolutamente igual todas las veces, once días detrás de once días, y él había pasado veintitrés años siendo aquello para aquellas nueve aldeas.
Y en Dolna Ruda, y en Trzy Krzyże, y en Hnilec, y en Zamostie, y en Wąska Woda, llegó con los clavos y el hilo y el aceite y el azúcar en pan, y descargó, y cobró lo que había que cobrar, y escribió en el libro de tapa negra lo que quedaba por cobrar — y entregó el sobre al final, siempre al final, porque entregarlo primero habría sido imposible.
En Dolna Ruda el párroco lo leyó solo y le pidió que se quedara a cenar. Marek se quedó.
Fue la cena más extraña de su vida, y no por lo que se dijo. Eran cuatro a la mesa — el párroco, la hermana del párroco, el hijo del herrero que ayudaba a misa, y él — y se habló del precio del centeno, y de una vaca de Zamostie que había parido gemelos, y de un primo en Pradel que había conseguido plaza en los ferrocarriles, y de un perro. Se habló de un perro durante casi un cuarto de hora.
Nadie mencionó el papel. Estaba encima del aparador, abierto, con el lacre roto, a tres pasos de la mesa, y nadie lo miró ni una sola vez, y la manera en que nadie lo miró era tan cuidada, tan bien ejecutada, tan igual en cuatro personas que no habían acordado nada, que Marek comprendió a mitad de la sopa que estaba asistiendo a una cosa que no tenía nombre y que la aldea ya sabía hacer.
Le dieron un colchón en la despensa. No se durmió enseguida.
Y lo que pensó, tumbado en la oscuridad con el olor de las manzanas de invierno encima de él, fue que en veintitrés años de camino nunca le habían mentido de aquella manera — sin una sola palabra falsa, sin un solo desvío, con todo el mundo diciendo únicamente cosas verdaderas sobre centeno y vacas y perros durante una hora y media entera.
Comprendió que era delicadeza. Tardó un poco más en comprender que la delicadeza era con él.
En Trzy Krzyże el párroco había muerto en agosto y no había sido sustituido, y quien recibió el sobre fue la mujer que abría la iglesia, y no sabía leer, y se lo pidió al hijo, y el hijo tenía dieciséis años y leyó mal y leyó hasta el final, y después la mujer no dijo nada y guardó el papel en el delantal, y Marek no logró entender si había comprendido o no, y nunca lo supo, porque no volvió por allí.
En Hnilec el párroco le preguntó si las otras ocho también. Y él dijo que sí.
En Zamostie el párroco le preguntó si iba a llevar gente en el carro, y Marek — que hasta aquel instante no lo había pensado, ni un segundo, ni de pasada — comprendió que sí, que era evidente que sí, que iba a hacer aquel circuito cuantas veces hiciera falta durante cinco semanas con personas encima de la carga en lugar de carga, y que su carro era, en aquel sector, y contando con el del molinero de Hnilec que estaba roto desde la primavera, el único que había.
En Wąska Woda el párroco no estaba y dejó el sobre con la hermana del párroco, y la hermana del párroco lo sujetó con las dos manos, y miró el lacre, y dijo: ya lo sabemos.
Lo sabían. Claro que lo sabían. Marek traía el papel al paso del caballo y la noticia iba por delante de él desde Bierkut, de aldea en aldea, por el camino y por los atajos y por la senda vieja del molino, por quien va a buscar leña, por quien se casó con alguien de otro sitio, por el modo en que estas cosas corren en un campo donde todo el mundo es primo de todo el mundo en tercer grado.
El papel llegaba siempre después. El papel era el retraso.
Solnica fue la última y fue la que no pudo.
Solnica era grande — ochocientas y pico almas, fragua, dos hornos, un mercado el domingo — y tenía una particularidad que Marek conocía desde chico sin haber pensado nunca en ella: la calle larga, la que baja al arroyo, tenía las casas del lado de acá dentro de Sal Pradelica y las casas del lado de allá dentro de Vykhradia, y la frontera pasaba por el medio de la calle, y nunca nadie quiso saber nada, porque la calle era una calle y la gente se casaba de un lado al otro y el cura bautizaba a todos y el recaudador vykhradiano aparecía dos veces al año y era mal recibido en ambas aceras.
El despacho 411 era de la Diócesis de Pradel-Este.
No tenía autoridad ninguna sobre la mitad de aquella calle. Ni un palmo. Las casas del lado de allá respondían a Vykhrad, y Vykhrad no se había replegado nada, y no tenía por qué, y no había sido consultada.
Marek entregó el sobre al párroco y después se quedó a la puerta de la taberna mirando la calle, y la cosa que vio en aquellos dos días fue esta, y fue la única de todo el circuito que le contó a su mujer al final de todo:
La calle se vació entera.
Los dos lados. Las casas de Vykhradia también, a las que nadie había mandado salir, que ningún papel mencionaba, que podían quedarse con pleno derecho y con la corona vykhradiana detrás. Salieron igual. Primero dos familias, después seis, después la calle.
Porque no es el perímetro doméstico lo que hace una aldea. Es la aldea la que hace la aldea. Y cuando veintidós casas de un lado de una calle levantan el Santísimo y enganchan lo que tienen, las veintiuna del otro no se quedan mirando el camino vacío por una cuestión de jurisdicción.
Marek Halas vio aquello y pensó una sola cosa, sin rodeos y sin teología ninguna, apoyado en la jamba de la taberna con el sombrero en la mano:
El papel se replegó veintidós kilómetros. La calle se replegó sola.
Volvió a Strazhka-Menor el viernes cuatro de noviembre, con el carro casi vacío, cosa que nunca pasaba, porque nadie había encargado nada para el circuito siguiente.
Fue eso, y no los sobres, y no Bierkut, y no la calle de Solnica, lo que lo alcanzó: nueve aldeas y ningún encargo. Veintitrés años y era la primera vez. Tenía en la cabeza, sin esfuerzo, lo que cada casa solía pedir en noviembre — aceite, siempre aceite, porque oscurecía a las cuatro; hilo negro, porque en noviembre se remendaba; clavo de herradura, porque venía el hielo y las bestias resbalaban — y no llevaba nada anotado para llevar, e iba a tener que descargar en casa lo que había sobrado y mirar aquello apoyado en la pared.
Desenganchó. Dio de comer al caballo. Entró.
La mujer estaba a la mesa con el candil encendido y le preguntó cómo había ido, y él empezó a contar, y contó Bierkut y contó a la hermana del párroco de Wąska Woda y contó la calle de Solnica, y lo contó bien, mejor de lo que solía contar las cosas, porque traía seis días oyéndose decir aquello.
Y a la mitad, la mujer dijo:
— ¿Y la nuestra?
Marek Halas se paró.
Porque en seis días y nueve aldeas lo había dicho de todas las maneras que hay — la aldea va a salir, ustedes van a salir, tienen hasta el día treinta — y lo había dicho decenas de veces, con paciencia, a gente que le hacía preguntas que él no sabía responder, y no había dicho ni una sola vez, ni a sí mismo, dentro de la cabeza, al despertar, la palabra que faltaba.
Estaba en la lista. Era la primera de la lista. Iba antes de Solnica y de todas las demás, justo después de Casas Parroquiales de, en letra de escribiente, con el nombre entero.
Strazhka-Menor.
Tenía al tío sacando una piedra de la pared sur con un cincel y al hermano caminando un kilómetro donde nunca había pasado nada, y se había pasado la semana siendo el hombre que trae la noticia a los demás, que es la cosa más fácil del mundo después de no traérsela a nadie.
No le respondió a su mujer aquella noche. Se levantó, fue a buscar el libro de tapa negra debajo del pescante del carro, lo trajo a la mesa, y se quedó hojeándolo a la luz del candil — Ostrowska, dos litros de aceite y jabón, debe — y la mujer lo dejó estar, porque era una mujer de Solnica y sabía todo lo que los maridos no dicen.
Leyó el libro entero. Once meses de trabajo sin cobrar, repartidos por nueve aldeas que en veintiséis días dejarían de ser domicilios.
Podía cobrar. Tenía el derecho y tenía las líneas escritas y tenía, en aquel instante, la única palanca que un hombre tiene sobre gente que va a partir: estar allí antes de que parta.
Cerró el libro.
No lo quemó, porque quemarlo habría sido un gesto, y Marek Halas no era hombre de gestos. Lo guardó en el arca, debajo de la ropa de invierno, donde quedó todos los años que siguieron — y donde, mucho después, cuando ya nadie sabía decir dónde quedaba exactamente Trzy Krzyże, seguía siendo la única lista que existía en el mundo de los nombres de quienes habían vivido en las nueve aldeas, casa por casa, con la letra torcida de un carretero y un número al lado de cada uno.
VI. El Viento
Tardaron nueve días en vaciar Strazhka-Menor, que fue más de lo previsto y menos de lo que se temía.
Los primeros en salir fueron los que tenían parientes en Pradel, y salieron sin drama, casi con prisa, como quien aprovecha una excusa que ya esperaba. Los últimos fueron tres casas de viejos, y a esos el padre Vit tuvo que ir a buscarlos uno a uno, y en una de ellas — la de la viuda Ostrowska, ochenta y un años — tuvo que quedarse sentado cuatro horas antes de que la mujer se levantara, y no dijo nada durante las cuatro horas, porque no había nada que decir y porque decir algo habría sido peor.
La guarnición se replegó el día veintiocho.
El cabo Mirek Halas caminó el kilómetro ciento cuarenta y dos por última vez la mañana del veintiocho de octubre, sin que nadie se lo hubiera mandado, y lo caminó entero, de punta a punta, y contó los catorce pasos de balasto suelto después de la curva, y oyó las traviesas de 1879 crujir de aquel modo distinto que solo él y quizá otros tres hombres en el mundo sabían distinguir.
Al final, se quedó parado unos minutos.
No había nada que ver. Estaba el raíl, y el talud, y la línea de árboles, y no ocurría nada — nada, exactamente igual que todos los días de los diecisiete años, con la única diferencia de que a partir de aquella mañana la nada pasaría a ocurrir sin nadie que la garantizara.
Se quitó la cartuchera. Contó. Cuarenta y uno.
Se la volvió a poner.
Onésimo Farkas supo del despacho por el propio despacho, porque la cancillería enviaba copia a los purificadores licenciados del sector, y su nombre estaba en la lista de distribución en cuarto lugar, entre un Kral que había muerto en marzo y un Wozniak que estaba en Ferrum Alpina desde mayo.
Lo leyó en el taller, de pie, con las manos aún sucias.
Después se sentó y se quedó sentado hasta que oscureció.
Lo que pensó — y lo pensó del modo enredado y a la vez brutalmente simple con que los hombres sin instrucción formal piensan las cosas que los hombres con instrucción formal tardan libros enteros en no lograr decir — fue que él era el motivo.
No el enemigo. No el Estancamiento. No la Curia, ni el cabildo, ni el Canónigo Sroka, a quien ni conocía y a quien no guardaría rencor porque no había rencor alguno que guardar.
Él. Sus manos. Los siete segundos.
Si él hubiera tenido treinta y cinco años, el sector tenía perímetro. Si Kral no se hubiera acostado un miércoles, el sector tenía perímetro. Si Ilinca lograra quedarse en la silla, el sector tenía perímetro. Había nueve aldeas que vaciar aquel otoño porque el número de personas capaces de hacer aquello en aquel rincón del mundo había bajado de cuatro a uno y pico, y no había ninguna otra explicación por debajo de esa, y no la habría nunca, y era eso.
Y después — y fue esto lo que lo levantó de la silla, y fue esto lo que Onésimo Farkas nunca logró explicar a la Comisión de Investigación en febrero, aunque lo intentó dos veces y el escribano registró ambos intentos en folios que nadie leería — después vino el otro lado de la misma cuenta.
Si él era el motivo de que las aldeas salieran, entonces él era también el motivo de que todas las demás se hubieran quedado.
Veintinueve años. Nueve gramos y medio cada vez. Veinte segundos cada vez.
No había registro de aquello. No había recuento, no había medalla, no había siquiera manera de plantear la proposición — porque lo que él había producido, a lo largo de veintinueve años, no era una cantidad de cartuchos: era una cantidad de cosas que no habían ocurrido. Aldeas en las que no se entró. Hombres que volvieron y no supieron por qué. Noches en que una cosa llegó al perímetro de sal de una casa en Bierkut o en Hnilec o en Solnica y encontró la sal encendida y se marchó, y la familia allí dentro durmió hasta la mañana y nunca supo nada, y nunca lo sabría, y seguiría sin saberlo para siempre.
Eso no se puede contar. Eso no entra en folio alguno.
Y Onésimo Farkas, que era hijo de carretero y que habría seguido de carretero, se levantó de la silla al oscurecer, encendió la lámpara y volvió a la mesa, porque el martes siguiente había lote para el kilómetro ciento veinte.
Levantó la mano derecha. Esperó.
Seis segundos.
Con seis también daba.
En Strazhka-Menor, el día treinta, cuando ya no quedaba nadie, el padre Vit Halas cerró la iglesia y no echó la llave, porque echar la llave habría sido ridículo.
Llevaba el Santísimo, el cáliz, la patena y los tres libros parroquiales, y nada más, porque el resto de lo que había decidido llevarse no ocupaba espacio: llevaba, envuelto en un paño, en el fondo del saco, un trozo de piedra de la pared sur con cuatro letras y una fecha, cortado con un cincel un jueves por la noche por un hombre de sesenta y tres años que no sabía trabajar la piedra y que estropeó la pared alrededor y no le importó.
Se quedó un instante en la puerta.
El viento venía del este y venía frío, y traía aquel olor a tierra seca que la gente vieja llamaba vehrannen, y la campana de 1804 estaba allá arriba, a doce metros, callada.
No tocó la campana.
Fue lo único del despacho 411 que el padre Vit Halas cumplió enteramente, y lo cumplió por su cuenta, y no por obediencia — lo cumplió porque, de pie en aquella puerta, con el saco al hombro, llegó exactamente a la misma conclusión a la que el Canónigo Sroka había llegado en Pradel nueve días antes, y llegó a ella solo, y por un camino completamente distinto, y no le gustó del mismo modo.
Una campana tocada allí, aquella mañana, no habría dicho están llegando.
Habría dicho lo que era verdad, que es una cosa mucho peor de decir a los vecinos.
Subió al carro de Marek. El caballo echó a andar.
Y la línea se quedó donde se quedó, y allí seguía en primavera, y allí seguía en 1890, y el mapa que se dibujó ese año fue el mismo mapa de 1859 con una corrección de veintidós kilómetros en un solo sector, hecha con tinta más nueva, sin leyenda.
«Pregunta el señor canónigo si hubo combate. No lo hubo. Pregunta si hubo muertos. No los hubo. Pregunta entonces, con el debido respeto, qué es lo que hubo.
Hubo que se nos acabó lo que hacía falta, señor canónigo, y lo que hacía falta no es pólvora.»
— declaración de Onésimo Farkas ante la Comisión de Investigación de Pradel, febrero de 1888, folio 12, segunda tentativa