Aurum Roma — 1815 a 1837 — Era de las Cruzadas Negras
Contexto histórico
1815. El mundo viejo acaba de abdicar. En Aurum Roma los últimos nobles veheránicos supervivientes depositan la corona de Teorbano III a los pies del trono, y Aurelianus I — el Primer Uno, elegido dos años antes sobre la noticia de que una guarnición de frontera había aguantado cinco meses de invierno sin ángel en campo — proclama la línea. La Era de la Ceniza se cierra aquí. Treinta y cinco años de caída, cuarenta millones de muertos, y un continente que ya no se parece a ningún mapa anterior a 1780.
Lo que Aurelianus I funda a continuación es, sobre el papel, lo más ambicioso que alguien ha intentado desde el Cataclismo: siete Estados internos bajo autoridad pontificia única; la frontera del Limbus Mundi fijada como límite definitivo del mundo humano; la Vigilia Perpetua instituida en su forma canónica; y la refundación de las Órdenes Militares Clericales, decretada entre los actos fundacionales de 1815.
Sobre el papel.
En la práctica, en 1815, las Órdenes no tienen presupuesto, no tienen carta de reclutamiento y no tienen una sola línea de doctrina escrita. Las coronas seculares siguen haciendo su propia guerra y comprando su propio mineral purificado en el mercado abierto, como quien compra plomo. La Curia decreta y no consigue imponer; declara un monopolio de revelación que no tiene medios de ejercer; y gobierna un continente que le obedece en la misa y la ignora en el abastecimiento.
Entre ese decreto y su realidad hay seis años de nada, y un desastre.
En el verano de 1821, nueve casas seculares reúnen nueve mil hombres y entran en el Limbus Mundi por su cuenta, para probar que la salvación no tiene proveedor único. Es la Cruzada de los Nueve Estandartes. La munición dura once días. Ningún estandarte vuelve.
La Curia no necesita argumentar nada más. En los tres años siguientes las Órdenes reciben presupuesto, reclutamiento y doctrina — porque ahora hay vacante institucional para ellas — y el monopolio que no se había logrado legislar en seis años le es entregado a Aurum Roma por nueve mil hombres que Roma no mató.
Este libro no va al Limbo. Se queda en Aurum Roma, y mira hacia fuera desde un escritorio, desde una muralla y desde una mesa de transcripción. Es la historia de cómo un decreto se transformó en imperio en veintidós años, contada por tres personas que lo construyeron sin haberlo decidido nunca: el hombre que hacía las cuentas, el hombre que entregó el nombre y el hombre que escribía lo que decían los Ángeles.
El Cielo respondió a un clero sin cabeza, y fue por haber respondido que el clero obtuvo una.
"Decretar es barato. Por eso decretamos tanto, y tan deprisa, y con tan poca vergüenza. Un decreto cuesta tinta y un hombre que lo escriba. Lo que cuesta es la segunda línea: quién paga, quién va, y con qué autoridad se le manda ir.
Escribimos la primera línea durante seis años.
La segunda la escribieron otros, en una llanura, y no con tinta."
— Cardenal Amandus Krell, Memorial sobre los Medios, 1831, prefacio (no publicado)
ACTO I — EL DECRETO
I. La Sala de los Medios
El Decreto de Refundación de las Órdenes Militares Clericales tenía catorce artículos, ocupaba dos hojas y media, y Amandus Krell lo leyó por primera vez el 3 de noviembre de 1815, de pie, en la ventana del segundo patio, con la luz de la tarde entrando de lado.
Lo leyó despacio, como leía todo, y cuando llegó al final volvió al principio y lo leyó otra vez, y en la segunda lectura hizo lo que hacía siempre y que era lo único que lo distinguía de otros trescientos hombres de la Curia igualmente competentes e igualmente devotos: lo leyó buscando los números.
No había ninguno.
No es una figura retórica. Krell recorrió los catorce artículos con el pulgar y no encontró una sola cifra que no fuera la numeración de los propios artículos. Había tres Órdenes, escrito con letra. Había jurisdicción transversal sobre los siete Estados. Había respuesta directa e inmediata al Uno, sin intermediación de Cardenal-Estado. Había, en el artículo noveno, una frase que le hizo detenerse y volver atrás y leerla tres veces, porque era hermosa y porque era, desde donde él estaba, catastrófica:
Las Órdenes serán dotadas de los medios necesarios a su fin.
Serán dotadas. Voz pasiva, tiempo futuro, agente indeterminado.
Amandus Krell tenía cuarenta y siete años, había sido durante nueve de ellos el hombre que cerraba las cuentas de la Sede de Aurum Roma, y sabía — lo sabía del modo específico y algo humillante en que un contable sabe cosas que los teólogos no saben — que serán dotadas es la manera que tiene un hombre de escribir no sé sin escribir no sé.
Dobló las dos hojas y media. Se fue a trabajar.
La Congregación de los Medios ocupaba, aquel año, tres salas del tercer patio, y su nombre era un chiste que nadie decía en voz alta, porque la Congregación de los Medios era precisamente el organismo de la Curia que no tenía ninguno.
Había sido creada en 1814, en el segundo año del pontificado, para una tarea que Aurelianus I había descrito en una audiencia de once minutos como saber lo que tenemos.
Once minutos. Krell los había contado, porque había reloj en la sala.
Y la tarea le había parecido entonces modesta y hasta un poco vejatoria — un hombre de cuarenta y seis años al que se le pide que haga el inventario — y tardó dieciocho meses en comprender que era la tarea más difícil que existía en el continente, porque la respuesta honesta a la pregunta qué tenemos era, en el año 1815, nadie lo sabe.
Nadie. No por descuido; por destrucción.
La Ceniza había quemado los archivos diocesanos de once de las diecinueve provincias eclesiásticas del este. Había matado, en treinta y cinco años, a cuarenta millones de personas — y una población que pierde cuarenta millones no pierde solo gente, pierde registro: pierde a los párrocos que sabían cuántas almas había en la feligresía, pierde a los escribanos que sabían cuánto rendía el diezmo, pierde a los viejos que sabían dónde estaba el mojón de la heredad. Krell recibía, todas las semanas, cartas de obispos informándole de que la diócesis había sido reconstituida y de que los libros anteriores a 1783 se habían perdido, y la fórmula variaba y el hecho no.
Aurum Roma gobernaba un continente cuyo tamaño exacto desconocía.
Y era por eso — y Krell solo lo formuló por escrito muchos años después, en el Memorial, y aun allí con cuidado — que el pontificado de Aurelianus I decretaba tanto y tan deprisa. Un decreto es una cosa que puede escribirse en una mañana, en un edificio que no ardió, por un hombre que está vivo. Un decreto no necesita saber cuántas almas hay en la feligresía.
Había, en noviembre de 1815, veintinueve decretos fundacionales publicados en treinta y un meses.
Krell los tenía todos en una carpeta, y la carpeta tenía un nombre que él había escrito a lápiz en la tapa y que no enseñaba a nadie:
Por Hacer.
El primer ejercicio serio que hizo sobre las Órdenes Militares le llevó catorce semanas y ocupó nueve hojas, y la conclusión estaba en la primera línea de la novena, porque Krell escribía los informes con la conclusión al final como manda el oficio pero los escribía sabiendo la conclusión desde la tercera semana.
La conclusión era esta:
Para dotar a las tres Órdenes al efectivo previsto en el Decreto, la Sede tendría que disponer, al año, del cuarenta y uno por ciento de la renta total conocida del territorio bajo obediencia.
Cuarenta y uno por ciento.
La Sede disponía, aquel año, de todo sumado — diezmo, renta de bienes, derechos de sello, donativo de las coronas, y la parte que le correspondía en la purificación mineral — de algo entre el once y el trece por ciento de eso, y el intervalo era de dos puntos porque Krell no lograba cerrar el número, y no lograba cerrarlo porque tres de los siete Estados internos aún no habían entregado las cuentas de 1814.
Once a trece. Necesitaba cuarenta y uno.
Llevó el informe a la audiencia de febrero de 1816 y lo leyó en voz alta, entero, las nueve hojas, y Aurelianus I lo escuchó sin interrumpirlo una sola vez.
El Uno tenía, aquel año, sesenta y un años y tres de pontificado. Era un hombre seco, de rostro largo, que había sido el Cardenal Sergio Hoppen y había refundado la Sede de Aurum Roma con cuarenta hombres y un edificio sin tejado, y que a partir del 17 de octubre de 1813 había dejado de tener nombre bautismal. Recibía de pie. Todo el mundo en la Curia sabía que recibía de pie y nadie sabía por qué, y la explicación — Krell solo la tuvo en 1830, por una frase suelta de un camarero — era que sentado le dolía la espalda y que consideraba indecoroso que se supiera.
Cuando Krell terminó, hubo un silencio de quizá diez segundos.
Después el Uno dijo:
— Vuestra Eminencia me está diciendo que el decreto es imposible.
— Estoy diciéndole a Vuestra Santidad que el decreto es imposible con la renta conocida. No estoy diciendo que sea imposible.
— Es lo mismo.
— No lo es, Santísimo Padre. — Y Krell, que había ensayado aquella parte durante cuatro días, pasó a la segunda hoja. — Hay tres maneras de cubrir el cuarenta y uno por ciento. La primera es aumentar la renta, y no hay modo: el continente ha perdido cuarenta millones de contribuyentes y no los recupera en esta generación. La segunda es reducir el efectivo previsto, y Vuestra Santidad no querrá hacerlo, porque el efectivo previsto está publicado y reducirlo es admitir en público que se decretó por encima de lo posible.
— Y la tercera.
— La tercera es cobrar a quien hoy no paga.
Aurelianus I lo miró.
— ¿Quién no paga hoy?
— Todo el que compra mineral purificado y no nos lo compra a nosotros — dijo Krell. — Es decir, Santísimo Padre: todo el mundo.
Aquí hay que decir qué era, en 1815, el mercado del mineral consagrado, y hay que decirlo del modo aburrido y exacto en que lo decía Krell, porque todo lo que ocurrió en los veintidós años siguientes está contenido en esa descripción y en nada más.
La revelación del Hashmal se había abierto en 1787. Veintiocho años después, el mundo sabía siete cosas: que había una familia de minerales; que ninguno funcionaba en bruto; que la purificación era un rito; que el rito solo funcionaba si el celebrante tenía fe genuina; que la fe genuina no podía verificarse con instrumento alguno; que un hombre que purificaba enfermaba; y que nadie sabía por qué.
Y el mundo hizo con eso lo que hacen los mundos: comercio.
Se excavaba en Ferrum Alpina, en Kal'arn, en Pradel, en las islas, en los volcanes del sur. Se vendía el mineral en bruto a quien lo quisiera — y el mineral en bruto era legalmente libre en todo el continente, porque era, materialmente, piedra. Se llevaba la piedra a un clérigo. El clérigo rezaba sobre ella. Se vendía la piedra despierta al doble, al triple, al séxtuplo, según la guerra.
Y el clérigo que rezaba sobre ella podía ser un canónigo de la Orden de Aurum Roma; o un pastor del Cisma del Norte, que respondía ante el Rey de Königsmark y no reconocía al Uno; o un ministro de la Iglesia Solar de Brytonia, que respondía ante el Parlamento y ante el monarca y consideraba a la Curia romana una superstición continental; o un sacerdote de los Riti Meridionali, que rezaba en un latín más antiguo que el de Roma y al que Roma toleraba porque necesitaba la flota meridiana; o un párroco de aldea de los Cantones, sin licencia ninguna, al que los vecinos llevaban lo que tenían porque no había nadie más y porque funcionaba.
Porque funcionaba.
Krell escribió esa frase en el informe de 1816 y después la tachó, y después volvió a escribirla, y después la tachó otra vez, y al final entregó el informe sin ella, y pasó el resto de su vida sabiendo que la había tachado.
Era el hecho central del mundo y no cabía en un informe de medios.
— Cobrar a quien no paga — repitió el Uno. — ¿Con qué derecho?
— Con ninguno, hoy.
— ¿Y mañana?
— Mañana, Santísimo Padre, con el derecho que se derive de ser los únicos capaces de hacer aquello en cantidad.
Fue la primera vez que la proposición se dijo en voz alta dentro de aquel palacio, y Krell nunca tuvo la certeza de que el Uno la hubiera entendido en el sentido en que él la había dicho, porque la respuesta de Aurelianus I fue teológica y la proposición de Krell era industrial.
El Uno dijo:
— El don es de Dios. No es nuestro.
— El don es de Dios — concedió Krell. — La cantidad es nuestra, o puede llegar a serlo. Un párroco de aldea bendice cuarenta cartuchos en una tarde y se queda sin manos hasta el jueves. Una casa de purificación con sesenta canónigos por turnos bendice cuarenta mil en el mismo mes y vuelve a hacerlo al mes siguiente. Ninguna de las dos cosas es más santa que la otra. Una de ellas arma un ejército.
Silencio otra vez.
— ¿Cuántas casas de esas tenemos?
Y Krell — que sabía la respuesta y que había pasado catorce semanas haciendo el número y que odiaba decirlo porque era la peor línea de las nueve hojas — respondió:
— Ninguna, Santísimo Padre. Tenemos dos en Ferrum Alpina con diecinueve canónigos entre las dos, y una en Sal Pradelica con once, y eso es todo lo que existe en el mundo. Los demás purifican donde pueden, en una sacristía, solos, sin registro, y mueren sin que nadie sepa que murieron de hacer aquello.
La audiencia duró cincuenta y un minutos. Krell la cronometró, porque había reloj.
Salió de allí con tres cosas.
La primera fue una orden verbal de levantar el censo de purificadores — todos, en todo el territorio de obediencia, con nombre, edad, casa, años de oficio y producción declarada. Krell la empezó en marzo de 1816 y la terminó en diciembre de 1819, y es la razón por la que existe hoy una cifra en el archivo de la Curia para el año 1819, y es la razón por la que habría una meta de once mil en 1826, y es la razón por la que, sesenta y ocho años más tarde, un obispo-mariscal de Sal Pradelica pudo escribir en una orden administrativa que la diócesis ya no lograba guarnecer el sector: porque había con qué comparar.
La segunda fue la autorización para redactar un proyecto de imposición sobre el mineral purificado fuera de obediencia — un tributo que no se logró cobrar durante seis años y que en 1822 se cobró sin resistencia alguna, y la diferencia entre una cosa y la otra no fue jurídica.
Y la tercera fue una frase que el Uno le dijo en la puerta, ya con la mano en el picaporte, sin volverse, y que Krell no escribió en ninguna parte durante quince años:
— Cardenal. Me ha hecho usted una cuenta y la cuenta está bien.
— Gracias, Santísimo Padre.
— No es un elogio. — Aurelianus I se volvió entonces. Tenía los ojos muy claros, lo que se notaba más porque el resto de él era oscuro. — Es mi problema. Usted hace cuentas correctas y yo tengo que gobernar con ellas, y las cuentas correctas me dicen todas lo mismo, que es que no puedo. Y yo decreté que podía, y el decreto está publicado, y hay cristiandad que duerme mejor por eso.
Se quedó allí un instante.
— Siga haciéndolas — dijo. — Y no las lea en voz alta en ninguna otra sala que no sea esta.
II. El Hombre Sin Apellido
El cuartel de la Casa Solar, en el invierno de 1816, era un monasterio cisterciense desafectado a once kilómetros de Karentin, con buen tejado, sesenta y dos hombres dentro, y ningún papel que dijera de quién era.
Mattias tenía veintiséis años y era, desde octubre, el oficial de mayor graduación allí dentro, lo que no significaba nada porque no había ningún grado legalmente constituido por encima del suyo ni por debajo. Los hombres lo llamaban capitán por costumbre heredada de otra guerra. Él no los corregía porque corregirlos planteaba la pregunta siguiente.
La pregunta siguiente era: ¿entonces qué es usted?
Y la respuesta honesta, en 1816, era: soy un hombre de veintiséis años que ha jurado tres votos a una institución que existe en un decreto y en ningún otro sitio, y que come aquí porque el abad de Vallia manda cebada dos veces al año por caridad personal y no por obligación de nada.
Había entregado el apellido en 1809, a los diecinueve años, y la historia de eso es corta y no es edificante, y Mattias la contó entera tres veces en su vida.
Su casa era una casa de valle, pequeña, con blasón de 1640 y siete aldeas de renta, y la Ceniza la había atravesado del modo en que atravesó otras mil: no con demonios — los valles altos de Ferrum Alpina nunca fueron entrados, la evacuación de 1784 había funcionado, la Cordillera Solar aguantó —, sino con hambre, y con tifus, y con veintinueve años de mercado roto.
En 1808 su padre vendió dos de las siete aldeas. En 1809 quiso vender una tercera, y Mattias, que tenía diecinueve años y la insolencia específica de los diecinueve años, le dijo en la mesa que vender tierra para mantener la casa era mantener la casa comiéndose a sí misma, y el padre le respondió una cosa que Mattias nunca repitió a nadie, y Mattias se levantó de la mesa y salió, y fue a pie hasta el monasterio de altura más cercano, y llegó al cabo de dos días, y pidió entrar.
El monje que lo recibió le preguntó el nombre.
Y Mattias — que iba a decir el nombre, que tenía el nombre en la boca, y que tuvo en aquel medio segundo una claridad que le duró toda la vida y que nunca logró explicar como devoción porque no había sido devoción ninguna, había sido cálculo: si digo el nombre, dentro de tres años mi padre escribe a este monasterio, y vuelvo —
Mattias dijo:
— No traigo ninguno.
El monje escribió Mattias en el libro y no escribió nada más, y fue por eso, y solo por eso, que existe hoy en el canon de la Orden Clerical un voto llamado Voto de Nombre.
En 1816 nadie sabía esto y nadie tenía por qué saberlo. Había una docena de hombres en las Órdenes sin apellido registrado, por razones diversas y casi todas peores que la suya — hijos de casa pactada, hijos de ahorcado, hijos de nadie — y no era materia de regla, era materia de biografía.
Lo que sí era materia de regla, en 1816, era la cebada.
Sesenta y dos hombres comen, al año, y Mattias había hecho la cuenta porque era él quien tenía que hacerla: ciento cuarenta y tres quintales de grano, más sal, más grasa, más lo que se cace. El abad de Vallia mandaba noventa. Los cincuenta y tres restantes salían de tres sitios: de la leña que los hombres cortaban y vendían en el valle, del trabajo de herrería que hacían para las aldeas, y — a partir del otoño de 1815, y Mattias lo autorizó y tardó once años en dejar de pensar en ello — del alquiler.
Se alquilaban hombres.
No se llamaba así. Se llamaba escolta. Un comerciante que fuera a llevar carga de Karentin a Bernkanton contrataba cuatro Caballeros del Sello por doce ducados aurelios y una semana de provisiones, y los cuatro iban, y volvían, y los doce ducados entraban en el arca del cuartel, y con cuarenta y una escoltas al año se cerraba el agujero de la cebada.
Era, desde donde estaba Mattias, lo más parecido al infierno que había hecho hasta entonces: hombres que habían jurado combatir al demonio acompañando fardos de estaño por un camino donde no había nada, pagados por semana, por un mercader que los llamaba señores delante y otra cosa a su espalda.
Era también la razón por la que estaban vivos en 1821 para ser una Orden.
Mattias lo entendió muy tarde, y cuando lo entendió ya era Capitán-General y ya no tenía a quién decírselo.
La peor fue en septiembre de 1817 y es la que contaba cuando alguien le pedía una historia de antes.
Un negociante de estaño de Bernkanton contrató cuatro hombres para llevar carga de Karentin al valle, ocho días, doce ducados. Mattias mandó a cuatro de los mejores porque mandaba siempre a los mejores en las escoltas pagadas — un capitán de sesenta y dos hombres sin presupuesto aprende deprisa que la reputación es el inventario.
Al tercer día el negociante quiso que los cuatro descargaran.
No fue maldad. Había pagado por cuatro hombres durante ocho días y los cuatro hombres se pasaban el día andando al lado del carro sin hacer nada, y él era un hombre práctico de una república práctica, y pidió.
El sargento se negó. Educadamente, y se negó.
Y el negociante dijo la cosa que Mattias oyó del sargento ocho días después y que se le quedó veintisiete años:
— Señor mío, yo le pago a usted para que esté aquí. Si esto es un servicio de Dios, hágame el favor de decírmelo, que yo rezo y me ahorro doce ducados.
Los cuatro volvieron con el dinero y sin la carga descargada, y el sargento lo contó todo, y Mattias escuchó de pie en el patio y después le dijo que había hecho bien y lo mandó a descansar.
Aquella noche fue al polvorín y se quedó allí.
El polvorín tenía, en septiembre de 1817, cuatrocientos once cartuchos de Crisma Argénteo muertos desde 1814, sesenta y una picas, diecinueve espadas de Hierro del Coro en buen estado y cuarenta y dos en mal estado, y tres barriles de pólvora común.
Mattias se sentó en el suelo entre las cajas e hizo la cuenta que recordaba mejor que ninguna otra de su vida.
Cuarenta y una escoltas al año, a doce ducados, son cuatrocientos noventa y dos ducados. La cebada que faltaba costaba cuatrocientos cincuenta y uno. Sobraban cuarenta y un ducados al año para sesenta y dos hombres — que es lo que cuesta herrar dos caballos y comprar sal.
Y las cuarenta y una escoltas consumían, en días de hombre, el equivalente a siete semanas de trabajo de toda la casa.
Siete semanas al año andando al lado de carros de estaño, para pagar la cebada que permitía a sesenta y dos hombres seguir jurando tres votos a una Orden que existía en un decreto de catorce artículos publicado en Aurum Roma a novecientos kilómetros de allí.
Escribió aquella noche, en el cuaderno, las cuatro líneas más amargas que hay en él, y las escribió a los veintisiete años:
Tiene razón y eso es lo que no sirve.
Si esto es servicio de Dios, no se cobra. Si se cobra, es oficio, y un oficio se defiende por salario y no por voto, y en ese caso mis tres votos son un contrato mal redactado.
No sé qué responderle. Me he pasado la noche intentándolo.
Lo único que tengo es que mañana por la mañana yo sigo aquí, y él no iba a estar.
En febrero de 1822, cuando llegó la dotación con las veintidós hojas y la partida anual escrita en cifra y en letra, Mattias leyó el artículo del sueldo y lo primero que hizo, antes de mandar tocar formación, fue ir al polvorín solo.
Se quedó allí el mismo tiempo que se había quedado en 1817.
No escribió nada aquella noche. Escribió cuatro días después, y son dos líneas:
Se acabaron las escoltas.
Tardé cinco años en entender que la respuesta al hombre del estaño no era teológica. Era presupuestaria, y llegó por correo.
El monasterio tenía una biblioteca de cuarenta volúmenes y Mattias los leyó todos en tres inviernos, porque había nieve de noviembre a abril y porque la alternativa era jugar a las cartas con sesenta y dos hombres durante cinco meses.
Uno de los cuarenta era la Regla de San Benito.
Otro era un tratado de fortificación de 1701, en mal latín, con láminas.
Y el tercero que importa era un libro delgado, sin tapas, que alguien había dejado allí y que no tenía autor ni fecha y que era, según las cuentas de Mattias, el diario de un canónigo cualquiera de la década de 1790 — un hombre que había sido de los primeros en purificar Hierro del Coro después de abrirse la revelación, y que había escrito ciento once páginas sobre ello, y que había muerto, presumiblemente, porque el diario se acaba a mitad de una frase.
Mattias lo leyó cuatro veces.
En la segunda lectura empezó a tomar notas. En la tercera, empezó a experimentar.
Lo que hizo aquel invierno de 1817 estaba prohibido, y él sabía que estaba prohibido, y el argumento que se dio a sí mismo para hacerlo era de una casuística tan frágil que habría avergonzado a cualquier canónigo de segunda: el rito de purificación está reservado al clero ordenado; él no era clero ordenado; pero el cuartel no tenía clérigo ninguno desde 1814 y la doctrina — la doctrina que aún no existía, que él estaba en ese momento inventando solo en un monasterio de montaña a los veintisiete años — le decía que una unidad sin purificador se retira, y retirarse de allí significaba disolver el único cuerpo armado que la Orden tenía en campo.
Así que experimentó.
Cogió un cartucho de Crisma Argénteo muerto, de los cuatrocientos que tenían en el polvorín y que estaban muertos desde 1814 porque no había quien los despertara. Hizo lo que describía el diario del canónigo, que eran siete pasos y una oración y un tiempo.
Y no pasó nada, y volvió a hacerlo al día siguiente, y no pasó nada, y al undécimo día pasó.
No hubo luz, no hubo sonido, no hubo calor. Un cartucho de latón no cambia de aspecto cuando despierta; eso es lo que hace que todo aquello sea tan difícil de enseñar y tan fácil de fingir. Lo que Mattias sintió fue una cosa en la mano izquierda, con la que sostenía el cartucho, y que describió cuarenta años más tarde a un escribano de la Casa Solar con las únicas palabras que encontró nunca:
Como cuando uno está levantando un peso y alguien coge del otro extremo.
Le llevó cuatro horas.
Cuatro horas para un cartucho. Lo hizo otra vez al día siguiente y le llevó tres horas y media, y al final del invierno estaba en tres horas y cuarto, y ahí dejó de mejorar y no mejoró nunca más en veintisiete años de oficio.
Un canónigo licenciado de Aurum Roma hacía aquello en veinte segundos.
Mattias no lo sabía en 1817. Lo supo en 1823, por un oficial de la Congregación de los Medios que se lo dijo en un pasillo, sin ninguna malicia, a propósito de otra cosa — y Mattias, que era un hombre de notable compostura y de quien no hay registro de una sola palabra alta en toda su carrera, tuvo que salir al patio y quedarse allí un rato.
Veinte segundos.
Él había tardado once días en conseguir el primero y cuatro horas en hacerlo, y un canónigo de veintitrés años en una casa de Ferrumkar hacía ciento ochenta por hora mientras pensaba en otra cosa.
Y sin embargo — y aquí está el Voto de Medida, y por esto existe, y por esto es el voto que define a la Orden y no los otros dos — sin embargo Mattias siguió.
Siguió porque en febrero de 1818 uno de los sesenta y dos, un muchacho de Bierkut llamado Halvard, salió con tres hombres en una escolta de rutina hacia el valle y encontró, a nueve kilómetros del cuartel, en una cabaña de pastor abandonada, una cosa.
No se sabe qué era. El informe que escribió Mattias — el primer informe de combate de la historia de la Casa Solar, cuatro párrafos, mal redactado, que hoy está enmarcado en Karentin-Alta — describe una forma de la altura de un hombre, sin rostro constante, y no dice nada más, y no dice nada más porque los cuatro hombres no lograron ponerse de acuerdo en nada más.
Halvard disparó cinco tiros.
Cuatro eran cartuchos muertos del polvorín de 1814, y atravesaron aquello como piedras a través de humo.
El quinto era uno de los once que Mattias había despertado aquel invierno, a razón de cuatro horas cada uno, y que había repartido a regañadientes y con instrucción expresa de no gastarlos.
El quinto la mató.
Mattias fue al lugar al día siguiente. Llevó dos hombres y una pala.
No había nada que enterrar — no queda nada, es una de las primeras cosas que se aprenden y una de las que más les cuesta a los hombres que vienen de la guerra secular, donde siempre hay un cuerpo — y por tanto lo que hizo fue entrar en la cabaña de pastor, sentarse en el suelo de tierra apisonada, y quedarse allí quizá una hora.
Y la cosa que pensó en aquella hora, y que se convirtió, por un recorrido de veinte años que nadie planeó, en la doctrina de una Orden de ciento diez mil hombres, fue esta:
Yo tardé cuatro horas en hacer aquel tiro y es peor que el de un canónigo de veintitrés años. Y funcionó igual. Y si funcionó igual, entonces la diferencia entre él y yo no es de especie — es de velocidad. Y si es de velocidad, entonces nunca, en ninguna circunstancia, y por mal que vaya, puede un hombre de esta Orden quedarse en un sitio sin tener quien le despierte la munición. Porque con quien la despierte, mal, despacio, aunque sean cuatro al día, él mata. Y sin nadie, está disparando piedras.
Lo escribió aquella noche, en cuatro líneas, en un cuaderno.
Las cuatro líneas entraron, casi sin alterar, en la doctrina escrita de 1824 como la tercera regla de los Caballeros del Sello, y son las que dicen que una unidad sin purificador en condiciones se retira incluso venciendo, y que es la única orden de retirada que un capitán puede dar sin consulta.
En mayo de 1818 llegó al cuartel de la Casa Solar un oficio de Aurum Roma, en buen papel, con sello, dirigido al Mando de la Casa Solar de la Orden de los Caballeros del Sello, lo que hizo reír a tres hombres porque ninguna de aquellas cuatro palabras correspondía a una cosa existente.
El oficio pedía información, a efectos de censo, sobre los purificadores en servicio en la unidad.
Había un formulario. Tenía campos para nombre, edad, casa de formación, año de licencia y producción mensual declarada.
Mattias miró el formulario un rato.
Después escribió, en el campo del nombre, ninguno; y en el campo de la producción mensual, once cartuchos, por oficial no ordenado, por método no licenciado; y firmó; y lo mandó.
Y se quedó pensando, mientras el caballero bajaba con el correo, que aquello o le valía un proceso o no valía nada, y que de las dos hipótesis la segunda era peor.
III. La Mano de Otro
Un escribano de Vigilia trabaja a tres pasos de la silla, de lado, con la llama fuera del campo de visión, y nunca mira.
Es lo primero que se enseña y lo único que se enseña con amenaza. Todo el resto del oficio — la letra, la velocidad, las abreviaturas, el modo de no hacer ruido al pasar la hoja — se enseña por corrección paciente. El no mires se enseña diciéndole a un muchacho de diecisiete años, en la primera semana, que hubo cuatro escribanos antes que él que miraron y que no hay registro de que ninguno volviera a escribir cosa que se entendiera.
Aelius de Sárvar había entrado en 1790 y nunca había mirado.
Veintiséis años, en 1816. Cuatro Madres Vigilantes. Treinta y una Blancas. Dos mil cuatrocientas transcripciones.
Y era, aunque nadie en la Curia lo hubiera advertido todavía, el hombre vivo que más sabía sobre la cosa que la Curia entera existía para administrar — no por mérito y no por estudio, sino por una razón puramente mecánica: era el único que las oía a todas.
Las Blancas no se hablan entre sí. Es regla de la Vigilia desde antes de que hubiera Vigilia. Una Blanca sirve el turno, es desligada, entra la siguiente, y lo que una dijo el miércoles la otra no lo sabe el jueves. Las Madres Vigilantes cambian cada siete años. Los canónigos de asistencia rotan cada dos. Los cardenales leen los extractos.
El escribano se queda.
El escribano se queda porque un escribano no decide nada, y porque sustituirlo cuesta dos años de formación, y porque su letra tiene que ser comparable a lo largo de décadas para que las transcripciones antiguas sigan siendo legibles con los mismos criterios.
Aelius se quedó cincuenta y un años.
Conviene describir la sala, porque casi nadie la ha visto y porque casi todo lo que el continente cree sobre ella está equivocado.
No es una capilla. No hay altar, no hay imagen, no hay oro. Es una sala rectangular de piedra, de siete metros por once, sin ventanas, con una puerta que da a un pasillo y otra que da a la casa de las mujeres, y con el suelo cubierto de corcho para que no haga ruido.
Al fondo hay catorce llamas.
No son las Siete Velas de la Vigilia Perpetua, que están en la Catedral del Coro y que todo el mundo conoce por los grabados y que marcan el retorno teórico de los Arcángeles. Estas son otra cosa, y por eso la confusión es permanente y por eso la Curia nunca se tomó el trabajo de deshacerla: catorce lámparas de Lumen, montadas en fila a metro y medio del suelo, alimentadas de continuo desde 1791, y que no tienen significado litúrgico ninguno.
Sirven para ver.
Una Blanca en inscripción no habla alto. Habla con la voz normal o por debajo de ella, y habla deprisa, y un escribano necesita luz suficiente para escribir e insuficiente para todo lo demás — y alguien en 1791 descubrió, por tanteo, que catorce lámparas de Lumen a metro y medio dan exactamente eso y que quince dan de más.
Es el número mejor establecido de toda la liturgia de la Orden Clerical y la razón de ello es que dieciséis deslumbraban.
La silla está a tres metros de las llamas y vuelta hacia ellas.
La Blanca se sienta a las seis y cuarto, con el cíngulo de turno — una faja de lino blanco atada a la cintura, que no tiene función ritual ninguna y que sirve para que la asistente advierta, de lejos y de espaldas, si la postura ha cambiado.
Se queda allí dos horas.
Esto sorprende a todo el que oye hablar de ello por primera vez. Dos horas. No es una noche, no es una vigilia de cuarenta días, no es ayuno ni cilicio: son dos horas sentada en una silla en una sala de piedra con buena luz, cuatro veces por semana, y el resto del día la mujer vive como cualquier otra mujer de una casa religiosa — come, duerme, pasea por el claustro, tiene una hora de lectura y otra de costura.
Y muere a los veinticuatro.
Aelius de Sárvar escribió sobre esto una sola vez, en una carta, y escribió la frase que resume lo que cuarenta años en aquella sala le enseñaron:
No hay nada extraordinario sucediendo allí. Es eso lo que lo hace insoportable de ver.
Si hubiera tormenta, si ella gritara, si cayera un rayo — la gente lo entendería. Una persona entiende que una cosa violenta gaste un cuerpo.
Ella está sentada y dice nueve palabras un miércoles y se va a cenar.
Y cinco años después se muere, y nadie puede señalar el día en que aquello le fue quitado, porque le fue quitado de dos horas en dos horas, cuatro veces por semana, en plazos demasiado pequeños para notarse.
El turno tiene tres partes y la segunda es la que nadie logra explicar.
La primera es la entrada: la Blanca se sienta, la asistente ata el cíngulo, el escribano pone la hoja, y se quedan los tres en silencio hasta el cuarto de hora.
La segunda es la espera. Cuarenta minutos, una hora, a veces las dos horas enteras. No pasa nada. La mujer está sentada mirando catorce lámparas y nadie sabe qué está haciendo, y — este es el punto y es lo que la Curia nunca quiso oír — ellas tampoco lo saben.
Aelius preguntó, en cincuenta y un años, a cuatro Blancas distintas, contra todo protocolo, qué hacían durante la espera.
Las cuatro respuestas están en un papel suyo y son estas:
No hago nada.
Espero. Como quien espera a la puerta de una casa.
Estoy escuchando si viene. No es escuchar con los oídos.
No lo sé. Nunca lo supe. Al principio intentaba algo y luego entendí que cuando yo lo intentaba no venía.
La cuarta es de la Blanca Decimonovena y fue dada en 1837, y Aelius la puso al lado de las cuatro páginas que Mattias de la Casa Solar había escrito trece años antes sobre once hombres en un monasterio alpino, y los dos documentos están hoy en archivos distintos, en ciudades distintas, catalogados por instituciones que no se hablan.
Dicen lo mismo.
La tercera parte es la salida, y se llama Desligamiento, y es la única parte con rito.
La asistente desata el cíngulo. La Blanca se levanta y dice el nombre — el suyo, el de bautismo, el que dejó de usar el día en que entró — en voz alta, una vez.
Es todo. No hay fórmula, no hay respuesta, no hay bendición.
Aelius oyó aquello cuatro mil seiscientas veces de treinta y una mujeres distintas y escribió, a los setenta y cinco años, que era la única parte del oficio que nunca logró oír con indiferencia:
Dicen el nombre para acordarse de que lo tienen.
Veintinueve de las treinta y una que yo transcribí están muertas, y sé los nombres de todas, porque las oí decirlos cuatro mil seiscientas veces, y no los puedo escribir en ninguna parte porque en servicio no tienen nombre y después de muertas llevan el de servicio en la lápida.
Soy el único sitio del mundo donde aquellos nombres están juntos y estoy ciego y tengo setenta y cinco años.
Cuando yo muera, mueren otra vez, y la segunda vez es en serio.
La transcripción del 14 de abril de 1817 es la más citada de su carrera y es la razón por la que existen las siete reglas de la Sintaxis Hashmal, aunque las reglas solo se escribieron nueve años después y por otra persona.
Aquel día estaba de turno una Blanca de veintiún años, tercer año de servicio, a la que la Vigilia registraba como Blanca Cuarta, porque las Blancas no usan apellido en servicio y porque en aquella generación se numeraban por orden de entrada en la casa.
El turno fue como iban los turnos: cuarenta minutos de nada, después inscripción.
Y lo que ella dijo — y Aelius escribió, como escribía todo, sin puntuar, porque puntuar es interpretar y un escribano de Vigilia no interpreta — fue una secuencia de cuarenta y una palabras de las cuales treinta y cuatro eran términos técnicos de metalurgia que una muchacha de veintiún años nacida en una aldea de pastores no tenía manera alguna de conocer, y las otras siete eran una instrucción de proporción.
Era una aleación.
No es lo único que dicen las Blancas, y ni siquiera es lo más común. La mayor parte de lo que sale de aquella silla es fragmento, imagen, nombre de cosa, advertencia sin sujeto. Pero de vez en cuando — y la frecuencia iba cayendo, y cayó durante todo el siglo, y en 1887 ya era lo que era — de vez en cuando sale una receta.
Aelius escribió las cuarenta y una palabras.
Y después, porque algo le había llamado la atención, hizo lo que nunca hacía: pidió a la Madre Vigilante, terminado el turno, autorización para consultar sus propias transcripciones antiguas.
Le llevó nueve semanas. Tenía dos mil cuatrocientas que recorrer y solo podía verlas en horas libres y no podía sacarlas de la sala.
Y lo que encontró fue esto, y lo escribió en un papel de media hoja que entregó a la Madre Vigilante en junio de 1817 y del que no guardó copia:
Que aquellas cuarenta y una palabras ya habían sido dichas antes.
Dos veces. Una en 1804, por una Blanca que había muerto en 1806. Otra en 1811, por otra, que había muerto en 1813.
No iguales. Parcialmente iguales — veintinueve de las cuarenta y una palabras coincidían, en el mismo orden, y las doce que variaban eran todas del mismo tipo: eran los números.
En 1804 la proporción era una. En 1811 era otra. En 1817 era una tercera.
Y las tres proporciones, puestas en secuencia, no eran aleatorias: iban en un sentido. Iban convergiendo.
Aelius de Sárvar, cincuenta y cinco años, escribano, sin instrucción formal más allá del seminario menor y la letra, escribió en la media hoja la frase que es hoy la primera de las siete reglas de la Sintaxis Hashmal, y la escribió en lenguaje de escribano y no de teólogo, y por eso todavía hoy suena extraña en los manuales:
No se recibe dos veces la misma cosa. Se recibe la misma cosa corregida.
La Madre Vigilante de aquel año se llamaba Irmgard y tenía sesenta y siete años y tres meses de vida por delante, y leyó la media hoja dos veces y después le hizo a Aelius una pregunta que él no esperaba:
— ¿Sabe usted lo que esto significa para las muchachas?
Aelius no lo sabía.
— Significa — dijo la Madre Irmgard — que lo que ellas oyen no es un recado. Un recado se dice una vez. Aquello es una corrección, y una corrección presupone que alguien del otro lado está siguiendo lo que nosotros hicimos con la versión anterior. — Dejó el papel. — Lo que quiere decir que nos están mirando todo el tiempo, y no solo cuando hablan.
Se quedaron los dos callados.
— Escriba eso — dijo ella.
— Ya lo he escrito, Madre.
— Ha escrito la regla. Escriba la consecuencia.
Y Aelius cogió otra media hoja y escribió la consecuencia, y la consecuencia era mucho peor que la regla, y fue ella la que la Curia enterró durante nueve años y que solo fue desenterrada en 1826 por una mujer de treinta y ocho años llamada Sofia Kranz que la encontró ordenando un armario.
La consecuencia era:
Si corrigen, es porque vieron fallar. Y si vieron fallar y siguen corrigiendo, entonces no nos están socorriendo. Nos están enseñando, y quien enseña espera que el alumno acabe haciéndolo solo.
Aelius tuvo, aquel verano, el único periodo de insomnio documentado de su vida, y está documentado porque la Vigilia anotaba el estado de los escribanos del mismo modo que lo anotaba todo.
Once semanas durmiendo mal.
Después se le pasó.
Lo que hizo a continuación, y que hizo todos los días durante otros veinticuatro años, fue ir a la sala a las cinco y media de la mañana, sentarse de lado a tres pasos de la silla, con la llama fuera del campo de visión, y escribir lo que oía sin puntuar.
Porque era lo que sabía hacer, y porque alguien tenía que hacerlo, y porque — y esto lo dijo una vez, a un sobrino nieto, en 1839, ya ciego de los dos ojos, con una naturalidad que al sobrino nieto le pareció entonces casi decepcionante — no hace falta entender una cosa para copiarla bien, y copiar bien es más raro que entender.
IV. Lo Que Roma No Tenía
El censo de purificadores se cerró el 19 de diciembre de 1819, a las nueve de la noche, y Amandus Krell estuvo presente cuando el último legajo de justificantes entró en la sala, porque había esperado cuarenta y cinco meses por aquello y quería verlo.
Eran siete provincias, ciento once diócesis, cuatro cismas que no respondieron y tres que respondieron mal.
La cifra era tres mil cuarenta y uno.
Tres mil cuarenta y un hombres y mujeres, en todo el territorio de obediencia del Uno, capaces de despertar mineral consagrado en cantidad medible.
Krell había estimado, en 1816, algo entre seis y ocho mil.
Pasó aquella noche entera en la sala, y la mayor parte no la pasó lamentándose, la pasó haciendo la otra cuenta — la cuenta que la cifra hacía posible por primera vez y que nadie en el mundo había podido hacer antes del 19 de diciembre de 1819, porque antes de eso nadie sabía el denominador.
La cuenta era la capacidad del continente.
Tres mil cuarenta y un purificadores. Producción media declarada, descontando a los que estaban al final de su carrera y a los que declaraban de más por vanidad y a los que declaraban de menos por prudencia fiscal: novecientos diez cartuchos por purificador y mes.
Dos millones setecientos sesenta y ocho mil cartuchos consagrados al mes. Treinta y tres millones al año.
Era una cantidad enorme. Escrita así, en una hoja, era una cantidad que daban ganas de leerle a alguien en voz alta.
Krell la dividió.
El ejército de línea del territorio de obediencia, sumadas las siete milicias estatales y las levas, andaba por cuatrocientos ochenta mil hombres. Treinta y tres millones dividido entre cuatrocientos ochenta mil da sesenta y nueve cartuchos por soldado y año.
El Canon de Campo dice cinco al día en contacto.
Sesenta y nueve al año son catorce días de contacto por soldado y año.
Catorce días. Un ejército entero del continente podía combatir, en total, catorce días al año, y al decimoquinto estaba disparando piedras.
Krell escribió el informe en cuatro días y no se lo enseñó a nadie durante dos meses, y cuando por fin lo llevó a audiencia lo llevó con una propuesta anexa, porque había aprendido en 1816 que no se le lleva a Aurelianus I una cifra sin llevarle una puerta.
La propuesta tenía tres artículos y fue, en su propio juicio posterior, lo más importante que hizo en su vida, y ningún historiador de la Orden le atribuyó jamás la autoría porque salió en nombre del Uno, como todo:
Primero: que la formación de purificadores dejara de hacerse por aprendizaje junto a un canónigo más viejo, como siempre había sido, y pasara a hacerse en casas dedicadas, con programa, con examen y con licencia — y que se crearan tres, una en Aurum Roma, una en Ferrumkar y una en la Schola Maior.
Segundo: que se fijara una meta. No un ideal: una meta, con cifra y con fecha, revisada cada diez años.
Tercero — y este es el artículo que Krell escribió con la mano temblando, y que él sabía que era, en teología estricta, casi indefendible: que la Curia pasara a medir la producción de cada purificador licenciado y a registrarla, nominalmente, al mes, de por vida.
Porque, escribió Krell en la justificación, no podemos administrar lo que no contamos; y si el don es de Dios y la cantidad es nuestra, entonces la cantidad es materia de administración, y administrar sin medir es rezar.
La meta se fijó en 1826, seis años después, y fue de once mil.
La cifra salió de un cálculo de necesidad que Krell hizo en cuatro hojas y que partía de una pregunta sencilla y de una respuesta que nadie quería: ¿cuántos purificadores hacen falta para que el continente pueda combatir el año entero?
La respuesta era diecinueve mil cuatrocientos.
Once mil fue lo que la Congregación de los Medios juzgó posible formar en treinta años, dada la mortalidad conocida del oficio.
Es decir: la meta nunca fue suficiente. Fue siempre, desde el día en que se escribió, el cincuenta y siete por ciento de lo necesario — y todo el que la escribió lo sabía, y la cifra real nunca llegó a los once mil en setenta años, y en 1887 una diócesis de Sal Pradelica se replegó veintidós kilómetros porque no lograba guarnecer un sector.
Krell murió en 1841 y nunca supo nada de eso, y es bueno que no lo supiera.
Hay una cosa que sí supo y que lo marcó más que la cifra, y es lo último que importa de este capítulo.
En el último legajo del censo, entre los justificantes de la diócesis de Solnica, vino un formulario rellenado por una mano que no era de escribano, con la caligrafía derecha y pequeña de quien escribe poco y con cuidado.
En el campo del nombre decía: ninguno.
En el campo de la producción mensual decía: once cartuchos, por oficial no ordenado, por método no licenciado.
Estaba firmado Mattias, de la Casa Solar.
Krell se quedó mirándolo mucho tiempo.
Había, encima de su mesa, un montón de treinta y un casos que la Congregación tenía que remitir a la Inquisición — la Inquisición que aún no había sido reformada, que aún era un tribunal lento y escrupuloso y público, y que habría tardado dos años en juzgar aquello y habría condenado, porque la ley era clara.
La purificación por un no ordenado es materia de herejía funcional. Está en el Canon desde 1791.
Amandus Krell cogió el formulario, lo leyó una tercera vez, y lo puso en el otro montón.
Después, porque era el hombre que era, escribió al margen, a lápiz, para sí mismo, una nota de tres palabras que se quedó en el papel y que está en el papel todavía hoy, en el Archivo de los Medios, y que nadie entendió durante ciento veinte años porque nadie sabía lo que él tenía en la cabeza aquel diciembre:
Once. No ninguno.
V. La Petición
La petición de las nueve casas entró en la Curia el 11 de marzo de 1820, por vía ordinaria, registrada como solicitud.
Era un documento excelente. Krell lo dijo entonces y lo repitió en 1831 en el Memorial, y era excelente porque lo había escrito un jurista de Reichshamn que sabía exactamente lo que hacía: no pedía licencia para nada. Pedía provisión.
El texto, reducido a sus nueve líneas útiles, decía esto:
Que las casas signatarias se proponían llevar una hueste al Limbus Mundi, en el verano de 1821, con nueve mil hombres, al amparo del derecho propio de cada corona y casa a defender la cristiandad.
Que, siendo el don del Hashmal gracia universal y no propiedad de sede alguna, y siendo la Curia la tenedora de hecho de los medios de purificación a escala, las casas signatarias solicitaban la provisión de capellanía de campo en número suficiente al sostenimiento de la hueste.
Que, en caso de serles denegada tal provisión, las casas procederían por medios propios.
Nueve mil hombres. Provisión en número suficiente.
No venía cifra. El jurista de Reichshamn no puso cifra en la petición, y Krell entendió por qué en el segundo párrafo: porque ellos no sabían la cifra. No estaban siendo astutos. Pedían lo suficiente porque creían que lo suficiente era una cosa que la Curia sabría estimar del mismo modo que un obispo estima cuántos sacerdotes hacen falta para una procesión.
Krell hizo la cuenta aquella tarde, en su mesa, en nueve minutos.
Nueve mil hombres, cinco tiros al día, cuarenta y cinco mil cartuchos al día. Un purificador licenciado rinde mil cuatrocientos en un día bueno. Treinta y dos purificadores en marcha, y treinta y dos es el mínimo teórico, y el mínimo teórico presupone que ninguno enferma y que todos trabajan todos los días, lo que no ocurre; en la práctica eran cuarenta.
Cuarenta purificadores.
El territorio de obediencia tenía tres mil cuarenta y uno.
Aquí está el hecho que este libro existe para establecer, y hay que decirlo con toda la frialdad porque el púlpito se pasó setenta años diciendo otra cosa:
Roma podía haber dado los cuarenta.
Cuarenta entre tres mil cuarenta y uno es poco más del uno por ciento. ¿Era mucho? Lo era. Era una sangría en una capacidad que ya estaba catorce días por debajo de lo necesario, y retirar cuarenta licenciados de las casas de Ferrum Alpina durante una campaña de verano significaba, en números redondos, cuatro millones de cartuchos no hechos y siete guarniciones de frontera a ración.
Pero era posible. No era imposible. Krell escribió, en la cuarta hoja del dictamen, la frase exacta, y la hoja existe:
La prestación es materialmente viable a coste grave.
El dictamen se discutió el 2 de abril de 1820 en una sesión de once cardenales, y Krell tuvo veinte minutos.
Los usó explicando la aritmética. Era la tercera vez en cinco años que le explicaba aritmética a aquella sala y ya había comprendido, en la segunda, que la sala no la oía como aritmética; la oía como posición, es decir, oía a un hombre defendiendo algo.
Él no defendía nada. Estaba diciendo que cuarenta hombres se podían dar y que costaba siete guarniciones.
Vale la pena decir quién estaba en aquella sala, porque la sala es lo que decidió, y porque la manera en que esto se cuenta desde el púlpito — la Curia se negó — atribuye a una institución una decisión tomada por once hombres con once historias distintas en una mañana de abril.
Presidía el Secretario de Estado, que tenía setenta y tres años y una sordera del oído izquierdo que nadie mencionaba y que hacía que media sesión le llegara por la mitad. Votó con la mayoría, como votaba siempre.
Estaban los siete Cardenales-Estado. Cinco habían llegado a Aurum Roma la víspera, de siete provincias distintas, y tres no sabían a ciencia cierta qué se iba a discutir porque el sumario de la convocatoria decía petición de casas seculares, provisión.
Estaba el Cardenal-Prefecto de la Doctrina, un hombre de cuarenta y nueve años, rigorista, que había leído la petición cuatro veces y que era el único en aquella sala además de Krell que había venido con un papel escrito.
Estaba el Cardenal-Camarlengo, que no habló.
Y estaba Krell.
El Cardenal-Estado de Ferrum Alpina habló en segundo lugar, y Krell tenía razón al llamarlo político, pero hay una cosa que nunca dijo en ninguna parte y que hay que añadir para que el retrato sea honesto: aquel hombre también tenía un problema de medios y no podía decirlo.
Ferrum Alpina tenía, en 1820, mil ciento nueve de los tres mil cuarenta y un purificadores licenciados del continente.
Los cuarenta que la petición implicaba saldrían todos de allí. No había otro sitio de donde salieran. Y el Cardenal-Estado de Ferrum Alpina tenía, en el bolsillo, una carta de dos maestros de forja de Ferrumkar, fechada en enero, informándole de que la producción de Crisma Argénteo del Estado ya estaba un once por ciento por debajo del compromiso con la Sede por falta de manos.
No la leyó a la sala.
No la leyó porque leerla sería admitir, delante de seis Cardenales-Estado pares y competidores suyos, que el Estado más poderoso de la Orden estaba incumpliendo el compromiso; y porque, si la leía, el argumento de la negativa pasaría a ser no podemos en vez de no debemos.
Y no podemos es una frase que se dice una vez y después se paga durante treinta años, porque quien la oye queda sabiendo dónde está el límite.
Hizo el discurso político en su lugar, y habló cuarenta minutos, y habló muy bien.
El argumento fue este, y Krell lo reconoció a la tercera frase como el que iba a ganar: que ceder capellanía a una hueste secular que declaraba por escrito ir al amparo del derecho propio de cada corona era reconocer ese derecho propio; que si Roma proveía, Roma quedaba de proveedora de una guerra que no mandaba; que al año siguiente serían once casas, y al otro diecisiete; y que la Curia acabaría siendo una casa de purificación con sede en Aurum Roma sirviendo a clientes, y no la cabeza de la cristiandad.
Lo hizo brillantemente. Y lo hizo porque el otro discurso — el verdadero, el de medios, el que Krell habría hecho por él con los ojos cerrados — era impublicable.
Krell solo supo de la carta en 1827, siete años después, auditando el Estado por otro motivo. Escribió en el Memorial:
Fui el único hombre de aquella sala que votó a favor de dar los cuarenta, y pasé seis años creyéndome el único que había visto derecho.
La verdad es que el hombre que me derrotó tenía delante una cifra peor que la mía y no podía decirla, y fue a buscar la teología porque la teología estaba allí y era gratis.
Así se gobierna. No se miente. Se elige, de entre las cosas verdaderas, aquella que puede decirse en voz alta — y después la historia registra esa, porque es la única que quedó escrita.
Hablaron los demás.
El Cardenal-Estado de Sal Pradelica fue partidario de dar, y su argumento era de frontera y era bueno: si las nueve casas entran y son destruidas, decía, el Limbo se queda con nueve mil cadáveres, con cuatrocientos noventa y cuatro mil cartuchos consagrados y con nueve estandartes, y nada de eso es indiferente. Fue el segundo voto con Krell.
El Cardenal-Estado de Limes Orientalis votó en contra, y su argumento era el más sencillo de todos y el más difícil de responder: yo tengo catorce guarniciones y seis purificadores para ellas, y si salen cuarenta hombres del sistema este año, salen de algún sitio, y yo sé de qué sitio no salen.
El Cardenal-Estado de la Schola Coronata hizo un discurso de veintidós minutos sobre la naturaleza de la gracia que nadie logró resumir después y que Krell describió como impecable e irrelevante.
Y el Prefecto de la Doctrina habló el último, con el papel escrito, y dijo lo que cerró la sesión.
Su papel tenía cuatro párrafos y el cuarto es el que pasó a la historia como la posición de la Sede.
Pero los tres primeros no pasaron, y Krell guardó copia, y son mucho peores y mucho más inteligentes que la frase hermosa que quedó.
El Prefecto de la Doctrina empezó concediéndolo todo. Concedió que la prestación era materialmente viable — citó a Krell por su nombre, lo que era una cortesía rara. Concedió que las casas signatarias eran católicas, que la empresa era piadosa en intención, y que negarla tendría coste de escándalo.
Y después dijo:
— Eminencias, lo que tenemos delante no es una petición de sacerdotes. Es una petición de capacidad. Y la solicitud tiene el cuidado de no decirlo, porque el jurista que la escribió sabe que si lo dijera habría perdido.
Krell se enderezó en la silla. Fue la única vez en veintiséis años que alguien en aquella casa lo dijo antes que él.
— Si nosotros proveemos — siguió el Prefecto —, establecemos que la capacidad de purificar a escala es una cosa que se solicita, que se asigna, y por tanto que se reparte. Y una cosa que se reparte tiene criterio, y el criterio se discutirá, y dentro de diez años hay una tabla de reparto entre la Sede y las coronas, y la Sede es una de las partes de esa tabla en vez de ser quien la escribe.
Silencio en la sala.
— Si nos negamos, mantenemos la proposición sobre la que se asienta todo esto, que es que el don no es capacidad: es ministerio. Un ministerio no se reparte. Se ejerce o no se ejerce.
Dejó el papel.
— Eminencias, sé perfectamente que esto es conveniente. Tengo conciencia de ello y le pido a Dios que me disculpe la parte en que es solo conveniente. Pero también es verdad, y el hecho de que nos convenga no la vuelve falsa, y no podemos dejar de decir lo que es verdadero solo porque nos beneficia.
Y fue entonces cuando dijo la frase, y la dijo sin ningún énfasis, casi de paso, que es la razón por la que funcionó:
— Si el don es gracia universal, como ellos escriben, que la reciban universalmente; y si no la reciben, quizá el don no sea tan universal como la petición supone — y no nos corresponde a nosotros corregir a Dios por conveniencia de nueve casas.
Se votó por orden inverso de antigüedad, que es la costumbre, lo que quiere decir que Krell votó primero.
Votó placet — a favor de proveer — y se quedó oyendo a los otros diez.
Nueve contra dos.
Y lo que él registró de aquella mañana, y lo registró el mismo día, en tres líneas, en un papel que no metió en expediente alguno, fue:
Perdí nueve a dos y no me derrotó el cinismo.
Me derrotó un hombre que cree lo que dijo, que dijo una cosa verdadera, y que tenía razón en todos los pasos del argumento salvo en uno que nadie en aquella sala lograba ver, y es este:
un ministerio que solo una casa en el mundo puede ejercer en cantidad es capacidad, se le llame como se le llame.
El nombre no cambia la cosa. Cambia quién tiene que responder por ella.
Krell fue uno de los dos, y no fue por generosidad: fue porque creía que la negativa iba a salir cara y porque su oficio era estimar costes.
La respuesta de la Curia salió el 19 de abril de 1820, en setenta y una palabras, y es uno de los documentos más leídos de la historia del continente porque fue reproducido en panfleto por todo el mundo, de los dos lados, durante treinta años.
Decía:
La Sede Apostólica de Aurum Roma alaba el celo de las casas signatarias y lo encomienda a la oración de los fieles.
La capellanía de campo con facultad y provisión de purificación en marcha es ministerio, y no mercancía; no se concede a solicitud, ni se reparte a hueste que no haya sido levantada bajo autoridad del Uno.
Se recomienda a las casas signatarias que difieran la empresa y se pongan bajo tal autoridad, en cuyo caso serán provistas.
Krell la leyó el día en que salió y lo único que pensó — y lo escribió en el Memorial once años después, y es lo más amargo que contiene aquel libro — fue:
Estaba todo allí menos la cifra. Si hubiéramos escrito cuarenta, lo habrían entendido. Escribimos «ministerio, y no mercancía», que es verdad, que es bello, y que no le enseña nada a nadie.
Un hombre que oye «no se vende» busca otro vendedor. Un hombre que oye «hacen falta cuarenta y nosotros tenemos tres mil y hay siete fronteras» hace cuentas.
Nosotros sabíamos hacer la cuenta y no la pusimos en la carta, porque poner la cuenta en la carta era admitir que la gracia se cuenta. Y mientras discutíamos si se contaba, ellos compraron.
El segundo movimiento de este capítulo ocurre a seiscientos kilómetros de distancia y siete semanas más tarde, y Krell nunca supo que había ocurrido.
En junio de 1820 llegó al cuartel de la Casa Solar, en los valles de Ferrum Alpina, un emisario de las nueve casas, con escolta de seis caballeros seculares y una carta de crédito girada contra un banco kantonal.
Venía a comprar hombres.
No lo decía así, evidentemente. La propuesta era de incorporación temporal de contingente aliado, por dieciocho meses, con sueldo, con provisiones, con armamento suministrado y con — y este era el artículo que importaba y estaba escrito en tercer lugar para no parecer el primero — reconocimiento de la Orden de los Caballeros del Sello como cuerpo constituido, a todos los efectos legales, por las nueve casas signatarias y por las coronas a las que están ligadas.
Mattias lo leyó tres veces.
Era, desde donde él estaba y desde donde estaría cualquier hombre que hubiera pasado cinco inviernos alquilando escoltas a doce ducados para pagar cebada, la única oferta seria que la Orden había recibido desde que existía sobre el papel.
Sueldo para sesenta y dos hombres. Armamento. Y existencia jurídica.
Existencia jurídica, ofrecida por nueve casas seculares, cinco años después de que el Uno hubiera decretado la Orden y no hubiera logrado dotarla de nada.
Mattias pidió un día. Le dieron un día.
Lo pasó solo, subiendo hasta el collado por encima del monasterio, que era una cosa que hacía cuando necesitaba pensar y que siguió haciendo hasta los sesenta años.
Y lo que lo decidió no fue lealtad, y no fue teología, y siempre fue honesto al respecto con los dos o tres hombres a quienes contó la historia.
Fue la tercera regla.
Una unidad sin purificador en condiciones se retira, incluso venciendo.
Él había escrito aquello en un cuaderno en 1818, después de una cabaña de pastor y de un cartucho que le había costado cuatro horas. Y la propuesta que estaba encima de la mesa allí abajo, en sus diecinueve cláusulas, no mencionaba purificadores ni una sola vez.
Ni una. Mattias contó.
Hablaba de armamento suministrado. Hablaba de munición en cantidad — daba incluso una cifra, y la cifra era generosa, y Mattias, que se había pasado la vida contando cartuchos por unidades, miró aquella cifra y entendió en un segundo lo que significaba y lo que no decía.
Decía cuántas balas. No decía quién iba a volver a despertarlas en septiembre.
Bajó al caer la tarde y se negó.
El emisario le preguntó por qué, con una irritación perfectamente razonable, y Mattias le dio la respuesta que dio, que tiene quince palabras y que la Casa Solar mandó grabar en piedra en 1863 sin entender muy bien por qué:
— Porque ustedes contaron las balas y no contaron quién las hace.
El emisario partió a la mañana siguiente. Fue después a Königsmark, donde tuvo más suerte, y luego al este, donde tuvo mucha más.
Y en junio de 1821, nueve mil hombres formaron en una llanura llamada Marnheim con cuatrocientos noventa y cuatro mil cartuchos comprados a una casa kantonal y un canónigo de Vallia en un caballo blanco, y los sesenta y dos hombres de la Casa Solar no estaban allí.
Mattias lo supo en septiembre, por un mercader.
Se quedó pensando en la conversación del collado el resto de su vida, y la conclusión a la que llegó, y que nunca le dijo a nadie porque no había manera de decirla sin que sonara a una cosa que él no quería que sonara, fue que no los había salvado por virtud ninguna.
Los había salvado porque, dos años antes, un muchacho de Bierkut llamado Halvard había disparado cinco tiros en una cabaña de pastor y cuatro no habían servido de nada.
Sesenta y dos hombres siguieron vivos porque uno de ellos había gastado cuatro cartuchos muertos en febrero de 1818.
Así reparte las cosas este universo, y no hay manera de decirlo que no suene a blasfemia o a suerte.
ACTO II — MARNHEIM
VI. El Verano
El verano de 1821 fue, en Aurum Roma, el más hermoso que se recordaba, y todo el mundo lo notó entonces y todo el mundo lo dijo después, y hay algo obsceno en la manera en que los años se acuerdan de sí mismos.
Krell trabajó.
Trabajó porque era junio y las cuentas de 1820 se cerraban en julio y porque la Congregación de los Medios tenía entonces once funcionarios para un territorio de ciento once diócesis, y trabajó también porque la alternativa era pensar, y sabía lo que iba a pensar si se dejaba.
Sabía la fecha de la partida. Toda la Curia sabía la fecha de la partida. Había venido en un despacho de la nunciatura de Reichshamn en mayo, con la información de que la hueste se concentraría en Marnheim a partir del 8 de junio y cruzaría la línea por Vado Aureo en la segunda semana de julio, y el despacho estaba escrito en aquel tono neutro de los diplomáticos que es lo único que una persona no soporta.
Krell lo leyó y después fue a buscar el dictamen de abril de 1820 y releyó la cuarta hoja.
La prestación es materialmente viable a coste grave.
Volvió a guardarlo todo. Se fue a cerrar las cuentas de 1820.
El 4 de julio hubo una audiencia de rutina sobre el diezmo de las provincias del sur, y al final de ella, con los papeles ya recogidos, Aurelianus I le preguntó:
— Cardenal. Aquella cuenta que hizo usted el año pasado. Cuarenta.
— Cuarenta, Santísimo Padre.
— ¿Siguen siendo cuarenta?
— Hoy serían cuarenta y tres, porque perdimos once licenciados en Ferrum Alpina durante el invierno y la media de producción ha bajado. — Krell vaciló, y después lo dijo, porque tenía sesenta y ocho años de vida detrás y ninguna gana de pasar los que le quedaran sin haberlo dicho: — Pero ya no están pidiendo, Santísimo Padre. Partieron el ocho de junio.
El Uno asintió despacio.
— Lo sé — dijo.
Y después, al cabo de un rato:
— Usted cree que yo debí haberlos dado.
— Creo que habría costado siete guarniciones, y que yo no sé cuánto cuesta lo contrario, y que nadie lo sabe, y que dentro de tres meses lo vamos a saber.
Aurelianus I se quedó muy quieto, con las dos manos en el respaldo de una silla en la que no se sentaba.
— No lo vamos a saber — dijo. — Vamos a saber lo que ocurrió. No es lo mismo que saber cuánto costó lo contrario, porque lo contrario no ocurrió, y lo que no ocurre no se mide.
Krell no tenía respuesta para aquello, y la razón de no tenerla era que era verdad y que era, además, exactamente lo mismo que él le decía a los obispos que le pedían partidas para obras que evitarían desastres futuros.
— Usted es un hombre de números y se va a pasar la vida entera haciendo esta resta — dijo el Uno, ya saliendo. — Hágala bien. Alguien en esta casa tiene que hacerla bien.
Hubo, entre julio y septiembre de 1821, un fenómeno en Aurum Roma que no tiene nombre y que Krell describió en el Memorial con una frase que los historiadores de la Orden citan siempre sin la fuente:
La ciudad rezó por ellos con una generosidad que no habría tenido si los hubiéramos socorrido.
Fue verdad. Fue ostensiblemente verdad y todo el mundo participó.
Hubo procesión de rogativa el 14 de julio, con treinta y un mil personas en la Vía del Coro, que era más gente de la que había aparecido en la coronación de Aurelianus I. Hubo misas diarias en veintidós parroquias por los que cruzaron la línea. Hubo, en la Catedral del Hashmal — que era entonces cuatro paredes y un andamio y un altar provisional de tablas — una vigilia de cuarenta horas en agosto, con canónigos por relevos, y Krell fue allí a las tres de la madrugada de un sábado y encontró la nave llena.
Y se arrodilló con los demás, y rezó, y rezó en serio, porque era un hombre de fe genuina y hay que decirlo porque todo lo demás en este libro puede hacer parecer que no lo era.
Y mientras rezaba, con las rodillas en el suelo de tierra apisonada de una catedral sin terminar, pensó — y no logró no pensarlo, y nunca se perdonó el pensamiento, y lo confesó dos veces a dos confesores distintos y ninguno de los dos entendió lo que estaba confesando:
Si les hubiéramos dado cuarenta hombres, ninguna de estas treinta y un mil personas estaría aquí, porque no habría por qué rezar. Nosotros nos negamos, y la negativa produjo la mayor demostración de fe pública de esta ciudad en cuarenta años. Y dentro de dos meses, si aquello sale mal, la misma negativa va a producir la mayor transferencia de autoridad de la historia de la Sede.
Y yo no hice que esto ocurriera. Y me voy a beneficiar de ello. Y no hay una sola línea en el derecho canónico que me acuse de nada.
VII. La Noticia
La primera noticia llegó el 9 de septiembre de 1821, por un correo de Vykhradia, y no era una noticia: era una ausencia de noticia, transmitida con la precisión nerviosa de un hombre que comprende que está diciendo algo grave.
Decía que la hueste no había enviado despacho desde el 22 de julio.
Cuarenta y nueve días.
Krell llevó el papel al Secretario de Estado y el Secretario de Estado se lo llevó al Uno, y aquella tarde la Curia hizo lo único que podía hacer, que era mandar gente a ver — dos canónigos y una escolta de doce, a caballo, por Vado Aureo, con instrucción de no cruzar la línea.
Partieron el 11 de septiembre. Volvieron el 3 de octubre.
Entre esas dos fechas, Aurum Roma lo supo por los comerciantes, como siempre, porque los comerciantes son más rápidos que las nunciaturas y no tienen que escribir con cuidado.
La primera versión que corrió por la ciudad fue que la hueste había sido destrozada en una batalla. Duró cuatro días y era falsa.
La segunda versión fue que había habido traición de una de las nueve casas. Duró tres semanas, y todavía hoy hay quien la defiende, y el canon nunca la cerró.
La tercera versión fue la verdadera y llegó el 26 de septiembre, en un relato de tercera mano que venía de un transitario de Solnica que se lo había oído a un pastor de la frontera, y Krell la oyó en la antecámara, de pie, de un monseñor que se la contaba a otros dos.
La hueste había entrado. Había combatido once días. Al duodécimo día, la munición consagrada se había acabado.
Y después de eso — y esta es la parte que hizo que aquella versión fuera reconocida inmediatamente como verdadera por todo el que sabía algo, porque es una cosa que nadie inventa — no se retiraron.
No se retiraron porque estaban a cuatro días de marcha de la línea, con heridos, en terreno que no conocían, y porque retirarse con metal muerto es lo mismo que quedarse con metal muerto solo que andando.
Aguantaron diecinueve días más.
Nueve mil hombres con espadas de Hierro del Coro que aún servían, porque el Hierro del Coro no se apaga del mismo modo — una hoja bendecida en 1819 corta en 1821 —, y con cuatrocientos noventa y cuatro mil cartuchos que eran, a partir del duodécimo día, latón y plata sin nada dentro.
Diecinueve días a cuerpo.
Krell salió de la antecámara y se fue al despacho y cerró la puerta y se sentó.
Y lo que le ocurrió allí, y que registró en el Memorial de 1831 con una precisión casi clínica porque era el único modo de soportarlo, fue que su cabeza hizo la cuenta sola.
No quiso hacerla. La hizo.
Once días de munición. Cuarenta y tres purificadores habrían sostenido cuarenta y cinco mil al día. Treinta días de campaña exigían un millón trescientos cincuenta mil cartuchos, y ellos llevaban cuatrocientos noventa y cuatro.
Con cuarenta y tres hombres de Ferrum Alpina en marcha, aquella hueste tenía munición para treinta días.
No tenía victoria. Krell no se engañaba al respecto y nadie competente se engañó: nueve mil hombres en el Limbus Mundi no toman nada, con balas o sin ellas, porque no hay nada que tomar y porque el problema del Limbo nunca fue de fuego, fue de terreno. Habrían entrado, andado treinta días, comprendido que no había objetivo ninguno, y vuelto.
Vuelto.
Nueve mil hombres volviendo, humillados, sin victoria, con pérdidas fuertes por enfermedad y escaramuza — y vivos. Y las nueve casas se habrían quedado con la certeza de que se podía hacer sin Roma, y con la prueba de ello, y con nueve mil veteranos.
Krell se quedó sentado a aquella mesa y comprendió, con una claridad que le revolvió el estómago, que la negativa del 19 de abril de 1820 había sido, desde el punto de vista estricto de la razón de Estado, la decisión más eficaz tomada en aquel palacio en el siglo.
Y que nadie la había tomado por eso.
Nueve cardenales habían votado en contra por una razón teológica sincera, expresada en una frase hermosa sobre ministerio y mercancía. Él mismo había votado a favor. El Uno había confirmado la mayoría. Nadie, en ningún momento, en ninguna sala, había dicho si se la negamos, mueren, y si mueren nos quedamos con todo.
Nadie lo había dicho. Él lo habría sabido — leía todas las actas.
Y sin embargo allí estaba: ocurrió exactamente aquello, y la Sede de Aurum Roma iba a recibir, en noviembre de 1821, una autoridad sobre el continente que no había logrado construir en seis años de decretos, y la iba a recibir por no haber hecho nada, y la iba a recibir con las manos limpias de toda intención y sucias de toda consecuencia.
Krell escribió, aquel día, en una hoja suelta que no metió en expediente alguno y que se encontró entre sus papeles en 1841:
No pecamos. Heredamos.
Que Dios me diga cuál de las dos es peor de cargar, porque yo no lo consigo decidir.
Los dos canónigos volvieron el 3 de octubre y su informe tiene cuatro páginas y es seco.
No habían cruzado la línea. Habían pasado once días en Vado Aureo interrogando a quien pasaba, que era poca gente, y la tercera página contiene la única información nueva que trajeron y que la Curia clasificó durante treinta años:
Que el 14 de septiembre habían sido avistados, de este lado, dos hombres.
Dos, de nueve mil. Venían a pie, sin armas, y uno de ellos no hablaba. El otro habló durante seis horas y después murió al día siguiente, y lo que dijo está en las páginas tres y cuatro, y de ahí salió todo lo que el continente sabe sobre los treinta días, y es poco, y es contradictorio, y un hombre que anduvo treinta días en aquello y seis horas hablando no es una fuente que pueda tratarse con severidad.
El hombre se llamaba Anselm y era ayudante de herrador de la casa de Reichshamn y tenía veintidós años, y lo primero que preguntó cuando lo sentaron fue si había pan.
Le dieron pan. Se lo comió todo y pidió más y no logró comerse el segundo.
Después habló seis horas.
Declaración tomada en Vado Aureo, 15 de septiembre de 1821, por el canónigo Bertold, comisario de la Sede. Registro íntegro, sin interrupción del declarante.
Me preguntan cuántos días. Yo digo treinta y uno y el otro dice veintinueve y ninguno de los dos tiene razón porque a partir de cierto momento no hay día.
No está oscuro. Eso es lo que todo el mundo pregunta primero y no es eso. Hay luz, hay una cosa naranja arriba, y no se mueve. No va de un lado a otro como el sol. Se queda.
La primera semana fue buena. Digo buena y ustedes van a escribir eso y van a creer que estoy loco, pero fue buena. Marchamos cuatro días sin ver nada, y al quinto hubo contacto y ganamos, y al sexto hubo otro y ganamos, y al séptimo los hombres estaban cantando. Yo vi a nueve mil hombres cantando dentro de aquello.
Al séptimo día el Conde mandó parar y hacer consejo, porque llevábamos cuatro días dentro y no había nada. Nadie les había explicado a los hombres qué era lo que íbamos a tomar. Yo soy herrador, no soy nadie, pero andaba con los caballos de los oficiales y oía, y al séptimo día oí a un capitán de Velinia preguntarle a su capitán cuál era la ciudad.
No hay ciudad, señores. Esa es la cosa. Se marcha y no hay adónde ir.
Al décimo día el intendente vino al Conde. Yo estaba a diez pasos con dos caballos.
Dijo que estábamos gastando más de lo previsto. El Conde preguntó cuánto había. Él dijo la cifra, y yo no sé la cifra, pero sé que el Conde la repitió en voz alta y después se quedó callado mucho rato.
Y después el Conde preguntó una cosa que yo comprendí que era la cosa equivocada que preguntar, y yo tenía veintidós años y era herrador y lo comprendí, y por tanto ellos también lo comprendieron.
Le preguntó al intendente si el canónigo no podía hacer más.
El canónigo se llamaba Bonifacio y venía de Vallia y tenía, qué sé yo, cincuenta años. Iba en caballo blanco porque era el caballo que le habían dado y a él le parecía violento y lo dijo varias veces.
Era buena persona. Lo digo porque van a preguntar.
Lo trajeron y se lo explicaron, y él escuchó, y después le dijo al Conde una cosa que yo no entendí entonces y que entendí después, que fue:
«Señor Conde, yo hago trescientos al día si no hago nada más. ¿Cuántos se gastan en un día de contacto?»
Y el intendente dijo la cifra.
Y el canónigo Bonifacio se sentó en el suelo. Un sacerdote de cincuenta años se sentó en el suelo delante de un conde y de cuatro capitanes y se quedó allí sentado.
Nadie lo levantó.
A partir del undécimo día no hizo nada más que aquello. Le montaron una tienda en el centro del cuadro con dos hombres en la puerta y se quedó allí dentro desde el amanecer hasta que no pudo más.
Yo le llevé agua cuatro veces porque me lo mandaron.
La primera vez estaba trabajando y me habló. Me preguntó cómo me llamaba y de dónde era y me dijo que tenía una sobrina en Reichshamn.
La segunda vez no habló.
La tercera vez me agarró del brazo y me preguntó si los hombres estaban disparando mucho. Yo dije que sí porque era verdad. Él dijo: «Diles que no disparen.» Yo dije que no era nadie para decirle eso a nadie. Él dijo: «Lo sé. Perdona.»
La cuarta vez fue al quinto día y ya no hablaba y la mano ya no le cerraba, y yo lo vi, señores, lo vi coger un cartucho con las dos manos como quien coge un cáliz, y rezar encima de él, y ponerlo en la caja de la derecha.
Y yo me quedé mirando y él me vio mirar.
Él lo sabía.
Es esto lo que vine a decir y después escriban lo que quieran. El canónigo Bonifacio sabía que lo que estaba haciendo al quinto día ya no servía. Se lo vi en la cara. No es una cosa que se pueda no entender.
Y siguió.
Y yo salí de la tienda y fui a ver al sargento y se lo dije, y el sargento me llevó al capitán, y el capitán me escuchó hasta el final y después me dijo que yo era herrador.
Yo dije que sí, que era herrador.
Y él dijo: «Entonces no entiendes de bendiciones.» Y me mandó a paseo.
Y yo pasé tres días creyendo que él tenía razón, señores, tres días enteros, porque yo tenía veintidós años y era herrador y quién soy yo para saber.
Solo que al tercer día hubo contacto y yo estaba en medio, y vi una fila de doce hombres disparando contra una cosa a veinte pasos, y vi a la cosa llegar hasta los doce.
Después de eso es como he dicho. No hay día.
Estaban las espadas. Las espadas servían. Todo el mundo cree que aquello se hace con armas de fuego y no se hace, señores, aquello se hace con un hombre a tres pasos de otra cosa con un hierro en las manos, y los hierros servían, y por eso aguantamos lo que aguantamos.
Aguantamos diecinueve días con espadas.
Nueve mil hombres. Después siete. Después no sé.
El Conde de Reichshamn murió al vigesimosegundo o al vigesimotercero y murió a pie porque ya no quedaban caballos, y murió delante y no detrás, y quiero que eso quede escrito porque en Reichshamn van a decir lo contrario.
El canónigo Bonifacio murió antes, no sé cuándo. Alguien dijo que había sido en la tienda y que no lo mataron, que sencillamente no se despertó.
Espero que sea verdad.
Me preguntan cómo salí.
Anduve. Anduve con Kaspar, que es el otro, y Kaspar no habla desde el décimo día y yo creo que no va a volver a hablar.
Anduvimos siete días o nueve. Comimos lo que había y no voy a decir lo que había.
Me preguntan si sabíamos adónde íbamos. Íbamos al oeste, porque la luz naranja está siempre un poco más alta al este y un poco más baja al oeste, y fue Kaspar quien se dio cuenta de eso al tercer día y fue lo último que me dijo.
Una cosa más y después ya no tengo.
Al duodécimo día, cuando la munición se acabó del todo, el Conde mandó formar cuadro y habló a los hombres. Yo lo oí porque estaba cerca.
Les dijo la verdad. Dijo que la munición se había acabado y que íbamos a salir a hierro y que quien quisiera rezar rezara.
Y después dijo una cosa que yo no esperaba y que nadie esperaba, y hubo un silencio grande, y fue:
«Y no habléis mal de Roma. Roma nos dijo que no. Fuimos nosotros los que vinimos.»
Nueve mil hombres, señores. Podía haber dicho lo contrario y ellos lo habrían creído y habrían muerto con rabia en vez de morir como murieron.
No lo dijo.
El canónigo Bertold escribió, al final de las trece hojas, una nota de comisario:
El declarante falleció a las cinco de la mañana del 16 de septiembre, de causa que el médico declara ser agotamiento y desnutrición. No recibió los sacramentos por no estar ya consciente cuando se llamó al capellán, lo que se lamenta y se registra.
El segundo superviviente, de nombre Kaspar, no habló y sigue sin hablar. Pasa a casa de misericordia en Vallium.
Krell leyó las trece hojas tres veces y fue en la última cuando comprendió cuál de ellas lo iba a acompañar.
No fue el canónigo rezando con las dos manos. No fue no hay día. No fue siquiera el Conde diciéndoles a los nueve mil que la culpa no era de Roma, aunque esa frase recorrió la Curia entera en cuarenta y ocho horas y le valió a Ottokar de Reichshamn, de un cardenal que nunca lo había conocido, el epitafio que hoy está en la basílica de Reichshamn.
Fue el capitán.
Entonces no entiendes de bendiciones.
Krell escribió, al margen de la hoja nueve:
Aquel capitán no estaba mintiendo y no estaba siendo cruel. Era lo que él sabía. Era lo que nosotros le habíamos enseñado — nosotros, durante treinta años, desde el púlpito: que aquello es una bendición, y que una bendición no se mide, y que preguntar cuántas es materia de poca fe.
Un herrador de veintidós años, que veía al canónigo los jueves, entendió en cinco días lo que nuestra catequesis se pasó treinta años volviendo impensable para un capitán de caballería.
Y cuando él lo dijo, el capitán le respondió con nuestra frase.
Nosotros armamos aquella frase. Estaba cargada y se la pusimos en la boca.
Y fue el quinto día del canónigo Bonifacio.
Nadie se lo dijo. Lo dejaron hacer, y repartieron lo que hizo, porque la alternativa era decirles a nueve mil hombres que ya no había.
Krell leyó ese pasaje cuatro veces.
Después fue al archivo a buscar el formulario de censo de la Casa Solar, de diciembre de 1819, con la caligrafía derecha y pequeña en el campo del nombre donde decía ninguno, y lo puso encima del informe, y se quedó mirando los dos papeles uno al lado del otro.
Once cartuchos, por oficial no ordenado, por método no licenciado.
Once que funcionaban.
Contra cuatro días de un canónigo licenciado haciendo plata muerta porque ya no tenía manos y nadie tuvo el valor de decírselo.
VIII. El Turno de Septiembre
La Vigilia no supo nada, porque la Vigilia nunca sabe nada: es una casa cerrada con catorce llamas y una silla, y las noticias del mundo entran allí con tres semanas de retraso y en versión disminuida, porque la Madre Vigilante de entonces entendía — y todas lo entendieron, antes y después de ella — que una Blanca que sabe lo que está pasando fuera escucha peor.
Aelius sabía. Aelius salía los domingos y tenía un hermano en la ciudad.
Y por eso la transcripción del 30 de septiembre de 1821 es el documento más difícil de su carrera, y el único sobre el que mintió.
Estaba de turno la Blanca Séptima, diecinueve años, segundo año, una muchacha de Coronata que había entrado con diecisiete y que iba a morir en 1826, que era más o menos el plazo.
El turno empezó a las seis y cuarto. Corrió cuarenta minutos de nada.
Después hubo inscripción, y la inscripción duró catorce segundos, y las palabras fueron nueve, y Aelius las escribió como escribía todo, sin puntuar, con la llama fuera del campo de visión.
Las nueve palabras eran:
no fue negativa fue cuenta y la cuenta estaba bien
Aelius dejó la pluma.
Un escribano de Vigilia no deja la pluma durante un turno. Está en la regla y está en la formación y está en la cabeza de un hombre que lleva treinta y un años haciendo aquello del modo en que está la respiración.
La dejó.
Y se quedó mirando las nueve palabras en la hoja, con su caligrafía, pequeña y derecha, y lo primero que pensó fue un pensamiento de oficio y no de teología, y fue:
Esto es lengua de la ciudad. Esta es una frase que se oye en una taberna de la Vía del Coro en septiembre de 1821.
Porque lo era. No tenía un solo término técnico. No tenía metalurgia, no tenía proporción, no tenía nombre de cosa que una muchacha de diecinueve años de Coronata no pudiera haber oído en la calle si hubiera estado en la calle, cosa que no había estado en dos años.
Y tenía — y era esto lo que estaba impidiendo que la mano de Aelius de Sárvar volviera a la pluma — la estructura exacta de una acusación.
La Madre Vigilante de aquel año leyó la hoja y le preguntó qué le parecía.
Un escribano no opina. Preguntarle a un escribano qué le parece es una violación de protocolo tan grande que la Madre la cometió a propósito, y Aelius entendió que era a propósito.
Él dijo:
— Madre, esto puede ser contaminación.
— Explíquese.
Y Aelius se explicó, y se explicó bien, porque tenía treinta y un años de oficio y porque la contaminación era el problema técnico central de todo aquello y nadie hablaba de él en voz alta: una Blanca no es un instrumento. Es una muchacha de diecinueve años dentro de una casa donde entran canónigos, criadas, lavanderas, el médico, la hermana que trae la comida. Lo que sale de aquella silla sale por su boca, con su lengua, con el vocabulario que ella tiene. Si oyó una frase en la cocina el martes, esa frase está en su cabeza el jueves.
Y si lo que hace el Hashmal es usar el vocabulario que encuentra, entonces no hay manera ninguna, ninguna, de distinguir una inscripción verdadera de una frase de cocina — salvo cuando la inscripción dice una cosa que la muchacha no podía saber.
Una aleación metalúrgica no podía saberla. Por eso las aleaciones eran el patrón oro.
No fue negativa fue cuenta y la cuenta estaba bien — eso podía habérselo oído a una lavandera.
— Entonces usted cree que es falsa — dijo la Madre.
— Yo creo que no es verificable, Madre, y es una cosa distinta, y es la peor de las dos.
La Madre Vigilante tenía que decidir qué hacía con aquello, y lo que hizo es lo que habría hecho cualquiera en ese lugar y es la razón por la que existe hoy un artículo específico sobre esto en las siete reglas.
Mandó no transmitir.
La transcripción se quedó en la casa. No subió a la Curia. No entró en el extracto semanal que iba a los Cardenales-Electores. Se quedó en el legajo de septiembre de 1821 de la Vigilia Blanca, con la nota de la Madre al margen — inscripción de vocablo corriente, no verificable, retenida — y por eso ningún cardenal, ningún Pontífice y ningún inquisidor supo jamás que, trece días después de que el relato de los dos supervivientes llegara a Aurum Roma, una muchacha de diecinueve años que no podía saber nada dijo nueve palabras que describían exactamente lo que Amandus Krell había escrito en una hoja suelta en el despacho, solo, con la puerta cerrada.
Aelius de Sárvar copió la hoja antes de archivarla.
Fue la única vez en cincuenta y un años que copió una transcripción para sí mismo, y es materia disciplinaria grave, y lo hizo, y guardó la copia en una biblia, y allí estuvo otros veinte años.
La razón por la que la guardó no fue teológica y no fue curiosidad.
Fue esta, y la escribió al dorso de la hoja, y la hoja existe porque en 1841 el sobrino nieto encontró la biblia:
Si esto es del Cielo, entonces el Cielo comentó una decisión administrativa de la Curia y dijo que estaba bien, y nosotros retuvimos el comentario porque no lo pudimos verificar.
Si esto no es del Cielo, entonces una muchacha de diecinueve años, encerrada desde hace dos años en una casa sin periódicos, llegó sola a la misma conclusión que los nueve cardenales mejor informados del continente no lograron formular en voz alta en una sala.
No sé cuál de las dos hipótesis me asusta más, y llevo treinta y un años en esto.
IX. Lo Que Se Hace Con Nueve Mil
La Curia no hizo nada durante siete semanas, y fue lo más inteligente que hizo en todo el pontificado.
Krell lo vio ocurrir desde dentro y comprendió el mecanismo, y el mecanismo no fue astucia: fue parálisis, y la parálisis se pareció, desde fuera, al tacto.
Nadie sabía qué decir. Una hueste de nueve mil hombres levantada por nueve casas cristianas contra el Infierno había sido aniquilada, y Roma les había negado capellanía siete meses antes por escrito, y la carta de la negativa circulaba por el continente entero en copia de panfleto. Cualquier declaración de la Sede en aquellas semanas sería leída como defensa.
Así que la Sede no declaró.
Mandó decir misas. Mandó tocar las campanas de Aurum Roma durante una hora el 9 de octubre, lo que se decidió en una reunión de cuarenta minutos en la que se discutió si una hora era poco o mucho y en la que nadie quiso ser el primero en decir mucho.
Y esperó.
La respuesta vino de las casas, y vino partida, y fue esa fractura la que lo decidió todo.
De las nueve casas signatarias, cuatro estaban extinguidas en línea varonil directa en octubre de 1821. Una quinta tenía un heredero de once años bajo tutela. Las otras cuatro tenían cabezas vivas porque las cabezas no habían ido — y hay que decirlo, porque el púlpito se pasó setenta años haciendo de los Nueve Estandartes un poema sobre nueve condes heroicos, y la verdad documental es que seis de los nueve signatarios no estuvieron en Marnheim. Mandaron hijos, mandaron hermanos, mandaron capitanes.
Ottokar de Reichshamn fue. Es la razón por la que es él el nombre que quedó, y es razón suficiente, y hay muy pocas cosas en este universo en que la fama y el mérito coincidan tan exactamente.
Los seis que se quedaron pasaron el invierno de 1821 acusándose unos a otros.
Se acusaron de todo lo que había que acusar: de contingente prometido y no enviado, de dinero no entregado, de armamento desviado, y — la acusación más repetida y la única que importaba — de abastecimiento. Cada casa alegó que otra había quedado encargada de la segunda remesa. La segunda remesa no existía en contrato alguno. Krell mandó verificar, porque la Congregación de los Medios fue, por un azar administrativo, el organismo al que le tocó reunir los documentos.
No existía. Nunca había existido.
Nueve casas habían enviado nueve mil hombres al Limbus Mundi con una sola remesa, y ninguna de ellas les había preguntado a las otras ocho qué pasaba al duodécimo día, porque cada una dio por hecho que alguien habría pensado en eso.
Krell escribió el dictamen final sobre los abastecimientos de Marnheim en enero de 1823, y fue él quien redactó, con sus propias manos, las dos líneas de la página trece que el continente entero se aprendió de memoria:
La expedición partió sin capellanía de campo con facultad y provisión de purificación en marcha, contra la costumbre y contra el consejo, y es en esta falta donde la Comisión fija la causa próxima del desastre.
Sabía que era insuficiente cuando lo escribió. Lo escribió igual, y se pasó el resto de la vida mirando aquella frase, y en el Memorial de 1831 le dedicó once páginas.
Su argumento, en 1831, era este:
Que tenía delante, en enero de 1823, tres verdades, y que solo dos cabían en un documento público.
La primera verdad era que habían partido sin capellanía. Verdadera, sencilla, publicable.
La segunda era que la capellanía que necesitaban eran cuarenta hombres y no uno, y que por tanto el problema no era dogmático sino industrial, y que cualquiera con esa cifra en la cabeza entendería inmediatamente que el monopolio de la Sede no era un privilegio, era una fábrica.
La tercera era que Roma había negado los cuarenta y podía haberlos dado.
Publicar la segunda obligaba a publicar la tercera.
Y publicar la tercera, en 1823, con el continente entero leyendo panfletos, habría sido — Krell escribió esto y después lo subrayó, y el subrayado está en el manuscrito — entregarles a las coronas seculares, por escrito y con el sello de la Sede, la información exacta de cuánto les faltaba para prescindir de nosotros.
Cuarenta hombres. Es una cifra pequeña. Un rey consigue cuarenta hombres.
No lograría formarlos — pero lograría comprarlos, y la Curia no tenía entonces mecanismo alguno para impedir que un licenciado de Ferrumkar aceptara trescientos ducados al año de un príncipe alpino, porque la exclusividad de servicio de los purificadores licenciados solo se instituyó en 1824, y se instituyó por esto, y Krell la redactó.
Fue por eso, y no por crueldad ni por cinismo, que la página trece dice sin capellanía en singular.
Y fue por eso que en 1890, sesenta y siete años después, un obispo cualquiera en un púlpito de provincia todavía podía decir compraron la bala y creyeron haber comprado la gracia y toda la congregación asentía — porque la frase es verdadera, es hermosa, y esconde exactamente la información que la Sede decidió, en una sala, en enero de 1823, que no debía circular.
Krell murió convencido de que había hecho bien y de que había hecho una cosa mala, y no consideraba las dos proposiciones incompatibles, y lo escribió así:
Un hombre de medios se pasa la vida eligiendo entre dos males aritméticos. Mi desgracia no fue haber elegido mal. Fue haber tenido, de las tres verdades, la única que no cabía, y haber sido yo quien decidió que no cabía, y haber tenido razón.
El segundo movimiento es de noviembre de 1821 y dura cuarenta minutos.
Aurelianus I convocó a once cardenales y no convocó a Krell, lo que se notó, y lo mandó llamar a la mitad, lo que se notó mucho más.
Cuando Krell entró, la sala estaba en silencio y había un mapa encima de la mesa.
El Uno le dijo:
— Cardenal. ¿Cuánto cuesta dotar a las Órdenes?
Y Krell — que tenía aquella cifra en la cabeza desde febrero de 1816, revisada quince veces, y que la había dicho en aquella casa dos veces y había sido educadamente ignorado en ambas — respondió:
— El cuarenta y uno por ciento de la renta conocida, Santísimo Padre. Hoy, con el censo cerrado y la renta de 1820 establecida: treinta y ocho.
— ¿Y si se cobrara un impuesto sobre el mineral purificado fuera de obediencia?
— Veintinueve.
— ¿Y si a los purificadores licenciados se les prohibiera servir fuera de la Sede?
Krell se detuvo.
Porque la segunda pregunta era su propia propuesta de 1816 y la tercera no lo era: la tercera era nueva, y era brutal, y no se le había ocurrido, y comprendió en un instante que había sido pensada por alguien de aquella sala en los últimos treinta días.
— Eso no baja el coste, Santísimo Padre — dijo despacio. — Eso cambia otra cosa. Si un licenciado no puede servir fuera de la Sede, entonces todo el mineral purificado del continente pasa por nosotros, y su precio deja de ser precio de mercado.
— ¿Y pasa a ser qué?
— Pasa a ser lo que nosotros digamos.
Silencio.
— Con eso, ¿cuánto cuesta? — dijo el Uno.
Krell hizo la cuenta de cabeza, allí, delante de once cardenales, y tardó quizá dieciocho segundos, y la respuesta fue:
— No cuesta, Santísimo Padre. Rinde.
El invierno de 1821 a 1822, en el cuartel de la Casa Solar, fue el peor de los siete que Mattias pasó allí, y no fue por falta de cebada.
La noticia de Marnheim llegó en septiembre, por el mercader, y llegó en versión corta y equivocada — la hueste fue destrozada — y la versión verdadera solo llegó en noviembre, en un panfleto impreso en Bernkanton que alguien trajo del valle y que pasó de mano en mano durante tres semanas hasta deshacerse.
El panfleto tenía ocho páginas y la cuarta traía, en mayúsculas, el texto íntegro de la negativa de la Sede del 19 de abril de 1820.
Las setenta y una palabras.
Mattias las leyó en el refectorio, una noche, en voz alta, porque cuatro hombres se lo pidieron y porque negarse habría sido peor.
La capellanía de campo con facultad y provisión de purificación en marcha es ministerio, y no mercancía; no se concede a solicitud, ni se reparte a hueste que no haya sido levantada bajo autoridad del Uno.
Acabó de leer. Dejó el panfleto.
Y un hombre del fondo de la mesa — no se sabe cuál, y Mattias, que se acordaba de todo, insistió siempre en que no se acordaba de cuál, que es la única mentira documentada de su vida — dijo:
— ¿Y nosotros qué somos?
Esa era la pregunta.
Sesenta y dos hombres en un monasterio desafectado, que habían jurado tres votos a una Orden que existía en un decreto de catorce artículos, que se mantenían alquilando escoltas a doce ducados, y a los que la misma Sede que no había dado cuarenta purificadores a nueve mil cristianos tampoco les había dado, en seis años, un saco de trigo.
Hueste levantada bajo autoridad del Uno. Ellos eran eso. Era exactamente eso lo que eran, sobre el papel, y desde hacía seis años.
Y no habían recibido nada.
Mattias tenía cuarenta y dos hombres de menos de treinta años en aquella sala, y comprendió aquella noche, con una nitidez que lo asustó, que estaba a once palabras de tener un motín de conciencia — no de violencia, cosa peor: de disolución. Hombres que se van uno a uno durante el invierno porque han entendido que están guardando una cosa que no existe.
No hizo discurso. No era capaz y sabía que no era capaz.
Hizo otra cosa, y fue la decisión que fundó la cultura interna de los Caballeros del Sello, y la tomó en algo así como cuatro segundos, de pie, con el panfleto en la mano:
— Mañana a las seis empiezo a enseñaros a despertar munición.
Les llevó el invierno entero y se lo enseñó a sesenta y un hombres, uno a uno, por el método del diario sin tapas.
Fue ilegal del primer día al último. El dictamen de 1823 que hizo aquello tolerable no existía; el Voto de Medida no existía; la doctrina no existía. Lo que existía era el Canon de 1791 y las palabras herejía funcional, y Mattias las conocía y sabía que las conocía cada uno de los sesenta y uno.
De los sesenta y uno, once lo consiguieron.
Once en cinco meses. Los otros cincuenta no — y no porque tuvieran menos fe, y es esto lo que hace de aquel invierno lo más interesante que ocurrió jamás en la Orden antes de 1836, y es la razón por la que Mattias escribió cuatro páginas sobre ello en 1824 y se las entregó a los canonistas y los canonistas las ignoraron.
Había entre los cincuenta hombres de fe evidente. Había dos que ayunaban sin que se lo pidieran. Había uno que rezaba cuatro horas al día y a quien Mattias consideraba, sin vacilar, el mejor hombre de la casa.
Ninguno de los tres lo consiguió.
Y de los once que lo consiguieron, uno era Halvard de Bierkut, que blasfemaba con una inventiva que llegó a ser famosa en tres valles, y otro era un antiguo desertor de Vykhradia que se confesaba dos veces al año por obligación y nunca por ganas.
Mattias escribió, en las cuatro páginas de 1824:
No encuentro patrón.
Ordené a los sesenta y uno por todo lo que se me ocurrió ordenarlos: edad, años de casa, frecuencia de sacramento, conducta, instrucción, salud, temperamento. Ninguna de las ordenaciones predice nada.
Lo único que me parece separar a los once de los cincuenta es que los once, al tercer o cuarto intento, dejaron de intentar convencerse de que iba a funcionar.
No sé escribir esto mejor. Los cincuenta estaban haciendo fuerza. Los once, en cierto momento, dejaron de hacer fuerza y pasaron a estar sencillamente presentes, y fue ahí.
Esto no es doctrina y yo no la propongo como doctrina. Es observación de campo de un hombre sin formación teológica y probablemente está equivocada.
Pero si está bien, entonces lo que nosotros llamamos fe, a este efecto, no es el esfuerzo. Es lo que queda cuando el esfuerzo se acaba.
Los canonistas no usaron aquellas cuatro páginas, y escribieron el Voto de Medida sin ellas, y las cuatro páginas se quedaron en el expediente y nadie las leyó durante treinta y un años.
En 1855, un canónigo de la Curia del Hashmal las encontró investigando otra cosa, y la nota que escribió encima, a lápiz, está allí:
Esto debería haberse publicado en 1824. Cuántas cosas de estas habrá en este archivo.
No lo publicó.
El tercer movimiento es de febrero de 1822 y ocurre en un monasterio desafectado a once kilómetros de Karentin.
Llegó un oficio. Buen papel, sello, dirigido al Mando de la Casa Solar, como el de 1818 — pero este venía con anexo, y el anexo tenía veintidós hojas.
Mattias lo leyó en la sala capitular, de pie, con cuatro hombres mirándolo y sin la menor idea de por qué tardaba tanto.
Era la dotación.
Sueldo, por escala, con grados. Ración. Vestuario. Una partida anual para armamento, con la cifra escrita en número y en letra. Una partida para forraje. Instrucción de que la Casa Solar recibiera, antes de junio, cuatro purificadores licenciados en servicio permanente, con sus gastos a cargo de la Congregación de los Medios.
Y, en la hoja diecinueve, una cosa que Mattias leyó tres veces y no entendió a la primera porque no la esperaba:
Queda determinado que los miembros de las Órdenes Militares Clericales entregan el apellido y adoptan el de la Casa en que sirven, no pudiendo legar puesto ni transmitir preferencia de entrada a descendiente alguno.
Había una nota a pie de página. La nota decía:
Conforme a uso ya observado en algunos servidores desde 1809.
Mattias de la Casa Solar se quedó con aquella hoja en la mano un rato.
Después dobló las veintidós hojas y mandó tocar formación, y leyó la dotación en voz alta a los sesenta y dos hombres en el patio, y la leyó entera, incluidas las cifras, porque eran hombres que habían pasado cinco inviernos sabiendo exactamente cuántos quintales de cebada había.
No hubo aplauso. Aquella Casa no tenía esa costumbre y nunca la adquirió.
Uno de los hombres, el más viejo, que se llamaba Ruprecht y que había entrado en 1811 y que iba a morir en Karentin-Alta en 1836 a los sesenta y cuatro años, preguntó:
— Señor capitán. ¿Por qué han mandado esto ahora?
Y Mattias — que sabía perfectamente por qué, que lo sabía desde septiembre, y que iba a cargar con ello los treinta y un años siguientes con una especie de náusea de fondo que nunca llegó a ser culpa porque no había de qué culparse — dijo la verdad, porque no sabía decir otra cosa:
— Porque nueve mil hombres murieron el verano pasado, Ruprecht, y nosotros no estábamos allí.
Se quedó callado un momento.
— Y porque yo rechacé un contrato en junio de 1820 por una razón que entonces me pareció pequeña.
Después mandó romper filas, y se metió dentro, y firmó el recibo de la dotación, y la Orden de los Caballeros del Sello empezó a existir en el mundo material a las once y veinte de una mañana de febrero de 1822, en un monasterio desafectado, con sesenta y dos hombres y un hombre sin apellido firmando un papel.
ACTO III — LA VACANTE
X. Las Tres Casas
Entre 1822 y 1824 la Curia hizo, en veintiséis meses, más de lo que había hecho en los siete años anteriores, y Krell — que estaba en el centro de casi todo aquello y que firmó una parte considerable — nunca se equivocó sobre la causa.
No había sido conversión ninguna. No había habido visión, no había habido decisión valiente, no había habido un hombre fuerte imponiendo su voluntad a una casa reticente.
Había habido vacante.
Nueve casas seculares habían ocupado, durante ciento cincuenta años, el espacio político en el que una Orden Militar podía existir. Cuatro estaban extinguidas. Dos estaban bajo tutela. Las tres restantes se pasaban el invierno pleiteando entre sí en tres tribunales distintos, y ninguna de ellas tenía, en 1822, un solo argumento público disponible contra la Sede, porque cualquier argumento que hicieran sería respondido con una pregunta de nueve mil sílabas.
El espacio se abrió. La Curia entró.
Krell escribió en el Memorial: No fuimos nosotros los que crecimos. Fue el agujero el que vino a nosotros, y tuvimos el mérito de llenarlo deprisa, que es un mérito real y es el único que reclamo.
La Casa de Purificación de Aurum Roma abrió el 1 de septiembre de 1822 con cuarenta y un alumnos y tres maestros, en un edificio del quinto patio que había sido granero hasta el año anterior.
Krell estuvo en la apertura, cosa que no era obligatoria, y se quedó al fondo.
Era aquello de lo que más se enorgullecía y hay que decirlo con cuidado porque él mismo nunca se lo dijo a nadie en voz alta: de todo lo que hizo en veintiséis años de Congregación, lo que él creía que valía eran las tres casas de purificación, y valían por una razón que no tenía nada que ver con la producción.
Tenían programa.
Hasta 1822, un purificador aprendía de un purificador más viejo, del modo en que un herrero aprende de un herrero. Iba a la sacristía con el canónigo de la parroquia, lo veía hacer, hacía, era corregido, y al cabo de tres o siete u once años lo hacía solo — y lo que aprendía era exactamente lo que aquel hombre sabía, con los errores de aquel hombre, y cuando aquel hombre moría moría con él todo lo que había descubierto y no había enseñado.
Krell había puesto, en el censo de 1819, una pregunta suplementaria que nadie le había mandado hacer: ¿con quién aprendió?
Y después pasó seis meses dibujando el árbol.
Tres mil cuarenta y un purificadores del continente descendían, en línea de enseñanza, de doscientos once hombres vivos en 1800. Doscientos once maestros. Y de esos, catorce habían formado a más de treinta alumnos cada uno, y los alumnos de esos catorce rendían, de media, un diecinueve por ciento más que la media general.
Diecinueve por ciento.
No era don. No podía ser don — el don no se hereda por línea de enseñanza, o entonces no es don. Era método. Había catorce hombres en el continente que sabían hacer aquello mejor y sabían enseñarlo, y nadie había preguntado nunca qué hacían de distinto, porque toda la cosa estaba clasificada como gracia y sobre la gracia no se hacen encuestas de productividad.
Krell preguntó.
Mandó a dos canónigos a entrevistar a los catorce. Nueve seguían vivos. El informe tiene ciento noventa páginas y es la base de los programas de las tres casas, y la conclusión principal cabe en tres líneas y es, desde el punto de vista teológico, un escándalo que nadie quiso nunca discutir:
Los maestros más productivos no enseñan a rezar mejor. Enseñan a parar antes.
El purificador medio trabaja hasta que le tiemblan las manos y produce piedra muerta en la última hora sin saberlo. Los discípulos de los catorce paran antes, descansan, y producen menos al día y más al año, y viven cuatro años más.
De esto salió, en 1824, el recuento de los segundos — la práctica, ridiculizada durante una generación y hoy universal, de que un purificador levante la mano derecha antes de cada turno y cuente cuántos segundos tarda en aparecer el temblor, y registre el número.
No mide fe. No mide nada metafísico. Mide una mano.
Y es, en 1890, lo único en todo el sistema litúrgico de la Orden Clerical que produce una serie temporal comparable a lo largo de setenta años, y es por ella que los Hospitalarios del Hashmal lograron establecer, en 1881, que la curva estaba cayendo.
Un hombre que había sido arrendatario en Vallia Sacra puso, en 1824, siete segundos entre la Iglesia y la mentira que iba a querer contarse a sí misma sesenta años más tarde.
Los Hospitalarios del Hashmal fueron formalizados el 4 de mayo de 1823, y Krell no tuvo en ello casi ningún papel, y es el capítulo del que más le gustaba hablar.
No fueron fundados. Al contrario: existían desde la década de 1790, en red, sin autorización de nadie, como casas de misericordia montadas por quien fuera, y habían atravesado la Ceniza atendiendo a catorce millones de personas que murieron de hambre y de tifus y de frío — más de lo que mató el Cataclismo, más que el combate, más que todo.
Lo que la Curia hizo en 1823 fue reconocerlos, y Krell tuvo que negociar eso, y la negociación fue la más desagradable de su carrera porque al otro lado de la mesa había una mujer de sesenta y seis años llamada Hermana Ottilie que dirigía diecinueve casas en tres Estados y que no quería nada.
No quería partida. No quería hábito. No quería estatuto.
— Nosotras ya lo hacemos — dijo ella. — Su Eminencia viene a ofrecernos autorización para una cosa que hacemos desde hace treinta años sin ella, y después va a querer algo a cambio, y yo estoy intentando averiguar el qué antes de que usted me lo diga.
Krell, a quien ella le cayó bien de inmediato y así lo dijo en el Memorial, respondió con la verdad:
— Quiero los libros.
— ¿Qué libros?
— Todos. — Krell abrió las manos sobre la mesa. — Usted anota. Sé que anota; he visto tres casas suyas y en las tres había cuaderno. Anota quién entra, cuándo, con qué, y qué ocurrió. Lleva treinta años anotando. Hermana, no existe en el continente entero ninguna otra serie continua de registros sobre lo que mata a la gente, y la Sede la necesita, y la Sede no la tiene, y usted la tiene en una docena de armarios en Coronata.
La Hermana Ottilie lo miró mucho rato.
— Usted quiere contar a los muertos.
— Quiero contar a los muertos.
— ¿Por qué?
Y Krell dio la respuesta que le salió, que no tenía preparada, y que pasó a ser — por caminos que nadie diseñó — el Voto de Registro de los Hospitalarios del Hashmal:
— Porque mientras no estén contados, Hermana, cada uno de ellos murió por voluntad de Dios. Después de contados, algunos murieron por culpa nuestra. Es la diferencia entre una religión y un gobierno, y nosotros somos las dos cosas y hasta hoy solo hemos hecho una.
Se firmó en mayo. La Orden se quedó con autonomía casi total, lo que entonces le pareció a todo el mundo una concesión excesiva de Krell y que era, en verdad, el precio que él pagó sin vacilar.
El artículo que él quiso estaba al final y tenía nueve palabras:
Se anota todo. También lo que no conviene. Sobre todo.
Y el artículo que quiso la Hermana Ottilie, y que Krell aceptó en cuatro segundos, y que es hoy el Voto de Trato Indistinto y el escándalo permanente de la Orden, era aún más corto:
Se atiende a quien llegue.
XI. La Doctrina
La doctrina escrita de los Caballeros del Sello se redactó entre octubre de 1823 y marzo de 1824, en una sala de Aurum Roma, por siete hombres, y Mattias fue uno de ellos y fue el más joven y fue el único que había estado en campo en los últimos cinco años.
Esto es peor de lo que parece. De los otros seis, tres eran canonistas, dos eran oficiales seculares retirados de sesenta y tantos que habían hecho la guerra de Veheran y se decía que entendían de orden de batalla, y uno era un canónigo de la Congregación de los Medios que estaba allí para garantizar que nada de lo que se escribiera costara más de lo que la dotación permitía.
Mattias llevó el cuaderno.
No el cuaderno entero — llevó seis hojas copiadas a mano, sin el resto, porque el resto del cuaderno tenía cinco años de cuentas de cebada y dos páginas sobre la muerte de un muchacho de Bierkut y él no iba a poner aquello encima de una mesa de canonistas.
En las seis hojas había cuatro cosas.
La primera la aceptaron sin discusión en veinte minutos, porque era militarmente obvia y porque los dos oficiales retirados la reconocieron enseguida: nunca operar en unidad mayor que un regimiento.
Mattias la había escrito en 1821, al saber de Marnheim, y su razonamiento era sencillo y no era sobre el Limbo: una Orden de cuatro mil hombres que pierde un cuerpo entero pierde la Orden. Una corona que pierde nueve mil hombres pierde nueve mil hombres y al año siguiente levanta otros. La Orden no puede levantar otros porque se tardan once años en hacer un caballero y porque no tiene provincia de donde sacarlos en masa.
Nuestra fuerza es la única que no se repone. Por tanto no la expongamos nunca entera.
Pasó por unanimidad y es hoy la primera regla, y todo el mundo cree que vino del Masacre de la Vía de Hierro de 1848, y no vino; en 1848 fue confirmada.
La segunda fue más difícil y Mattias la perdió y la ganó dos veces: nunca defender posición que no se haya elegido.
Los dos oficiales retirados la detestaron, y con razón, porque es una regla insubordinada: significa que un capitán de Caballeros puede entregar una posición a tropa de línea y reposicionarse sin pedir permiso a mariscal alguno, y ningún ejército del mundo funciona así.
El argumento de Mattias, que repitió cuatro veces y que acabó ganando no por fuerza sino por agotamiento, era este:
— Un regimiento de línea que se queda donde no debía pierde hombres. Un regimiento nuestro que se queda donde no debía pierde hombres y los purificadores. Y los purificadores no son nuestros, señores. Son de la Sede, son cuatro por Casa, y si pierdo mis cuatro en una posición que eligió un mariscal secular, la Casa Solar deja de poder combatir durante dos años, y los cuatro que perdí venían de una casa de formación donde hay cuarenta y un alumnos para todo el continente.
El canónigo de la Congregación de los Medios levantó la cabeza en ese momento y fue la única vez que habló en cinco meses.
Dijo:
— Eso es verdad.
Y fue por eso que pasó.
La tercera era la que importaba y fue la que estuvo a punto de no pasar.
Una unidad sin purificador en condiciones se retira, incluso venciendo.
Los canonistas no tuvieron ningún problema. Los oficiales retirados tuvieron un problema enorme, y el mayor — un hombre llamado Hedrich, setenta y un años, que había mandado un flanco en 1798 y que era, por lo que Mattias logró entender en cinco meses, un buen hombre y un buen soldado — dijo lo que tenía que decirse:
— Usted está escribiendo en una regla que sus hombres abandonen una victoria.
— Lo estoy.
— Va a matar a la Orden, capitán-general. Una tropa que tiene una orden de retirada legítima escrita en el reglamento la usa. Siempre. En todos los ejércitos de los que tengo conocimiento y son muchos.
— Lo sé — dijo Mattias.
— ¿Entonces por qué la escribe?
Y Mattias les contó lo de la cabaña de pastor.
La contó entera, que era la segunda vez que se la contaba a alguien: el invierno, el diario sin tapas, los once días, las cuatro horas por cartucho, el muchacho de Bierkut, los cinco tiros, los cuatro que atravesaron aquello como piedras a través de humo.
Y después dijo la parte que ellos no habían captado, y que es la razón por la que la tercera regla existe y no es lo que parece:
— Señores, ustedes están leyendo aquello como una orden de retirada. No lo es. Es una orden de mantener vivo al purificador. Si escribo que una unidad sin purificador se retira, entonces ningún capitán mío va a dejar avanzar a su purificador, ni lo va a poner en un ala, ni lo va a dejar dormir mal, ni lo va a gastar en dos semanas de escaramuza que no valen nada. El purificador pasa a ser lo mejor guardado del regimiento, y es lo que tiene que ser, porque sin él nosotros somos infantería con lanzas caras.
Silencio.
— Y está la otra mitad — dijo Mattias. — Si un capitán mío se queda sin purificador y no se retira, sus hombres siguen disparando. No saben que la munición está muerta. Nadie lo sabe: no cambia de color. Lo van a descubrir en la tercera descarga, a veinte pasos.
El viejo Hedrich se quedó mirando la mesa.
— En Marnheim — dijo al cabo de un rato — dejaron al canónigo hacer cuatro días sin dormir y repartieron lo que hizo al quinto.
— Lo dejaron.
— Porque no tuvieron el valor de decirles a los hombres que ya no había.
— Sí.
Hedrich firmó la tercera regla aquella tarde y no volvió a discutir nada en cinco meses.
La cuarta cosa de las seis hojas no era una regla y Mattias no la presentó como regla, y por eso entró.
Era un párrafo sobre qué hacer cuando no hay purificador ninguno y no hay retirada posible.
Estaba escrito en lenguaje de hombre que no sabe redactar documentos, y los canonistas lo reescribieron tres veces, y la versión final quedó peor de leer y mejor de defender, y se llama hoy Voto de Medida:
Todo Caballero del Sello aprenderá a despertar su propia munición, por método menor, consciente de que lo hace mal, despacio y en cantidad que no sostiene unidad alguna; y no lo hará sino en extremidad.
Los canonistas tardaron seis semanas en aprobar aquello, y lo que los frenaba no era la doctrina: era el Canon de 1791, que reserva el rito al clero ordenado y que clasifica la purificación por un no ordenado como herejía funcional.
Hizo falta un dictamen. El dictamen llevó once semanas y es una pieza de casuística de la que Krell decía, con admiración sincera, que era lo mejor que la Curia había producido en aquella década — y lo que hacía era distinguir, en cuarenta páginas, purificación sacramental de despertar de extremidad: la primera reservada, pública, productiva, que es la de la Iglesia; el segundo privado, ineficiente, no transmisible, no enseñable fuera de la Orden, y válido solo donde la alternativa fuera la muerte de cristianos.
Es sofisma. Krell lo escribió en el Memorial sin rodeos: es sofisma, y es el sofisma más útil que esta casa compró jamás, y yo le pagué la cena al hombre que lo escribió.
Porque el dictamen establece, en letra pequeña y para poder negarlo en letra grande, la proposición que la Inquisición Reformada se pasaría setenta años enterrando:
Que funciona sin sacerdote.
Despacio. Mal. En cantidad ridícula. Pero funciona, y está escrito, y está firmado, y está en el Archivo.
Mattias firmó la doctrina el 9 de marzo de 1824, y aquella noche, en la hospedería donde estaba alojado, se quedó despierto hasta tarde con una hoja delante.
Lo que escribió en aquella hoja no entró en documento alguno. Se quedó en el cuaderno, que hoy está en Karentin-Alta, y son cuatro líneas, y son lo mejor que escribió en su vida:
He pasado cinco meses en una sala con seis hombres convirtiendo en reglas las cosas que aprendí porque un muchacho de Bierkut murió y yo no sabía purificar.
Van a decir que esto es doctrina. No lo es. Es la lista de las cosas que no supe a tiempo.
Un reglamento es la memoria de los muertos escrita de manera que el vivo no advierta que la está leyendo.
Que Dios me perdone estar orgulloso de esto.
XII. La Reforma
La primera reforma de la Inquisición salió el 2 de octubre de 1824 y todo el mundo la leyó como si fuera sobre herejía, y no lo era.
Era sobre contratos de trabajo.
Krell lo sabía porque fue él quien pidió la reforma, en una nota de dos páginas de marzo de aquel año, y la nota está en el Archivo de los Medios y no menciona la herejía ni una sola vez.
El problema era este:
En 1823 la Congregación de los Medios detectó que cuatro purificadores licenciados de Ferrum Alpina habían dejado el servicio de la Sede. No habían apostatado, no habían sido acusados de nada, no habían hecho nada malo. Habían dimitido.
Uno estaba trabajando para un príncipe alpino por trescientos cuarenta ducados aurelios al año, que era once veces lo que le pagaba la Sede.
Otro estaba en Brithon, en una compañía de seguros, despertando el mineral de escolta de las rutas de la Compañía de la Cruz-Insular, y había sido recibido por la Iglesia Solar sin una sola pregunta sobre obediencia.
Los otros dos estaban en Königsmark y habían sido reordenados en el Cisma del Norte en quince días.
Cuatro hombres. Krell vio la tendencia antes de que hubiera tendencia, que era lo que hacía mejor, y escribió la nota, y la nota decía:
Hemos formado, en 1822 y 1823, ochenta y nueve purificadores a expensas de la Sede, a un coste unitario de once años de formación y ciento noventa ducados al año.
No tenemos instrumento alguno que los obligue a servirnos.
Una corona secular no necesita vencernos ni comprarnos. Necesita esperar a que formemos, y pagar once veces más, y en doce años tiene cuarenta, que es exactamente el número que necesitaba la hueste de Marnheim.
Recomiendo que se instituya exclusividad de servicio.
Se instituyó.
Y aquí está la parte que importa y que ningún historiador de la Orden escribió jamás con estas palabras: para instituir exclusividad de servicio hacía falta un tribunal rápido.
Porque un licenciado que dimite no comete delito alguno que el derecho canónico de 1824 reconociera. Un tribunal lento, público y jurídicamente escrupuloso — que era lo que la Inquisición había sido siempre — tardaría dos años en juzgar cada caso, produciría autos consultables, y los autos dirían, negro sobre blanco, cuánto vale un purificador en el mercado libre.
Trescientos cuarenta ducados. Once veces.
Publicar eso era ponerle precio a cada canónigo del continente.
Así que la reforma de 1824 hizo tres cosas a la vez, y las tres están en el mismo decreto y nadie advirtió la conexión porque están en artículos separados por cuarenta páginas:
Creó el tribunal sumario, con juicio en días y sin publicación de sentencia.
Extendió el concepto de herejía funcional para cubrir el servicio del don bajo autoridad no reconocida, lo que convirtió a un hombre que cambia de patrón en un hombre que abjura.
Y reservó los autos, íntegramente, a un depósito único sin catálogo público.
Krell redactó los considerandos del primer artículo. No redactó los otros dos. Y escribió, en el Memorial, la única frase en la que se acerca a una acusación contra sí mismo sin rodeos:
Pedí un martillo para clavar una tabla y me dieron un martillo. No pregunté qué más se clava con eso, y no lo pregunté porque lo sabía.
La Inquisición Reformada juzgó, entre octubre de 1824 y diciembre de 1826, ciento nueve casos de servicio no autorizado.
Ninguno fue publicado.
De los ciento nueve, noventa y uno volvieron al servicio de la Sede con abjuración sumaria y pérdida de licencia por tres años. Once no fueron hallados. Seis murieron en custodia, y la causa declarada en los seis es agotamiento, y es posible que en tres o cuatro de los casos sea verdad, porque el oficio mata.
Uno fue ejecutado, en 1826, y es el único caso del periodo del que sobrevivió un nombre — porque era un hombre de sesenta y un años, de Solnica, que no trabajaba para corona alguna y que no tenía licencia ni la había tenido nunca, y que purificaba sal y cartuchos para siete aldeas de la frontera desde hacía diecinueve años, gratis, porque no había nadie más.
No entendió la acusación. Está en el auto. Le preguntó tres veces al tribunal qué había hecho mal, y la tercera vez que preguntó está registrada así:
Instado a confesar el servicio del don bajo autoridad no reconocida, el reo respondió que no servía a autoridad alguna, que servía a las aldeas, y que si le decían cuál era la autoridad correcta él le obedecería de buen grado, pero que entretanto el invierno venía encima.
Se llamaba Pankrác Jelen y el auto tiene veintidós hojas, y es el documento más leído del Archivo Cerrado después de 1852, porque la Inquisición Reformada lo adoptó como pieza de instrucción interna — se les da a leer a los inquisidores en el primer año, sin comentario, y se les pregunta al final qué habrían hecho.
No hay respuesta correcta. Ese es el ejercicio.
Lo que él hacía era esto, y está establecido en las hojas cuatro a nueve sin impugnación de nadie, porque confesó todo a la primera pregunta y con evidente buena voluntad:
Desde 1807, todos los jueves, Pankrác Jelen bendecía sal.
Lo hacía en el atrio de la iglesia de Solnica, que no tenía párroco residente desde 1804 y recibía a un canónigo cada tres meses. Usaba un rito que había aprendido de su madre. Se la llevaban en saco y él imponía las manos y decía lo que decía, y la gente se la llevaba de vuelta y la ponía en el umbral de casa.
Desde 1812 hacía también cartuchos, porque las siete aldeas de la frontera habían sido armadas aquel año por la milicia de Vykhradia y a nadie se le había ocurrido pensar quién iba a despertarlos.
Hacía, por sus propias cuentas, entre cuarenta y sesenta por semana.
Nunca cobró nada. Este punto fue verificado con una minuciosidad extraordinaria por la instrucción, porque cobrar lo habría simplificado todo — un hombre que vende un sacramento es simoníaco y se le compadece y se le ahorca —, y no se encontró un solo ducado.
Era casero de un molino y vivía del molino.
La instrucción fue bien, en el sentido técnico. Respondió a todo, no se contradijo, y no entendió la acusación.
Está en las hojas once a dieciséis y es la parte que la Reformada da a leer.
Preguntado si sabía que el rito de purificación está reservado al clero ordenado por Canon de 1791, respondió que no sabía que hubiera canon y que si se lo hubieran dicho habría parado.
Preguntado si persistiría si se le mandara parar, respondió que no, y que lo único que pedía era que mandaran a otra persona, porque el invierno venía encima.
Preguntado si alguna vez se le había ocurrido que lo que hacía pudiera ser ofensa a Dios, respondió que sí, al principio, y que había andado dos años con escrúpulo, y que después había dejado de tenerlo.
Instado a decir por qué había dejado de tenerlo, respondió:
«Porque funcionaba, señor. Lo pensé mucho. Si fuera ofensa no funcionaría, y funcionaba, y por eso me quedé tranquilo.»
El inquisidor que instruyó se llamaba Oswald y tenía treinta y un años, y suya es la nota que está en la hoja diecisiete, y la nota no debería estar allí, y es por ella que este auto existe como pieza de enseñanza:
Nota del instructor.
El reo no es hereje. No sostiene proposición contra la fe, no niega autoridad, no enseñó a nadie, no recibió dinero, y se somete a todo lo que se le mande.
El reo es competente. En la verificación practicada el 11 de marzo, de las treinta piezas por él tratadas y entregadas a la instrucción, veintiocho estaban despiertas y dos no, lo que es mejor proporción que la de un licenciado de tercer año.
El reo es, desde el punto de vista de la Congregación de los Medios, un activo.
Solicito instrucción del Tribunal en cuanto al fundamento de la acusación, por cuanto la norma de 1824 castiga el servicio del don bajo autoridad no reconocida y el reo no sirve a autoridad alguna, sirviendo a aldeas.
No veo en el expediente la autoridad a la que se sustrajo.
El Tribunal respondió en cuatro días.
La respuesta tiene seis líneas y es lo más importante que la Inquisición Reformada escribió en el siglo, y no es famosa porque nunca salió del Archivo:
Al instructor.
La autoridad a la que el reo se sustrae es la que se constituye por el hecho de que él ejerza.
Quien purifica fuera de la Sede establece, por el simple ejercicio continuado y conocido ante la población, una autoridad paralela, aunque sin intención y aunque sin doctrina; y de esa se trata.
El reo no tiene que quererla. Basta con que las aldeas la reconozcan, y siete aldeas la reconocieron durante diecinueve años.
Procédase.
Krell leyó este despacho dos veces y después se quedó con él en la mano.
Porque era perfecto. Era, jurídicamente, impecable — y comprendió, con una claridad que le dio frío, que era exactamente el argumento que él mismo usaría si se lo pidieran, y que lo único que impedía que aquel razonamiento se aplicara a otras doscientas mil personas en el continente era la decisión administrativa de no ir a mirar.
Siete aldeas reconocen a un molinero. Eso es autoridad paralela.
¿Cuántas aldeas en el continente, en 1826, tenían a alguien así? Krell no lo sabía. Nadie lo sabía. Nadie había preguntado, y el censo de 1819 había preguntado quién tiene licencia, que es una pregunta completamente distinta.
Hizo una estimación aquella tarde, solo, en media hoja, con los métodos groseros que se usan cuando no hay datos: número de feligresías sin párroco residente; incidencia conocida de rito doméstico en el folclore de Sal Pradelica y Vykhradia; tasa de éxito plausible.
La cifra que le salió fue entre cuatro mil y once mil.
Entre cuatro mil y once mil personas, en el territorio de obediencia, haciendo aquello. Contra tres mil cuarenta y un licenciados.
Quemó la media hoja. Es lo único que Amandus Krell destruyó en veintiséis años de archivo y lo confesó en el Memorial sin disculparse:
La quemé porque, si aquella hoja existiera, alguien la leería; y quien la leyera tendría que actuar; y actuar significaba abrir instrucción contra un número de cristianos que no consigo escribir aquí sin levantarme de la silla.
No la destruí para ocultársela a Roma. La destruí para no obligar a Roma a saber.
Hay una diferencia y es lo único que me queda.
Pankrác Jelen fue ejecutado el 4 de noviembre de 1826, por eliminación del portador, sin rito largo y sin público, como manda la norma.
Tenía sesenta y un años.
A la población de Solnica se le informó de que el casero del molino había fallecido.
Y en marzo de 1827 — y esto está en la hoja veintidós, añadida cuatro meses después por la mano del instructor Oswald, y es la razón por la que el auto tiene veintidós hojas y no veintiuna —
Se añade, para memoria futura:
En visita de rutina a Solnica el 2 de marzo último, se comprobó que la sal doméstica de las siete poblaciones sigue siendo tratada los jueves.
La trata ahora la hija.
No se procedió.
Krell leyó este auto en febrero de 1827, tres años después de haber pedido la reforma, en un legajo de rutina que la Inquisición le mandó por una cuestión de gasto.
Lo leyó dos veces.
Después cerró la carpeta y se fue a trabajar, porque tenía aquella mañana la revisión del presupuesto de las tres casas de purificación, y porque las tres casas de purificación habían formado aquel año a ciento cuarenta y un hombres, y porque ciento cuarenta y un hombres despiertan ciento cincuenta y tres mil cartuchos al mes, y porque en algún lugar de la frontera este había guarniciones que no iban a morir gracias a eso.
Escribió en el Memorial, siete años después:
Conté a los que salvamos. Los conté bien, que era mi oficio, y son muchos, y no son invención ni consuelo: existen, tienen nombre, y algunos siguen vivos.
Mi dificultad es que sé contarlos y sé contar al hombre de Solnica, y que el mismo instrumento sirve para las dos cuentas, y que el instrumento no tiene ninguna columna donde la segunda entre con el peso que merece.
Hicimos un imperio con una hoja de contabilidad. Es lo más eficaz que se puede hacer y no hay absolución escrita en esa hoja.
XIII. El Precio de la Muchacha
En 1826 murieron tres Blancas en la casa de Aurum Roma.
Fue un mal año y no fue un año excepcional; la media de la década fue de dos coma uno. Pero 1826 es el año en que la Madre Sofia Kranz asumió, con treinta y ocho años, y es el año en que una mujer miró aquellos tres funerales e hizo una cosa que ninguna de las cuatro Madres anteriores había hecho, y que no era noble ni era compasiva y era mucho peor que las dos cosas:
Contó.
Llegó en marzo. Era de Bernkanton, hija de relojero, y había entrado en la Vigilia Blanca a los veintiún años no como Blanca sino como asistente — no tenía el don, nunca lo tuvo, y eso es canónicamente necesario para una Madre y es lo más cruel del arreglo: quien gobierna la casa es siempre alguien que no paga el precio.
Aelius la conoció la primera semana, porque ella fue a buscarlo.
No fue al canónigo de asistencia, ni al médico, ni a la más antigua de las Blancas. Fue al escribano, y Aelius entendió en la primera frase que ella había comprendido lo mismo que él había comprendido en 1817 y que nunca le había dicho a nadie: que él era el único que las oía a todas.
Ella dijo:
— Usted tiene las transcripciones desde 1790.
— Las tengo, Madre. Tres mil ochocientas y pico.
— Las quiero todas.
Aelius vaciló, porque era irregular, y después dijo:
— Va a llevar años.
— Lo sé — dijo Sofia Kranz. — Tengo siete.
Tenía siete porque una Madre Vigilante sirve siete años. Sirvió veintidós, porque la renovaron tres veces, y es la única del canon a quien eso le ocurrió.
Lo que hicieron — y es hicieron, porque Aelius siempre insistió en ello y porque la lectura la hicieron Sofia Kranz y cuatro asistentes y él solo suministró y organizó — llevó nueve años y produjo dos cosas.
La primera son las siete reglas de la Sintaxis Hashmal, que están en todos los manuales, que todo el mundo cita, y que son, honestamente, una gramática: qué sale de aquella silla, en qué formas, con qué patrones de repetición, y cómo se distingue una inscripción de una frase.
La regla primera es de Aelius y es de 1817 y es aquella: no se recibe dos veces la misma cosa; se recibe la misma cosa corregida.
La regla cuarta es la más usada en la práctica y es puramente técnica: solo es verificable la inscripción que contenga información que la Blanca no podía poseer, y toda inscripción de vocablo corriente es retenida.
La regla séptima es la que a nadie le gusta citar: la ausencia de inscripción no se registra como ausencia, se registra como turno. Es decir: cuando no viene nada, se escribe que hubo turno. No se escribe que el Cielo no habló.
Sofia Kranz la escribió en 1831 y la escribió con intención, y la intención era buena y el efecto fue catastrófico, y murió en 1848 sin conocer el efecto: lo escribió para proteger a las muchachas, porque una Blanca cuyo turno se registra como nada se siente culpable y escucha peor en el turno siguiente.
El efecto, a lo largo de sesenta años, fue que los silencios dejaron de ser contables.
En 1887 la Inquisición le pidió a la Vigilia la serie de los silencios por década y la Vigilia no la tenía, porque desde 1831 no se registraba. Existe una nota inquisitorial de 1888 sobre esto, de dieciséis palabras, y es lo más amargo que la Reformada escribió en el siglo:
La casa que oye al Cielo es la única del continente incapaz de decir cuándo Él se calló.
La segunda cosa que salió de aquellos nueve años es la que le importa a este libro y es la que no está en los manuales.
Sofia Kranz hizo una tabla.
Tenía cinco columnas: nombre de servicio, año de entrada, año de muerte o desligamiento, número de turnos servidos, número de inscripciones verificables producidas.
Aelius le suministró los datos de treinta y seis años. Las otras asistentes excavaron los registros anteriores hasta 1774, que es donde empieza la casa.
La tabla está en el archivo de la Vigilia Blanca y tiene ciento diecinueve líneas.
Y lo que dice, sin una palabra de comentario, es:
Que una Blanca produce, en toda su carrera, una media de once inscripciones verificables.
Que la carrera media, contada de la entrada a la muerte, es de cinco años y siete meses.
Que la edad media de entrada es diecinueve y la de muerte veinticuatro.
Y que — y esta es la columna que Sofia Kranz añadió al final, a lápiz, y que nunca pasó a tinta — el número de inscripciones por año no cae con el desgaste. Una Blanca en el quinto año produce tanto como una en el segundo.
No se agotan. Mueren al mismo ritmo al que producían.
Aelius de Sárvar tenía sesenta y cuatro años cuando vio la tabla acabada, una tarde de 1835, y su reacción fue de escribano y no de teólogo, y Sofia Kranz nunca se lo perdonó del todo, aunque lo entendió.
Él dijo:
— Once cada una. Ciento diecinueve mujeres. Son mil trescientas nueve.
— Sí.
— Madre, mil trescientas nueve inscripciones en sesenta y un años es todo lo que existe. Es eso lo que está detrás de toda la metalurgia consagrada del continente, de todo el Crisma, de toda la Ardentina, de las vías, de las lámparas. Mil trescientas nueve frases.
— Sí.
— Y ciento diecinueve muchachas.
— Ciento diecinueve — dijo Sofia Kranz. — De las cuales cuatro están vivas, y una de ellas tiene veintitrés años y entra en el quinto año en noviembre.
La que tenía veintitrés años se llamaba, en servicio, Blanca Decimonovena, y Aelius de Sárvar la transcribió cuatrocientas once veces.
Cuatrocientas once. Es el número de turnos, no de inscripciones; sus inscripciones fueron catorce, lo que la ponía muy por encima de la media y lo que es, por sí solo, una frase espantosa.
Nunca le vio la cara.
Esto sorprende siempre a quien no conoce la casa y es lo más sencillo del mundo: el escribano se sienta de lado, tres pasos atrás y a la izquierda, con la llama fuera del campo de visión — y la silla de la Blanca está vuelta hacia la llama. Durante once años de servicio en común, un escribano ve la nuca, el hombro izquierdo y las manos de una mujer, y nada más.
En 1834 Aelius se quedó ciego y dejó de ver siquiera eso.
Y en 1835, cuando ella entró en el quinto año, le conocía la voz mejor de lo que conocía la de su propia hermana, y le conocía otra cosa que nadie más en el mundo conocía, que era el sonido que hacía antes.
Cada Blanca tiene uno. Es lo que no está en manual alguno y que todos los escribanos saben y que ninguno logra explicarle a un canónigo sin que suene a superstición.
La Decimonovena inspiraba hondo y se detenía. No era suspiro y no era asombro. Era la respiración de quien se prepara para levantar un peso, y venía siempre entre uno y tres segundos antes, y en cuatrocientas once veces falló dos.
Aelius aprendió, a partir del año 1831, a posar la pluma en el papel con aquel sonido.
Ganaba media sílaba. A lo largo de once años, media sílaba por inscripción es la diferencia entre una transcripción con una palabra de menos y una transcripción entera, y hay al menos dos de sus catorce inscripciones verificables que solo están completas porque un hombre aprendió a oír respirar a una mujer.
Eso no está en documento alguno de la Curia y es, desde donde estaba Aelius, lo más importante que hizo en cincuenta y un años.
Era de una aldea de la costa de Coronata y había entrado con diecinueve años, en 1831, y había sido la hermana mayor de seis.
Aelius lo supo al cabo de cuatro años, y lo supo por accidente, de una asistente, y estuvo incómodo una semana — porque un escribano no debe saber la biografía de quien transcribe, y la razón es buena: un hombre que sabe que la mujer que tiene detrás tiene cinco hermanos escucha con ternura, y la ternura interpreta, y la interpretación es lo único que un escribano no puede hacer.
Le pidió a la asistente que no volviera a decirle nada nunca.
La asistente tenía diecinueve años y se llamaba Doroteia y cumplió, y cumplió tan bien que Aelius murió en 1841 sin saber que la Decimonovena había muerto.
Volveremos a esto.
Sus catorce inscripciones están en el archivo y nueve son técnicas y cinco no lo son.
De las nueve técnicas, siete son correcciones — regla primera, se recibe la misma cosa corregida — y dos son nuevas, y una de esas dos es la razón por la que la Ardentina mineral pasó, a partir de 1833, a estabilizarse con cal apagada en proporción de once a doscientos, lo que redujo en algo así como dos tercios los accidentes de refinería en Stromakra y que salvó, a lo largo de sesenta años, a un número de obreros meridianos que nadie calculó nunca y que es seguramente de miles.
Tenía veintiún años. Era hija de pescador. Dijo diecinueve palabras un miércoles de marzo y nunca supo qué habían hecho, porque a las Blancas no se les dice qué producen sus inscripciones — regla de la casa, para protegerlas de la vanidad y de la desesperación, y ambas razones son reales.
De las cinco que no son técnicas, cuatro fueron retenidas por la regla cuarta y una no.
La que no fue retenida es del 7 de septiembre de 1835, tiene siete palabras, y es una de las inscripciones más discutidas de la historia de la Vigilia porque nadie logra clasificarla:
la mano que mide también es medida
No es técnica. No contiene información que ella no pudiera poseer. Debería haber sido retenida por la regla cuarta y Sofia Kranz decidió, contra el parecer del canónigo de asistencia, que no lo fuera — y su justificación, en dos líneas al margen, es la única vez en veintidós años de Madre en que invocó autoridad personal sin argumento:
Retengo las que no puedo verificar. Esta no la puedo verificar y no la retengo. Responderé por ello.
Aelius, que la transcribió, siempre dijo que la Madre tenía razón, y siempre dijo también que su razón no era teológica.
Era que la Decimonovena, al decir aquello, no había hecho el sonido.
No inspiró. No se detuvo. Llevaba cuarenta minutos sentada sin nada, y dijo siete palabras salidas de ningún sitio, con la voz normal, y después siguió el turno y hubo una inscripción técnica a las cuatro y veinte con el sonido y todo.
Aelius escribió las siete palabras y escribió, al lado, una cosa que no había escrito nunca en cuarenta y cinco años y que es materia disciplinaria: una observación.
Sin preparación audible.
En noviembre de 1835 ella entró en el quinto año.
La tabla da cinco años y siete meses de media, y todo el mundo en aquella casa sabía leer una tabla, y la Decimonovena también, porque las Blancas no son niñas y porque la casa no les miente — y este es un punto en el que la Vigilia siempre se negó a ceder, contra la opinión de tres generaciones de canónigos de asistencia: se les dice.
Se les dice al entrar. A los diecinueve años, en la primera semana, con la Madre presente.
Sofia Kranz lo decía con siete frases que había fijado en 1827 y que nunca alteró, y la sexta era:
No te puedo decir cuántos años. Puedo decirte que serán pocos y que la casa no te va a gastar más deprisa de lo que necesita, y que el día en que yo vea que te estoy gastando de más, paro, y vas a tener que creerme porque no hay manera de demostrártelo.
Fue por esta frase — y Sofia Kranz lo dijo en 1836 en la audiencia, y es la única vez en que usó un argumento sentimental delante de cardenales, y lo usó en último lugar después de haber usado la tabla — que el límite de dos turnos semanales tenía que existir.
Eminencias, yo le digo eso a una muchacha de diecinueve años todos los años desde 1827. Lo he dicho cuatro veces. Si no instituyen el límite, tengo que dejar de decirlo, y lo que voy a tener que decir en su lugar no lo consigo formular.
La Decimonovena sirvió cuatro años más después del quinto, porque el límite entró en vigor en 1836 y cambió su aritmética.
Murió en marzo de 1840, con veintiocho años, que son dos años y medio por encima de la media de la tabla, y Sofia Kranz lo registró en la columna con una anotación de tres palabras que no es una anotación estadística:
Límite. Dos años.
Ella contó. Contó lo que el límite le había dado a aquella mujer, en años, y lo escribió en la tabla, y siguió escribiéndolo para todas las que vinieron después — y la columna existe, y suma, y al cabo de cincuenta y ocho años de vigencia del límite de dos turnos la suma de aquella columna es de doscientos once años de vida humana, y está en un armario en Aurum Roma, y es el único sitio de todo el continente donde alguien logró jamás escribir el número de una cosa que no ocurrió.
Y está el último hecho, y hay que contarlo en el orden en que se supo y no en el orden en que ocurrió.
Aelius de Sárvar murió el 9 de marzo de 1841.
La Decimonovena murió el 22 de marzo de 1840, un año antes.
Y nadie se lo dijo.
No fue crueldad y no fue olvido: fue Sofia Kranz decidiendo, con Doroteia, que al escribano ciego de setenta y ocho años que llevaba cincuenta y uno transcribiendo y que ya no salía de la casa no se le iba a decir que había muerto la mujer a la que había transcrito cuatrocientas once veces.
Pusieron a otra en la silla. Aelius preguntó, a la segunda semana, si la Decimonovena estaba enferma.
Doroteia dijo que lo estaba.
Preguntó dos veces más a lo largo de aquel año y en las dos ella dijo que lo estaba, y a la tercera vez, que fue en noviembre de 1840, no volvió a preguntar.
Doroteia tuvo sesenta y dos años para pensar en aquello. En 1888, Madre Vigilante, con setenta y tres años, lo contó una vez, a una Blanca de veinticuatro años de Cracoviana que estaba en el año cuatro y a la que le faltaban seis u ocho meses, y lo contó porque la muchacha le había preguntado si la casa mentía.
Y la respuesta que dio, y que aquella muchacha se llevó al Cónclave de 1888 y al resto de lo poco que le quedaba, fue:
— Una vez. A un viejo, sobre una muerte, para ahorrarle un año. Y si me preguntas si hice bien te digo que no lo sé, y llevo sesenta y dos años sin saberlo, y es lo único de esta casa que todavía recuerdo todas las semanas.
Fue de la conversación de 1835 — la de la tabla acabada, y no la de Doroteia cincuenta y tres años después — y de ninguna comisión, que salió en 1836 el límite de dos turnos semanales: la norma que Sofia Kranz impuso contra la opinión de tres cardenales y del propio canónigo de asistencia de la casa, y que redujo la producción de la Vigilia en casi un tercio el primer año, y que ella defendió en una audiencia con un argumento que no era compasivo, porque sabía que el compasivo no ganaba:
— Una Blanca a dos turnos por semana vive ocho años en vez de cinco y produce dieciséis inscripciones en vez de once. Está en la tabla. No estoy pidiendo clemencia, Eminencias. Les estoy diciendo que las estamos gastando demasiado deprisa y perdiendo cinco frases por cada una.
Ganó con eso. No habría ganado con lo otro.
El límite aguantó cincuenta y ocho años y cayó en 1884, en un invierno, por necesidad del frente, y fue el primero de los frenos de la casa en romperse.
Y hay un último hecho, y es el que cierra este acto, y Aelius lo registró al margen de su propio ejemplar de la tabla, en 1835, con la letra ya grande y temblorosa porque estaba perdiendo la vista desde el año anterior:
La Madre puso cinco columnas. Faltaba la sexta.
La sexta es cuánto valió cada inscripción — en munición, en vía, en lámpara, en ciudad que no cayó.
Nadie puede calcularla, porque no hay manera de contar lo que no ocurrió, y el Cardenal Krell me dijo una vez que se pasó la vida intentándolo.
Pero la cuenta existe, y alguien la está haciendo, y no somos nosotros.
Once frases por muchacha. Cinco años y siete meses. Si esto es comercio, es el más desigual que se haya hecho jamás, y nosotros estamos del lado que recibe.
ACTO IV — EL PRECIO
XIV. La Tabla
El primer precio tarifado del mineral consagrado salió el 14 de enero de 1826, tenía nueve líneas, y fue fijado en las plazas de comercio de treinta y una ciudades a la misma hora.
Krell lo escribió.
Le llevó cuatro meses y no fueron cuatro meses de cálculo — el cálculo era trivial, y lo hizo en una tarde. Fueron cuatro meses decidiendo a quién debía dolerle.
Porque un precio tarifado no es un número: es un mapa de quién paga qué, y una tabla de nueve líneas con las mismas cifras para todo el mundo es una tabla que destruye medio continente en dos años. Krell tenía delante siete Estados internos, cuatro reinos independientes, dos repúblicas, treinta y una plazas de comercio y una flota, todos comprando a la misma fábrica, y cada uno con una elasticidad distinta y una utilidad distinta para la Sede.
Hizo una tabla de nueve líneas y cuatro columnas de descuento, y las cuatro columnas no estaban fijadas en la plaza.
Estaban en un anexo reservado, y el anexo tiene catorce páginas, y es el documento fundacional de la política exterior de la Orden Clerical, y nunca fue publicado en ninguna lengua.
Las cuatro columnas eran estas, y Krell les puso nombres administrativos porque llamarlas por lo que eran habría sido imposible:
Columna I — obediencia plena. Precio base. Los siete Estados internos, las milicias estatales, las Órdenes Militares. Pagaban el coste más un doce por ciento.
Columna II — alianza con capellanía. Más un veintinueve por ciento. Vykhradia y Meridia, que aceptaban capellanes de la Sede en sus fuerzas y que a cambio compraban casi a precio de casa.
Columna III — soberanía reconocida sin capellanía. Más un setenta y uno por ciento. La Confederación Kantonal, Velinia. Compraban caro y compraban libremente, y pagaban lo que pagaban por una razón que Krell escribió en tres palabras al margen: no tienen alternativa.
Columna IV — cisma. Más un doscientos cuarenta por ciento, y con cupo anual limitado.
Königsmark y Brytonia.
Krell defendió la columna IV en una sesión de febrero de 1826 y tuvo, aquella vez, a la Curia entera de su lado, lo que le resultó incómodo, porque lo tenían de su lado por la razón equivocada.
Los cardenales querían castigar a los cismáticos. Krell no quería castigar a nadie; quería mantener el margen.
Su razonamiento — y está en el anexo, en la página nueve, y es un razonamiento de una frialdad que todavía hoy hace que la Orden evite citarlo — era:
Königsmark y Brytonia purifican. No tan bien, no tanto, pero purifican, y el Norte purifica Hashmalita de su propio Kal'arn desde 1819 sin pedirnos permiso.
Por tanto no tenemos monopolio real sobre ellos, y no lo tendremos nunca, y nuestra ventaja es de escala y de precio unitario y no de dogma.
Una columna IV muy alta no les impide comprar. Les impide comprar en cantidad suficiente para armar un frente entero, lo que los obliga a producir el resto en casa, lo que los obliga a quemar sus propios purificadores a un ritmo que nosotros conocemos y ellos no, porque nosotros tenemos la tabla de Sofia Kranz y la serie de la Congregación y ellos tienen conjeturas.
Dentro de veinte años, los cismas estarán formando hombres más deprisa que nosotros y enterrándolos más deprisa aún, y no sabrán por qué.
Krell escribió esto en 1826.
En 1855, Königsmark descubrió en Kal'arn el mayor yacimiento de Hashmalita del mundo conocido, y el problema del Norte dejó de ser mineral y pasó a ser exactamente lo que Krell había previsto: gente. Y nadie en Königsburg tenía una tabla de ciento diecinueve líneas, porque la tabla de ciento diecinueve líneas estaba en un armario en Aurum Roma, sin publicar, guardada por una casa de mujeres.
La tabla no se cobró sola, y la parte de la que Krell menos gustaba de hablar es la de 1826 a 1829, que él llamaba, en privado, los tres años de andar llamando a puertas.
La resistencia no vino de fuera. Vino de dentro, y vino de los siete Estados, y es la única vez en veintidós años en que el Consejo de los Siete se unió contra la Curia en bloque.
El motivo es sencillo y es económico. Hasta 1826, cada Cardenal-Estado vendía el mineral purificado de su Estado al precio que conseguía. Ferrum Alpina vendía caro porque tenía el Hierro del Coro y la Hashmalita; Sal Pradelica vendía barato y en volumen; Maritima Coronata cobraba flete por encima.
La tabla puso precio único para todos y mandó la diferencia a la Sede.
Lo que Krell hizo, en términos que cualquier contable reconoce y que ningún teólogo formularía, fue centralizar el margen. Les quitó el beneficio a siete cardenales y se lo entregó a un arca en Aurum Roma que él mismo gestionaba.
Los siete lo entendieron en tres semanas.
Su ofensiva fue excelente y se hizo en dos frentes, y Krell escribió en el Memorial que aprendió más sobre gobierno en aquellos tres años que en los once anteriores.
El primer frente fue jurídico. Los siete alegaron, en un memorando conjunto de cuarenta y una páginas presentado en mayo de 1826, que el derecho a disponer del producto del Estado era anterior a la tabla y se derivaba de la constitución de 1815 — lo cual era verdad, porque Aurelianus I, al crear los siete Estados, les había dado autonomía de hacienda en términos que nadie había revisado desde entonces.
El segundo frente fue operativo y fue mucho peor.
No se negaron a cumplir. Cumplieron — y se retrasaron.
Se retrasaron en las declaraciones mensuales. Se retrasaron en las remesas. Descubrieron, colectivamente y sin coordinarse por escrito, que una Congregación de los Medios con ciento doce funcionarios no logra procesar a siete Estados operando a la mitad de la velocidad, y que la tabla, sin declaraciones mensuales, es una hoja clavada en una puerta.
A finales de 1826 la Sede había cobrado el diecinueve por ciento de lo que la tabla preveía.
Krell no fue al Uno.
Este punto se empeñó en registrarlo y en explicarlo, porque es la decisión de la que más se enorgullecía y la más difícil de defender: podía haber llevado aquello a Aurelianus I en junio de 1826 y obtener un decreto, y el decreto habría resuelto la cuestión jurídica en un párrafo.
Y habría sido el final.
Un decreto contra los siete Estados obliga a los siete Estados a elegir entre obedecer y desobedecer.
Mientras no hay decreto, se están retrasando. Cuando hay decreto, están resistiendo.
La misma conducta, el mismo hombre, el mismo retraso de catorce días en una declaración — y a partir del decreto pasa a ser materia de obediencia, y un Cardenal-Estado que desobedece una vez comprende que puede desobedecer, y nosotros descubrimos al mismo tiempo que él que no tenemos manera de obligarlo.
Aprendí esto tarde y lo aprendí de ellos: la autoridad que no se pone a prueba es mayor que la que sí. No fui al Santo Padre porque prefería una tabla al diecinueve por ciento a un decreto a cero.
Lo que hizo en cambio llevó tres años y no tiene nada de heroico.
Primero, compró Sal Pradelica.
No con dinero: con purificadores. Sal Pradelica tenía la peor proporción de licenciados por tonelada de los siete Estados y un Cardenal-Estado que se quejaba de ello desde hacía nueve años sin éxito. Krell le ofreció treinta y un licenciados de las casas de formación a lo largo de cuatro años, con prioridad sobre los otros seis, a cambio de declaraciones mensuales puntuales.
Firmaron en octubre de 1826. Sal Pradelica salió del bloque.
Seis.
Después separó a Maritima Coronata de Ferrum Alpina, cosa que salió más barata de lo que debería porque las dos se detestaban desde 1819 por un flete.
Después esperó.
La Schola Coronata cayó sola en 1827, porque la Schola vive de subsidio y no de producción y no tenía, en la práctica, margen alguno que defender — el Cardenal-Estado de la Schola había entrado en el bloque por solidaridad y salió de él por aritmética, y Krell escribió al lado de su nombre, en la lista que llevaba, una sola palabra: previsible.
Vallia Sacra cayó en 1828 por un motivo que Krell no previó nunca y que lo divirtió el resto de su vida: el Cardenal-Estado de Vallia era de una familia de arrendatarios de cerca de la aldea donde Krell había nacido, y un primo suyo le escribió una carta.
Quedaron Ferrum Alpina y Limes Orientalis.
Limes Orientalis fue el único al que Krell tuvo que pagar, y pagó caro, y fue el mejor negocio de los tres años.
El Cardenal-Estado del Limes no quería margen. Quería guarniciones.
Tenía catorce y seis purificadores para ellas, y estaba, en 1828, perdiendo terreno de hecho — no en batalla, sino del modo en que aquella frontera siempre ha perdido terreno, que es por aldeas que se despueblan porque ya no logran renovar el perímetro doméstico.
Krell le dio una cosa que no estaba en el presupuesto y que tuvo que inventar: una dotación permanente de purificadores licenciados al Estado de frontera, financiada por la Sede y no por el Estado, revisada cada diez años, e indexada al número de poblaciones y no a la renta.
La llamó provisión de frontera.
Fue instituida en enero de 1829 y existe todavía en 1890, y es la razón por la que Limes Orientalis y Sal Pradelica, que son los dos Estados más pobres de la Orden, tienen más licenciados por habitante que la Schola Coronata — y es, en toda la historia administrativa del continente, la única política de redistribución que ha funcionado jamás sesenta y un años seguidos.
Krell tenía sesenta y un años cuando la escribió.
Escribió en el Memorial:
Es lo único que hice que defendería ante Dios sin preparar nada.
Y lo hice para romper un bloque político. Fue un soborno. Funcionó porque era un buen soborno, y es buena porque siguió funcionando después de que el bloque dejara de existir, y yo no sé qué hacer con eso.
Ferrum Alpina se quedó sola y capituló en noviembre de 1829, sin acuerdo y sin contrapartida, en una carta de cuatro líneas.
Krell no lo celebró y no escribió nada aquel día.
Escribió dos años después, y escribió esto, y es el párrafo del Memorial que los funcionarios de la Congregación de los Medios de 1890 todavía copian a mano para acordarse:
Tardé tres años en cobrar una tabla de nueve líneas y no usé la autoridad del Santo Padre ni una sola vez.
Usé treinta y un purificadores, una desavenencia de flete de 1819, un primo, y una provisión de frontera que inventé en una tarde.
Un imperio no se hace con decretos. Se hace con lo que la gente quiere y no puede pedir en voz alta, y el oficio consiste en averiguar qué es, y en tenerlo en existencias.
Por eso me dieron tres salas y once hombres en 1814 y me llamaron Congregación de los Medios, y a mí el nombre me pareció una humillación durante nueve años.
La tabla de precios de 1826 es la fecha a partir de la cual la Orden Clerical deja de ser una Sede y pasa a ser un imperio, y Krell lo sabía el día en que la fijó, y no escribió nada al respecto durante cinco años.
Cuando por fin escribió, en el Memorial de 1831, escribió esto:
Me preguntan cuándo nos convertimos en lo que somos. Me dan a elegir el Decreto de 1815, o la muerte de los Nueve Estandartes, o la doctrina de 1824.
Fue el catorce de enero de 1826, a las nueve de la mañana, cuando un hombre mío clavó una hoja en una puerta en Bernkanton y otro en Brithon y otro en Vykhrad.
En ese instante dejamos de pedir y empezamos a cobrar, y nada de lo que vino después — ni las vías, ni las victorias, ni la púrpura — es otra cosa que el efecto compuesto de aquella mañana.
Una hoja clavada en una puerta. No hubo trompeta.
XV. La Ciudad Que Crece
Entre 1826 y 1833, Aurum Roma creció de doscientos once mil habitantes a trescientos cuarenta mil.
Krell lo vio desde la ventana del tercer patio durante siete años, y de lo que más se acordaba no era de los andamios: era del ruido.
La ciudad tuvo, a partir de 1827, un ruido de fondo permanente que antes no existía y que no paró nunca más en sesenta años — carro de piedra, martillo, polea, y a las seis de la mañana y a las seis de la tarde una cosa que solo existe en ciudades que se están construyendo, que es el sonido de diez mil personas andando a la vez en la misma dirección.
Venían de todas partes. Venían porque había obra, y la obra pagaba, y en 1828 la Sede era el mayor empleador del continente con un margen que ningún reino se acercaba a igualar.
Y venían, sobre todo, porque la tabla de precios había hecho que todo el mineral en bruto del continente tuviera que ser encaminado, purificado y gravado por circuitos que la Sede controlaba — y un circuito comercial no es una línea en un mapa, es almacén, es muelle, es escribano, es carretero, es posada, es guardia, es casa de cambio, es tribunal de contratos, y todo eso son personas, y las personas viven donde trabajan.
Krell había calculado el crecimiento en 1825, al proponer la tabla. Se quedó corto en un cuarenta y uno por ciento.
Fue el mayor error de estimación de su carrera y el único que le dio placer.
En 1829 la Congregación de los Medios se mudó a un edificio propio con cuarenta y una salas y ciento doce funcionarios. Krell lo odió.
Lo odió porque se había pasado la vida haciendo cuentas con once personas en tres salas, y porque sabía — de un modo que no lograba demostrarle a nadie y que lo irritaba profundamente — que una oficina de ciento doce personas produce una especie distinta de verdad de la que produce una oficina de once.
Escribió en el Memorial:
Con once hombres, yo conocía cada número que me llegaba a la mesa y sabía quién lo había hecho y si aquel hombre tenía tendencia a redondear.
Con ciento doce, me llega un total. El total es mejor que los míos de 1819, más rápido, más completo, y me obedece.
Y yo ya no sé dónde miente. Sé que miente en alguna parte, porque todos mienten en alguna parte. He perdido el olfato.
Hubo, en aquellos siete años, una cosa que salió mal y que Krell nunca logró resolver, y es la única derrota administrativa documentada de su carrera.
Se llama la fuga de Ferrumkar.
A partir de 1828, la producción declarada de Crisma Argénteo de las casas de purificación de Ferrum Alpina empezó a divergir del consumo declarado por las unidades a las que abastecían. La divergencia era pequeña — entre un dos y un cuatro por ciento — y fue creciendo, y en 1832 andaba por el siete.
Un siete por ciento de la producción de Ferrum Alpina son ciento noventa mil cartuchos al año.
Krell mandó auditar tres veces. Las tres auditorías volvieron limpias.
No había robo. No había contrabando — fue la primera hipótesis, y se investigó con considerable minuciosidad, y la Inquisición Reformada llegó a detener a cuatro transitarios en 1831 y a soltarlos a todos.
El mineral no estaba saliendo de Ferrumkar.
Estaba siendo consumido en Ferrumkar, y no había registro de quién lo consumía, y la cuarta auditoría — la que Krell mandó hacer en 1833, por un canónigo joven y obstinado llamado Vitale — volvió con una frase en la página once que Krell leyó y releyó y después archivó sin acción:
No hay en el sector registro de pérdida. Hay, sin embargo, entre los obreros de las galerías y de las forjas, práctica extendida de adquisición de cartucho suelto para uso doméstico, en perímetro de casa, en cantidad que los maestros de forja describen como costumbre antigua y cuya tolerancia se recomienda por razones de paz laboral.
Uso doméstico. Perímetro de casa.
Ciento noventa mil cartuchos al año protegiendo casas de mineros en una ciudad que no estaba en ningún frente, a doscientos cuarenta kilómetros del Limbo, detrás de una cordillera que nunca había sido entrada.
Krell lo entendió. Lo escribió en el Memorial y lo escribió sin margen para la duda, y es el pasaje de aquel libro que la Inquisición Reformada mandó copiar en 1853 y que circula desde entonces dentro de la Orden en un extracto de una página:
No tienen miedo de los demonios. Tienen miedo del polvo.
Un hombre de Ferrumkar sabe, a los treinta años, que va a morir de eso y que su hijo entra en su lugar. No puede huir, porque hay lista de espera para entrar y porque no hay otro sitio.
Así que compra un cartucho, y lo pone en el estante de la cocina, y no lo dispara nunca — y yo vi tres casas, y en las tres el cartucho estaba en el estante, y en las tres la mujer de la casa me lo enseñó como quien enseña una reliquia.
No es superstición. Aquello funciona. Está despierto. Costó veinte segundos de la vida de un canónigo.
Compraron un pedazo de cosa despierta y lo pusieron encima del aparador, porque es lo único que existe en aquella ciudad que haya sido tocado por el Cielo y que les pertenezca.
Yo me pasé cuatro años auditando esto como si fuera fuga de inventario.
Era liturgia. Era liturgia ocurriendo en una cocina, sin sacerdote, y nosotros no tenemos nombre para eso ni sitio donde asentarlo, y por eso mandé archivar.
La Velinia Serenísima pidió en noviembre de 1829, y la petición llegó a la Congregación de los Medios, y Krell la reconoció en el primer párrafo.
Era la petición de 1820 otra vez.
No literalmente — estaba escrita en veneciano de cancillería y no en latín de jurista de Reichshamn, y era mucho más educada, y venía acompañada de una oferta en vez de una amenaza. Pero era la misma cosa: una potencia secular pidiéndole a Aurum Roma que le diera capacidad de purificación para una operación militar que Aurum Roma no mandaba.
La Vigilia de la Fosa es decenal. Leviath sube en 1830 como había subido en 1820 y en 1810, y la flota combinada sale, y no lo mata, y vuelve con menos navíos. Velinia arma cuarenta y un cascos; la Maritima Coronata arma diecinueve.
Y una flota en campaña gasta munición consagrada a un ritmo que ni se compara con el de un ejército en tierra, porque un cañón no dispara cinco veces al día.
Velinia pedía veintidós purificadores licenciados, por cinco meses, y ofrecía pagarlos a razón de cuatro veces el estipendio de la Sede, más transporte, más seguro de vida para las familias en caso de pérdida.
Krell puso la solicitud encima de la mesa y se quedó mirándola con una sensación que no sabía cómo clasificar y que acabó clasificando, en el Memorial, como vértigo administrativo:
Diez años antes, la misma pregunta nos había partido por la mitad en una sala y había costado nueve mil vidas.
Esta vez la respondí en nueve días y se resolvió con un despacho de secretaría. No fue a consejo. No fue a cónclave. No molestó al Santo Padre.
Y la diferencia entre las dos ocasiones no es moral, no es teológica y no es de valor.
En 1820 nosotros no teníamos procedimiento. En 1829 lo teníamos.
El procedimiento existía desde 1826 y se llamaba, en la jerga de la Congregación, Destacamento de Ministerio Exterior, y Krell lo había escrito con tres canónigos a lo largo de catorce meses, y tiene veintinueve artículos y resuelve exactamente el problema que había destruido a la Cruzada de los Nueve Estandartes.
Dice cuántos. Dice por cuánto tiempo. Dice quién paga. Dice que los destacados siguen bajo jurisdicción de la Sede y que responden ante el capellán jefe y no ante el comandante de la operación. Dice que la operación queda obligada a proporcionarles alojamiento separado, guardia personal y — este es el artículo diecisiete, y es de Krell, y es el que más defendió — límite de horas diarias, fiscalizado por el capellán jefe, con poder de suspender el destacamento en caso de incumplimiento.
El artículo diecisiete existe por el canónigo Bonifacio.
Krell no lo escribió nunca en ninguna parte y no hacía falta: todo el mundo en la Congregación sabía por qué había un límite de horas y por qué el poder de hacerlo cumplir estaba en un clérigo y no en el almirante.
Se concedió.
Veintidós purificadores licenciados, por cinco meses, al amparo de los veintinueve artículos, con capellán jefe nombrado por la Sede y con Velinia pagando cuatro veces el estipendio — que Krell aceptó sin regatear porque el dinero era lo menos interesante de aquel acuerdo.
Lo que él quería estaba en el artículo veintiséis, y Velinia lo aceptó sin discusión porque en noviembre de 1829 le pareció una formalidad:
Los registros de producción y de consumo de la operación son propiedad de la Sede y le serán entregados al término del destacamento.
Es decir: la Sede iba a enterarse, cartucho a cartucho, de cuánto cuesta en munición consagrada contener a Leviath durante una noche.
Nadie en el mundo tenía esa cifra. Velinia la tenía, en parte, en los archivos del Arsenal, y no se la había entregado nunca a nadie, y la Sede llevaba treinta años estimándola a ojo.
Krell la obtuvo con una cláusula de contrato de trabajo.
La Vigilia de la Fosa de 1830 salió mal por razones que no tienen nada que ver con nada de esto: la flota llegó tarde, con marea equivocada y niebla cerrada, y el Ojo Verde ya estaba fuera cuando se formó la línea.
Catorce navíos al fondo en una noche. Treinta y una de las ochenta y cuatro familias del Consejo sin heredero varón.
De los veintidós purificadores destacados por la Sede, murieron nueve.
Siete en el mar, con los cascos en los que iban. Dos en los cuatro meses siguientes, de lo que hace el oficio.
Krell recibió la lista de los nueve el 14 de octubre de 1830 y leyó los nombres, y conocía a seis de ellos porque había firmado sus licencias.
Y después recibió, en enero de 1831, los registros del artículo veintiséis — cuatro legajos, del Arsenal de Velinia, con el consumo de la operación hora a hora — y pasó tres semanas trabajándolos, y produjo un documento de once hojas que es hoy la base de toda la doctrina naval consagrada del continente y que contiene, en la hoja siete, la cifra que nadie tenía:
Contener a Leviath durante una noche cuesta entre ciento cuarenta y ciento setenta mil cartuchos consagrados y no lo mata.
Ciento cincuenta mil, de media, cada diez años, para una cosa que vuelve.
Es el equivalente a ciento siete purificadores trabajando un mes entero.
Krell escribió las conclusiones y después escribió, en hoja aparte, lo que pensó, y la hoja aparte está en el Memorial y es el pasaje que los oficiales de marina de la Orden citan sin saber de quién es:
Lo hicimos todo bien.
Había procedimiento. Había límite de horas y había un capellán jefe con poder de imponerlo, y lo impuso dos veces y hay registro de las dos. Había guardia personal, alojamiento separado, contrato, seguro.
Ninguno de los nueve murió como murió el canónigo Bonifacio. Ninguno fue gastado. Ninguno hizo, al quinto día, plata muerta que alguien repartiera sin decírselo.
Siete se hundieron con los navíos en los que iban, haciendo su oficio, en un servicio autorizado, pagado, fiscalizado y canónico.
Y comprendí, al cabo de once hojas, que llevo quince años construyendo una máquina cuya única función demostrable es garantizar que la gente muera correctamente.
No mueren menos. Mueren en el sitio correcto, con papeleo, y nosotros nos quedamos sabiendo cuántas fueron.
Dios me perdone si esto es poco. Me he pasado la vida haciéndolo y no sé hacer otra cosa, y tengo la impresión razonable de que es más de lo que había, y la impresión razonable no me ha hecho mucha compañía.
El segundo movimiento es de 1830 y dura una noche.
Mattias de la Casa Solar fue nombrado Capitán-General de la Orden de los Caballeros del Sello el 9 de junio de 1830, con cuarenta años, y recibió el nombramiento en Karentin, y lo primero que hizo fue ir a Aurum Roma a prestar obediencia, porque estaba en el reglamento que él mismo había ayudado a escribir.
Se quedó tres semanas. En una de ellas cenó con el Cardenal Amandus Krell, que tenía entonces sesenta y dos años, y es el único encuentro documentado entre los dos, y está documentado porque Krell lo registró.
Fue una mala cena.
No discutieron. Ninguno de los dos era hombre de discutir y ambos eran de origen humilde y se reconocieron en ello de inmediato, lo que en general ayuda y aquella noche no ayudó nada.
Lo que salió mal fue una pregunta.
Mattias preguntó — y la preguntó con toda inocencia, porque no lo sabía, porque nadie se lo había dicho y porque el expediente llevaba once años cerrado:
— Eminencia. En el diecinueve, cuando se hizo el censo, yo mandé un formulario.
— Lo mandó.
— ¿Su Eminencia lo vio?
— Lo vi.
Mattias dejó la copa.
— Estuve tres años esperando un proceso — dijo. — Escribí aquello esperando un proceso. No podía declarar cero porque era mentira, y no podía declarar lo que hacía sin acusarme, y por tanto declaré y esperé, y no vino nada. Eminencia, tengo cuarenta años y me he pasado once creyendo que mi Orden me había olvidado en un archivo.
Krell se quedó callado un rato.
Después dijo la verdad, porque tenía sesenta y dos años y porque era de esa clase de hombres que dicen la verdad cuando ya no cuesta nada:
— No lo olvidé, capitán-general. Puse su formulario en el montón equivocado a propósito.
— ¿Por qué?
— Porque me hacía falta.
Y aquí — y Krell escribió esto con una honestidad que le costó, y lo escribió sabiendo que algún día alguien lo leería — aquí la conversación dejó de ser sobre 1819.
— Su Eminencia — dijo Mattias, muy despacio — guardó un delito mío porque le hacía falta.
— Guardé un hecho suyo. Yo no tenía, en el diecinueve, un solo registro, en ninguna parte, de que aquello pudiera hacerlo alguien sin ordenación. Tenía rumor. Tenía lo que se dice en las aldeas. — Krell puso las dos manos sobre la mesa. — Usted me mandó una declaración firmada, con nombre de unidad, con cifra, con método. Once cartuchos. No ninguno.
— ¿Y qué hizo Su Eminencia con eso?
— Nada, durante cinco años. Después se lo di a un canonista en 1823 y le dije que me buscara una manera de que aquello fuera legal, y tardó once semanas, y lo que escribió es el Voto de Medida que usted tiene en el reglamento y que, según me consta, ya ha salvado cuatro guarniciones.
Mattias no dijo nada durante mucho rato.
Después dijo:
— Entonces yo soy la prueba.
— Usted es la única prueba documental que esta casa ha tenido jamás, producida voluntariamente, de que el don no pasa exclusivamente por nosotros. — Krell lo miró. — Y está en un archivo al que solo yo y tres hombres tenemos acceso, y allí seguirá, y a usted no lo van a molestar nunca, y el día en que yo muera alguien va a heredar aquella llave.
Mattias volvió a Karentin tres días después y no volvió a hablar con Krell.
Y lo que se llevó de aquella cena, y se llevó el resto de la vida, no fue miedo y no fue gratitud.
Fue una cosa que escribió en el cuaderno en el camino, entre Vallium y el desfiladero, en tres líneas, con la letra temblando por el trote:
Él no me protegió. Él me guardó.
Hay una diferencia y me llevó la cena entera encontrarla: un hombre protegido está seguro. Un hombre guardado está disponible.
Llevo once años en un armario en Aurum Roma, con una llave, y alguien la va a heredar.
XVI. El Año En Que No Pasó Nada
En 1830, a nueve días de distancia de Aurum Roma, catorce navíos se fueron al fondo en una noche en el Mar del Coro, y treinta y una de las ochenta y cuatro familias del Consejo de Velinia se quedaron sin heredero varón, y la Vigilia de la Fosa volvió a costar lo que cuesta siempre.
La Vigilia Blanca se enteró en octubre y se enteró mal.
Y lo que importa de aquel año, en la casa de las llamas, no es la Fosa.
Es que en 1830 no hubo una sola inscripción verificable.
Doce meses. Ciento noventa y dos turnos servidos, con cuatro Blancas en servicio y la regla de los dos turnos semanales todavía por llegar.
Ciento noventa y dos turnos. Inscripciones de vocablo corriente: cuarenta y una, todas retenidas por la regla cuarta. Inscripciones verificables: ninguna.
Aelius de Sárvar llevaba treinta y nueve años de oficio cuando aquello ocurrió, y era la tercera vez que veía un año magro, y las otras dos habían sido 1803 y 1819, y en ambas el año siguiente lo había compensado.
Este no lo compensó. 1831 dio tres. La media de la década anterior era de dieciocho.
La Curia no lo advirtió, y la razón por la que no lo advirtió es lo más siniestro de este capítulo y es puramente administrativa.
La Curia no lo advirtió porque 1830 fue un año excelente.
La tabla de precios rendía. Las tres casas de purificación habían formado, hasta aquel año, a cuatrocientos once licenciados. Los Caballeros del Sello tenían nueve regimientos y una doctrina escrita. La producción continental de Crisma Argénteo había subido un sesenta y uno por ciento en cinco años, no porque hubiera revelación nueva, sino porque había más gente aplicando la revelación de 1817 y la de 1822 y la de 1826.
Una inscripción no es una máquina. Es una instrucción. Y una instrucción recibida en 1822 sigue rindiendo en 1830, en 1840 y en 1880, y rinde más cada año en que se forman más hombres capaces de ejecutarla.
Así que el continente, en 1830, estaba creciendo deprisa sobre la base de cosas que le habían sido dichas hacía ocho y trece y veinte años, y nadie en la Congregación de los Medios tenía una línea en el presupuesto para cantidad de cosas nuevas que nos han sido dichas este año, porque esa columna nunca existió y no existe hoy.
Aelius escribió, en enero de 1831, un informe de dos hojas y se lo mandó a la Madre Vigilante, que era Sofia Kranz, que lo leyó y lo mandó a la Curia con una nota de apoyo.
Volvió en marzo con un despacho de siete palabras de un monseñor del gabinete de asuntos internos:
Sin materia. Archívese. Se recomienda oración.
Aelius guardó el despacho.
Lo guardó del modo en que había guardado la transcripción de septiembre de 1821, es decir, en una biblia, y por eso existen hoy dos papeles en una biblia de un escribano muerto en 1841 y por eso la Inquisición Reformada, en 1888, al reconstituir la serie de los silencios que la regla séptima había vuelto incontable, encontró exactamente dos puntos anteriores a 1850.
Uno es el informe de Aelius de 1831.
El otro es el despacho de siete palabras.
Y es con estos dos papeles, y con nada más, que la Reformada estableció — sesenta y dos años después — que la curva ya estaba bajando en 1830, y por tanto que el desvanecimiento de los Ángeles no empezó en el Estancamiento: empezó antes de que empezara la Era de la Forja, en el mejor año del siglo, cuando nadie tenía ningún motivo para mirar.
Lo que Aelius escribió al margen del despacho, con la letra ya grande porque la vista se le iba, fue:
Se recomienda oración.
La recomiendo yo también. Rezo desde hace cuarenta años y no he dejado de hacerlo un solo día.
Pero yo pregunté si estaban hablando menos y el monseñor me respondió que rezara más, y las dos cosas no se responden la una a la otra, y no sé si no entendió la pregunta o si la entendió tan bien que no podía responderla por escrito.
Soy escribano. Lo único que sé hacer es anotar, y anoté, y me anotaron de vuelta que no hay materia.
Quedará en este libro. Alguien lo abrirá.
ACTO V — KARENTIN
XVII. La Caída
Karentin-Alta cayó el 3 de noviembre de 1834, entre las dos y las seis de la mañana, y lo que nadie en Aurum Roma logró comprender durante dos años fue que no cayó por fuera.
La muralla norte no fue rota. Sigue en pie hoy. Tiene treinta y un metros de cara de Hierro del Coro y fue construida en 1811 por gente que sabía exactamente contra qué la estaba construyendo, y aguantó veintitrés años de todo lo que mandó la grieta, y no fue por allí.
Fue por el acueducto.
La ciudad-fortaleza tenía cisterna, y la cisterna se llenaba por gravedad desde un manantial a mil seiscientos metros de altitud, tres kilómetros al nordeste, por un conducto de piedra cubierto con treinta y un respiraderos.
Los respiraderos tenían reja. Las rejas eran de Hierro del Coro en los primeros once y de hierro común en los otros veinte, y la razón de eso está en un presupuesto de 1809 y es la razón de siempre: el Hierro del Coro costaba once veces más y el conducto estaba por encima de la línea de nieve y nadie creyó que nada subiera hasta allí.
Mattias había leído aquel presupuesto en 1831, cuando pasó a Capitán-General y mandó revisar las fortificaciones de las siete Casas, y había escrito al margen sustituir las veinte, y había mandado la petición a la Congregación de los Medios en marzo de 1832.
La petición fue concedida.
La obra estaba programada para el verano de 1835.
Esto es lo que Mattias supo en noviembre de 1834 y es lo que nunca le dijo en voz alta a nadie en toda su vida, y se sabe porque está en el cuaderno:
Pedí en el treinta y dos. Me lo dieron en el treinta y tres. Lo programaron para el treinta y cinco porque la obra es de verano y porque por encima de los mil seiscientos no se trabaja en octubre.
No hubo negligencia. No hubo mezquindad. Todo el mundo hizo su oficio con competencia y en plazo, y la ciudad cayó por once meses.
No hay nadie a quien culpar y es eso lo que no me deja dormir. Si hubiera alguien yo tendría dónde posar esto.
Lo que se sabe de la noche se sabe de once declaraciones, y la más larga es la del sargento Vitor de la Casa Solar, cuarenta y un años, tomada en Vallium el 19 de noviembre de 1834 por un canónigo que escribió todo lo que dijo y no le hizo una sola pregunta durante dos horas, lo que fue la decisión más inteligente que tomó alguien aquel mes.
Está transcrita en el informe de Mattias entre las páginas diecinueve y treinta y una. Es la única parte del documento que Krell mandó copiar al Archivo de los Medios, y la única que el Capitán-General no reescribió.
Declaración del sargento Vitor, Casa Solar, cuarta compañía. Vallium, 19 de noviembre de 1834.
Yo estaba de servicio en la cisterna. Es servicio de castigo y yo estaba castigado por una cosa de bebida en octubre, y lo digo ya porque no quiero que después parezca que estaba allí por mérito.
La cisterna tiene una sala de guardia con dos hombres y una campanilla que suena si el nivel baja deprisa, porque el nivel bajando deprisa quiere decir rotura en el conducto y es lo que se espera que pase algún día. La campanilla no había sonado en veintitrés años y todo el mundo la llamaba la campanilla del Juicio, con perdón.
Sonó a la una y cuarenta.
El otro hombre era Hansi, que lleva nueve años en la Casa Solar y es del valle de Karentin, y Hansi dijo enseguida que no era rotura porque no había habido temblor y porque el conducto revienta con temblor. Yo no entiendo de conductos. Fui a mirar el nivel y el nivel estaba subiendo.
Subiendo. Es eso lo que quiero que quede escrito, señor canónigo, porque cuando se lo dije al teniente me mandó repetirlo tres veces.
La campanilla está hecha para sonar cuando baja. Estaba sonando porque el flotador se había ido al fondo, y el flotador se había ido al fondo porque algo ahí dentro había tirado de él, y el agua estaba subiendo porque algo estaba dentro de ella y tenía cuerpo.
Fuimos los dos a la boca de la cisterna con linterna de Lumen. Es reglamento llevar Lumen a la cisterna y aquella noche fue lo único del reglamento que sirvió para algo.
Con Lumen aquello no sube. No viene a la luz. Está ahí, y se oye, y el agua se mueve, y mientras la linterna esté encendida y la mano del que la sostiene no tiemble, se queda en el fondo. Nosotros estuvimos allí, los dos, sosteniendo la linterna vuelta hacia el agua, desde la una y cuarenta hasta las tres y cuarto.
Una hora y treinta y cinco minutos, señor canónigo. Los conté porque había reloj de pared en la sala de guardia y porque no había otra cosa que hacer con la cabeza.
Hansi lloró la mayor parte del tiempo y no tiene ninguna vergüenza en ello y ya se lo he dicho. Lloró bajito y sostuvo la linterna y no la bajó ni una sola vez.
Lo que entró por la cisterna no fue lo que tomó la ciudad. Eso lo supimos después. Lo que entró por la cisterna fueron dos cosas y se quedaron en el fondo por el Lumen y murieron allí cuando se drenó en el treinta y seis.
Lo que tomó la ciudad entró por los respiraderos de arriba y bajó por el conducto seco, que es el de servicio y no lleva agua en noviembre, y salió a las casamatas del anillo interior por el pozo de inspección número nueve, que está del lado de dentro de la muralla.
Del lado de dentro, señor canónigo.
Veintitrés años de muralla de treinta y un metros con cara de Hierro del Coro y se nos metieron por un agujero de registro con una reja de hierro de herrero, del lado de dentro, a doscientos pasos de la casa del gobernador.
La alarma del anillo interior sonó a las dos y nueve.
A partir de ahí es confusión y no voy a decir que vi cosas que no vi. Yo estaba en la cisterna y me quedé en la cisterna hasta las tres y cuarto, que fue cuando vino un cabo a decir que se evacuaba y que nosotros salíamos con la cuarta columna.
Le dije que no podía soltar la linterna.
Me dijo que la ciudad estaba siendo evacuada.
Y yo le dije otra vez que no podía soltar la linterna, y lo entendió, y hay que decir que lo entendió en dos segundos, porque si la soltábamos lo que estaba en el fondo de la cisterna subía y salía por detrás de la columna que se iba.
Preguntó cuánto tiempo aguantábamos.
Le dije que la linterna tenía carga para cuatro horas y que mi mano tenía para menos.
Nos quedamos dos horas y cuarenta minutos más.
No voy a decir que fue valor porque no lo fue. Fue que irnos significaba veinte hombres muriendo detrás de nosotros y nosotros sabiéndolo e yéndonos igual, y yo no soy de esos y Hansi tampoco, y nada más.
A las cinco cincuenta y cinco vino el canónigo Petrek en persona con dos hombres y una linterna cargada y nos dijo que saliéramos.
Le pregunté quién se quedaba sosteniendo.
Y me dijo — y es esto, señor canónigo, es esto lo que vine aquí a decir y lo demás es todo relleno —
me dijo:
«Yo.»
El canónigo Petrek tenía sesenta y un años y era de Solnica y lo conocí ocho años. Despertaba nuestra munición los jueves por la mañana y por la tarde jugaba a las cartas con los sargentos y perdía siempre y pagaba siempre.
A aquellas alturas llevaba despertando cartuchos desde las dos y media de la madrugada, con los otros tres, para la retaguardia de la columna. Tres horas y media. Tenía la mano derecha cerrada y no la abría.
Sostuvo la linterna con la izquierda.
Le dije que no podía quedarse solo y me dijo que no estaba solo y yo no entendí entonces si hablaba de los dos hombres que había traído o de otra cosa, y no pregunté, y me he pasado estos dieciséis días deseando haber preguntado.
Salí con la cuarta columna a las seis y diez.
Lo último que vi de Karentin-Alta fue la boca de la cisterna con luz dentro.
Todavía estaba encendida cuando el camino giró.
Mattias leyó esta declaración por primera vez el 22 de noviembre de 1834, en Vallium, y la leyó de pie, y cuando acabó mandó llamar al canónigo que la había tomado y le hizo una sola pregunta.
Preguntó si el sargento había dicho algo más después de terminar la transcripción.
El canónigo dijo que sí. Dijo que el sargento Vitor se había quedado sentado un rato y después había preguntado si lo que había contado bastaba para pedir algo.
— ¿Pedir qué? — dijo Mattias.
— Quería saber si bastaba para pedirle a la Orden que mandara retomar la ciudad. — El canónigo vaciló. — Le dije que esas decisiones no se toman con declaraciones. Me preguntó con qué se toman.
Mattias se quedó callado.
— ¿Y usted qué le respondió?
— No respondí nada, señor Capitán-General. No supe.
Murieron, en la noche del 3 de noviembre, mil cuatrocientas once personas: doscientos nueve caballeros, ciento cuarenta y dos de la tropa de guarnición, y mil sesenta civiles de los tres mil que vivían allí.
Salieron mil novecientos veintisiete, por la puerta sur, en cuatro horas, y la evacuación se ejecutó de un modo que los manuales militares del continente estudian desde entonces, y la ejecutó un teniente de veintiséis años cuyo nombre no se conoce porque murió en 1841 y la Casa Solar no guarda apellidos.
Los cuatro purificadores de la guarnición se quedaron. Los cuatro.
No por heroísmo declarado y no por orden — Mattias lo verificó y lo verificó con un cuidado casi enfermizo durante el invierno siguiente, porque necesitaba saber si alguien les había mandado quedarse, y nadie se lo había mandado.
Se quedaron porque la tercera regla dice que una unidad sin purificador se retira, y porque un purificador que sale con la columna de evacuación se lleva consigo lo único que le permite disparar a la retaguardia, y porque los cuatro comprendieron simultáneamente, sin hablarse, que una columna de mil novecientas personas iba a necesitar fuego consagrado detrás durante cuatro horas.
Hicieron cuatro horas.
El último de ellos era un canónigo de sesenta y un años llamado Petrek, de Solnica, y lo que se sabe de él es que en la última hora estaba despertando cartuchos sentado en el suelo, apoyado en una pared, y pasándoselos a un sargento que los repartía, y que ya no lograba levantar la mano derecha y hacía el rito con la izquierda, lo que no está permitido y no se enseña y no debería funcionar.
Funcionó. Está en el relato del sargento, que salió vivo.
Mattias escribió el informe de la caída en dieciocho días y es el documento más largo de su carrera y tiene sesenta y una páginas.
No hay en él una sola palabra de justificación. Krell lo leyó en Aurum Roma en enero de 1835 y escribió en la tapa, a lápiz, dos palabras que el archivo ha conservado: hombre honesto.
La parte que la Curia no quiso fue la página cincuenta y nueve.
En la página cincuenta y nueve, Mattias hizo una cosa que nadie le había pedido: calculó el coste de las rejas.
Las veinte rejas de hierro común, sustituidas por Hierro del Coro, al precio de la tabla de 1826, columna I, con mano de obra y transporte de altura: cuatro mil ciento diez ducados aurelios.
Y escribió, debajo, sin comentario, lo que la Congregación de los Medios había gastado en el mismo ejercicio de 1832 en obra de representación en el cuarto patio de Aurum Roma: once mil doscientos.
La Curia mandó retirar la página cincuenta y nueve del ejemplar de archivo.
Mattias tenía copia. La copia está en Karentin-Alta, enmarcada desde 1871, y la mayoría de los oficiales que pasan por delante cree que es una reliquia de la defensa y no sabe leer lo que hay allí.
XVIII. La Oscuridad
Aelius empezó a perder la vista en 1832 y se quedó ciego de los dos ojos en agosto de 1834, tres meses antes de Karentin-Alta, y la cosa ocurrió despacio y después toda de golpe, que es como ocurre.
Había médico en la Vigilia. El médico lo llamaba catarata doble con agotamiento y no sabía nada más, y lo único que le dijo a Aelius que sirviera de algo fue que no había sido la llama.
— Usted nunca miró.
— Nunca.
— Entonces no fue eso. — El médico recogió sus cosas. — Es la edad y son cuarenta y cuatro años escribiendo a la luz de velas de sebo en letra de dos milímetros. Perdone la franqueza: ha gastado usted los ojos del modo más banal que existe.
Aelius se lo agradeció sinceramente. Fue la mejor noticia que recibió aquel año.
Un escribano de Vigilia nunca debe mirar la llama.
Es la primera regla que se aprende y la única que se enseña con amenaza, y Aelius de Sárvar se había pasado cuarenta y cuatro años cumpliéndola — y la había cumplido como un hombre cumple una cosa difícil, es decir, queriendo, todos los días, catorce mil veces, con el rabillo del ojo tirando y siendo devuelto.
Y en agosto de 1834 dejó de tener que querer.
Escribió sobre esto una vez, a su sobrina, en una carta dictada en 1837, y la carta existe:
Todo el mundo en esta casa cree que estoy siendo valiente y nadie tiene el valor de decírmelo, y yo lo dejo estar porque explicarlo sería peor.
Yo no estoy siendo valiente. Yo fui, durante cuarenta y cuatro años, un hombre que todos los días elegía no mirar.
Ahora soy un hombre que no puede mirar.
He perdido lo único que hacía que valiera algo ante Dios, y nadie lo advierte, porque desde fuera las dos cosas parecen iguales.
Siguió trabajando siete años.
Esto parece imposible y no lo es, y la explicación es mecánica y sin romanticismo ninguno: un escribano de Vigilia escribe sin mirar el papel desde el segundo año de oficio, porque mirar el papel significa bajar la cabeza y perder sílabas. Se escribe de lado, con la hoja bajo la mano, mirando a la pared.
Aelius tenía la letra formada desde hacía cuarenta años. La mano sabía.
Lo que perdió no fue la escritura: fue la relectura. Dejó de poder verificar lo que había escrito, y por tanto dejó de poder corregir, y por tanto la Vigilia pasó a poner a una asistente a su lado para comprobar cada hoja al final del turno.
La asistente tenía diecinueve años en 1834 y se llamaba Doroteia, y pasó siete años leyéndole en voz alta a Aelius de Sárvar lo que Aelius de Sárvar acababa de escribir, para que él lo confirmara.
En 1868 fue Madre Vigilante, y en 1888 todavía lo era, y es la Madre Doroteia del cónclave de emergencia.
Ninguno de los dos supo nunca lo que iba a ser el otro.
Lo que le importa a este libro ocurrió en 1836 y fue de una banalidad administrativa completa.
La Curia mandó, en febrero, un oficio a la Vigilia Blanca proponiendo la jubilación con honor del escribano Aelius de Sárvar, de setenta y cuatro años, ciego, al servicio desde hacía cuarenta y seis, con pensión íntegra y alojamiento vitalicio.
Era un oficio generoso. Era, además, absolutamente sensato: un escribano ciego que necesita una asistente que le compruebe el trabajo cuesta dos personas y rinde una.
Sofia Kranz lo rechazó.
Lo rechazó por escrito, en tres párrafos, y el tercer párrafo es famoso dentro de la Vigilia y nunca salió de allí:
Eminencia Reverendísima, el escribano Aelius de Sárvar entró en esta casa en 1790 y ha transcrito desde entonces a treinta y una Blancas, de las cuales veintinueve están muertas.
No hay en esta casa, ni en la Curia, ni en el continente, nadie más que las haya oído a todas. Los canónigos rotan cada dos años, las Madres cada siete, y las muchachas no se hablan entre sí por regla de esta casa que Su Eminencia conoce.
Él es la continuidad. No porque sea sabio — no es sabio, es escribano — sino porque se quedó.
Si lo jubilan, esta casa pasa a tener memoria de siete años. Es eso lo que están proponiendo, y no creo que sea eso lo que están queriendo.
Se quedó.
XIX. Las Once Semanas
La retoma de Karentin-Alta empezó el 2 de marzo de 1836 y acabó el 19 de mayo, y son setenta y nueve días, y todo el mundo la llama once semanas porque once semanas es lo que está en el informe y porque suena mejor.
Se hizo solo con Caballeros del Sello.
Este es el hecho del que la Orden se enorgullece y hay que decir de dónde vino, porque no vino del orgullo: vino de que Mattias rechazó, en enero de 1836, una oferta de siete mil hombres de tropa de corona y de dos casas alpinas, y el rechazo le costó una reprimenda escrita del Consejo de los Siete y casi le costó el puesto.
La razón que dio por escrito era logística y era verdadera: siete mil hombres extra en un valle glaciar en marzo significan abastecimiento que el camino no soporta.
La razón que no dio está en el cuaderno y son dos líneas:
Si entran con tropa de corona, la ciudad la retoma todo el mundo, y dentro de diez años medio continente se acuerda de que Roma necesitó ayuda para limpiar su propia montaña.
Me cuesta seis semanas más y no sé cuántos hombres. Voy a pagarlo.
Llevó cuatro mil doscientos hombres. Siete regimientos de las siete Casas, que fue la primera vez en la historia que las siete operaron juntas y la última hasta 1859.
Llevó diecinueve purificadores licenciados — diecinueve, de un efectivo continental que en 1836 andaba por los cinco mil seiscientos — y la Congregación de los Medios tardó cinco meses en autorizarlo, y Krell firmó la autorización con sesenta y ocho años y la firma está temblorosa.
Y llevó, por primera vez a campo abierto, artillería de Ardentina de primera generación: once piezas, salidas de las refinerías del sur catorce meses antes, con una instrucción de manejo de cuarenta páginas que nadie había probado en altura.
Dos explotaron. La segunda mató a nueve hombres.
Está en el informe, en la página once, con los nueve nombres de servicio, y Mattias insistió en que estuviera allí, contra la opinión de dos oficiales superiores que querían que la cosa se registrara como accidente de material, y su argumento fue el de siempre:
— Si no lo escribimos, el año que viene alguien lo repite.
La campaña no es interesante militarmente y Mattias fue el primero en decirlo.
Fue asedio. Fue un asedio de siete semanas a una ciudad que la Orden había construido y cuyos planos la Orden tenía, con zapa de Ardentina en tres puntos elegidos por un ingeniero que había trabajado en la muralla en 1811 y que tenía entonces setenta y tres años y que hizo la campaña entera en una litera.
La parte difícil fue el acueducto.
Entraron por donde habían salido. Por los respiraderos — por los veinte de hierro común que Mattias había mandado sustituir en 1832 y cuya obra estaba programada para el verano de 1835 y que nunca se hizo, y que estaban exactamente como estaban, y fue por allí.
Mattias fue personalmente en el tercer grupo. Tenía cuarenta y seis años y era Capitán-General y no debía haber ido, y fue, y nunca le dio explicación alguna a nadie.
La ciudad fue retomada el 19 de mayo de 1836, y lo que había dentro se queda fuera de este libro, porque este libro es sobre un escritorio en Aurum Roma y sobre lo que se decide en una sala.
Se queda fuera, y hay una cosa que se queda dentro, y es una cosa de contabilidad.
En noviembre de 1834 había en Karentin-Alta tres mil cuarenta y cuatro civiles, según el censo parroquial de agosto de aquel año.
Mil sesenta murieron en la noche.
Mil novecientos veintisiete salieron por la puerta sur en cuatro horas y fueron recibidos y contados en Vallium entre el 6 y el 11 de noviembre, y la lista existe, con nombres, y es el documento que la diócesis usó durante treinta años para resolver herencias.
Mil sesenta más mil novecientos veintisiete son dos mil novecientos ochenta y siete.
Faltan cincuenta y siete.
Mattias detectó la diferencia en enero de 1835, trabajando el informe, y lo primero que hizo fue lo que hace cualquier persona competente, que es presumir error.
Mandó comprobar las listas tres veces. Mandó cotejarlas con el censo de agosto y con los registros de bautismo de la parroquia. Mandó preguntar en nueve aldeas del valle si había gente de Karentin-Alta acogida por parientes y no declarada, y la había — se encontraron once personas así, a lo largo de catorce meses, y las once fueron tachadas de la diferencia.
Quedaron cuarenta y seis.
Cuarenta y seis personas que entraron en una ciudad en agosto de 1834 y que no murieron en la noche, porque los cuerpos fueron contados, y que no salieron por la puerta sur, porque la columna fue contada en Vallium con nombres.
No habló de esto con nadie durante dieciséis meses.
No por secreto. Porque no había nada que hacer con aquello y porque decirlo en voz alta, en una guarnición de refugiados alojada en Vallium con mil novecientas personas que habían dejado allí dentro a todos los que conocían, habría sido una crueldad sin finalidad ninguna.
Llevó la lista de los cuarenta y seis nombres en la campaña de 1836. Está en el cuaderno, en una hoja doblada, con su letra.
Y el 20 de mayo, el primer día dentro de la ciudad retomada, dio la orden — la segunda que dio, después de la de los purificadores — de que se buscara.
Buscaron once días, con cuarenta hombres, y este es el único asunto sobre el que el informe final de Karentin-Alta es deliberadamente vago, y es vago porque Mattias lo escribió vago y porque fue la única vez en su vida que lo hizo.
Lo que está escrito es esto, y es todo:
Del censo faltante, no se estableció paradero de cuarenta y dos. Se estableció el de cuatro, cuyos nombres se remiten por separado al Ordinario de Ferrum Alpina para los efectos que este estime.
Se hallaron, en el anillo interior y en las galerías de servicio, señales de permanencia humana posterior a noviembre de 1834, sin que pueda establecerse duración ni número.
No se tomó testimonio.
No se recomienda diligencia ulterior.
Señales de permanencia humana.
Son cuatro palabras y Mattias las eligió y las discutió con su propio capellán durante una tarde, y lo que cubren — y es esto lo que los oficiales de la Orden que leen el informe en Karentin-Alta hoy no captan, porque el informe está enmarcado y nadie enmarca cosas para leerlas — es que la ciudad estuvo ocupada dieciocho meses y que alguien estuvo viviendo allí.
No se sabe quién. No se sabe cuántos. No se sabe en qué condición, y la expresión en qué condición es aquí la más importante de las tres y es la razón por la que no se tomó testimonio.
El dictamen del capellán, que Mattias solicitó por escrito y unió al expediente, tiene seis líneas:
No hay en el derecho canónico presunción que nos permita tratar como vivo a quien estuvo dieciocho meses del otro lado, ni presunción que nos permita tratar como perdido a quien no hemos visto.
Recomiendo que se registre lo que se vio, que no se concluya, y que se remitan al Ordinario los cuatro nombres.
Sobre los cuarenta y dos, recomiendo que queden en lista de rogativa perpetua de la Casa Solar, sin declaración de defunción.
Es poco y es lo que hay.
La lista de rogativa perpetua de la Casa Solar existe.
Se lee en voz alta una vez al año, el 3 de noviembre, en Karentin-Alta, y tenía cuarenta y dos nombres en 1836 y tiene, en 1890, seiscientos once, porque otras cosas ocurrieron en cincuenta y cuatro años y porque la Orden, habiendo inventado una vez una categoría para las personas de quienes no se puede decir ni que murieron ni que viven, pasó a usarla.
Es la única liturgia propia que tienen los Caballeros del Sello.
No fue aprobada por Roma. La hizo un capellán alpino una tarde de mayo de 1836 para resolver un problema administrativo de cuarenta y dos nombres, y sesenta y un años después es lo más parecido a un alma que tiene aquella Orden.
Mattias escribió, en el cuaderno, la noche del 31 de mayo de 1836, la última entrada de la campaña:
Retomamos la ciudad en once semanas y quedará en la historia como la primera victoria de una Orden Militar como institución, y es verdad, y los hombres se lo merecen.
Yo entré por un respiradero que mandé sustituir en el treinta y dos y vine a buscar a cuarenta y seis personas y encontré a cuatro.
Voy a escribir el informe y lo voy a escribir bien y no voy a poner en él lo que pienso, que es lo siguiente:
que la diferencia entre esta campaña y la de Marnheim no fue valor, ni fe, ni competencia, porque aquellos hombres tenían las tres.
Fue que yo tenía diecinueve purificadores y el Conde de Reichshamn tenía uno.
Y los tuve porque un hombre en Aurum Roma se pasó veinte años construyendo una máquina que los produce, y porque esa máquina me odia y yo la odio, y porque funciona.
Lo que importa es lo que Mattias hizo el 20 de mayo, el primer día.
Mandó buscar a los cuatro purificadores.
No había nada que encontrar y él lo sabía, y mandó buscar igual, y fueron tres días con cuarenta hombres, y al tercer día un sargento encontró, en una casamata del anillo interior, una caja de latón con ciento once cartuchos.
Estaban despiertos. Todos.
Estaban despiertos y llevaban allí dieciocho meses y nadie los había disparado, y eso significa una cosa muy sencilla y muy difícil de soportar, que es que los cuatro hombres hicieron ciento once cartuchos más de los que los que se quedaron lograron gastar.
Mattias se quedó con aquella caja.
La llevó consigo el resto de su vida y hoy está en la Casa Solar y no ha sido abierta desde 1836, y hay una discusión en la Orden, que dura cincuenta y cuatro años y que ya ha sido objeto de dos dictámenes, sobre si aquellos ciento once cartuchos todavía funcionan.
Nadie ha disparado uno para averiguarlo.
XX. El Caballero Vykhradiano
Quien llevó los despachos de Karentin-Alta a Aurum Roma, en junio de 1836, fue un mayor de treinta y ocho años de la Casa del Limes llamado Konstanty Vlassov.
Mattias lo eligió por tres razones y le dijo las tres, que era su costumbre:
— Usted mandó el asalto al respiradero este y está en el informe con su nombre. Usted es vykhradiano, y yo quiero que la Curia vea a un vykhradiano entregando esto, porque media Curia todavía cree que el este es un sitio adonde se va a buscar gente. Y usted no pertenece a casa alguna.
Vlassov era nieto de un general. El abuelo había mandado a diecisiete mil veheránicos en un valle en 1786 y había muerto allí, con casi todos ellos, la mañana del 17 de mayo, bajo una cosa que no se describe.
El nieto había nacido refugiado en 1798, sin tierra, sin renta y sin apellido que valiera nada fuera del este, y había ascendido por carrera.
— No pertenezco, señor Capitán-General.
— Lo sé. Por eso va usted.
Vlassov se quedó en Aurum Roma cinco semanas.
Fue recibido, fue elogiado, fue ascendido a teniente coronel, y pasó treinta y tres días haciendo lo que hace un oficial de campo en una capital, que es esperar en antecámaras.
Y en una de esas esperas — el 11 de julio de 1836, en el pasillo exterior del quinto patio, donde se espera a la Congregación de los Medios — se sentó a su lado un hombre muy viejo y ciego, con una asistente, y le preguntó si era el oficial de Karentin.
Vlassov dijo que era uno de ellos.
Y Aelius de Sárvar, setenta y cuatro años, escribano, le dijo:
— Usted estuvo en el acueducto.
— Estuve.
— ¿Cuántos purificadores llevaron en la campaña?
A Vlassov la pregunta le pareció extraña, porque era una pregunta de intendencia y el hombre era un escribano de una casa de mujeres.
— Diecinueve.
— Diecinueve — repitió el viejo. Y después, a la asistente, en un tono completamente distinto, como quien confirma una cuenta: — Diecinueve entre cuatro mil doscientos. Uno por cada doscientos veinte.
Se quedó callado un rato.
— En 1786 — dijo — fueron cuarenta y tres mil hombres a un valle y llevaron nueve.
— ¿Nueve purificadores?
— Nueve. — Aelius volvió la cara hacia él, del modo impreciso de los ciegos. — ¿Sabe usted cuántos volvieron, coronel?
— Trescientos diecisiete — dijo Vlassov. — Mi abuelo no fue uno de ellos.
Y hubo entonces un silencio de una calidad que Vlassov describió, muchos años después, en un cuaderno que él mismo escribió y que acabó en manos de un cardenal en 1866, con una frase que quedó:
Comprendí que aquel viejo ciego se había pasado la vida comparando cosas que nadie le había mandado comparar, y que yo era, en aquel pasillo, la primera persona en cuarenta años a quien podía decirle una de ellas en voz alta.
EPÍLOGO — 1837
XXI. Las Velas
Aurelianus I entró en coma litúrgico el 2 de febrero de 1837 y murió el 11, y en los nueve días sus manos escribieron.
No es una figura. Está documentado por catorce testigos y hay trece relatos concordantes: el Uno estaba sin conciencia, sin reacción a estímulo, sin habla — y la mano derecha escribía, continuamente, en latín, y cuando se le acababa la hoja paraba hasta que le ponían otra.
Escribió doscientas once hojas.
Son los Cánones Áureos, y son el fundamento técnico de la Curia del Hashmal durante sesenta años, y Krell estuvo presente en cuatro de aquellos nueve días y vio aquello ocurrir y escribió en el Memorial que fue lo único de su vida que no logró reducir a números.
Lo que sí logró reducir a números, y redujo, y es su parte en aquel cuarto, fue esto:
Las doscientas once hojas contenían, entre teología y rito, cuarenta y una instrucciones técnicas nuevas.
Cuarenta y una.
La media anual de inscripciones verificables de la Vigilia Blanca en la década anterior era de nueve.
Un hombre de ochenta y dos años, en coma, en nueve días, produjo cuatro años y medio de revelación — y murió, y la interfaz se cerró con él, y el Uno siguiente no tuvo nada parecido, ni el siguiente, ni ninguno hasta 1890.
Krell escribió la cuenta y después escribió, debajo:
No sé qué quiere decir esto y desconfío de todo el que dice saberlo.
Solo registro lo siguiente: aquello estuvo disponible, en aquella intensidad, durante nueve días, y la condición para que estuviera disponible parece haber sido un hombre muriéndose.
Si ese es el precio de la tabla, entonces llevamos veintidós años discutiendo presupuestos y nunca supimos cuál era la moneda.
El cónclave se abrió el 3 de marzo de 1837.
Duró diecinueve días y tres turnos de ceniza negra, y al decimoquinto día dos tercios convergieron en un cardenal de sesenta y un años, prefecto de la Congregación de la Doctrina, hombre de reputación austera y de línea rigorista, a quien la Curia conocía como candidato desde hacía cuatro años y que iba a tomar el nombre de Reformatus.
Lo condujeron en silencio a la Vigilia Perpetua, como manda el rito, y los Cardenales-Electores lo acompañaron y no hablaron.
Krell estaba en la tercera fila.
Estuvieron delante de las siete llamas de los Arcángeles diecinueve minutos.
Ninguna tembló.
No hay buena descripción de esto y Krell lo intentó tres veces en el Memorial y tachó dos.
Lo que dejó fue:
Diecinueve minutos es mucho tiempo.
Al final del cuarto, todo el mundo en aquella capilla ya lo sabía. Al final del séptimo, el candidato ya lo sabía. Y nos quedamos allí doce más porque nadie tiene autoridad para declarar un rechazo antes del final del tiempo canónico, y el tiempo canónico son diecinueve minutos porque alguien en 1790 escribió diecinueve en una hoja.
Doce minutos con aquel hombre de rodillas y setenta y dos cardenales detrás mirándole la espalda.
Nunca vi nada así y rezo por no volver a verlo.
Y hay una cosa más, y la escribo porque soy lo que soy y porque no consigo salir de una sala sin haber contado lo que había en ella.
Al decimotercer minuto, miré alrededor.
Setenta y dos cardenales, y yo les conocía las caras desde hacía veintitrés años, y vi en dieciocho de ellas lo mismo que había en la mía y que yo esperaba que no se notara.
Alivio.
No por él. Por nosotros. Porque aquel hombre tenía una línea rigorista y porque la mitad de aquella sala había firmado, en los catorce años anteriores, algo que un pontificado rigorista habría ido a buscar.
Dieciocho de setenta y dos es un cuarto. Un cuarto del colegio cardenalicio estaba, al decimotercer minuto, con un hombre de rodillas delante, dándole gracias a Dios en silencio por una cosa que Dios acababa de hacer y que les convenía.
No sé qué hacer con esto y no se lo voy a llevar a confesor alguno, porque mi confesor estaba en la segunda fila.
El cardenal rechazado volvió a la condición de cardenal, como manda el canon, y quedó excluido definitivamente, y vivió catorce años más, y no volvió a hablar en público de nada.
El cónclave volvió a empezar al día siguiente y al cuarto turno eligió a un cardenal de cincuenta y cuatro años ligado a la línea de las Órdenes Militares, de quien lo único que todo el mundo decía era que había sido él quien defendió la dotación de diecinueve purificadores para Karentin-Alta en el Consejo de los Siete cuando la Congregación vacilaba.
Fue conducido a las velas el 22 de marzo.
La llama de Camuel tembló una vez y se firmó.
Hashmalian I.
Krell volvió a pie al despacho aquella noche y es la única vez en toda su obra en que escribe sobre lo que sintió, y lo escribe mal, lo cual es señal:
Hemos elegido a un Pontífice sobre once semanas de campaña alpina.
Esto no es impiedad. La vela tembló; el Cielo lo reconoció; yo lo vi y creo en lo que vi, y lo creeré hasta el fin de mi vida.
Pero yo estaba en aquella capilla y sé contar, y sé que si la ciudad no hubiera sido retomada en mayo del treinta y seis, aquel hombre no habría estado en aquella lista en marzo del treinta y siete.
Y por tanto el Cielo reconoció a un hombre que llegó allí por una campaña militar que yo financié con diecinueve licenciados que yo autoricé con mi firma temblorosa en septiembre del año pasado.
No sé qué hacer con esta frase. La escribo porque es verdad y la pongo en este libro que nadie va a publicar.
Veintidós años. Empecé con un decreto de catorce artículos sin un solo número dentro.
Acabo sabiendo que los números llegaron a todas partes, incluidos los sitios donde yo creía que no entraban.
Hashmalian I mandó llamar a Amandus Krell el 4 de abril de 1837, trece días después de la elección, y fue la primera audiencia de medios del pontificado.
Krell tenía sesenta y nueve años y había servido a Aurelianus I durante veintitrés, y entró en aquella sala con la certeza — no formulada, pero entera — de que lo iban a jubilar.
Se preparó para ello. Llevó la carpeta.
La carpeta se llamaba Por Hacer y él había escrito aquel nombre a lápiz en la tapa en 1815 y nunca lo había corregido, y en los veintidós años siguientes había dejado de ser una carpeta y se había convertido en cuatro volúmenes y su índice.
Los llevó todos. Si lo iban a jubilar, iba a entregarlos en persona.
El nuevo Uno lo recibió sentado, que fue la primera diferencia y que Krell registró.
Tenía cincuenta y cuatro años y fama de hombre práctico. Era cardenal ligado a la línea de las Órdenes Militares y era, se decía, el hombre que había defendido los diecinueve purificadores para Karentin-Alta cuando la Congregación vacilaba — y Krell, que sabía exactamente quién había vacilado en la Congregación porque había sido él, nunca desmintió aquella versión y tampoco la confirmó nunca.
Hashmalian I fue directo.
— Eminencia. ¿Cuántos años tiene?
— Sesenta y nueve, Santísimo Padre.
— ¿Y cuántos años de Congregación?
— Veintitrés en noviembre.
El Uno asintió.
— Le voy a hacer una pregunta y quiero la respuesta que le daría a su confesor y no la que me daría a mí. — Puso las manos sobre la mesa. — Si pudiera deshacer una cosa de estos veintitrés años, ¿cuál sería?
Krell tenía la respuesta.
La tenía desde hacía once años y nadie se la había pedido nunca, y comprendió, con una especie de vértigo, que estaba ocurriendo lo más improbable que le puede ocurrir a un hombre de su edad, que es que le hagan, una vez, la pregunta correcta.
Y comprendió al mismo tiempo, en el mismo segundo, que la respuesta verdadera no servía — porque la respuesta verdadera era la reforma de 1824, y decirla significaba pedirle al Uno que desmontara la Inquisición Reformada, y aquello no iba a ocurrir, y el único efecto de pedirlo sería acabar su carrera en una tarde y no cambiar nada.
Así que dio la segunda.
— La cuarta determinación del despacho de la tabla, Santísimo Padre.
— No la conozco.
— Es de 1826. Es la que manda fijar el precio en la plaza y la que mantiene las columnas de descuento en anexo reservado. — Krell abrió el segundo volumen, buscó, y leyó: — Los coeficientes de aplicación no son materia de publicación.
— ¿Y debería serlo?
— Debería. Y no es por virtud, Santísimo Padre, es por aritmética. — Cerró el volumen. — Königsmark paga un doscientos cuarenta por ciento por encima de Ferrum Alpina y sabe que paga más, pero no sabe cuánto ni sabe por qué, y se ha pasado once años construyendo teorías sobre eso. Las teorías son todas peores que la verdad.
— ¿Cuál es la verdad?
— Que le cobramos caro al Norte porque el Norte purifica en casa y nosotros queremos que eso les cueste sus purificadores en vez de costarnos los nuestros. Es frío y es defendible y yo lo defiendo. Pero en secreto se transforma en otra cosa: en secreto, un hombre de Königsburg que paga aquel precio solo tiene dos explicaciones posibles, que son o que Roma lo odia, o que Roma está mintiendo sobre lo que aquello cuesta.
Krell levantó la cabeza.
— Nosotros no los odiamos y no estamos mintiendo. Pero nos pasamos once años dejándoles elegir entre dos cosas falsas, y eligieron, y el Cisma del Norte está hoy más hondo de lo que estaba en 1826, y una parte de eso es la hoja que yo no dejé fijar.
Hashmalian I se quedó callado un rato.
Después dijo una cosa que Krell no esperaba.
— Eminencia, usted no me ha respondido.
— Santísimo Padre—
— Le pregunté qué deshacía. Usted me ha dado un error de política exterior de 1826, que es un error verdadero y que voy a mandar revisar. — El Uno se inclinó. — Y me lo ha dado porque es el segundo de la lista. Yo quiero el primero.
Silencio.
— Eminencia, he leído las actas de 1824. Todas. Me llevó nueve días. — Hashmalian I no levantó la voz en ningún momento de aquella audiencia y Krell también registró eso. — Sé quién pidió el tribunal sumario y sé por qué, y sé que la petición tiene dos páginas y no menciona la herejía ni una vez. Sé que usted quería exclusividad de servicio y que le dieron el tribunal, y sé que usted escribió los considerandos del primer artículo y no escribió los otros dos.
Krell no dijo nada.
— ¿Cuántos expedientes abrió la Reformada el año pasado?
— Trescientos cuarenta y uno, Santísimo Padre.
— ¿Y en 1825?
— Sesenta y nueve.
— En once años se ha multiplicado por cinco, y la población de obediencia ha crecido un dieciséis por ciento. — El Uno se enderezó. — Usted sabe lo que eso quiere decir y yo también. No está atrapando más herejía. Está buscando más hondo, porque una casa con presupuesto y sin juicio público no tiene ningún sitio donde parar.
Y aquí Amandus Krell hizo lo único de aquella audiencia de lo que se arrepintió, y se arrepintió durante cuatro años y lo escribió.
La defendió.
No por lealtad a la Inquisición, que detestaba. Por una razón peor y más honda, y la reconoció mientras la estaba diciendo y no logró parar:
— Santísimo Padre, si Vuestra Santidad abre los juicios, los autos pasan a ser consultables, y los autos contienen lo que hicieron los reos. — Se oyó a sí mismo decirlo y siguió. — La mitad de ellos funcionó. Está en los expedientes. Está verificado por instrucción, con testimonio y con peritaje, porque la Reformada es competente y lo verifica todo.
— Lo sé.
— Entonces Vuestra Santidad sabe que publicar un juicio por herejía funcional es publicar la prueba de que la herejía funciona.
Hashmalian I lo miró durante mucho rato.
Y después dijo la frase que cerró la audiencia, y Krell la escribió en el Memorial aquella misma noche, palabra por palabra, con la nota de que la había oído de pie:
— Eminencia, usted acaba de darme, en tres frases, la razón por la que esta casa no puede ser honesta. Y me la ha dado bien, y yo no tengo respuesta, y eso me deja despierto.
El Uno se levantó.
— Quédese en la Congregación. No lo voy a jubilar; tengo sesenta y nueve años de trabajo suyo en cuatro volúmenes y ningún hombre que sepa leerlos. Pero quiero una cosa, y la voy a pedir una sola vez.
— Diga, Santísimo Padre.
— Escriba. Todo. Las tres verdades, no las dos.
Krell no lo entendió de inmediato y el Uno vio que no lo entendía.
— No para publicar. Para existir. — Hashmalian I fue hasta la ventana. — Eminencia, yo voy a gobernar esto veinte años o dos, y lo que venga después va a heredar una máquina que nadie diseñó a propósito y que ya nadie logra explicar entera. Usted es el único hombre vivo que la vio hacerse pieza a pieza.
— Nadie lo va a leer.
— Probablemente. — El Uno se volvió. — Pero si nadie lo escribe, dentro de sesenta años esta casa va a creer que nació así, y una casa que cree que nació así no puede cambiar nada, porque ya no sabe dónde puso las juntas.
El Memorial sobre los Medios se empezó el 9 de abril de 1837, cinco días después de aquella audiencia, y Krell lo escribió en tres años y siete meses, de noche, en tres volúmenes, con la mano cada vez peor.
No lo publicó. Dejó instrucción expresa de que no se publicara mientras la tabla estuviera en vigor, que es una condición que nunca se verificó y que él sabía que nunca se verificaría, y que es por tanto la manera que tiene un hombre de setenta años de decir nunca sin decirlo.
Está en el Archivo de los Medios. Fue consultado, entre 1841 y 1890, por catorce personas.
Una de ellas fue un canónigo de provincia de treinta y nueve años, en 1860, que investigaba la historia de las Congregaciones y que tardó once días en leer los tres volúmenes y que salió de allí con lo que él mismo describió, muchos años después, como la única educación política que recibí jamás.
Se llamaba Sebastien Vergesa.
Hizo carrera entera en archivo y comisión. Llegó a cardenal sin haber dirigido jamás Estado alguno, y en 1866 recibió de manos de un mariscal vykhradiano retirado un paquete en hule con un índice copiado de noche por una asistente de diecinueve años, y no preguntó de dónde venía porque ya lo sabía.
XXII. El Índice
Lo último de este libro ocurre el 4 de agosto de 1837, en un pasillo, y dura dos minutos.
Konstanty Vlassov estaba de nuevo en Aurum Roma — había vuelto en julio para la formación de confirmación de puestos del nuevo pontificado — e iba a salir del quinto patio cuando lo pararon.
Era la asistente del escribano ciego. Doroteia, veintidós años.
Dijo que el señor Aelius preguntaba si el señor coronel podía dedicarle un momento.
Aelius estaba sentado en un banco de piedra al sol, que era donde pasaba las mañanas desde que había dejado de ver, y tenía en el regazo un paquete envuelto en hule y atado con cordel.
— Coronel.
— Señor escribano.
— Usted se acuerda de mí.
— Me acuerdo de la cuenta — dijo Vlassov. — Uno por cada doscientos veinte.
Aelius sonrió, y fue la única vez que Doroteia lo vio sonreír aquel año.
— Quiero darle una cosa y usted no la puede rechazar, porque si la rechaza tengo que llevármela de vuelta y no tengo dónde ponerla.
Le tendió el paquete.
— ¿Qué es?
— Es el índice.
No era el archivo. El archivo de la Vigilia Blanca son cuatro mil seiscientas transcripciones en ciento once legajos y está en la Cámara del Coro y de allí no sale.
Era el índice.
Aelius de Sárvar había mantenido, a lo largo de cuarenta y siete años, un cuaderno personal en el que registraba, para cada transcripción, la fecha, la Blanca, la clasificación, y — y es esto lo que hacía de aquello una cosa que no debería existir — las remisiones: qué transcripción repite cuál, con qué variación, en qué sentido corrige.
Era la regla primera aplicada cuatro mil seiscientas veces.
Sofia Kranz y las cuatro asistentes lo habían usado durante nueve años para escribir la Sintaxis Hashmal. Sin aquel cuaderno, la Sintaxis habría llevado treinta años o no se habría escrito.
El cuaderno era propiedad de la Vigilia. La copia que Aelius tenía en las manos aquella mañana no estaba autorizada por nadie, y la había hecho a lo largo de cuatro años la asistente Doroteia, de noche, por dictado, y Doroteia sabía exactamente lo que estaba haciendo y tenía veintidós años y lo hizo igual.
— Esto es irregular — dijo Vlassov.
— Lo es. — Aelius no bajó las manos. — Coronel, tengo setenta y cinco años y estoy ciego y llevo cuarenta y siete trabajando en esta casa. Voy a morirme aquí dentro. Lo que yo transcribí está en una cámara con una cerradura y tres llaves, y el índice que permite encontrar lo que sea allí dentro existe en un ejemplar, en la misma sala, en la misma cámara.
— Y ahora en dos.
— Ahora en dos.
Vlassov miró el paquete y no lo cogió.
— ¿Por qué yo?
Y Aelius de Sárvar dio la respuesta que tenía preparada, porque no era hombre de improvisar cosas de estas, y que Vlassov escribió en su cuaderno aquella misma noche porque comprendió, al oírla, que iba a querer acordarse de las palabras exactas:
— Porque usted no pertenece a casa alguna. Porque es del este y la Curia no mira al este. Porque ascendió por carrera y no tiene nada que proteger salvo el puesto. Y porque usted me preguntó cuántos volvieron de un valle en 1786 y me dijo que su abuelo no fue uno de ellos, y comprendí que usted es de los que cuentan.
Se quedó un instante.
— Somos pocos, coronel. Somos muy pocos y no nos conocemos entre nosotros, y nos pasamos la vida haciendo cuentas en sitios distintos sin saber que otras personas las están haciendo.
Vlassov se llevó el paquete.
Lo guardó treinta y un años, atravesó con él la Era de la Forja, mandó en Cherniwicz en 1859 con aquello en un arca, rechazó en 1861 la elevación a Señor de la Salvación con una frase que quedó — quien manda en todo deja de ver algo — y en 1866 lo entregó, con un cuaderno propio que nadie le había pedido, a un cardenal de cuarenta y cinco años que había hecho la carrera entera en archivo y comisión.
Aelius de Sárvar murió el 9 de marzo de 1841, a los setenta y nueve años, con cuatro mil seiscientas transcripciones a su nombre y ninguna firmada, porque un escribano de Vigilia no firma.
Amandus Krell murió el 2 de diciembre del mismo año, a los setenta y tres, y el Memorial sobre los Medios quedó inédito por voluntad expresa suya y está en el Archivo de los Medios en tres volúmenes con una nota en la tapa del primero, escrita a mano, que dice:
No publicar mientras la tabla esté en vigor.
Está en vigor. Ha sido revisada once veces y nunca derogada.
Mattias de la Casa Solar murió en 1851, a los sesenta y un años, en Karentin-Alta, y dispuso que lo enterraran sin nombre, como manda el voto, y la Casa Solar cumplió, y la lápida dice solamente Capitán-General, 1830-1848.
Alguien, en algún momento de los años sesenta, grabó debajo, sin autorización y con un cincel malo, la frase de junio de 1820:
Contaron las balas y no contaron quién las hace.
La Orden discutió dos veces si debía mandar borrarla.
No la borró.
XXIII. Lo Que Quedó
Conviene decir qué fue de las cosas, porque las personas se acabaron y las cosas no.
La llave.
El Archivo de los Medios tiene tres llaves y Amandus Krell tenía una. A su muerte, en diciembre de 1841, pasó al Prefecto siguiente, que era un canónigo de cuarenta y cuatro años que Krell había formado y que se llamaba Vitale — el mismo que en 1833 había hecho la cuarta auditoría de Ferrumkar y había escrito la frase sobre el uso doméstico en la página once.
Vitale fue Prefecto de la Congregación de los Medios durante diecinueve años y no le dio a nadie el formulario de censo de 1819 con la caligrafía derecha y pequeña en el campo del nombre.
Lo guardó por la misma razón por la que lo había guardado Krell, y lo guardó con una diferencia: supo, desde el principio, que lo estaba guardando para alguien.
En marzo de 1852, cuando los Vidrios Rotos tomaron Ferrumkar y la sostuvieron cuarenta días y purificaron munición sin clérigo alguno, y funcionó, la Curia tuvo que decidir en nueve días una cosa en la que no había pensado en treinta y un años, que era qué decir.
Y la Inquisición Reformada le pidió a la Congregación de los Medios todo lo que hubiera en archivo sobre purificación por no ordenados.
Vitale mandó el dictamen de 1823 — las cuarenta páginas de casuística que distinguen la purificación sacramental del despertar de extremidad, y que establecen, en letra pequeña y para poder negarlo en letra grande, que aquello funciona sin sacerdote.
No mandó el formulario de 1819.
No mandó las cuatro páginas de Mattias de 1824 sobre los once y los cincuenta, que estaban en el mismo legajo y que le habrían dicho a la Reformada, en un solo documento, que el fenómeno había sido observado, medido y descrito treinta y un años antes, por un oficial, en una casa de la Orden, sin autorización de nadie.
Escribió, en el registro de remesa, la justificación, y son nueve palabras y es lo más Krell que un discípulo de Krell escribió jamás:
Se remite lo pedido. No se remite lo no pedido.
Las cuatro páginas.
Se quedaron en el legajo. Fueron encontradas en 1855 por un canónigo de la Curia del Hashmal que escribió encima, a lápiz, esto debería haberse publicado en 1824, y no lo publicó.
Fueron encontradas otra vez en 1871, por un archivero que las catalogó correctamente y sin comentario.
Y en 1889, un año después del Cónclave de Emergencia, un inquisidor de cuarenta y ocho años que estaba reconstituyendo la serie de los silencios de la Vigilia le pidió al Archivo de los Medios todo lo que hubiera sobre observación de purificación fuera de licencia anterior a 1852, y recibió tres documentos, y uno de ellos eran las cuatro páginas.
Las leyó en una tarde.
Lo que hizo a continuación no consta en este libro porque este libro acaba en 1837, pero consta en otro sitio, y su nombre era Reinhardt Voss, y la frase de Mattias que subrayó a lápiz — el único subrayado que dejó jamás en un documento de archivo en veintiséis años de oficio — fue:
Los cincuenta estaban haciendo fuerza. Los once, en cierto momento, dejaron de hacer fuerza y pasaron a estar sencillamente presentes, y fue ahí.
Voss no tenía fe personal visible. Creía en el método.
La tabla.
La tabla de precios del 14 de enero de 1826 fue revisada once veces entre 1831 y 1878 y nunca fue derogada, y los coeficientes de aplicación nunca fueron publicados.
Hashmalian I mandó revisar la decisión del anexo reservado en abril de 1837, como le había prometido a Krell en la audiencia, y la revisión duró dos años y concluyó, en 1839, que la publicación de los coeficientes era inoportuna en el actual estado de las relaciones con las Iglesias cismáticas.
Es una frase perfecta. Dice que se publica cuando las relaciones mejoren, y las relaciones con Königsmark y con Brytonia no mejoraron nunca entre 1839 y 1890, y por tanto la condición nunca se verificó, y por tanto la decisión de 1826 sigue en vigor en 1890 en virtud de una revisión que mandó revisarla.
Krell murió en 1841 convencido de que la revisión iba a ocurrir. Es lo último optimista que se le conoce.
La provisión de frontera.
Instituida en enero de 1829 para romper un bloque político de siete Cardenales-Estado, indexada al número de poblaciones y no a la renta, revisada cada diez años.
Sobrevivió a todo. Sobrevivió a cinco pontificados, a la industrialización, a la Era del Imperio entera y al Estancamiento, y en 1887 era la razón por la que la diócesis de Pradel-Este tenía, sobre el papel, cuatro purificadores licenciados para un sector de nueve aldeas.
Cuatro sobre el papel. Uno y un pedazo en piedra.
La provisión se siguió pagando. Lo que compraba dejó de existir, y el mecanismo que Krell inventó en una tarde de 1828 siguió funcionando perfectamente durante sesenta años repartiendo una cosa que ya no había, y hay que decir que esto no es ironía: es lo que le pasa a todas las buenas instituciones, y la alternativa — no haber provisión ninguna — habría sido peor, y el repliegue de veintidós kilómetros de octubre de 1887 habría ocurrido en 1879.
La Sintaxis.
Las siete reglas se publicaron en 1839, con el nombre de Sofia Kranz, y son el fundamento de toda la doctrina de Vigilia del continente.
La regla séptima — la ausencia de inscripción no se registra como ausencia, se registra como turno — fue escrita para proteger a muchachas de diecinueve años y lo consiguió, y volvió los silencios incontables durante cincuenta y siete años.
Sofia Kranz murió en 1848, a los sesenta, Madre Vigilante desde hacía veintidós años, y nunca lo supo.
La tabla de ciento diecinueve líneas siguió llenándose después de ella y está en 1890 en cuatrocientas seis líneas, y la columna que ella añadió a lápiz al final — la que cuenta los años que el límite de dos turnos le devolvió a cada mujer — fue pasada a tinta por la Madre siguiente y no fue retirada nunca.
En 1884 el límite cayó, en un invierno, por necesidad del frente.
La columna se siguió llenando. A partir de 1884 las cifras que entran en ella son negativas, y la Madre Doroteia, que asumió en 1868 y que había sido la asistente de diecinueve años que le leía en voz alta a un escribano ciego lo que acababa de escribir, las escribió igualmente, todas, una por una, durante seis años.
El índice.
Aelius de Sárvar transcribió cuatro mil seiscientas veces en cincuenta y un años y no firmó ninguna, porque un escribano de Vigilia no firma.
El cuaderno de remisiones que mantuvo en paralelo — la regla primera aplicada cuatro mil seiscientas veces, aquello sin lo cual la Sintaxis habría llevado treinta años o no se habría escrito — existe en dos ejemplares.
Uno está en la Cámara del Coro, con tres llaves.
El otro fue entregado en un pasillo, una mañana de agosto de 1837, a un teniente coronel vykhradiano de treinta y nueve años que no pertenecía a casa alguna, y después atravesó treinta y un años y un arca y una campaña y dos hombres, y en 1866 llegó a manos de un cardenal que había hecho la carrera entera en archivo y comisión.
En 1887 aquel cardenal le confió una caja lacrada a un sargento del Limes con veintiocho años de servicio, con instrucción de no abrirla.
En 1890 el sargento tiene cincuenta y un años, la caja sigue cerrada, y no la ha abierto.
Y la hoja.
Hay una cosa que no sobrevivió y conviene decirlo, porque este libro es sobre cuentas y una cuenta que se destruye también es un hecho.
En febrero de 1827, solo, con la puerta cerrada, Amandus Krell estimó en media hoja cuántas personas en el territorio de obediencia hacían lo que hacía Pankrác Jelen, y la cifra que salió fue entre cuatro mil y once mil, y quemó la hoja.
Nadie volvió a hacer aquella cuenta en sesenta y tres años.
No porque esté prohibida — no está prohibida, no hay canon que la prohíba, cualquier canónigo de la Congregación podría rehacerla en una tarde con los datos públicos.
Porque nadie la encargó.
Y así guarda este mundo los secretos que más le cuestan: no los esconde. No los encierra en una cámara ni manda borrarlos. Sencillamente no pone nunca el trabajo en ningún presupuesto, y pasan sesenta años, y la cosa no está escrita en ninguna parte, y todo el mundo jura de buena fe que no lo sabía.
Lo que quedó, entonces.
Quedó una tabla clavada en una puerta en 1826 que todavía gobierna el precio de todo.
Quedó una regla de retirada escrita por un hombre de veintiocho años en una cabaña de pastor y que desde entonces les prohíbe a cuatro mil capitanes quedarse donde no deben.
Quedó una provisión de frontera que reparte purificadores a diócesis que ya no los tienen.
Quedó una lista de rogativa perpetua que empezó con cuarenta y dos nombres de gente de quien no se puede decir ni que murió ni que vive, y que hoy tiene seiscientos once.
Quedó una columna a lápiz, pasada a tinta, que cuenta años de vida devueltos a mujeres de diecinueve años, y que desde 1884 cuenta al revés.
Y quedaron tres volúmenes en el Archivo de los Medios, con una nota en la tapa del primero que dice no publicar mientras la tabla esté en vigor, consultados por catorce personas en cuarenta y nueve años.
Ninguno de los tres hombres de este libro cambió nada.
El decreto de 1815 tenía catorce artículos y ni un solo número dentro. En 1837 la Orden Clerical tenía presupuesto, doctrina, reclutamiento, tabla, tribunal, tres casas de formación y cinco mil seiscientos purificadores licenciados, y un Pontífice elegido sobre once semanas de campaña alpina.
Entre una cosa y la otra hubo nueve mil hombres en una llanura a los que nadie dio cuarenta sacerdotes, un herrador de veintidós años que entendió la aritmética antes que los cardenales y a quien le dijeron que no entendía de bendiciones, un molinero de Solnica que bendecía sal los jueves y cuya hija siguió haciéndolo, y ciento diecinueve muchachas de las cuales cuatro estaban vivas en 1835.
La Iglesia no fue validada por tener una cabeza. Obtuvo una cabeza por haber sido validada, y después pasó veintidós años construyendo el cuerpo, y el cuerpo lo construyó gente que estaba resolviendo problemas pequeños un lunes.
Así se hacen los imperios y es la única manera que hay.
Que Dios nos juzgue por la hoja correcta.