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Tales of Cross
Libro Gratis, entero 207 min

El Número Siguiente

Heptarquía Pactuaria — 1874 a 1877

Año
1874
Era
Era del Imperio
Dónde
Karzhar y Sathkar
Lectura
207 min
páginas
166
El Número Siguiente 1 de 166

Heptarquía Pactuaria — 1874 a 1877 — Era del Imperio

Contexto histórico

La Inquisición Reformada tiene catorce mil hombres y mujeres y solo tres mil de ellos salen alguna vez de un despacho.

No es una orden de combate. Es la menor de las tres Órdenes Militares Clericales y es pequeña a propósito. Los Caballeros del Sello son ciento diez mil y matan demonios; los Hospitalarios del Hashmal son cincuenta y seis mil y tratan lo que queda. La Reformada hace la tercera cosa, y la tercera cosa no tiene un verbo cómodo.

Nosotros vemos, dice el lema. Es verdad y es insuficiente.

Opera en células. De tres a nueve miembros, un número en vez de un nombre, sin organigrama escrito. Un inquisidor conoce su célula, su superior inmediato y a nadie más, y eso no es secreto defensivo: es la condición del empleo. Nadie sirve en la región donde nació, para que no haya clemencia local. No hay condecoración, no hay ascenso celebrado, no hay funeral público.

Un inquisidor que muere es sustituido por el número siguiente.


Y está la segunda reforma, la que le dio a la Orden el nombre equivocado.

La primera, en 1824, convirtió un tribunal lento en un cuerpo rápido con ejecución en días — es esa la que se enseña. La segunda nunca se anunció. Ocurrió en 1852, después de que los Vidrios Quebrados tomaran Ferrumkar y purificaran munición sin clérigo alguno, y funcionara.

No hubo juicio público. No podía haberlo: un juicio público habría exigido establecer en los autos qué era exactamente lo que los reos habían hecho.

A partir de 1852 la Reformada trabaja debajo del suelo.

El mandato real de la Inquisición Reformada no es castigar la herejía. Es impedir que se sepa que la herejía funciona.

Los mejores inquisidores lo saben y continúan, porque la alternativa — el continente entero descubriendo que el monopolio sacramental es falso, en mitad de una guerra que solo el monopolio sostiene — es peor que la mentira.


Al este, más allá del Limes Orientalis, está la Heptarquía Pactuaria: siete ciudades y las tribus que las rodean, sobre las ruinas de Veheran, que era la mayor civilización del mundo antes de 1780 y que quedó del lado equivocado de la línea en 1786 y nunca fue rescatada.

Los pactuarios no son bárbaros. Son lo que quedó. Su inversión es culta.

Karzhar es la ciudad de Luzhar, y es hermosa — mármol blanco recuperado de las ruinas, acueducto veherénico en uso, sin muralla alguna porque una muralla sería admitir miedo. Asusta por ser buena para vivir.

Sathkar es la ciudad de Sathnar, y es la chimenea: petróleo, forjas encendidas desde hace noventa años, refino de Ardentina líquida, y el Mineral Negro — la sustancia opuesta, que no mata demonios y los mueve.

Y el Sello VII, debajo de todo, es el único del que no salieron demonios.

Salieron Vigías caídos. Ángeles rebeldes todavía capaces de enseñar. Fueron ellos quienes enseñaron a los supervivientes veherénicos a purificar Mineral Negro, a pactar con forma y cláusula, y a construir aquello en que viven.


Este libro cuenta tres años de una célula de nueve que cruzó la frontera para cartografiar el beneficio del Mineral Negro, y encontró otra cosa por debajo.

Entraron siete.

Volvieron dos.

Y la información que trajeron fue archivada, sin catálogo, por decisión de un hombre que nunca salió de Vykhrad — y su decisión fue, dentro de la lógica de la casa, correcta.


«Nosotros vemos.»

— lema de la Inquisición Reformada, desde 1824


ACTO I — LOS SIETE QUE ENTRARON

I. La Requisición

Lo primero que hizo la Célula Once, en febrero de 1874, fue pedir munición a hombres que los despreciaban.

No hay otra manera. La Inquisición Reformada no consigue armarse, y la razón es la razón más desagradable que existe en este universo: la purificación depende de fe genuina, y un hombre cuyo oficio es la sospecha metódica, la lectura de libro de cuentas y el interrogatorio de doce horas tiende a no tener la fe que consagra.

Jerzy Halt tenía cincuenta y un años, diecinueve de servicio, y nunca había despertado un solo cartucho en su vida. Lo había intentado tres veces — a los veintinueve, a los treinta y seis, a los cuarenta y cuatro — y las tres veces se había puesto delante de una caja abierta en una capilla vacía y había dicho las palabras correctas y se había quedado allí el tiempo necesario, y el mineral no había hecho nada.

No lo escribió en ninguna parte. No es materia de registro.


El arsenal de los Caballeros del Sello en Vykhrad está dentro de la ciudadela, y Halt entró por una puerta lateral con la requisición en la mano y esperó cuarenta minutos en un pasillo de piedra, de pie, porque no había banco.

El sargento de arsenal que lo atendió tendría unos treinta años y una cicatriz que le cruzaba la ceja y desaparecía en el pelo, y leyó la requisición dos veces con la lentitud deliberada de quien quiere que la lectura se note.

— Cuatro mil ochocientos — dijo. — Para nueve personas.

— Para tres años — dijo Halt.

— Aquí no dice tres años.

— Aquí no dice nada. Es una requisición, sargento, no es un informe.

El sargento dejó el papel.

— ¿Sabe usted lo que hacen cuatro mil ochocientos en una compañía de línea? Hacen once días.

— Lo sé.

— ¿Sabe cuánto se tarda en hacerlos?

— Lo sé — dijo Halt, y era verdad, y era el problema. — Un purificador licenciado tarda tres años y medio de producción declarada. Lo sé mejor que usted, porque soy yo quien lee los libros.


El sargento firmó.

Firmaron siempre. Hay que ser exacto en esto porque la leyenda dice lo contrario: los Caballeros del Sello nunca rechazaron una requisición de la Reformada en cincuenta años de archivo, y no la rechazaron porque la ley no los deja, y porque en el fondo — y esto Halt lo sabía y nunca se lo dijo a ninguno de ellos — los Caballeros prefieren tener a la Reformada armada y vigilando que desarmada y haciendo otra cosa.

Lo que hacen en vez de rechazar es la frase.

Halt la oyó a su espalda, en la puerta, dicha no a él sino al escribiente del mostrador, con la voz calculada para llegar:

— Cazan lo que no consiguen matar solos.

No se volvió.

La había oído por primera vez a los veintisiete años y la había encontrado injusta durante seis meses, y después había entendido que era sencillamente verdadera, y a partir de ahí dejó de afectarle del mismo modo que un hombre deja de sentir el peso de sus propias gafas.


La Célula Once tenía, en febrero de 1874, nueve miembros y tres años de mandato.

El mandato cabía en dos líneas y Halt lo había memorizado porque no se lleva papel al otro lado:

Levantamiento del beneficio de Mineral Negro en la Heptarquía Pactuaria: sitios, volumen, método, mano de obra, destino.

Determinar si existe capacidad de producción fuera de Sathkar.

Era un mandato de intendencia. No decía posesión, no decía pacto, no decía herejía. Era la clase de cosa que se da a una célula con un contable al frente, y Halt entendió el mismo día en que lo recibió que lo habían escogido por la formación y no por lo demás.

No le disgustó.

Un hombre que ha pasado diecinueve años leyendo libros de cuentas sabe una cosa que los Caballeros nunca aprenderán: un ejército miente sobre todo menos sobre lo que compra.


Fuente — Del expediente de requisición 4.811

Caballeros del Sello, arsenal de Vykhrad, expediente de requisición interórdenes 4.811 de 1874. Documento común, no clasificado. Consta en los libros del arsenal y es público dentro de la Orden Clerical, y por eso este libro lo puede citar cuando no puede citar casi nada de lo demás.


Requisición.

Se requiere, al amparo del artículo noveno del decreto de 1824, entrega de cuatro mil ochocientos cartuchos de Crisma Argénteo consagrado, calibre de ordenanza.

Requirente: Inquisición Reformada, por elemento habilitado.

Destino: no se declara.

Plazo: inmediato.


Despacho del arsenal.

Entregado. Cuatro mil ochocientos.

Se hace notar que la presente requisición consume el equivalente a tres años y medio de producción declarada de un purificador licenciado, y que el arsenal de Vykhrad recibió en el año corriente dotación para diecinueve mil cuatrocientos.

Se hace notar que la entrega es obligatoria en los términos del artículo noveno y que se hace sin reserva.

Se hace notar, por separado y a efectos de escritura, que esta es la cuarta requisición interórdenes del año corriente y que las cuatro suman once mil ochocientos, y que por tanto el sesenta por ciento de la dotación de este arsenal se ha entregado a cuerpos que no la producen.


[Anotación del comandante del arsenal, al margen, en tinta distinta:]

Cúmplase, que es lo que se hace.

Y llévese a conocimiento del Gran Maestre que la Casa del Limes ha entregado en cuatro años, a los tres cuerpos requirentes, cuarenta y un mil cartuchos, y que la Casa del Limes perdió en el mismo período mil cuatrocientos hombres por insuficiencia de munición en cuatro ocasiones documentadas.

No estoy pidiendo que se altere el artículo noveno. El artículo noveno es justo y lo entiendo: ellos vigilan y nosotros luchamos y no pueden vigilar desarmados.

Pido que quede escrito una vez, en un libro, que nosotros sabemos la cuenta.


[Y debajo, en una tercera letra, sin firma, que el archivo del arsenal nunca identificó:]

Cazan lo que no consiguen matar solos.


Este libro cita esta última línea porque es el roce institucional más antiguo de la Orden Clerical y porque es verdadera y porque es injusta, y las tres cosas al mismo tiempo.

Es verdadera: la Inquisición Reformada no consigue armarse y depende de los Caballeros para cada cartucho que dispara.

Es injusta: en tres años y dos meses dentro de la Heptarquía Pactuaria, la Célula Once disparó tres cartuchos.

Fueron los de Tobias Kranz, en un camino, el 4 de junio de 1877, y los disparó un hombre que había sido Caballero del Sello.

Los cuatro mil setecientos noventa y siete restantes se quedaron en un almacén de cuero en Sathkar y nunca fueron recuperados.


II. Los Nueve

Conviene presentarlos ahora, porque siete de ellos no llegan al final de este libro y el lector tiene derecho a saber a quién se le está presentando.

La Célula Once no se llamaba Célula Once entre ellos. Se llamaba la once, en minúscula, del mismo modo que se dice el carro o el miércoles, y es la única familiaridad que aquella gente se permitía.


JERZY HALT, cincuenta y un años, jefe. Kantonal de Bernkanton, hijo de un perito de seguros, formado en bolsa y escritorio antes que en ninguna otra cosa. Entró en la Reformada a los treinta y dos por el camino normal — no se recluta a legos, se recluta de dentro, y Halt venía de la contabilidad del Estado de la Forja Alpina, donde había pasado nueve años verificando facturas de Hierro del Coro.

Descubrió un fraude de cuatrocientos once mil ducados aurelios en 1855 y el fraude era de un obispo, y lo que ocurrió a continuación no consta en ninguna parte, y tres meses después había un hombre de la Reformada en la puerta de la oficina preguntando si quería cambiar de oficio.

Sin fe personal visible. Cree en el método.

Es el tipo canónico de la casa y sabe que es el tipo canónico de la casa, y lo único que él mismo sabe de sí y que no está en la ficha es que no es frío. Halt no es frío. Es un hombre que aprendió, muy pronto, que la reacción es un gasto.


MIRA SOLVANG, treinta y cuatro años. Hospitalaria del Hashmal con facultad sacramental, trasladada a la Reformada en 1869 por requisición nominal, cosa rara y mal vista por las dos Órdenes.

Es la única persona de la célula que puede purificar, y es por ella que la requisición de febrero de 1874 fue de cuatro mil ochocientos y no de doce mil: con una purificadora dentro, la célula podía reponer.

También es la única a quien los Caballeros de Vykhrad saludaban por su nombre.

Kantonal por adopción y velinesa de nacimiento, trabaja con formulario y no le hace ninguna gracia. Tiene el cuaderno de los Hospitalarios y sigue usándolo después de trasladada, lo cual es técnicamente una irregularidad y que nadie le señaló jamás.

Voto de Registro: se anota todo. Incluso lo que no conviene. Sobre todo lo que no conviene.


PETRA VAHL, treinta y ocho años. Escribiente de archivo, doce años en el Archivo Cerrado de Aurum Roma antes de salir a campo, que es la trayectoria inversa de la normal y ocurrió porque ella lo pidió.

Le preguntaron por qué, en el expediente de traslado, y la respuesta consta y es la única frase interesante de aquel expediente:

Pasé doce años leyendo lo que otras personas vieron. Quería ver una vez.

Es la memoria de la célula. No escribe en campo — no se lleva papel al otro lado — y por eso memorizó el método del archivo y lo usa de cabeza: entrada, fecha, fuente, grado de confianza. Tres años enteros de levantamiento guardados detrás de los ojos de una mujer de treinta y ocho años.

Por eso vuelve. No por suerte.


TOBIAS KRANZ, veintinueve años. Excaballero del Sello, Casa del Limes, cuatro campañas. Salió en 1871 por una razón que consta como incompatibilidad de servicio y que significa, en el vocabulario de aquella casa, que le pegó a un superior.

Es el brazo de la célula. Halt necesitaba uno y pidió uno y recibió este, y el primer mes pensó que había recibido un problema, y al cabo de seis meses había cambiado de opinión por una razón que no esperaba: a Kranz no le gustaba la violencia. La ejecutaba bien y después se quedaba muy callado dos días.

Halt lo anotó de cabeza y nunca se lo dijo.


OSVALD REINER, cuarenta y cuatro años. Lingüista. Hijo y nieto de diáspora veherénica, nacido en Aurum Roma, lo cual satisface la regla del territorio natal por un tecnicismo que todo el mundo en la célula conocía y nadie comentaba.

Habla veherénico antiguo, veherénico corriente de Karzhar, tres dialectos de estepa y el latín eclesial que se esperaba de él. Es el único de la célula que puede entrar en un mercado y no ser notado, y el único que, al oír una oración, sabe si está bien.

Trajo consigo una cosa que no estaba en el mandato y que resultó ser la pieza más importante de todo el levantamiento, y la trajo sin saberlo: su abuela rezaba el Rito Veherénico y se lo enseñó de memoria cuando él tenía nueve años, en Aurum Roma, en la cocina, y le mandó no escribirlo.

Él nunca lo escribió.


KONRAD STELLING, cuarenta y siete años. Médico, no hospitalario — formado en Königsburg, laico, contratado. Es el único civil de la célula y el único que cobra salario en vez de congrua, y se empeña en recordarlo cuando está de mal humor, que es a menudo.

Entró porque la Reformada necesitaba a alguien que supiera leer un cuerpo sin preguntarle antes la confesión, y que no tuviera voto alguno que lo obligara a tratar a quien llegase.

Es el hombre más cínico de la célula y el único que reza.


EMIL DORN, veintiséis años. El más joven. Batidor, montaña y estepa, reclutado de la guardia de camino de Vykhradia a los veintidós.

No tiene historia. Es lo que hay que decir de él: tenía veintiséis años, era bueno en lo suyo, se reía con facilidad, y a la célula le tenía cariño del modo lateral y no declarado con que aquella gente le tenía cariño a las personas.

Muere en el segundo año y su muerte no tiene nada de significativo, y por eso está en este libro.


Y están los dos que no entraron.


NIKOLAUS BRECHT, cincuenta y nueve años, punto de contacto en Vykhrad. Nunca cruzó la frontera y nunca se suponía que la cruzase. Su función era recibir, autenticar y transmitir.

Hizo las dos primeras cosas durante tres años con una competencia que nadie discutió.

No hizo la tercera.


Y la novena.

La novena no tiene nombre en este libro porque no tenía nombre en el archivo. Consta como el noveno elemento de la Once, en el género neutro que la casa usa cuando no quiere decir, y consta en tres líneas del despacho de constitución de la célula:

Elemento en posición desde 1868. No se comunica. No se busca. Recibe.

Llevaba seis años del otro lado cuando los siete cruzaron.

Seguía allí en 1890.


III. La Frontera

Cruzaron el nueve de abril de 1874, al sur del Vado de Strazhka, en un sitio donde la línea no es línea ninguna y donde hay veintidós kilómetros de estepa que nadie guarda porque no hay nada que guardar.

No fue difícil. Hay que deshacer esta idea de entrada, porque la literatura de la Orden pasó cien años vendiendo la frontera del este como un muro y no es un muro: es una franja de mil cuatrocientos kilómetros con catorce fortalezas en ella, lo que da una fortaleza cada cien kilómetros, lo que da noventa y nueve kilómetros de nada.

Pasaron a pie, de noche, en dos horas y media, con contrabandistas que Dorn había comprado en febrero y que no hicieron una sola pregunta porque nunca las hacen.


Lo que Halt registró de aquel cruce, y lo registró de cabeza porque no se lleva papel, fue que al cabo de cuarenta minutos se quitó el abrigo.

Era abril, era de noche, y estaban a cuatrocientos metros de altitud en la estepa del este, donde en abril, de noche, un hombre no se quita el abrigo.

Miró a los otros y Kranz ya se había quitado el suyo y lo llevaba en la mano.

No dijo nada. Reiner, que iba delante, tampoco dijo nada, y Halt entendió — por la manera en que Reiner no dijo nada — que Reiner sabía lo que era y había decidido no explicarlo.


Pasaron la primera noche en un corral abandonado y Halt no durmió, y fue esa noche cuando tuvo la conversación con Reiner que este libro necesita registrar, porque es la conversación que enmarca todo lo que viene después.

— Hace más calor — dijo Halt.

— Lo hace.

— ¿Cuánto?

— No lo sé en grados. Sé que siempre es así. — Reiner estaba mirando afuera, a la estepa, donde no había nada. — El Limbo es tibio. La Heptarquía es tibia. Los veteranos del Limes lo saben y no tienen palabra para ello, y lo llaman el calor de grieta, que es una expresión que no explica nada.

— ¿A la temperatura de qué?

Reiner tardó en responder.

— De un cuerpo — dijo.


Halt se guardó aquello y pensó en ello durante tres años y escribió, en el informe final que nunca fue transmitido, una frase que es la única frase de todo aquel documento que no es administrativa:

Un hombre que entra en la Heptarquía deja de sentir frío al cabo de media hora y no se da cuenta. Cuando se da cuenta, ya no puede usar la información, porque ya está dentro.

Es la mejor descripción de pacto que este levantamiento produjo y no se obtuvo por interrogatorio alguno.

Se obtuvo andando.


IV. Lo Que el Mandato No Decía

Petra Vahl había pasado doce años en el Archivo Cerrado y sabía, por tanto, una cosa que los otros seis no sabían: un mandato de dos líneas nunca es un mandato de dos líneas.

El Archivo Cerrado no tiene catálogo. Es lo que la Reformada tiene en vez de jurisprudencia: un depósito único, en Aurum Roma, sin índice público, donde todo lo que la Orden ha visto en cincuenta años está guardado y nada es localizable a no ser que ya se sepa que existe.

Vahl había sido una de las once personas con acceso de circulación libre. No era archivera jefe y nunca llegó a serlo; era la escribiente que iba a buscar.

Y una escribiente que va a buscar durante doce años aprende el depósito de otra manera: no por asunto, sino por volumen. Sabe qué pasillo engorda, qué año tiene tres cajas y cuál tiene treinta y una, y qué asunto se pide dos veces por década y por quién.


El mandato de la Once pedía beneficio de Mineral Negro.

Vahl fue a ver, antes de salir, cuánto material existía sobre Mineral Negro en el Archivo Cerrado.

Existía poco. Cuatro cajas, la mayor parte anterior a 1850, y casi todo interrogatorio de contrabandista pillado en el Limes con dos quintales en bruto que no sabía explicar qué pensaba hacer con aquello.

Cuatro cajas no es nada. Cuatro cajas es menos de lo que hay sobre falsificación de reliquia.

Y al lado, en el mismo estante, porque el depósito no organiza por asunto, había diecinueve cajas de una serie que ella nunca había visto pedir a nadie en doce años.

El rótulo decía: LEVANTAMIENTO DE LOS ESTANDARTES — 1854 —

Y debajo, en una etiqueta más pequeña y más reciente, la única clasificación que el Archivo Cerrado usa:

GRADO SEIS.


Grado seis es el grado más alto y significa tres cosas acumulativas: no sale del depósito, no se copia, y la consulta se registra con nombre.

Petra Vahl no consultó.

Hizo una cosa que estaba técnicamente permitida y que nadie había previsto porque nadie había pensado en ello: contó las cajas y anotó la fecha.

Diecinueve cajas, abiertas en 1854, grado seis, sobre banderas.

Se llevó aquel hecho al otro lado de la frontera dentro de la cabeza, sin saber qué era, y fue esa la pieza que en 1876 le permitió entender lo que la célula había encontrado — tres años antes de que ninguna otra persona de la Orden lo entendiera, y por una vía que no constaba en método alguno.


Fuente — Del despacho de constitución de la Célula Once

Inquisición Reformada, Secretaría de Células, Aurum Roma. Despacho 411 de 1873, de 19 de diciembre. Un folio, sin membrete, sin firma legible. El original está en el Archivo Cerrado y no tiene signatura, porque el Archivo Cerrado no tiene signaturas.


Se constituye célula de nueve elementos bajo el número once.

Mandato: levantamiento del beneficio de Mineral Negro en la Heptarquía Pactuaria — sitios, volumen, método, mano de obra, destino. Determinar si existe capacidad de producción fuera de Sathkar.

Plazo: tres años a contar del cruce.

Jefatura: elemento primero.

Punto de contacto: elemento octavo, en Vykhrad. Toda la comunicación pasa por él y ninguna lo rebasa.

Elemento noveno: en posición desde 1868. No se comunica. No se busca. Recibe.

Munición: requiérase a los Caballeros del Sello por el canal ordinario. No se declare destino.

No se llevan documentos. No se escribe en campo. No se toma nota de nombre propio.

No se establece contacto con población cristiana cautiva. Se hace notar que existe y que no es materia de este mandato.

En caso de captura de elemento, los restantes no alteran el plan y no intentan recuperación. Está así desde 1824 y no se explica otra vez.

Extinguida la célula por cualquier causa, transmite el elemento octavo lo que tenga, y se constituye número siguiente.


[En el margen inferior, a lápiz, con una letra que la Secretaría identificó en 1889 como del propio Cardenal Inquisidor de la época y que nunca fue autenticada:]

Nueve son demasiados. Se mandan nueve cuando no se sabe qué se busca.


V. Karzhar por Primera Vez

Entraron en Karzhar el 2 de junio de 1874, por separado, en cinco días, por cuatro puertas distintas, y la ciudad no tiene puerta alguna.

Hay que explicar esto porque es lo primero que desmonta al lector y desmontó a la célula.

Karzhar no tiene muralla.

No la perdió, no la demolió, no la dejó caer. Nunca la tuvo, por decisión expresa, y la decisión consta y se atribuye a Luzhar en persona en el año 1793: una muralla es una confesión de miedo, y la ciudad del Príncipe de la Soberbia no confiesa miedo.

El resultado práctico es que se entra en Karzhar andando.

Hay un camino, hay casas a ambos lados, las casas se van haciendo más altas y más blancas, y en cierto momento un hombre se da cuenta de que está dentro de una ciudad de doscientas mil personas y de que nadie le ha preguntado nada.


Reiner tenía cuarenta y cuatro años y era hijo y nieto de gente que había sido expulsada de aquella tierra, y había pasado la vida entera oyendo describir aquello.

Se sentó en una terraza de la Calle de los Acueductos a las once de la mañana y pidió café y el café vino, y era bueno, y costó el equivalente a tres céntimos aurelios, y la mujer que se lo sirvió tendría unos cincuenta años y las manos limpias y le preguntó si quería agua con él, como se pregunta en cualquier ciudad del continente.

Reiner dijo que sí.

Se quedó allí una hora.

Y lo que escribió — dos años después, en octubre de 1876, en Aurum Roma, en una declaración que no le fue pedida y que entregó igualmente — es lo mejor que la Orden Clerical tiene escrito sobre Karzhar, y la Orden Clerical nunca lo publicó:

Yo fui preparado toda la vida para una ciudad de horror y encontré una ciudad de provincia con buen mármol.

La gente habla bajo en la calle. Los acueductos funcionan. Hay flores en las ventanas y las flores están cuidadas, lo que quiere decir que alguien las riega todos los días, lo que quiere decir que hay gente en aquella ciudad cuya preocupación real, en un día normal, es si las flores se mueren.

No es una máscara. Tengo que insistir en este punto porque todo aquel a quien se lo cuento presume que es una máscara.

No lo es. Es la ciudad. Ellos viven allí.

El horror de Karzhar no es que sea un sitio malo. Es que es un sitio bueno, y es un sitio bueno porque funciona, y funciona por la razón que nosotros no podemos escribir en un informe.


Lo que Reiner hizo en aquella primera hora, además de beber café, fue escuchar.

Escuchó la lengua.

Y en la segunda hora entendió la cosa que iba a ocupar los tres años siguientes de su vida y que no estaba en el mandato de dos líneas y que ninguna otra persona de la célula habría notado.

El veherénico de Karzhar tiene un agujero.

No es una lengua muerta ni una lengua sustituida. Es la lengua corriente de la ciudad, hablada por doscientas mil personas, viva y productiva y generando jerga nueva.

Y tiene, en medio, un conjunto de palabras que ya no se usan.

No son palabras prohibidas — Reiner lo verificó y es importante, y la Reformada nunca entendió la diferencia. Las palabras prohibidas producen sustitutos: la gente se las arregla para decir la cosa por otro camino, y el camino nuevo es visible y es rastreable, y así es como se atrapa una herejía.

Estas no tenían sustituto.

Sencillamente habían dejado de hacer falta.

Eran las palabras de la liturgia veherénica. No Dios, que se sigue diciendo y que en la Heptarquía significa otra cosa. Las otras: la palabra para la hora entre la nona y las vísperas, la palabra para el acto de perdonar sin que se haya pedido, la palabra para el silencio que se guarda después de una oración y antes de levantar los ojos.

Nueve palabras. Reiner las contó a lo largo de diecinueve meses.

Nueve palabras que una ciudad entera dejó de necesitar, y que su abuela, en una cocina de Aurum Roma, en 1839, había dicho delante de él todas las noches durante cuatro años.


Intervalo — El Primer Año

El primer año no produjo nada y este libro tiene que decirlo, porque la literatura de espionaje miente sobre esto de una manera que causa daños reales a quien hace el oficio.

De abril de 1874 a abril de 1875, la Célula Once estableció: dónde se duerme, dónde se come, quién alquila sin preguntar, cuánto cuesta cada cosa, qué documentos existen, qué documentos no pide nadie, qué días hay mercado, por dónde pasa la guardia y a qué horas, y cuánto tarda un carro de Karzhar a Sathkar con carga y sin ella.

Doce meses.

Un contable llamaría a esto apertura de cuenta y Halt lo llamaba exactamente así, en voz alta, y la célula se reía de él.


Lo que lleva un año entero es el papeleo.

Es la cosa que ningún lector cree: la Heptarquía Pactuaria tiene burocracia. La tiene pesada, la tiene antigua, y la tiene heredada de Veheran, que era un Estado con registro civil desde 1640 y cuyos libros sobrevivieron en tres ciudades.

Un hombre que llega a Karzhar y no hace nada no es notado durante unos tres meses.

Al cuarto, alguien le pregunta dónde vive.

No es la policía. Es el cobrador del agua.


El acueducto de Karzhar es veherénico, fue restaurado a partir de 1841, y el agua se paga por hogar y por trimestre, y el cobrador va de casa en casa con un libro y cobra.

Un hombre sin registro de residencia no tiene hogar, y un hogar sin cobranza es un agujero en el libro del cobrador, y un cobrador con un agujero en el libro lo reporta porque es lo que hace un cobrador.

Así fue como la Célula Once estuvo a punto de acabarse en agosto de 1874, al cuarto mes, en un asunto de tres ducados y medio.


Lo resolvieron del único modo que había, y es el modo por el que se resuelve todo en aquel sitio, y Halt lo escribió en el informe final con una satisfacción profesional que es la única emoción que se le nota en ciento once folios:

Pagaron.

Registraron residencia, con nombre falso, en la Casa de Contrato del cuadrante norte, con declaración de oficio — negociantes de cuero de Vykhradia, que es la nacionalidad que menos preguntas levanta porque hay trescientos al año — y pagaron el agua atrasada y la multa.

La multa era de once céntimos.


Y es aquí donde Jerzy Halt encontró, al cuarto mes, aquello que iba a estructurar los tres años siguientes, y lo encontró sentado en una sala de espera con un resguardo en la mano:

La Heptarquía Pactuaria tiene archivo.

Tiene registro de residencia, registro de oficio, registro de contrato, registro de propiedad, registro de óbito y registro de pacto.

Todo escrito. Todo conservado. Todo, en Karzhar, público durante nueve días y después consultable mediante tasa.

Halt se quedó sentado en aquella sala de espera nueve minutos y después hizo una cosa que ningún inquisidor en la historia de aquella Orden había hecho:

Pidió una certificación.


Costó dos ducados y medio y tardó seis días y contenía lo que había pedido, que era el registro de propiedad de un almacén del cuadrante oriental, y el registro de propiedad de un almacén del cuadrante oriental no le interesaba absolutamente nada.

Lo que él quería saber era si funcionaba.

Funcionó.


Halt escribió, en el informe final:

Este elemento pasó diecinueve años en esta Orden obteniendo información por interrogatorio, por observación y por delación, que son los tres métodos que la casa enseña.

A partir de agosto de 1874 la obtuvo por solicitud y tasa, y obtuvo más en tres años que por cualquiera de los otros tres.

No es hábil y no me enorgullezco. Es sencillamente que ellos lo escriben todo y nosotros nunca preguntamos.

Se hace notar que la Inquisición Reformada no tiene, en cincuenta años de existencia, un solo procedimiento escrito para solicitar documento a autoridad pactuaria, y que la razón de no tenerlo es doctrinal, y que la doctrina es esta: no se reconoce autoridad a quien no la tiene.

Nosotros no pedimos certificaciones a aquella gente porque pedir sería reconocer que hay Estado.

Hay Estado. Cobra el agua a tres ducados y medio por trimestre y extiende recibo.


Fuente — Del registro de portazgo de Karzhar

Portazgo norte, cuadrante del acueducto. Registro fijado y consultable mediante tasa de dos ducados y medio. Extractos memorizados por el elemento primero en once consultas entre 1874 y 1877 y transcritos en Vykhrad.


Entradas de Mineral Negro beneficiado, por mes, en arrobas. Año de 1874.

Enero 391 · Febrero 404 · Marzo 388 · Abril 411 · Mayo 399 · Junio 402 Julio 410 · Agosto 396 · Septiembre 401 · Octubre 388 · Noviembre 412 · Diciembre 390

Total: 4.792.


Año de 1875.

Total: 4.811.


Año de 1876.

Total: 4.804.


[Anotación del elemento primero:]

Tres años. Variación de diecinueve arrobas en cuatro mil ochocientas, que es cuatro décimas por ciento.

Esto no es lo que hace una ciudad que compra lo que necesita. Una ciudad que compra lo que necesita varía con la estación, con la obra, con el precio.

Esto es lo que hace una ciudad que compra una cuota.

Karzhar no compra Mineral Negro a Sathkar. Karzhar recibe de Sathkar cuatro mil ochocientas arrobas al año al amparo de algo, y paga lo que esté estipulado, y no pide más ni acepta menos.

Y el mes en que la cifra fue más alta en tres años fue abril de 1874 — cuatrocientas once — y no hubo un solo mes por encima.

Cuatrocientas once parece ser techo.

Se hace notar que nosotros no sabemos de qué instrumento deriva este techo ni entre qué partes fue acordado, y que pasamos tres años mirando la cifra sin entender que estábamos mirando una cláusula.


VI. El Cerco

El Cerco es lo único amurallado de Karzhar.

Es una ironía que a los pactuarios les hace gracia y que dicen en voz alta: la ciudad que prohíbe murallas tiene un muro, y el muro es por dentro.

Tiene cuatro metros de altura, es de ladrillo y no de mármol, cerca ocho manzanas en el lado norte, y tiene dos puertas que están abiertas de día.

Abiertas. Hay que decirlo despacio porque nadie lo cree a la primera: las puertas del Cerco de Karzhar están abiertas de las seis de la mañana a las ocho de la noche, todos los días, y nadie las guarda.

Vesna tenía diecinueve años y había pasado por ellas quizá mil veces.


Nunca salió.

No por miedo al muro. Por una cosa mucho más eficiente, que es lo único que aquella ciudad construyó con verdadero genio, y que ningún informe de la Reformada consiguió jamás transmitir a un lector de Aurum Roma sin que el lector concluyera que los cautivos eran cobardes.

No eran cobardes.

Es que un siervo sin sangre de Karzhar no es un prisionero. Es un prometido.


Vesna tenía fecha.

Once de marzo de 1877. Estaba señalada desde que ella tenía catorce años, se había comunicado a la familia en ceremonia, y la familia — que era su familia, viva, en el Cerco, tres hermanos y una madre — la había recibido del modo en que se recibe un matrimonio ventajoso: con alivio, con alguna envidia de vecindario, y con una preocupación real y detallada sobre la ropa.

Comía carne cuatro veces por semana. Tenía dos vestidos buenos y un tercero en hechura para la fecha. Había aprendido a leer, porque los sin sangre de casa buena aprenden a leer, y los de la casa a la que estaba asignada eran casa buena.

La gente del Cerco la trataba con cariño. No con un cariño escenificado: con el cariño genuino, atento, cotidiano, que se dedica a una persona cuya vida va a cambiar a mejor dentro de poco y que va a dejar añoranza.

Le preguntaban por el vestido.


Ella sabía lo que iba a pasar el 11 de marzo de 1877. No estaba engañada y no le habían mentido — y esa es la parte que Aurum Roma nunca tragó, y por eso los informes sobre el Cerco se leían y se archivaban y nunca producían decisión alguna.

Sabía que iba a ser pactada. Sabía las cinco etapas, porque todo el mundo en Karzhar las sabe, del mismo modo que todo el mundo en Bernkanton sabe los síntomas de la tuberculosis.

Sabía que el blanco del ojo amarillea en el borde, y que después las venas de la mano se oscurecen y brillan bajo la luz adecuada, y que después se deja de sentir el dolor en las puntas de los dedos, y que después el cuerpo deja de cicatrizar como cuerpo.

Y que después ya no es él.

Sabía todo eso y seguía probándose el vestido, y las dos cosas vivían en la misma cabeza sin tocarse, porque era la única manera de vivir.


Lo que Vesna pensaba — y nadie en este libro se lo preguntó nunca, y ella nunca se lo dijo a nadie, y está aquí porque lo dijo en 1881, a una mujer en un cuarto de Bernkanton, cuatro años después de que todo esto acabara — era una cosa pequeña y práctica:

Yo tenía miedo de tener miedo el día.

No de lo demás. Del día. De hacer mal papel delante de mi madre.


Intervalo — Por Qué Nadie Huye

El punto IV del primer informe de la Célula Once dice que no se registraron fugas del Cerco de Karzhar y que no se registraron intentos, y dice a continuación que el elemento primero no tiene explicación que presentar y hace notar la ausencia de explicación en vez de presentar conjetura.

Aurum Roma leyó aquello en diciembre de 1874 y respondió que no era materia del mandato.

Este libro trata del asunto porque tiene tres años de observación y porque la explicación existe y tiene cuatro partes, y ninguna de ellas es miedo.


Primera: no hay adónde.

Es la parte mecánica y es la menos interesante y hay que decirla primero para que no estorbe.

Un siervo sin sangre que sale del Cerco de Karzhar está en Karzhar, que es una ciudad de doscientas mil personas sin muralla, y puede andar por ella a su gusto.

Después de Karzhar hay ciento diez kilómetros de estepa hasta Sathkar en un sentido y trescientos hasta la frontera en el otro, sin camino que no esté vigilado por portazgo, sin lengua que sirva del otro lado, sin dinero y sin nadie.

Huir del Cerco no es el problema. Huir del Cerco es atravesar una puerta abierta.

El problema es el día siguiente, y el día siguiente son trescientos kilómetros.


Segunda: la familia está dentro.

El Cerco no es un campo de prisioneros. Es un barrio.

Tiene ocho manzanas, tiene entre seis y nueve mil personas, tiene casas, tiene calles con nombre, tiene dos plazas y un mercado de los martes.

Y tiene familias enteras, de tres y cuatro generaciones, y las familias no están todas en el mismo punto del proceso: en una casa del Cerco puede haber una abuela que nunca fue pactada y a la que ya nadie señala fecha por ser vieja, un padre que fue pactado en 1861 y que trabaja en Karzhar y vuelve a casa, dos hijos con fecha señalada y uno que todavía no tiene edad.

Vesna tenía a la madre y tres hermanos.

Un sin sangre que huye no huye de una prisión. Se va de casa.


Tercera, y es la que Aurum Roma no consiguió leer: no es una condena. Es un estatuto con término.

Y el término, para la familia que se queda, es mejora.

Una casa que da un sin sangre a una casa buena de Karzhar recibe contrapartida — y la contrapartida consta, está en instrumento, se registra en la Casa de Contrato y es pública durante nueve días como todo lo demás.

La familia de Vesna recibía, desde 1869, tres ducados aurelios por trimestre y licencia de mercado.

No es una fortuna. Es, para una familia del Cerco, la diferencia entre carne dos veces por semana y carne cuatro veces.

Y cesa si ella huye.


Cuarta, y es la que cierra y la que no se consigue escribir en un informe sin que parezca que se está defendiendo aquello.

Nadie en el Cerco de Karzhar cree que lo que les va a pasar es lo peor que hay.

Hay que decir esto con cuidado y despacio.

Ellos saben lo que es el pacto. Saben las cinco etapas, saben que en la quinta ya no es él, y no les han mentido y no hace falta mentirles porque toda la ciudad conoce el proceso del mismo modo que una ciudad cristiana conoce la tuberculosis.

Lo que tienen delante, y que la Orden Clerical nunca puso en un folio, es la comparación.

Un sin sangre del Cerco mira la alternativa y la alternativa, tal como él la consigue ver, es ser lo que son los demás.

Los demás son los pactuarios de Karzhar, que viven en una ciudad con acueductos y escuelas y velatorios con comida, que comen carne cuatro veces por semana, que mueren a los cincuenta, y que — este es el punto — están perfectamente bien la mayor parte de los días de su vida.


Mira Solvang escribió, en el cuaderno, en 1876, la única línea en tres años que ella misma clasificó como opinión:

El error de mi Orden sobre este barrio es presumir que esta gente no sabe lo que le va a pasar.

Lo saben mejor que yo.

Lo que no tienen es otra cosa con que compararlo, y la única otra cosa que yo tengo para ofrecerles son trescientos kilómetros de estepa y una ciudad donde nadie habla su lengua.

Yo sé que la mía es mejor. Lo sé con todo lo que tengo y no cambio de opinión.

No sé demostrárselo a una muchacha de veintidós años que tiene a su madre a tres calles de aquí.


Y está la última cosa, que es la razón por la que este intervalo existe y que Halt no puso en el informe porque no supo cómo.

En el Cerco de Karzhar, la fuga no se castiga.

No hay sanción prevista. No hay búsqueda. No hay cartel.

Si un sin sangre sale y no vuelve, la casa a la que estaba asignado lo comunica a la Casa de Contrato, la contrapartida a la familia cesa, y la fecha se da por incumplida, y se escribe en el registro la palabra veherénica que significa, aproximadamente, desistió.

Y es todo.


Eso fue lo que Osvald Reiner averiguó en 1875, en tres semanas, y lo que le llevó a Halt convencido de que era lo más importante del primer año.

Halt escuchó, pensó, y le dijo que no lo era.

— No lo entiende — dijo Reiner. — No los persiguen.

— Lo entiendo perfectamente — dijo Halt. — Y por eso no huyen.

Y después, porque Reiner siguió mirándolo:

— Una puerta cerrada le da a un hombre algo contra lo que empujar. Quítele la puerta y tiene que decidir solo, todos los días, durante ocho años, y es mucho más difícil.

Ellos no cerraron el barrio. Pusieron el muro y abrieron las puertas y dejaron la decisión dentro.

Es lo mejor diseñado que he visto en esta ciudad y lo diseñó gente que entiende de contratos.


Fuente — Del primer informe de la Célula Once

Transmitido por elemento octavo, Vykhrad, 14 de noviembre de 1874. Recibido en Aurum Roma el 2 de diciembre. Nueve folios. Autenticado, transmitido y archivado sin observaciones.


I. Del cruce.

Efectuado el 9 de abril en el vado sur de Strazhka, sin incidente. Siete elementos. Coste: once ducados aurelios en soborno de guía, que es precio corriente y consta en la tabla de 1871.

Se hace notar que el vado sur no está vigilado por ninguno de los dos lados y que esta situación es conocida por ambas partes desde hace al menos veinte años.


II. De la entrada en Karzhar.

Efectuada entre el 2 y el 7 de junio, en cinco días, por elementos separados.

No hubo control de entrada de ninguna especie.

Se hace notar, por ser materia de interés militar y no de este mandato, que la ciudad de Karzhar no tiene fortificación, no tiene guarnición permanente visible y no tiene puesto de guardia en ningún acceso. La ciudad tiene doscientos mil habitantes.

Se hace notar además que la ausencia de fortificación es doctrinal y no es descuido, y que por tanto no es explotable: una columna que entrase en Karzhar sin combate entraría en una ciudad de doscientos mil pactuarios y no tendría cómo salir.


III. Del beneficio.

No hay beneficio de Mineral Negro en Karzhar.

Se levantaron, en el período, cuarenta y un establecimientos que trabajan el mineral, y los cuarenta y uno son de acabado y no de beneficio: joyería, orfebrería de sigilo, molienda para tinta de tatuaje, taracea de mobiliario, hilo para bordado.

El mineral llega a Karzhar ya purificado. Llega de Sathkar por camino, en carro cerrado, en cantidad que los registros de portazgo permiten estimar en unas cuatrocientas arrobas al mes.

Se hace notar que el portazgo de Karzhar tiene registro escrito, público y fijado, y que cualquier persona lo puede consultar, y que este elemento lo consultó once veces sin que nadie le preguntase nada.


IV. De lo que este mandato no pidió.

Se hace notar una cosa que no es materia de este mandato y que se registra por parecer de interés.

La ciudad de Karzhar tiene una clase de cautivos cristianos — en la designación local, siervos sin sangre — estimada en entre seis y nueve mil personas, residente en barrio amurallado en el cuadrante norte.

El barrio no tiene guardia. Las puertas están abiertas durante el día.

No se registraron fugas en el período. No se registraron intentos.

Este elemento no tiene explicación que presentar y hace notar la ausencia de explicación en vez de presentar conjetura.


V. De la munición.

Consumo en el período: cero.

Se hace notar.


[Despacho de recepción, Aurum Roma, 2 de diciembre de 1874, tres líneas:]

Recibido. Prosígase hacia Sathkar, que es el objeto.

El punto IV no es materia de este mandato. No se repita.

El punto V se anota con aprecio.


ACTO II — LA CHIMENEA

VII. Sathkar

Si Karzhar desmonta a un hombre por ser hermosa, Sathkar lo recompone, porque Sathkar es exactamente lo que un inquisidor fue preparado para encontrar.

Llegaron el 11 de marzo de 1875, por camino, en carro de carga, entre fardos de cuero, y Halt vio la ciudad primero por el cielo.

A cuarenta kilómetros el cielo cambia de color.

No oscurece: se pone color latón. Hay un plano bajo de humo que se asienta sobre la cuenca entera y que no sube porque el aire no lo deja subir, y la luz que atraviesa aquello llega al suelo amarilla y sin sombra.

Un hombre en Sathkar no tiene sombra a mediodía. Tiene una mancha más oscura bajo los pies y nada más.


Sathkar tiene, en 1875, unos ciento cuarenta mil habitantes y cincuenta y tres altos hornos.

Es una cifra que a Halt le llevó catorce meses establecer y que es, por sí sola, lo más importante de todo el levantamiento, y es la razón por la que se puso a un contable al frente de aquella célula.

Cincuenta y tres.

Ferrum Alpina, que es el Estado de la Forja de la Orden Clerical, que es la mayor concentración metalúrgica del mundo cristiano, que abastece tres frentes, tiene en 1875 cuarenta y uno.


Lo que aquello significa es la espina de este libro y conviene decirlo ahora, con las cifras delante, porque a partir de aquí todo lo que la célula encuentra es consecuencia de esto.

La Heptarquía Pactuaria no es una horda.

Es la segunda potencia industrial del continente, y en hierro bruto es la primera, y produce aquello con un tercio de la población de la Orden Clerical, sin carbón de calidad, sin red ferroviaria comparable y con trescientos treinta milímetros de lluvia al año, que es menos que cualquier bloque cristiano.

Lo consigue por tres razones y ninguna de ellas es sobrenatural:

Primera: petróleo. Sathkar se asienta sobre un campo de petróleo que aflora a la superficie en quince puntos y que los veherénicos ya usaban antes de 1780 para calafatear barcos. Un horno de nafta no espera al carbón.

Segunda: mano de obra que no se ahorra. Es la razón incómoda y es verdadera y Halt la anotó sin retórica.

Tercera, y es la que la Orden Clerical no puede escribir en un informe: no paran.

Ferrum Alpina para. Para el domingo, para en las treinta y nueve fiestas de guardar del calendario aureliano, para para bendición de horno trimestral, para para visita canónica.

Sathkar no tiene domingo.


Halt hizo la cuenta al final del primer año y la rehízo tres veces porque no se lo creyó, y el resultado consta en el segundo informe y es, en opinión de este libro, la frase más peligrosa que la Inquisición Reformada produjo en el siglo diecinueve:

La Heptarquía produce más hierro que nosotros porque trabaja más días.

No es el mineral. No es el pacto. No es ventaja infernal de ninguna especie que este elemento haya conseguido documentar.

Son cincuenta y un días al año.


Intervalo — Lo Que Petra Vahl Vio en Sathkar

Petra Vahl había pasado doce años en un sótano yendo a buscar cajas y había pedido el traslado para ver una vez, y lo que ella vio y los otros seis no vieron no fue nada de lo que la célula había ido a buscar.

Fue el humo de noche.


Sathkar arde sin parar y no tiene domingo, y un hombre que llega de día ve el cielo color latón y la falta de sombra y cree que ha entendido.

De noche no hay cielo.

Hay una tapa naranja a cien metros de altura, iluminada por debajo por los cincuenta y tres hornos, y debajo de esa tapa hay una ciudad de ciento cuarenta mil personas donde es posible leer un periódico en la calle a las tres de la madrugada.

Nunca oscurece. Esa es la cosa.

Petra Vahl pasó tres años en una ciudad que nunca oscurece, y es lo único de aquel sitio de lo que habló espontáneamente en dieciséis años, y habló de ello dos veces, y las dos dijo lo mismo:

— Yo había estado doce años en un sótano y fui a parar al único sitio del mundo donde no se puede apagar la luz.


Lo que hizo en tres años fue lo que sabía hacer, que era ordenar.

La Célula Once no tenía papel y no podía tenerlo, y por tanto todo lo que aquellas seis personas averiguaron existió, durante tres años, exclusivamente dentro de la cabeza de Petra Vahl.

Ella les impuso el método del Archivo Cerrado a la tercera semana y lo impuso con una sequedad que a Halt le hizo gracia y que a los demás les pareció insoportable durante cuatro meses y después nunca más discutieron:

Entrada. Fecha. Fuente. Grado de confianza.

Nada entraba sin los cuatro. Un elemento que llegaba diciendo he oído que la Forja Cuarta tiene nueve cámaras era despachado y volvía cuando supiera a quién se lo había oído, qué día, y si la persona lo sabía por haberlo visto o por habérselo contado.


El grado de confianza es lo mejor que tiene la Orden Clerical y la única cosa buena que la Inquisición Reformada inventó, y Vahl usaba la escala del Archivo, que tiene cinco grados y que cualquier archivero sabe de memoria:

Primero: visto por el elemento. Segundo: dicho al elemento por quien lo vio. Tercero: dicho al elemento por quien lo oyó de quien lo vio. Cuarto: voz pública verificada en dos fuentes independientes. Quinto: voz pública no verificada.

De los ciento once folios que ella escribió en Vykhrad en 1877, noventa y uno son de primer y segundo grado.

Diecinueve son de cuarto.

Uno es de quinto, y está identificado como de quinto, y es el que dice que la Casa Tercera amenazó con recurrir hacia arriba.


Halt escribió, sobre esto, en el informe final, y es el único elogio nominal que aquel documento contiene:

Se hace notar que la disciplina de registro del elemento quinto es la razón por la que estos ciento once folios valen algo.

Una célula sin papel produce, al cabo de tres años, una mezcla de hecho y de convicción que nadie consigue separar después, y la produce siempre, y es la razón por la que los informes de esta casa son malos.

Este no lo es.

Y no lo es porque una escribiente de cuarenta y un años despachó, durante tres años, a todo el que llegó sin saber a quién se lo había oído.


Y está la segunda cosa que Petra Vahl hizo y que nadie le pidió.

Contó los días.

Todos. Desde el 9 de abril de 1874. Sin calendario, sin marca, sin raya en pared alguna — de cabeza, todas las noches, y añadía uno.

Le preguntaron por qué, en 1886, en la declaración interna, y la respuesta es la más seca de todo aquel documento:

Porque el mandato era de tres años a contar del cruce y alguien tenía que saber cuándo se acababa.

Y porque una persona que pierde la cuenta de los días en un sitio donde no oscurece pierde otras cosas después, y yo había visto eso en archivo.


Cuando salieron, el 25 de junio de 1877, ella sabía que era el día mil ciento setenta y tres.

Lo dijo en voz alta en la frontera, sin que nadie hubiera preguntado, y Mira Solvang lo escribió en el cuaderno esa noche con una nota que es el único chiste registrado en tres años:

El elemento quinto nos informó del número de días.

Nadie había preguntado.

Lo anoto porque ella va a querer que quede.


VIII. El Beneficio

El mandato pedía método, y el método estuvo a la vista durante once meses antes de que alguien lo entendiera, lo cual es típico y es humillante y Halt lo escribió así.

El Mineral Negro no se funde.

Es lo primero que se aprende y la Orden Clerical lo sabe desde hace sesenta años: aquello parece carbón bituminoso con brillo verde y no se comporta como mineral alguno. No funde a temperatura de horno, no reduce con fundente, no liga con nada.

La Orden lo intentó. Hay un informe de 1831, en Ferrum Alpina, de un maestro fundidor que pasó catorce meses y cuatrocientas arrobas intentando fundir Mineral Negro capturado y que escribió al final, con una rabia que atraviesa cincuenta años de papel: no es mineral. Es otra cosa y nosotros la estamos tratando como mineral porque parece mineral.

Tenía razón y nadie lo siguió.


En Sathkar no se funde.

Se muele.

Halt vio la operación por primera vez en enero de 1876, desde fuera de una ventana alta, sobre un tejado, durante cuarenta minutos, con Kranz al lado contando hombres y Vahl memorizando la disposición.

Había diecinueve molinos en una nave de cien metros. Molinos de piedra, verticales, movidos por eje y correa desde un árbol central que movía una máquina de vapor alimentada con nafta.

El mineral entra en piedra y sale en polvo.

El polvo es verde y es fino como harina de flor y queda suspendido en el aire de la nave permanentemente, y por eso los hombres que trabajan en aquella nave son pactuarios de tercera etapa y no otra cosa: la tercera etapa pierde la sensibilidad al dolor en las extremidades y el polvo de Mineral Negro quema la piel.

Un hombre de primera o segunda etapa no aguanta una semana. Uno de tercera no lo siente.

No es crueldad de empleo. Es especificación técnica, y consta en las listas de contratación de Sathkar, y Vahl memorizó una de esas listas en febrero de 1876 y es el documento más frío de este libro:

Molienda — se exige tercera. No se acepta segunda. Salario de tercera.


Y después del polvo, lo que hace del Mineral Negro lo que es.

El polvo no sirve para nada. A Halt le llevó otros cuatro meses entender esto y solo lo entendió porque Solvang se lo dijo, y Solvang lo entendió porque era hospitalaria y porque la medicina de posesión enseña una cosa que la metalurgia no enseña.

El polvo tiene que ser puesto en contacto con un pactuario durante un período.

No es rito. No hay palabras, no hay fórmula, no hay celebrante. Hay un recipiente con polvo y un hombre, y el hombre se queda allí.

Cuarenta días.


Solvang se lo explicó una noche de junio de 1876, en un cuarto alquilado sobre un taller, y Halt lo anotó de cabeza palabra por palabra porque entendió al tercer minuto que estaba oyendo la respuesta al mandato:

— Es el inverso exacto del nuestro — dijo ella. — Por eso nadie en Roma lo entendió, y yo lo entendí porque pasé nueve años extrayendo marca de gente.

— Explíquelo como si yo fuera contable.

— Usted es contable.

— Por eso lo pido.

Solvang pensó.

— Nuestro mineral se consagra por acto. Un purificador se pone delante de una caja, reza, y la cosa queda hecha en cuarenta segundos o en sesenta o en cincuenta y uno según el hombre y según el año. Es un acontecimiento. Tiene principio y fin y se puede cronometrar, y hay un reino entero en el norte que no hace otra cosa que cronometrarlo.

— ¿Y este?

— Este no es un acto. Es una exposición.

Buscó la palabra exacta y no la encontró y usó una peor a propósito:

— Es como la salazón.


Halt se quedó muy quieto.

— Repita.

— Salazón. O curtido, o fermentación, o cualquier cosa en que la materia y el agente se quedan juntos y el tiempo hace el trabajo. No hay celebrante porque no hace falta celebrante. Hace falta presencia, durante tiempo suficiente, y el tiempo suficiente son cuarenta días, y sabemos que son cuarenta días porque los contratos de Sathkar pagan por cuarentena y no por día ni por pieza.

— ¿Cuántas cuarentenas puede hacer un hombre?

— Nueve al año, si descansa. Ellos hacen once.

— ¿Y el hombre?

Solvang lo miró.

— El hombre acelera.


Está todo ahí y Halt lo vio aquella noche, y es la razón por la que este libro considera a Mira Solvang lo mejor que la Célula Once tenía:

El beneficio de Mineral Negro convierte al pactuario en máquina de beneficio y lo consume al hacerlo.

Cada cuarentena lo avanza dentro de las cinco etapas. Un hombre entra en la molienda en tercera etapa a los veinticuatro años, hace once cuarentenas al año, y está en quinta a los treinta y uno.

Y en la quinta ya no es él.

Y en la quinta sigue trabajando, porque lo que está ahí dentro no tiene incomodidad alguna, y se queda exactamente quieto, y un cuerpo que se queda exactamente quieto delante de un recipiente durante cuarenta días es el instrumento ideal para una operación que exige presencia y nada más.

Sathkar no emplea a poseídos de quinta etapa a pesar de serlo.

Los emplea porque lo son.


Halt escribió, en el segundo informe:

Se cumple el mandato.

Método: molienda mecánica seguida de exposición a portador de pacto por período de cuarenta días. Sin rito, sin celebrante, sin fórmula verbal documentada.

Mano de obra: exclusivamente pactuarios de tercera etapa o superior, por exigencia física de la operación y no por elección doctrinal.

Volumen: entre nueve mil y once mil arrobas al año, de las cuales unas cuatro mil ochocientas se quedan en la Heptarquía y el resto sale por Vykhradia y por Velinia, en rutas que constan en el anexo.

Capacidad fuera de Sathkar: ninguna documentada.

Se hace notar que este último punto es la única respuesta de este informe de la que este elemento no está seguro, y que la inseguridad se debe a una cosa que se relata por separado.


Intervalo — Vivir Allí

Nadie pregunta cómo se viven tres años en una ciudad enemiga y es la cosa que ocupa más tiempo.

No se vive escondido. Es la primera ilusión que cae: seis personas escondidas en una ciudad de ciento cuarenta mil son seis personas descubiertas en cuatro meses, porque esconderse es un comportamiento y un comportamiento se nota.

Se vive a la vista, con oficio declarado, pagando impuestos.


La Célula Once era, en Sathkar, una casa comercial de cuero de Vykhradia.

Tenía nombre —que no consta en este libro porque no consta en ningún documento—, tenía almacén alquilado en el cuadrante sur, tenía licencia de comercio pagada en enero de cada año, y tenía, en 1876, dieciséis clientes.

Compraba cuero en Vykhradia y lo vendía en Sathkar.

Y lo hacía en serio, con margen, y es la cosa de la que Halt estuvo más orgulloso en tres años y que mencionó dos veces en el informe final sin que hiciera falta:

La casa dio beneficio en los tres ejercicios.

Se hace notar por no ser la cosa irrelevante: una cobertura que da pérdidas es una cobertura que levanta preguntas de acreedor, y un acreedor pregunta mejor que un policía.


De quien se ocupaba del cuero era Solvang.

Es la ironía de la célula y ellos la sabían: la purificadora licenciada, la única persona de aquel grupo con facultad sacramental, pasó tres años regateando pieles.

Lo hizo bien. Tenía cabeza kantonal y formulario y aprendió los precios en seis meses, y en 1876 era ella quien negociaba con los dieciséis clientes, porque una mujer de treinta y cinco años que habla mal veherénico y lleva un libro de cuentas bajo el brazo es la cosa menos amenazadora que aquella ciudad tenía para ofrecer.


Un día normal de la Célula Once en 1875 era así.

Solvang abría el almacén a las siete. Stelling tenía consulta en casa tres mañanas por semana, porque había puesto placa de médico y porque la placa de médico es la mejor cobertura que existe en un sitio donde mueren cuatrocientas personas al año de tifus.

Kranz cargaba y descargaba. Dorn andaba por la ciudad. Reiner estaba en Karzhar diez meses al año y venía a Sathkar en febrero y en agosto.

Halt hacía cuentas — las verdaderas y las otras.

Y Vahl no tenía oficio alguno y era la cosa más difícil de justificar de la célula, y lo resolvieron del modo más simple: era la mujer de Halt.


Pasaron tres años casados sin serlo.

Nadie escribió una línea sobre eso en ninguna parte. Hay que decirlo con cuidado porque la tentación es enorme y porque no hay nada: ni en el cuaderno de Solvang, que anotaba todo, ni en las ciento once folios, ni en los papeles personales de Brecht.

Lo que hay es una línea en la declaración interna de Petra Vahl de 1886, cuando le preguntaron cómo se había mantenido la cobertura tres años, y que ella respondió con el desdén profesional de quien encuentra la pregunta por debajo del asunto:

Se mantenía porque era aburrida. Dos personas de mediana edad que no se hablan en el desayuno son la cosa más creíble que aquella ciudad había visto.


Y está la otra parte y esta sí la registra el cuaderno, porque el Voto de Registro no distingue.

Solvang trató gente.

En tres años, en Sathkar, en una casa con placa de médico donde el médico era Stelling y donde ella no podía declararse nada, Mira Solvang trató —y la cuenta es suya y está en el cuaderno, sumada al final de cada año— cuatrocientas once personas.

Quemaduras de polvo, sobre todo. Fracturas de forja. Dos amputaciones que hizo Stelling y ella asistió. Once partos.

Pactuarios, en su mayoría. Segunda y tercera etapa, en su mayoría.


El Voto de Tratamiento Indistinto dice que un Hospitalario trata a quien llegue. Soldado, campesino, hereje, pactuario capturado. No se pregunta la confesión antes de restañar la sangre.

Es escándalo permanente en la Orden Clerical y se tolera porque es útil, y Mira Solvang sabía perfectamente que se la toleraba por útil y siguió tratando.

Lo que ninguna casa de Aurum Roma había previsto es lo que pasa cuando una hospitalaria con aquel voto se va a vivir tres años dentro del enemigo.

Trata a quien llegue.

Y llegaron cuatrocientos once.


Halt lo sabía.

Es el punto y es la razón por la que este intervalo existe: Jerzy Halt lo sabía desde el cuarto mes, porque lo contaba todo y porque el consumo de lino y de alcohol de la casa no cuadraba con una casa de cuero, y nunca dijo nada.

Vahl le preguntó una vez, en 1876, por qué no lo decía.

Y Halt le dio la respuesta que es suya y que es la mejor definición de aquel hombre que este libro consiguió obtener:

— Porque está en su voto y ella me avisó el primer mes y yo dije que sí.

— ¿Usted dijo que sí?

— Lo dije. — Halt no levantó los ojos del libro. — Me preguntó si su voto valía del otro lado de la frontera. Yo dije que no sabía y que me parecía que sí. Fue todo lo que se habló sobre eso en tres años.


Y está la última cosa, que no es bonita y que cierra esto.

De las cuatrocientas once personas que Mira Solvang trató en Sathkar entre 1874 y 1877, no obtuvo información de ninguna.

No preguntó.

Está en el cuaderno, en la suma de 1876, en una línea que escribió porque alguien iba a preguntar un día:

No se interrogó a nadie de esta lista y no se registró el nombre de ninguno.

Se hace notar que el elemento primero nunca lo pidió y que si lo hubiera pedido este elemento habría rehusado, y que ambos sabíamos las dos cosas y que ninguno de los dos las dijo en voz alta en tres años.


Fuente — De las cuentas de la casa de cuero

Libro de contabilidad de la casa comercial que sirvió de cobertura a la Célula Once en Sathkar. El libro se quedó en el almacén cuando la célula salió, en junio de 1877, y nunca fue recuperado. Lo que se transcribe es reconstitución de memoria del elemento primero, hecha en Vykhrad en julio de 1877, y es el último documento que Jerzy Halt no llegó a dictar, porque murió antes.

Lo que existe es la reconstitución parcial hecha por Petra Vahl a partir de lo que él le había leído en voz alta a lo largo de tres años, y es, por tanto, contabilidad memorizada por una persona que oyó a otra persona leerla.

Vahl la presentó con una advertencia: «no respondo por ninguna cifra por debajo de la decena.»


Ejercicio de 1875. Resumen.

Compras de cuero en Vykhradia: 1.411 ducados aurelios. Ventas en Sathkar: 1.890. Margen bruto: 479.

Alquiler de almacén: 144. Licencia de comercio: 22. Agua y fuego, dos casas: 28. Portazgo y tasa de camino: 61. Certificaciones requeridas a Casa de Contrato: 41.

Resultado del ejercicio: 183 a favor.


Ejercicio de 1876. Resumen.

Margen bruto: 511. Cargas: 309. Resultado: 202 a favor.

Se hace notar, por haberlo hecho notar el elemento primero en voz alta a este elemento en enero de 1877 y haberse reído, cosa que hizo dos veces en tres años:

La casa de cuero rindió, en los tres ejercicios, quinientos ochenta y nueve ducados aurelios.

La congrua anual de un jefe de célula de la Inquisición Reformada es de doscientos veinte.

Ganamos más vendiendo pieles a pactuarios que cazándolos.


Partida sin designación, presente en los tres ejercicios.

1875: 71. 1876: 94. 1877, hasta junio: 62.

Total: 227.

Esta partida no tiene designación en el libro. Consta como raya y cifra, en la columna de cargas, entre «tasa de camino» y «diversos».

Este elemento sabe qué es y lo declara ahora porque el elemento primero ya no puede ser perjudicado por ello:

Es lino, alcohol, opio y catgut.

Son las cuatrocientas once personas del cuaderno del elemento segundo.

Jerzy Halt las asentó en tres ejercicios de contabilidad, todos los meses, en una partida sin nombre, y cerró las cuentas con ellas dentro, y presentó beneficio.


IX. Emil Dorn

Emil Dorn murió el 19 de septiembre de 1875, en Sathkar, a los veintiséis años, y este libro va a contar cómo, y lo va a contar deprisa, porque fue deprisa.

Estaba contando carros en un patio de portazgo, apoyado en una pared, con un saco al hombro, haciendo lo que hacía desde hacía dieciocho meses y que hacía muy bien.

Un carro de eje ancho entró mal, trabó la rueda en una piedra guía, la carga se desplazó y un fardo de tres quintales cayó desde la altura de un hombre y medio.

Le dio en el lado derecho.

Murió dos horas después, en una barraca de patio, con Stelling al lado, de una hemorragia interna que Stelling identificó en cuatro minutos y para la cual no había nada que hacer en aquel sitio ni en ningún otro sitio del continente en 1875.


No fue asesinado. Nadie lo descubrió. No hubo interrogatorio, no hubo persecución, no hubo nada.

Le cayó un fardo encima en un patio de carga.


Hay que decir lo que esto le hizo a la célula y hay que decirlo sin elevación ninguna, porque la elevación es exactamente lo que aquella gente no tenía.

No hubo funeral. La Inquisición Reformada no hace funeral público y aquello era territorio enemigo.

Stelling y Kranz lo enterraron de noche, fuera de la ciudad, en una fosa que abrieron los dos, y la única cosa que se hizo distinta de lo que se haría con un saco de piedra fue que Stelling —que es el hombre más cínico de la célula y el único que reza— rezó.

Kranz le preguntó qué estaba diciendo.

Stelling dijo que no sabía, que era una cosa que decía su madre, y que no preguntara más.


Halt tuvo conocimiento a la mañana siguiente e hizo tres cosas, por este orden, y las tres constan.

Preguntó si alguien había visto a alguien mirando.

Preguntó si el saco de él había sido recuperado.

Y mandó continuar.


Fue todo.

Fue exactamente lo que el despacho de constitución manda hacer y fue exactamente lo que Halt habría hecho con cualquiera de ellos, incluido consigo mismo, y la célula lo entendió y no le pareció mal, porque toda aquella gente había firmado la misma cosa.

La única fisura ocurrió once días después, y fue tan pequeña que solo la registró Vahl, y la registró porque registrar era lo que ella hacía.

Halt, al cerrar la reunión del martes, repartió tareas por el orden de costumbre, que era orden de número: segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto, séptimo.

Llegó al séptimo, que era Dorn.

Se paró medio segundo.

Y dijo: — séptimo — y le pasó la tarea a Kranz, que era el cuarto, y nadie dijo nada.

Vahl anotó de cabeza: se paró medio segundo.

Y fue la única cosa que alguien de la Célula Once escribió sobre la muerte de Emil Dorn.


Fuente — De las listas de contratación de Sathkar

Levantamiento por memoria, elemento quinto, ejercicio de 1876. Petra Vahl memorizó catorce listas a lo largo de diecinueve meses y las transcribió en Vykhrad en abril de 1877, en cuatro días, por orden de Nikolaus Brecht. La transcripción consta en el informe final y nunca fue cotejada con originales, porque nunca se obtuvieron originales.


Forja Cuarta de Sathkar — llamamiento de febrero de 1876. Fijado a la puerta, en veherénico corriente.

Molienda, nave grande — diecinueve puestos.

Se exige tercera. No se acepta segunda.

Salario de tercera: cuatro y medio por cuarentena, casa y carne.


Exposición, cámaras uno a nueve — cuarenta y un puestos.

Se exige cuarta o quinta. Quinta con acompañante.

Salario de cuarta: siete por cuarentena, casa y carne.

Quinta: se paga a la casa.


Transporte interno — doce puestos.

Se acepta primera y segunda. Se acepta sin-sangre con licencia.

Salario: dos, casa, sin carne.


Vigilancia de cámara — cuatro puestos.

Se exige no pactuado.

Salario: nueve, casa y carne, y licencia de salida de la ciudad.


Se hace notar por quien transcribe, y se hace notar con la conciencia de que es la observación más importante de este anexo:

El puesto mejor pagado de la Forja Cuarta de Sathkar exige que el trabajador no sea pactuario.

Son cuatro hombres. Ganan el doble que un moledor de tercera y más que un capataz.

Y lo que hacen, de las cuatro que se averiguó, es quedarse sentados a la puerta de las cámaras de exposición durante el turno, con una campanilla, y tocar la campanilla si uno de los expuestos se levanta.

Preguntó este elemento, por persona interpuesta, por qué es necesario que no sean pactuados.

La respuesta la dio un capataz, en veherénico, en el mercado, sin que él supiera a quién estaba respondiendo, y fue esta:

— Porque un pactuado no se da cuenta.


[Nota de Jerzy Halt, en el informe final, a continuación de este anexo:]

Me detengo en este punto.

Una ciudad que emplea a poseídos de quinta etapa en una operación industrial paga, de su propio bolsillo y al doble del salario, a cuatro hombres limpios para vigilar a los poseídos.

Esto solo tiene sentido si hay alguna cosa que los poseídos puedan hacer y que Sathkar no quiera que ocurra.

No sabemos qué es. Sabemos que Sathkar paga nueve por cuarentena para que no ocurra, y que lo paga desde hace al menos once años, y que el puesto existe en las nueve cámaras y no solo en una.

Registro la pregunta sin responderla, que es lo que este oficio manda hacer cuando no se sabe.


Fuente — Del cuaderno de Mira Solvang

Hospitalarios del Hashmal, cuaderno de campo, formato kantonal de 1869. Mira Solvang conservó el cuaderno después de ser transferida a la Inquisición Reformada, lo cual es irregular y nunca se le señaló. Entregado a Nikolaus Brecht en Vykhrad en julio de 1877, transcrito por él y devuelto. El original está en la casa hospitalaria de Bernkanton.


Frontispicio, formulario impreso, rellenado en abril de 1874.

Casa: sin designación. Ala: sin designación. Titular: Solvang, M., hospitalaria con facultad, licencia 4.411. Período: abierto.

Observación de la titular, en espacio destinado a otra cosa: no hay casa y no hay ala. Relleno igualmente porque el formulario es el formulario.


Karzhar, 19 de julio de 1874.

Observación de calle. Hombre, unos treinta, primera etapa, borde del ojo amarillo desde hacía quizá un año. Vendía pescado.

No lo escondía.

Se hace notar, porque es lo contrario de lo que esta casa enseña: en Aurum Roma la primera etapa es la señal que se busca y la señal que se esconde. Aquí no se esconde nada porque no hay de quién.

La doctrina de detección que yo aprendí en nueve años es doctrina de sociedad cristiana. Vale cero al este del Limes y nadie de mi oficio se ha dado cuenta de eso, porque nadie de mi oficio ha venido aquí.


Karzhar, 4 de septiembre de 1874.

Primer recuento de calle. Cuatro horas, Calle de los Acueductos, de nueve a una.

Contadas 411 personas adultas identificables a distancia de tres metros.

Primera etapa o superior, por señal ocular: 190.

Sin señal: 221.

Se hace notar que casi la mitad de la población adulta de una calle central de Karzhar no tiene pacto de especie alguna, y se hace notar porque la Orden Clerical presume lo contrario y escribe lo contrario y predica lo contrario.

Una ciudad pactuaria es una ciudad con pactuarios, y no una ciudad de pactuarios, y es una diferencia de mil por ciento en cualquier plan militar que alguien vaya a hacer.


Karzhar, 11 de enero de 1875.

Segundo recuento, misma calle, mismo intervalo, para control.

Contadas 388. Primera o superior: 179. Proporción: cuarenta y seis por ciento.

Confirma septiembre.

Nota: hice el recuento de septiembre convencida de que iba a encontrar ochenta por ciento. Escribo esto para que quede registrado que mi expectativa estaba equivocada en treinta y cuatro puntos, y que mi expectativa es la expectativa de mi Orden.


Sathkar, 2 de junio de 1875.

Tercer recuento. Calle de la Forja Cuarta, de seis a diez de la mañana, turno de entrada.

Contadas 341.

Primera o superior: 309.

Noventa y uno por ciento.

Y de las 309, tercera etapa o superior: 214.


Nota de la titular, escrita a continuación, con la letra peor:

Sathkar no es Karzhar.

Esto debería ser obvio y no lo es, porque nosotros tratamos a los dos con la misma palabra. Karzhar es una ciudad con pactuarios; Sathkar es una ciudad de pactuarios; y son ciento diez kilómetros de distancia.

La diferencia no es doctrinal. Es de empleo. En Sathkar el pacto es condición de trabajo y está fijado a la puerta de las forjas, y un chico de dieciséis años de Sathkar pacta por la misma razón por la que un chico de dieciséis años de Bernkanton hace aprendizaje: porque es lo que hay.


Sathkar, 19 de septiembre de 1875.

Óbito: Dorn, E., veintiséis años, elemento séptimo. Hemorragia interna por aplastamiento, lado derecho. Diagnóstico del doctor Stelling, con el que concuerdo.

Intervalo entre lesión y óbito: dos horas y diez.

No había nada que hacer. Lo escribo porque dentro de veinte años alguien puede leer esto y preguntarse si lo había.

Hora del óbito: dieciséis y veinte.

No se registró nombre en ningún otro sitio porque no se registran nombres.

Lo registro aquí.


Sathkar, 14 de octubre de 1875.

Óbito observado a distancia, patio de la Forja Séptima. Hombre, unos treinta, quinta etapa. Cayó andando. No hubo convulsión, no hubo queja, no hubo caída de rodillas — cayó entero, como una pieza.

Se lo llevaron en veinte minutos. No hubo parada de trabajo.

Pregunté más tarde a un capataz, por persona interpuesta, qué pasa cuando un expuesto muere en cámara.

Respuesta: se paga el resto de la cuarentena a la casa.


X. El Hombre que Se Quedó Quieto

En noviembre de 1876, Tobias Kranz estuvo sentado a la mesa de una casa de comidas en Sathkar con un hombre de quinta etapa a menos de dos metros de distancia durante una hora y cuarenta minutos.

No lo sabía. Se dio cuenta al cabo de cincuenta minutos.


Kranz había sido Caballero del Sello cuatro campañas y había matado, según su cuenta, entre treinta y cuarenta demonios, y la imprecisión de la cuenta es la cosa que un hombre de fuera nunca entiende: en el Limes no se cuentan, se cuentan después, y el recuento se hace por la munición gastada y es siempre generoso.

Había visto posesión en todas las etapas. Había visto primera etapa en un chico de dieciséis años en una aldea del Limes y había visto quinta dos veces, las dos en combate, las dos a diez metros de distancia, las dos resueltas con munición de Crisma Argénteo por quien tenía munición.

Creía que sabía lo que era.


Lo que la Reformada le había enseñado en 1871, y que los Caballeros no enseñan, es que la quinta etapa no se identifica por el rostro.

Se identifica por la postura.

Un cuerpo humano no se queda quieto. Un hombre sentado a una mesa desplaza el peso cada diez segundos, ajusta el pie, cambia el codo, se rasca, respira hondo una vez cada dos minutos, parpadea a un ritmo que varía con la atención. No repara en nada de eso porque el cuerpo lo hace por su cuenta, para no doler.

Un cuerpo con incomodidad se mueve.

Lo que está en la quinta etapa no tiene incomodidad.


El hombre se llamaba, según el dueño de la casa de comidas, Andrik, y estaba allí casi todas las noches, y era un hombre de unos treinta y dos años, de buena chaqueta, con las manos limpias, que cenaba solo.

Kranz se fijó en él porque era educado con la criada.

Fue eso. No fue frialdad, no fue mirada, no fue ninguna de las cosas que la literatura promete. El hombre le dio las gracias a la criada con una cortesía exacta cuando ella le puso el plato, y Kranz se fijó en él por ser cortés, y se quedó mirando por una razón de oficio sin ninguna sospecha, y al cabo de cincuenta minutos entendió que en cincuenta minutos aquel hombre había cambiado de posición una vez.

Una.

Para llevar la mano al vaso.


Kranz pasó los cincuenta minutos siguientes haciendo una cosa que no se le había pedido y que consta en su informe porque Halt insistió en que constara:

Contó.

De los cincuenta minutos siguientes: cuatro desplazamientos de peso, todos funcionales (vaso tres veces, cuchillo una). Ningún desplazamiento no funcional. Parpadeo regular, intervalo constante, cosa que en persona normal no ocurre. Respiración regular sin suspiro.

Comió todo. Comió con buen apetito y despacio.

Habló con el dueño de la casa a la salida sobre el precio de la leña.

Pagó. Contó el cambio. Lo contó bien.

Dio las buenas noches.


Y después Kranz escribió la cosa que hizo que Halt parara la reunión y leyera dos veces en voz alta:

Este elemento estuvo armado durante toda la observación, con nueve cartuchos consagrados, a distancia de dos metros, sin obstáculo entre los dos.

No disparó, lo cual es correcto y corresponde a orden permanente.

Se hace notar, sin embargo, y es materia de informe y no de fuero íntimo, que este elemento no quiso disparar.

No por miedo. Por no haber nada a lo que apuntar.

Cuatro campañas enseñaron a este elemento a matar aquello cuando aquello viene contra una línea. No enseñaron qué hacer cuando aquello paga la cena y cuenta el cambio bien.

Pido que se registre la insuficiencia de mi formación y no mi vacilación, porque son cosas distintas y la segunda sería materia disciplinaria.


Halt la registró como insuficiencia de formación.

Y después, por separado, en una hoja que no fue transmitida y que se quedó con él y que se encontró en 1878 entre sus papeles, escribió cuatro líneas que son el corazón de este libro:

Kranz tiene razón y la doctrina no.

Nosotros fuimos formados contra un Infierno que ataca. Llevamos dos años viviendo dentro de un Infierno que abre casa de comidas, paga leña, emplea gente y cuenta el cambio.

La doctrina no está equivocada sobre lo que aquello es. Está equivocada sobre lo que aquello hace durante el día.

Y el día es la mayor parte del tiempo.


Fuente — Del segundo informe de la Célula Once

Transmitido por elemento octavo, Vykhrad, 19 de febrero de 1876. Treinta y una folios. Autenticado y transmitido. Es el único informe de la Célula Once que Aurum Roma leyó.


I. Del cumplimiento del mandato.

Se da por establecido el método del beneficio de Mineral Negro y se remite al punto VII.

Se da por establecido el volumen y se remite al punto VIII.

No se da por establecida la existencia o inexistencia de capacidad de producción fuera de Sathkar, y se hace notar que este es el único punto del mandato de 1873 que no se cumplió en dos años, y que este elemento no prevé cumplirlo en tres.


VII. Del método.

Molienda mecánica en nave, diecinueve molinos verticales de piedra, eje central, correa, máquina de vapor a nafta. Produce polvo. El polvo no es el producto.

Exposición del polvo a portador de pacto de cuarta o quinta etapa, en cámara cerrada, durante cuarenta días corridos.

Sin rito. Sin celebrante. Sin fórmula verbal documentada.

La materia y el portador se quedan juntos y el tiempo hace el trabajo.

Este elemento hace notar que la expresión anterior es de autoría del elemento segundo, hospitalaria con facultad, y que este elemento la adopta por no conseguir producir otra mejor.


VII, continuación. De lo que esto significa y que excede el mandato.

Nuestro mineral se consagra por acto. Un purificador se pone delante de una caja, reza, y la cosa queda hecha en cuarenta a sesenta segundos. Es acontecimiento: tiene principio, tiene fin, es cronometrable.

El de ellos se beneficia por exposición. No hay acontecimiento. Hay un cuerpo y un recipiente y cuarenta días.

De lo que se deriva, y este elemento pide que se lea con atención porque es la cosa más importante de estas treinta y una folios:

El beneficio de ellos no consume fe. Consume tiempo de portador.

Y tiempo de portador es una cosa que se compra, que se contrata, que se fija a la puerta y que se paga a la cuarentena, y que —al contrario que la fe— se puede aumentar contratando a más gente.

Nosotros no podemos aumentar nuestra producción contratando. Ellos pueden aumentar la suya.

Es la asimetría central de esta guerra y este elemento no la encontró escrita en ninguna parte de la doctrina de esta casa.


VIII. Del volumen.

Entre nueve mil y once mil arrobas al año.

Destino averiguado: unas cuatro mil ochocientas se quedan en la Heptarquía; el resto sale por Vykhradia y por Velinia en nueve rutas que constan en el anexo.

Se hace notar que el volumen de salida —entre cuatro y seis mil arrobas al año— pasa íntegramente por territorio cristiano o por puerto cristiano, y que por tanto es conocido, y que por tanto alguien de nuestro lado cobra por no verlo.

Este elemento no tiene competencia ni mandato para investigar esa materia y hace notar que existe.


IX. Del coste humano de la operación, por ser materia de método.

Un portador entra en molienda en tercera etapa, típicamente entre los veintidós y los veintiséis años.

Hace nueve a once cuarentenas al año.

Cada cuarentena lo avanza dentro de las cinco etapas por un mecanismo que el elemento segundo describe en anexo clínico y que este elemento no resume por no entenderlo.

Llega a quinta etapa entre los treinta y los treinta y tres.

En quinta etapa sigue trabajando y trabaja mejor, porque la operación exige presencia inmóvil y lo que está en quinta etapa no tiene incomodidad ninguna.

Sathkar no emplea poseídos de quinta a pesar de serlo. Los emplea porque lo son.


XI. De lo que este elemento no consigue explicar.

La Forja Cuarta de Sathkar mantiene cuatro puestos de vigilancia de cámara.

Se exige, por escrito y fijado a la puerta, que los ocupantes no sean pactuados.

El salario es de nueve por cuarentena, contra cuatro y medio de un moledor de tercera, e incluye licencia de salida de la ciudad, que es privilegio.

Los cuatro puestos cuestan, al año, más que los diecinueve moledores juntos.

La función declarada es tocar una campanilla si un expuesto se levanta.

Se preguntó, por persona interpuesta, por qué es necesario que no sean pactuados, y la respuesta obtenida de un capataz, en el mercado, sin que él supiera a quién respondía, fue: «porque un pactuado no se da cuenta».

Este elemento no tiene explicación que presentar.

Registro la pregunta sin responderla, que es lo que este oficio manda hacer cuando no se sabe, y hago notar que es la segunda vez que este elemento lo hace en dos años y que la primera fue sobre el barrio cautivo de Karzhar y que sobre esa fue instruido a no repetir.


XXXI. De la munición.

Consumo en el período: cero.

Total acumulado desde el cruce: cero.

Quedan cuatro mil ochocientos cartuchos.

Se hace notar, por ser la última línea de estas treinta y una folios y por considerarlo este elemento de interés:

Llevamos munición para una guerra y hemos venido a parar a una ciudad con escuelas.


Intervalo — Las Aldeas de en Medio

Entre Karzhar y Sathkar hay ciento diez kilómetros de camino y catorce aldeas, y la Célula Once las atravesó cuatro veces en tres años y no las levantó ninguna vez, porque las aldeas no eran materia del mandato.

Este libro trata de ellas aquí, fuera de orden, en un intervalo, porque fue así como la célula las conoció: de paso, por la ventana de un carro, y sin poder parar nunca.


Lo que hay entre Karzhar y Sathkar no se parece a ninguna de las dos.

Karzhar es mármol y acueducto. Sathkar es humo y latón. Entre las dos hay estepa con trescientos treinta milímetros de lluvia al año, aldeas de diecisiete a doscientas casas, ganado, centeno malo, y una población que un observador de Vykhradia describiría, sin vacilar, como campesinos.

Son campesinos.

Es el problema militar que aquella frontera tiene desde 1790 y que nadie ha resuelto: el pueblo pactuario es indistinguible de campesino vykhradiano, y la infiltración es lo que es porque un hombre de Belikatra puede atravesar el Limes y trabajar seis meses en una granja cristiana sin que nadie le pregunte nada.


Lo que la Célula Once vio en las catorce aldeas, a lo largo de cuatro travesías, fue un gradiente.

Halt lo anotó de cabeza y lo escribió en el informe final en una página que Brecht subrayó dos veces, y es una de las dos o tres cosas verdaderamente nuevas que aquel documento contiene:

La corrupción no es un estado. Es una distancia.


Primera a cuarta aldea contando desde Karzhar — entre cero y treinta y un kilómetros.

Indistinguibles de aldea cristiana. Capilla veherénica en pie, usada, con el interior rehecho y sin imagen ninguna. Plaza, feria del lunes, perro. Señal ocular en cerca de uno de cada seis adultos.

La cuarta tiene escuela. Se hace notar que tiene escuela.


Quinta a novena — entre treinta y uno y setenta kilómetros.

Señal ocular en cerca de uno de cada tres. Capilla cerrada en tres de las cinco, no destruida: cerrada, con la puerta clavada y el tejado mantenido.

Se hace notar que alguien mantiene el tejado de una capilla cerrada desde hace cuarenta años y que nadie en este levantamiento consiguió averiguar quién ni por qué.

Marca de Vicio visible en nuca o muñeca en cerca de uno de cada doce.


Décima a duodécima — entre setenta y noventa y cinco kilómetros.

Señal ocular en la mayoría. Tercera etapa visible —manos oscuras, dedos quemados sin reacción— en número que este elemento no consiguió estimar desde el carro.

Las tres abastecen a Sathkar de ganado y de gente.

Se hace notar lo siguiente, porque es lo que se vio y no lo que se esperaba: estas tres aldeas son las más prósperas de las catorce. Casas de piedra, teja en vez de paja, pozo revestido. La undécima tiene una casa de comidas con cristal en las ventanas.

Quien manda un hijo a la molienda de Sathkar recibe el salario de tercera, y el salario de tercera es cuatro y medio por cuarentena con casa y carne, y once cuarentenas al año es más dinero del que aquella tierra da en centeno.


Decimotercera y decimocuarta — entre noventa y cinco y ciento diez kilómetros.

No se atravesaron a pie y no se pararon.

Observación desde el carro, cuatro pasadas, en tres horas del día distintas.

No se vio niño.


Halt escribió esa última línea y después escribió una segunda, debajo, y después tachó la segunda, y la hoja con el tachón está en el Archivo Cerrado y se lee por debajo:

No se vio niño y no se buscó, y este elemento hace constar que no buscó.


Lo que pasa en la decimotercera y en la decimocuarta aldea del camino de Sathkar, este libro no lo sabe.

No lo sabe porque la Célula Once no paró.

Y no paró porque el mandato decía sitios, volumen, método, mano de obra, destino, y porque parar un carro de carga en una aldea de camino a once kilómetros de Sathkar, sin motivo comercial, es la cosa más visible que cinco extranjeros podían haber hecho en aquel territorio, y habría acabado con la célula en 1875 y este informe no existiría.

Halt tomó la decisión en julio de 1875, solo, y se la comunicó a la célula en tres palabras — no se para — y nadie discutió, porque era correcto.


Es correcto y es la cosa que menos le gusta a este libro, y hay que decirlo con la misma sequedad con la que ellos la vivieron:

La Célula Once pasó cuatro veces por delante de dos aldeas donde no se veía niño y siguió, y siguió por una razón profesional correcta, y fue por seguir por lo que trajo el resto.

Mira Solvang escribió, en el cuaderno, el 11 de agosto de 1876, después de la cuarta pasada, tres líneas que son la única cosa en todo aquel cuaderno que no es una medición:

Cuarta pasada. Igual.

Voto de Tratamiento Indistinto: se trata a quien llegue.

No llegó nadie, porque nosotros no paramos, y mi Orden no tiene voto ninguno sobre eso.


Y hay una última cosa sobre las aldeas y es la que se le quedó a Halt.

En la tercera aldea —a treinta y un kilómetros de Karzhar, la que tiene escuela, la que es indistinguible de aldea cristiana— el carro paró por avería de eje en septiembre de 1876, y la célula tuvo que esperar cuatro horas.

Halt se sentó en un muro.

Y una mujer de unos sesenta años salió de una casa, cruzó la calle, le dio un jarro de agua, y se quedó allí hablando con él unos diez minutos sobre el tiempo y sobre el precio del centeno, en veherénico corriente que él apenas entendía, y no le preguntó de dónde venía ni adónde iba.

Y cuando él se levantó para irse, ella le dijo una cosa que Reiner le tradujo después, en el carro, y que Halt puso en el informe final sin comentario ninguno, al final de la página de las aldeas, aislada:

Vaya con Dios.


ACTO III — LO QUE ESTABA DEBAJO

XI. Las Nueve Palabras

En enero de 1876, Osvald Reiner tenía nueve palabras y ninguna explicación, y las tenía desde hacía diecinueve meses.

Nueve palabras de la liturgia veherénica que la ciudad de Karzhar había dejado de necesitar. Sin sustituto, sin prohibición, sin rastro de represión: simplemente fuera de uso, como si una población entera hubiera decidido, al mismo tiempo y sin ponerse de acuerdo, que aquellas cosas no hacían falta.

Y después, en un velatorio, oyó una de ellas.


El velatorio era de una mujer de setenta y un años —lo que en Karzhar es edad de prodigio y junta gente— y Reiner estaba allí porque un velatorio de gente vieja es el único sitio de la Heptarquía donde se habla veherénico antiguo en voz alta sin que nadie lo extrañe.

Había unas cuarenta personas. Era de noche. Había comida.

Y en cierto momento una mujer de unos sesenta años, junto al ataúd, dijo una frase de nueve sílabas en voz muy baja, y Reiner, que estaba a cuatro metros, la oyó porque había pasado diecinueve meses escuchando y porque había oído aquella frase por primera vez en una cocina en Aurum Roma a los nueve años.

Era el cierre del Rito Veherénico.

No es una oración entera. Es la última línea, la que se dice después de callar y antes de levantar los ojos, y usa dos de las nueve palabras — la palabra para el silencio guardado y la palabra para perdonar sin que se haya pedido.


Nadie alrededor reaccionó.

Es el punto. Reiner miró a las cuarenta personas y ninguna de ellas parpadeó, y había allí gente con el tatuaje de Luzhar en la nuca a la vista, y lo que Reiner entendió en aquel instante, y escribió en octubre del mismo año en Aurum Roma en una declaración que no le habían pedido, fue esto:

Ellos no saben lo que ella dijo.

Saben que es una cosa que se dice en un velatorio. Saben que la abuela la decía. No saben que es una oración, no saben de quién es la oración, y no saben —y es esto lo que me quitó el sueño durante dieciocho meses— que aquello, dicho con fe genuina, quiebra el pacto.

Está prohibido en Karzhar desde 1831 y es el único crimen capital de la ciudad.

Y se está diciendo en velatorio, todas las semanas, por gente que no sabe que lo está diciendo, delante de pactuarios que no saben que lo están oyendo.


La resistencia litúrgica de Karzhar se transmite de memoria, sin escritura, desde hace cuatro generaciones.

No es una organización. Reiner la buscó durante dieciocho meses con todos los métodos que la Reformada enseña, y su conclusión —que es la conclusión correcta y que la Reformada, cuando la leyó, no supo qué hacer con ella— es que no hay organización ninguna.

Hay abuelas.

Hay mujeres viejas que enseñaron a la nieta o al nieto hacia los nueve años, en la cocina, sin explicar, y que mandaron no escribir, y que se murieron.

Cuatro generaciones de transmisión oral sin estructura, sin líder, sin doctrina y sin finalidad declarada, y el resultado al cabo de cuatro generaciones es lo que le pasa siempre a la transmisión oral sin estructura:

la versión está equivocada.


Reiner estableció la extensión del error a lo largo de 1876, comparando once versiones recogidas en velatorio con la versión que su abuela le había enseñado en 1839 —que era ella misma ya una versión de tercera generación y por tanto ya estaba equivocada.

Faltaban catorce líneas de cuarenta y una.

Tres palabras estaban cambiadas por homófonas de sentido distinto.

El orden de dos estrofas estaba invertido.

Y la invocación inicial, que en la liturgia veherénica nombra a tres Arcángeles por orden, había perdido el tercero y nadie se había dado cuenta porque la rima seguía cerrando sin él.


Y funciona igualmente.

Es el hecho y Reiner lo verificó del único modo que había de verificarlo, y la manera como lo verificó es la cosa más peligrosa que un miembro de la Célula Once hizo en tres años.

En abril de 1876 encontró a un hombre de segunda etapa —las venas de las manos oscurecidas, el blanco del ojo amarillo en el borde desde hacía ocho años, moledor en la Forja Séptima, cuarenta y un años— que iba a velatorios.

Reiner pasó tres meses acercándose a él. No lo reclutó, no se reveló, no le dijo quién era. Bebió con él catorce veces.

Y en julio de 1876, en un velatorio, se sentó a su lado y dijo el cierre del Rito en voz baja, en la versión correcta, con las catorce líneas todas y el tercer Arcángel en su sitio.

Y lo dijo con fe.


Reiner escribió, sobre ese punto, la única frase autobiográfica del informe entero:

Se hace notar que este elemento tuvo que rezar en serio, y que no rezaba en serio desde los diecinueve años, y que no esperaba conseguirlo.


El hombre a su lado no hizo nada durante nueve segundos.

Después se llevó la mano a la nuca, donde no tenía tatuaje ninguno porque era moledor y no casta de rito, y se quedó con la mano allí, y Reiner vio —a cuatro palmos, con luz de vela, e insistió en este detalle en tres documentos distintos— el blanco de su ojo limpiándose del borde hacia dentro.

Llevó, en su estimación, entre cuarenta minutos y una hora.

El hombre no dijo nada y no lo miró y no volvió a mirarlo nunca más.

Al cabo de una hora se levantó y salió del velatorio y Reiner no volvió a verlo, y lo buscó tres veces en la Forja Séptima y le dijeron que ya no trabajaba allí.


Lo que le pasó a aquel hombre después es la cosa que este libro no sabe y es la cosa que Reiner cargó hasta morir.

Una de dos: o salió de Karzhar y es uno de los cuatro mil y pico cristianos sin papeles que aparecen en Vykhradia todos los años y que nadie cuenta.

O no salió, y un hombre de segunda etapa que deja de estar en segunda etapa, en una ciudad donde el pacto se registra y la etapa es condición de empleo, tiene entre dos y nueve días.

Reiner escribió, al final:

No volví a hacerlo.

No por disciplina. Queda registrado que no fue por disciplina.


Intervalo — El Interrogatorio de Osvald Reiner

En agosto de 1876, tres semanas después del velatorio, Jerzy Halt interrogó a Osvald Reiner durante seis horas.

No es figura de estilo y no fue una conversación. Fue un interrogatorio de la Inquisición Reformada, con la estructura de la casa, hecho por un jefe de célula a un subordinado, en una sala cerrada, en un país enemigo, sin nadie de fuera.

Es la única escena de este libro en que la Célula Once hace lo que aquella Orden hace.


Reiner había cometido tres irregularidades y las sabía, y se presentó sin que se lo pidieran, y hay que decirlo porque cambia la lectura de todo lo que sigue: fue él quien pidió el interrogatorio.

Las tres, por el orden en que él mismo las listó:

Estableció contacto continuado con un natural, durante tres meses, sin autorización.

Practicó acto religioso en público en territorio enemigo.

Alteró la condición de un natural —le quebró el pacto— sin orden, sin plan de extracción y sin capacidad de protegerlo después.


Halt empezó por donde la casa manda empezar, que es el hecho, y tardó dos horas en establecerlo, y no levantó la voz ni una vez.

Cuántas veces bebió con él. Dónde. En qué orden. Quién los vio. Quién ha podido verlos. Qué sabía el hombre de Reiner y qué podía deducir.

Reiner respondió a todo, completo, sin atenuar, y Halt anotó de cabeza, y al cabo de dos horas había establecido que el riesgo operativo era bajo — el hombre no sabía nada, no podía deducir nada, y había desaparecido.

Podía haber parado allí.


No paró porque estaba la tercera cosa.

— Reverendo — dijo Halt, y usó el tratamiento a propósito y fue la única vez en tres años que lo usó —, usted rezó.

— Recé.

— En serio.

— En serio.

— Usted me dijo en 1874, el primer mes, que no rezaba en serio desde los diecinueve años.

— Lo dije. Era verdad.

— Y en julio rezó.

— Recé.

Halt esperó.

— No es acusación — dijo. — Necesito entender el mecanismo y no tengo por dónde. Es la única cosa en tres años que no consigo poner en una hoja.


Y Reiner le dio la respuesta, y la respuesta llevó cuarenta minutos y Halt se la hizo repetir tres veces, y lo que quedó está en el informe final en un apéndice que Brecht leyó dos veces y subrayó:

— Yo no recé a aquello en lo que creo — dijo Reiner. — Yo no creo en nada, señor primero. Eso no cambió en julio y no ha cambiado ahora.

— ¿Entonces qué?

— Yo recé a mi abuela.


Halt no dijo nada.

— Usted va a escribir eso como confusión de un hombre cansado — dijo Reiner. — Le pido que no lo escriba, porque es exacto y yo he pensado en esto tres semanas.

Las palabras de aquella oración no las aprendí en seminario. Las aprendí en una cocina en Aurum Roma, a los nueve años, con una mujer que murió en 1847 y que había nacido en Karzhar en 1771 y que salió de allí a los quince años a pie.

Cuando yo digo aquellas cuarenta y una líneas, yo no estoy invocando. Estoy haciendo una cosa que ella me mandó hacer.

Y creo en ella. En eso creo. Creo que existió y que me enseñó aquello por una razón y que la razón era buena, y creo en eso del modo entero y sin reserva con que un hombre de fe cree en lo que cree.

Si el mecanismo es ese, entonces no es fe en Dios. Es fe en alguien que tuvo fe en Dios, y es la segunda mejor cosa, y por lo visto basta.


Halt hizo la pregunta siguiente muy deprisa, lo que era inusual en él:

— ¿Basta siempre?

— No lo sé.

— Si yo me pusiera a decir aquello — y Halt paró, y este libro hace notar la parada porque Petra Vahl, que estaba del otro lado de la puerta haciendo guardia, la oyó y la registró —, si yo me pusiera a decir aquello, ¿cree que funcionaría?

Reiner tardó.

— No.

— Porque no tengo fe.

— Porque usted no tiene a nadie — dijo Reiner.


Hubo un silencio que Vahl estimó en más de un minuto.

Y después Jerzy Halt, que tenía cincuenta y tres años y diecinueve de servicio y que nunca había despertado un cartucho en su vida, hizo la cosa más profesional y más fría y más dolorosa que este libro registra, y la hizo sin una pausa:

Volvió al hecho.

— Vamos otra vez al hombre — dijo. — ¿Cuándo salió del velatorio exactamente, en relación con usted?

Y lo interrogó tres horas más.


Al final, a la una de la madrugada, Halt cerró la materia con la fórmula de la casa, que consta en manual y que se dice siempre igual:

— Queda establecido y no se vuelve.

Y después añadió una cosa que no consta en manual ninguno:

— No lo haga otra vez. No por disciplina.

— ¿Entonces por qué?

— Porque usted tiene cuarenta y seis años y yo tengo cincuenta y tres y todavía nos quedan ocho meses, y yo no tengo quien lo sustituya. — Halt se levantó. — Esa es la razón entera y no tengo otra y no voy a fingir que la tengo.


Y Reiner escribió, mucho después, en la declaración de 1876 que entregó en Aurum Roma antes del último viaje:

El jefe de mi célula es el hombre menos creyente que he conocido y es el hombre más decente con quien he trabajado, y yo pasé tres años sin conseguir poner las dos cosas juntas.

Las pongo ahora y es simple: él no hace aquello por Dios. Lo hace por nosotros seis, que es una cosa que él consigue ver.

Mi Orden llama a eso ausencia de fe y lo descalifica para consagrar mineral.

Tiene razón en la segunda parte.


Fuente — De las Pruebas de Discernimiento

Inquisición Reformada, manual de campo, edición de 1859, capítulo cuarto. Documento interno, no clasificado, distribuido a todas las células. Es el texto que cualquier inquisidor sabe de memoria y la única cosa que aquella Orden tiene que se parezca a doctrina publicada.


De las seis pruebas.

Prueba primera — del ojo. Examínese el borde de la esclerótica a luz de vela, nunca a luz de Lumen, que altera. El amarilleamiento del borde es señal de primera etapa y es la única señal que precede al alojamiento.

Prueba segunda — de la vena. Examínese el dorso de la mano y el cuello a luz de Hashmalita. Oscurecimiento verde-azulado con brillo indica segunda.

Prueba tercera — del dolor. Aplíquese calor o punta a las extremidades. La ausencia de retirada refleja indica tercera. Se hace notar que esta prueba es cruel y que no se use sino en detención, y que un hombre simuló ausencia de retirada en Vallium en 1849 y que la simulación es posible y está documentada.

Prueba cuarta — de la cicatriz. Examínense heridas antiguas. Cierre rápido y en relieve indica cuarta.

Prueba quinta — de la postura. Obsérvese al sujeto sentado, sin que lo sepa, durante no menos de una hora. Regístrese el número de desplazamientos de peso no funcionales. Un sujeto humano en reposo desplaza el peso no menos de seis veces por hora. La ausencia indica quinta.

Prueba sexta — del nombre. Pregúntese al sujeto su nombre propio y el nombre de su madre, en intervalo de no menos de dos horas, y compárese la entonación. Se hace notar que esta prueba no tiene fundamento establecido y que consta por tradición de casa y que se mantiene por dar resultado.


De la aplicación.

Ninguna prueba es concluyente aislada.

Dos pruebas concordantes fundamentan detención. Tres fundamentan eliminación del portador.

Se hace notar que la Orden no dispone de prueba que distinga pacto consentido de posesión forzada, y que esta distinción, siendo de primera importancia moral, no es de ninguna importancia operativa, y que es por eso por lo que no se investiga.


[Anotación manuscrita al margen del ejemplar de la Célula Once, letra de Jerzy Halt, sin fecha, probablemente 1876:]

Ninguna de estas seis sirve al este del Limes.

Primera: no se esconde, luego no es detección, es recuento.

Segunda: ídem.

Tercera: prohibida por inutilidad — la mitad de la población adulta de Sathkar es tercera.

Cuarta y quinta: valen, y valen mucho, y son las únicas.

Sexta: la aplicamos dos veces y las dos dio resultado y las dos no teníamos manera de verificarlo, lo cual es lo mismo que no haber dado resultado ninguno.

Conclusión: el manual de 1859 fue escrito para cazar a un pactuario escondido en una ciudad cristiana y funciona bien para eso. No existe manual ninguno para una ciudad donde no está escondido.

Somos la Orden que ve y vinimos al único sitio donde no hay nada que descubrir, porque está todo a la vista y fijado a la puerta.


Fuente — De los tres puntos muertos

Deposiciones anónimas recibidas por la Célula Once en Sathkar entre 1874 y 1877, atribuidas al elemento noveno. Sin firma, sin identificación, sin fecha en trece de las diecinueve. Transcritas de memoria por Petra Vahl en Vykhrad, julio de 1877. La transcripción es el único registro que existe.


El método era este y es el método más antiguo que aquel oficio tiene.

Un punto muerto es un sitio convenido donde una persona deja y otra recoge, sin que las dos se vean nunca. No hay contraseña, no hay encuentro, no hay fallo posible de identificación porque no hay identificación ninguna.

La Célula Once tenía tres, y los tres le fueron indicados en el despacho de constitución, y Halt nunca supo quién los había escogido.

Uno detrás de una piedra suelta en la pared de un lavadero público.

Uno debajo de la tercera tabla de una pasarela sobre una alcantarilla.

Uno en una grieta de muro de cementerio, en el cuadrante sur, entre la cuarta y la quinta tumba de la fila de arriba.


Recogieron diecinueve deposiciones en tres años y dos meses.

Ninguna tenía firma. Ninguna tenía saludo. Ninguna tenía una sola palabra que no fuera información, y es por eso por lo que la transcripción de Vahl es lo que es: diecinueve bloques de texto sin persona ninguna dentro.

Halt intentó, en 1875, deducir quién era.

Pasó tres semanas en eso y después paró y escribió, en la hoja que se quedó con él:

Paré porque el ejercicio es vanidad y porque, si lo consiguiera, habría puesto en riesgo a una persona que sobrevive desde hace siete años en aquel sitio por no ser deducible.

Sé tres cosas y ninguna de ellas sirve para identificarla.

Sabe escribir en veherénico corriente y en latín eclesial. Tiene acceso a información de casa de contrato y a información de forja, que son dos mundos que no se cruzan. Y nunca, en diecinueve deposiciones, usó el pronombre de primera persona.


Deposición tercera. Sin fecha, probablemente otoño de 1874.

Forja Cuarta: nueve cámaras de exposición, no siete. La numeración pública da siete. Las dos restantes constan en la hoja de cargas y no constan en la hoja de producción.

La hoja de cargas la pide la Casa de Contrato de Karzhar todos los años en enero. La hoja de producción no.


Deposición sexta. Sin fecha, probablemente 1875.

El puesto de vigilancia de cámara se creó en 1866. Antes de 1866 no existía.

En 1866 hubo, en la Forja Cuarta, un acontecimiento del que no hay registro escrito y del que hay tres versiones orales entre capataces antiguos. Las tres versiones concuerdan en dos puntos: fue en la cámara octava, y murieron catorce personas.

Ninguna de las tres versiones dice que fuera un accidente.


Deposición novena. 11 de noviembre de 1876 — la única fechada por extenso.

Hoy entraron en la cámara octava, a la hora de costumbre, solo dos personas.

El tercero —el más joven, el que carga la caja— no entró y no estaba.

Salieron al cabo de cincuenta minutos en vez de las cuatro a seis horas de costumbre, y salieron discutiendo, en veherénico antiguo, y la palabra que se repitió cuatro veces fue «término».

El tercero apareció otra vez el 19 de noviembre y desde entonces todo igual.

Se hace notar sin interpretación.


Deposición decimocuarta. Sin fecha, probablemente finales de 1876.

Fue pedida por Karzhar, en oficio de Consejo, copia íntegra de la hoja de cargas de la Forja Cuarta con discriminación por cámara.

Sathkar respondió con la hoja global y sin discriminación.

Karzhar insistió por segunda vez en noviembre.

Sathkar no respondió a la segunda.


Deposición decimoséptima. Sin fecha, probablemente marzo de 1877 — la penúltima.

El Consejo de Karzhar suspendió por circular todas las celebraciones de pacto nuevo en la ciudad por noventa días, a contar desde el 11 de marzo.

Razón declarada: reordenamiento de registro.

Razón real: no es materia de esta deposición y quien la reciba sabrá.

Se hace notar que la suspensión no se aplica a Sathkar y que Sathkar no la pidió ni la acompañó.


Deposición decimonovena. La última. Recogida en el punto del cementerio el 7 de junio de 1877, dos días antes de la salida.

Se sale.

No se busque confirmación de nada de lo que va en las dieciocho anteriores, porque no la hay y porque buscarla ahora es perder gente.

Llévese lo que se tiene.

Lo que quede queda con quien queda.


[Petra Vahl, al transcribir esta última en Vykhrad, añadió entre paréntesis una línea que es suya y que declaró como siendo suya:]

(Es la única de las diecinueve que sabe que somos personas.)


XII. Lo Que Sathkar No Quiere que Ocurra

La pregunta de Halt se quedó diecisiete meses sin respuesta, y la respuesta llegó por el canal más banal que existe, que es el canal por donde llega siempre todo: por la contabilidad.

Porque los cuatro hombres no pactuados que ganan nueve por cuarentena para vigilar cámaras de exposición y tocar una campanilla si un expuesto se levanta no son un secreto.

Son un gasto.

Y un gasto consta.


Halt pasó el año de 1876 construyendo, de cabeza y con Vahl guardando la mitad, la hoja de cargas de la Forja Cuarta de Sathkar. No consiguió los libros —nunca consiguió los libros, y se hace notar en el informe— pero consiguió lo suficiente para lo que un contable llama hoja por composición: se sabe cuántos puestos hay, se sabe el salario de cada puesto porque está fijado a la puerta, se multiplica.

La Forja Cuarta emplea, en 1876, a unas trescientas cuarenta personas.

Los cuatro vigilantes de cámara cuestan, al año, más que los diecinueve moledores juntos.


Y está la segunda cosa, y fue la segunda cosa la que hizo que Halt se quedara despierto.

La Forja Cuarta tiene nueve cámaras de exposición y cuatro vigilantes.

No hay vigilancia permanente en nueve cámaras con cuatro hombres. Un turno de doce horas con cuatro hombres da, con descansos, cobertura de dos cámaras cada vez.

Entonces o la vigilancia es aleatoria, y en ese caso es disuasión y no es protección.

O —y Halt llegó aquí en octubre de 1876 y fue el mejor razonamiento de su vida— las nueve cámaras no son iguales.


Cuatro hombres cubren dos cámaras.

Vahl tenía el trazado memorizado de enero del mismo año: nueve cámaras, en dos filas, cinco de un lado y cuatro del otro, todas del mismo tamaño, todas con la misma puerta.

Halt mandó a Kranz y a Stelling establecer, a lo largo de nueve semanas, cuáles.

Lo hicieron de la manera más estúpida y más eficaz que existe: contaron quién entraba y salía por la puerta de servicio y a qué horas, durante nueve semanas, en turnos alternados, escondidos en un taller del otro lado de la calle, con una rendija.

Y el resultado es el hallazgo central de este libro.


Siete de las nueve cámaras funcionan como Solvang había descrito: entran expuestos de cuarta y quinta etapa, se quedan cuarenta días, sale polvo beneficiado.

Dos no.

Las dos cámaras del extremo de la fila corta —la octava y la novena, en la numeración de la casa— tienen, en nueve semanas de observación:

Entrada de material: ninguna.

Salida de material: ninguna.

Entrada de personas: tres, siempre las mismas tres, siempre a la misma hora, siempre juntas.

Y los cuatro vigilantes bien pagados están siempre en esas dos.


Halt lo llevó a la célula en diciembre de 1876, en una sala encima de un establo, con los cinco que quedaban alrededor de una mesa sin nada encima, porque no se escribe en campo.

— Hay dos cámaras que no producen — dijo. — Nos cuestan más que la nave de molienda entera. Tienen vigilancia permanente y la vigilancia es de gente limpia. Y entran allí tres personas, siempre las mismas, todos los días, a la misma hora.

— ¿Cuánto tiempo se quedan? — preguntó Solvang.

— Entre cuatro y seis horas.

— ¿Haciendo qué?

— No lo sé.

Vahl habló por primera vez en veinte minutos.

— Señor primero — dijo. — Usted preguntó qué es lo que Sathkar no quiere que ocurra.

— Lo pregunté.

— Está haciendo la pregunta equivocada desde hace diecisiete meses.


Halt esperó.

— La vigilancia no es para impedir que los expuestos hagan algo — dijo Vahl. — Los expuestos de las siete cámaras normales también son de quinta etapa y no tienen vigilancia ninguna.

— Continúe.

— La vigilancia está en las dos cámaras donde no hay producción. Y hay allí gente limpia porque un pactuado no se da cuenta — fue eso lo que dijo el capataz y nosotros lo entendimos al revés.

Vahl posó las dos manos en la mesa.

— No es que un pactuado no se dé cuenta de que el expuesto se levanta.

— Es que un pactuado no se da cuenta de lo que está ahí dentro.


Hubo un silencio de unos quince segundos que Vahl registró de cabeza y que todavía constaba en el informe en 1877.

— Aquello no son cámaras de exposición — dijo Halt.

— No.

— ¿Qué son?

Y Petra Vahl, que había pasado doce años en el Archivo Cerrado yendo a buscar cajas para que otras personas las leyeran, dijo la frase que la puso en este libro:

— Son lo mismo que las nuestras. Son el sitio donde se guarda una cosa que no puede estar suelta y que no se puede matar.


Intervalo — Nueve Semanas en una Rendija

El trabajo que estableció el hallazgo central de este libro lo hicieron dos hombres mirando por una rendija de tabla durante nueve semanas, en turnos de seis horas, en un taller de guarnicionero alquilado del otro lado de la calle de la Forja Cuarta de Sathkar.

Costó once ducados aurelios de alquiler y se asentó en diversos.


El taller era real. Hay que decir esto porque es lo que hace que la cosa funcione: Halt no alquiló un cuarto vacío. Alquiló un taller de guarnicionero, puso allí cuero, puso allí banco y herramienta, y el taller trabajó nueve semanas y vendió correas.

Quien trabajaba era Kranz, que no sabía trabajar el cuero y que aprendió lo suficiente en dos semanas para hacer correa gruesa de carro, que es la cosa más simple que aquel oficio tiene.

Hizo y vendió setenta y una correas en nueve semanas.

Daba pérdidas. Halt asentó las pérdidas en diversos también, y es la única vez en tres ejercicios en que la casa de cuero tuvo una línea en rojo, y ahí está.


La rendija estaba entre la segunda y la tercera tabla de la pared norte, a la altura del pecho, y daba a la puerta de servicio de la Forja Cuarta, a once metros.

No se veía la puerta entera. Se veía una franja de metro y medio de ancho, y quien pasara la puerta atravesaba la franja en cerca de un segundo y medio.

Un segundo y medio, once metros, luz de latón, nueve semanas.


El método fue de Vahl y es el método del Archivo Cerrado aplicado a una puerta.

Entrada. Hora al minuto. Número de personas. Dirección. Carga sí o no. Grado de confianza.

Kranz y Stelling hicieron turnos de seis horas, de las cinco de la mañana a las cinco de la tarde, alternados, y de las cinco de la tarde a las cinco de la mañana no se observó, lo cual es una laguna y está declarada en el informe y Halt hizo notar que lo estaba.

Nueve semanas. Sesenta y tres días. Setecientas cincuenta y seis horas de observación declarada.


Kranz, que había sido Caballero del Sello y que había hecho cuatro campañas y que había matado entre treinta y cuarenta demonios, describió aquellas nueve semanas, en su informe, en cuatro palabras:

Fue el peor servicio.

Y después, porque Halt le mandó desarrollar:

Una campaña de verano son diez semanas y en ellas hay tres días de combate y sesenta y siete de marcha, y los sesenta y siete son aburridos y todo el mundo lo sabe.

Esto fueron nueve semanas de sesenta y tres días de sesenta y tres, y en cada uno de ellos yo tenía que estar exactamente igual de atento a la quinta hora que a la primera, porque la cosa que importaba pasaba en un segundo y medio y pasaba una vez al día y yo no sabía cuándo.

Un hombre aguanta dos horas así. Yo hice seis al día durante nueve semanas y fallé, y sé que fallé, y no sé cuántas veces.

Hago notar que fallé porque es la única cosa útil que puedo decir sobre esta observación: los números que van en estas hojas son mínimos y no son exactos, y quien los use debe usarlos como mínimos.


Lo que los dos establecieron, en setecientas cincuenta y seis horas, fue esto y cabe en nueve líneas.

Cámaras primera a séptima: entrada de material en saca, al ritmo de cuatro a seis sacas por día. Entrada y salida de expuestos en ciclos de cuarenta días. Salida de material en barril sellado, en media cada treinta y nueve a cuarenta y dos días por cámara.

Cámaras octava y novena: ninguna entrada de material en nueve semanas. Ninguna salida de material en nueve semanas.

Entrada de personas en la octava y en la novena: tres, siempre las mismas tres, siempre entre las siete y cuarto y las siete y media de la mañana, sesenta y uno de los sesenta y tres días.

En los dos días en que no entraron tres, entraron dos — y una de esas ocasiones es el 11 de noviembre de 1876, que es la única deposición fechada por extenso del elemento noveno, lo cual le da a esa deposición un segundo grado de confirmación que Vahl registró con evidente satisfacción profesional.

Salida: entre las once y media y la una y media. Cuatro a seis horas.

Carga: el más joven de los tres lleva una caja a la entrada. Trae la misma caja a la salida. La caja tiene cerca de medio metro y se lleva con las dos manos y por el fondo, lo cual —y esta es la observación de Kranz y es la mejor cosa que hizo en tres años— indica peso o indica cuidado, y un hombre que carga así sesenta y una veces no está fingiendo ninguno de los dos.


Y está la cosa que Stelling vio y que Kranz no vio, y que solo entró en el informe porque Stelling insistió contra la opinión de Halt.

Stelling era médico y pasó la vida mirando cuerpos y veía otra cosa cuando miraba una puerta.

Escribió:

Hago notar, y lo hago sabiendo que el elemento primero considera esto conjetura, y acepto la clasificación de quinto grado:

Los tres que entran en la octava y en la novena andan mal.

No cojean, no se apoyan y no son viejos con excepción de uno. Andan demasiado despacio para la distancia, y los tres de la misma manera, y el más joven tiene dieciocho o diecinueve años.

Un muchacho de diecinueve años no anda de aquella manera en ningún sitio del mundo, a no ser que se esté ahorrando.

No sé de qué y no tengo cómo saberlo, y por eso va en quinto grado.

Pero yo lo vi sesenta y una veces y a partir de la vigésima dejé de conseguir mirar otra cosa.


Halt lo clasificó en quinto grado y mandó que constara.

Y añadió, debajo, cuatro palabras que son suyas y que son la última cosa que este libro tiene que decir sobre las dos cámaras:

Yo tampoco consigo.


XIII. Diecinueve Cajas

Esa noche Petra Vahl no durmió y no fue por miedo. Fue porque tenía una cosa en la cabeza desde 1873 y solo aquella noche entendió dónde encajaba.

Diecinueve cajas.

Abiertas en 1854, grado seis, sobre estandartes, y nunca pedidas por nadie en doce años de circulación libre.


Lo que hay que entender, y es la clave, es que el Archivo Cerrado no es grande.

Toda la gente de fuera imagina una cosa infinita. No lo es. Son cuatro salas en sótano, en Aurum Roma, con cerca de once mil cajas, y once mil cajas es el archivo de una compañía de seguros de dimensión media.

La Inquisición Reformada vio poco en cincuenta años. Es la información más incómoda que existe sobre aquella casa y Vahl la sabía porque había andado allí dentro.

En una colección de once mil cajas, diecinueve sobre un único asunto es una obsesión.

Y el grado seis no se da por peligro. El grado seis se da por una de dos cosas: o porque revela método de la casa, o porque es desmoralizador.


Vahl pasó la noche reconstruyendo de memoria lo que había visto del lado de fuera de aquellas cajas en doce años de pasar por delante de ellas.

Rótulos de lomo. Fue lo único que tuvo.

ESTANDARTES — I — LUZHAR — KARZHAR ESTANDARTES — II — ASMOTETH ESTANDARTES — III — BELZEBAR ESTANDARTES — IV — LEVIATH — SERIE DE COPIAS ESTANDARTES — V — BELIFOR ESTANDARTES — VI — MAMMEN ESTANDARTES — VII — SATHNAR

Siete cajas, una por Príncipe.

Y las otras doce.

CONCURRENCIAS — 1780-1854 — POR CAMPO

Doce cajas sobre concurrencias.


Vahl no había leído una línea de aquello y no lo necesitó.

Un levantamiento de estandartes que ocupa siete cajas y un levantamiento de concurrencias por campo que ocupa doce, abierto en 1854, dos años después de Ferrumkar, clasificado en el grado más alto y nunca consultado.

Concurrencia por campo quiere decir: cuáles aparecieron juntos, dónde, cuándo.


Ella se lo dijo a Halt a la mañana siguiente, en una calle, andando, que era como aquella gente hablaba de cosas grandes.

— Señor primero, ¿cuántos Príncipes aparecieron en el mismo campo de batalla al mismo tiempo?

Halt anduvo unos diez pasos antes de responder.

— No es materia nuestra.

— No he preguntado si era materia nuestra.

— Cuatro — dijo Halt. — En el Vado de Strazhka, en 1783. Es el máximo registrado y es de conocimiento común de cualquier oficial que haya leído el informe de Strazhka, que es público.

— ¿Y desde entonces?

— Tres. Dos veces, creo.

— Y la Reformada abrió diecinueve cajas sobre eso en 1854 y las clasificó en grado seis.

Halt dejó de andar.


Y aquí está la cosa, y este libro pide que se lea despacio porque es la bisagra:

La conclusión está disponible para cualquier oficial que sepa contar.

Si el Infierno pudiera juntar a los siete, ya lo habría hecho. Ciento diez años de guerra y el máximo jamás puesto en el mismo campo fueron cuatro, una vez, el primer año.

El Infierno no es un imperio.

Son siete cortes que no se soportan, con siete estandartes que ni siquiera alinean, y un ejército bajo los siete no consigue formar porque no hay manera física de poner un espejo, una seda de treinta metros, un fardo de cuero arrastrado y una hoja de papel en la misma línea de frente.

La Reformada estableció esto en 1854 y lo clasificó en el grado más alto.

No por ser peligroso. Por ser desmoralizador al revés.

Un soldado que descubre que el enemigo es débil se pregunta por qué la guerra dura desde hace un siglo.


— Usted lo sabía — dijo Vahl.

— Sabía la cuenta. No sabía de las cajas.

— Y nunca lo dijo.

Halt la miró y le dio la respuesta que es la respuesta de aquella casa y que dio sin defenderse, que era lo que lo hacía un hombre difícil de odiar:

— Nunca lo dije porque no me lo preguntaron, y porque si me lo hubieran preguntado yo habría dado la misma respuesta que da la doctrina, y porque la doctrina, en este punto, tiene razón.

— ¿Tiene razón al esconder que el enemigo es débil?

— Tiene razón al esconder que el enemigo está dividido — dijo Halt. — Que es otra cosa y es mucho peor.


Fuente — De la declaración de Osvald Reiner sobre la ciudad de Karzhar

Entregada por él en Aurum Roma en octubre de 1876, durante la licencia de tres semanas que la célula disfrutó a mitad del mandato, a la Secretaría de Células, sin que se le hubiera pedido. Diecinueve folios. No fue publicada, no fue transmitida a nadie y no fue respondida. Consta en el Archivo Cerrado, en caja propia, y es la única pieza de la Célula Once que entró allí por la vía normal.


De la razón de esta declaración.

No me ha sido pedida y voy a decir por qué la hago.

Yo tengo cuarenta y seis años y voy a volver allí en noviembre y hay una probabilidad que yo calculo en cerca de un tercio de no volver de allí.

Y hay una cosa que yo sé y que solo yo sé en esta casa, y que no cabe en informe porque el informe pide hecho y esto no es hecho, es entendimiento. Si no la escribo ahora, muere conmigo y esta Orden se queda noventa años sin ella.

Pido perdón por el tono. No sé escribir esto de otra manera.


De lo que Karzhar no es.

Karzhar no es un campamento, no es una fortaleza, no es un antro y no es una corte de horrores.

Es una ciudad de doscientos mil habitantes con acueducto en funcionamiento, cuatro mercados diarios, sistema de alcantarillado mejor que el de Vykhrad, dos casas de baños públicos, una compañía de teatro estable y cerca de cuarenta escuelas.

Tiene escuelas, Excelencia. Tiene escuelas con profesor pagado y clase de treinta y programa fijado a la puerta.

Yo estuve a la puerta de una, en la Calle del Tercer Acueducto, en mayo, y oí a treinta niños recitar la tabla de multiplicar en veherénico, y estuve allí once minutos, y no conseguí salir de allí con la cabeza ordenada y no lo consigo hasta hoy.


De lo que se enseña en esas escuelas.

Averigüé el programa. No es secreto; está fijado a la puerta.

Lectura, escritura, cuentas, historia de Veheran, geografía del continente, y una asignatura llamada «del instrumento», que es el estudio del contrato de 1786.

Estudian el contrato. A los once años. Cláusula a cláusula, con ejercicio escrito.

Y lo que esto produce —y es la cosa que yo vine aquí a decir— es una población de doscientas mil personas en que todo el mundo sabe leer un contrato, y la nuestra no sabe.

Un campesino del Limes cristiano no sabe qué firmó cuando firmó. Un moledor de Sathkar sabe la cláusula de memoria y sabe a qué puede agarrarse si la otra parte falla.

Esto no es una observación favorable a ellos. Es una observación sobre nosotros.


De la memoria.

Karzhar tiene dos memorias y las trata de manera opuesta y esto es el corazón de la ciudad.

La memoria étnica es pública y se cultiva y es verdadera. Ellos saben que son veherénicos. Saben que Veheran era la mayor civilización del mundo antes de 1780 y saben que el continente se llamaba otra cosa y que el nombre fue cambiado en 1815 por la Entrega de Vehr, y lo dicen en voz alta, en la plaza, y tienen razón.

Es la propaganda más eficaz que existe contra nosotros y es eficaz porque no es propaganda. Es historia.

La memoria litúrgica es crimen capital.

Y las dos viven en la misma ciudad, y la misma persona puede decir en voz alta que es nieta de Veheran y ser ejecutada por decir en voz baja la oración de Veheran, y nadie en Karzhar encuentra eso contradictorio, porque no lo es: la etnia no quiebra el contrato y la oración lo quiebra.


De lo que está debajo de las casas.

La ciudad fue reconstruida a partir de 1838 sobre la Vehr Mayor, que era la capital veherénica y que estaba en ruina desde 1781.

No la demolieron. Construyeron encima.

Los sótanos de Karzhar son veherénicos. Las plantas bajas son pactuarias.

Toda familia de Karzhar tiene, debajo de la casa, la casa del abuelo cristiano. No es metáfora y pido que no se lea como metáfora: son bodegas con bóveda del siglo diecisiete, con hornacinas de imagen vacías, y la gente guarda allí patatas.

Yo estuve en cuatro. En una de ellas, la dueña —mujer de unos cincuenta años, marca de Luzhar en la nuca— me la mostró con orgullo de propietaria y me dijo que la bóveda era buena y que ya estaba allí antes.

Le pregunté de quién había sido la casa.

Dijo que de su abuela.

Le pregunté si su abuela era de Karzhar.

Y ella dijo —y es esta la frase que yo vine de dos mil millas a entregar a esta casa:

— Mi abuela era de aquí y era de antes. Como todo el mundo.


De la conclusión, que es una sola.

Nosotros los llamamos pactuados y tratamos la palabra como si fuera una especie.

No es una especie. Es un estatuto jurídico, y es revocable en derecho de ellos, y hay gente en Karzhar que no lo tiene, y hay gente que lo tiene y que lo cumple como quien paga un alquiler.

La Orden Clerical sostiene, en catecismo, que el pactuario se entregó.

*La verdad es más difícil y es esta: en 1786, una comunidad de supervivientes sin ejército, sin clero, sin cosecha y sin socorro firmó el único documento que se le ofreció, y nosotros no le ofrecimos ninguno.

La Entrega de Vehr es de 1815. Ellos esperaron veintinueve años.

Pido que se lea esta última línea despacio, porque yo tardé cuarenta y seis años en llegar a ella y soy hijo de los que salieron:

Ellos esperaron veintinueve años y nosotros llegamos para cambiar el nombre del continente.


[Sin despacho. La caja contiene, además de los diecinueve folios, una hoja de registro de entrada con una fecha y una rúbrica, y nada más.]


Fuente — Del Rito Veherénico, en la versión de Karzhar

Reconstitución del elemento sexto, 1876. Once versiones recogidas en velatorio, cotejadas con la versión que el propio elemento aprendió oralmente en Aurum Roma en 1839. Nunca fue escrita antes de esta reconstitución y la reconstitución es, por tanto, la primera vez en cuatro generaciones que este texto existe en papel.

Se hace notar que el elemento sexto pidió, por escrito, que no fuera copiada.


De la forma.

Cuarenta y una líneas en cinco estrofas. Metro irregular. Rima en cuatro de los cinco cierres, lo que es característico de la liturgia veherénica tardía y lo que permitió datar el original entre 1690 y 1730.

La versión de Karzhar tiene veintisiete líneas de cuarenta y una.


De la invocación.

El original nombra a tres Arcángeles por orden.

La versión corriente nombra a dos.

El tercero cayó y nadie se dio cuenta porque la rima cierra sin él. Se hace notar que la rima cierra sin él por casualidad, y que es la casualidad más consecuente de la que este elemento tiene noticia: una ciudad entera perdió un Arcángel de la oración porque el verso siguió sonando bien.


Del cierre, que es la parte que se conserva mejor y la única que se dice en público.

Nueve sílabas. Conservada en las once versiones sin variación de sentido y con tres variaciones de forma.

Usa dos de las nueve palabras que Karzhar dejó de necesitar: la palabra para el silencio que se guarda después de rezar y antes de levantar los ojos, y la palabra para perdonar sin que se haya pedido.

Se traduce como se puede y no se traduce bien:

Se calla, y es perdonado antes de pedir.

Se hace notar que en veherénico el sujeto de la segunda oración es ambiguo por construcción y que puede ser tanto el que reza como aquel a quien se reza, y que las dos lecturas son gramaticalmente correctas, y que este elemento no sabe cuál era la intención y sospecha que la ambigüedad era la intención.


De lo que falta.

Faltan catorce líneas.

Once de ellas son de la tercera estrofa, que en el original es la estrofa de petición — la parte en que se pide alguna cosa.

La versión de Karzhar no tiene estrofa de petición.

Se reza, se calla, se cierra.

No se pide nada.


[Anotación final del elemento sexto:]

Pasé un año creyendo que esto era una mutilación y no lo es.

Una comunidad que transmitió de memoria durante cuatro generaciones, bajo pena de muerte, dejó caer la parte en que se pide.

No se pierde por casualidad la estrofa de petición. Se pierde cuando cuatro generaciones la dicen y no reciben, y la estrofa se vuelve más difícil de decir que las otras, y al cabo de cuatro generaciones ya nadie la enseña.

Lo que sobró es la oración de gente que siguió rezando después de dejar de pedir.

Y es esa la que funciona.


Fuente — De las diecinueve cajas

Levantamiento de los Estandartes, Archivo Cerrado de Aurum Roma, abierto en 1854, clasificado en grado seis. Diecinueve cajas. Requerido por primera vez en treinta y cinco años por el Cardenal Reinhardt Voss, de la Reformada, en 1889, para trabajo de otra materia.

Fue a buscarlo la escribana más antigua del depósito y fue ella quien lo repuso.

Lo que se transcribe aquí es lo que consta en el índice interno de la serie —que existe dentro de la serie, al contrario que el depósito, que no tiene ninguno— y tres pasajes de la caja decimonovena, que es la caja de conclusiones.


Del índice.

Cajas I a VII: un estandarte cada una. Descripción, material, uso, registro de apariciones en campo por año y por lugar, con fuente.

Cajas VIII a XVIII: concurrencias por campo, 1780 a 1854, por orden cronológico.

Caja XIX: conclusiones.


De la caja decimonovena, primera conclusión.

En setenta y cuatro años de registro, los siete nunca se presentaron en el mismo campo.

El máximo verificado son cuatro, en el Vado de Strazhka, en el año de 1783: Luzhar, Asmoteth, Belzebar y Sathnar.

Desde 1783, nunca más de tres.

Desde 1820, nunca más de dos.


De la caja decimonovena, segunda conclusión — y es la que llevó la serie al grado seis.

Si la reunión de los siete fuera posible y conveniente a la parte adversa, habría ocurrido en el primer decenio, en que las condiciones le eran más favorables que en cualquier momento posterior.

No ocurrió.

De lo que se concluye que no es posible, o que no es conveniente, o que no es posible por no ser conveniente a alguno de ellos en particular.

Las tres hipótesis conducen a lo mismo: la parte adversa no constituye unidad de mando.


De la caja decimonovena, tercera conclusión — y es la razón por la que la serie se quedó treinta y cinco años sin abrir.

Se hace notar que esta conclusión, siendo favorable, es de divulgación nociva.

Un soldado a quien se le diga que el enemigo es débil no combate mejor. Pregunta por qué la guerra dura desde hace setenta y cuatro años, y la respuesta a esa pregunta no es de fuero militar.

Se recomienda grado seis.

Se recomienda, por separado, que la doctrina de catequesis no sea alterada y que siga presentando a la parte adversa como unidad, por ser esa presentación la que sostiene la unidad de la nuestra.

Se hace notar que esto es mentira y que quien suscribe lo sabe.


[Y hay una cuarta conclusión, de cuatro líneas, y es la única de la caja decimonovena que no tiene seguimiento y que nadie en treinta y cinco años desarrolló:]

Se hace notar, por fin, que este levantamiento enumera siete cortes y que la tradición enoquita enumera, además de ellas, entidades de orden anterior —los Vigías— de las cuales se sabe que instruyeron a los pactuados del este y no se sabe dónde se sitúan en el orden de aquella parte.

No constan en campo. No tienen estandarte. No tienen ciudad.

Una entidad que enseñó a construir siete ciudades y no tiene ninguna o está por encima de las siete o está por debajo de ellas, y las dos posiciones tienen consecuencias militares opuestas.

Se recomienda levantamiento propio.

No se hizo.


Petra Vahl leyó estas cuatro líneas en 1889, de pie, en el corredor cuarto, con la caja decimonovena abierta sobre el brazo, doce años después de haber colocado ciento once folios tres estantes más allá.

No es conjetura: consta en el libro de requisiciones que la caja estuvo fuera de su sitio cuarenta y un minutos antes de ser entregada al despacho del Cardenal Voss, y el recorrido del corredor cuarto al despacho se hace en cuatro.


Ella sabía la respuesta.

Estaba a cuatro metros de distancia, en cartón pardo con cinta de lino, escrita por un lingüista muerto y por un contable muerto y transcrita por ella misma en cuatro días en Vykhrad en 1877:

Están debajo.

Y es por eso por lo que están intentando abrir el resto.


Cerró la caja y la llevó al despacho y la entregó y volvió al corredor cuarto.

No es conjetura que lo haya sabido: ella era la única persona viva que sabía las dos cosas.

Es conjetura todo lo demás, y este libro lo declara como conjetura y no escribe nada más sobre el asunto.


XIV. Lo Que los Vigías Quieren

Conviene decir ahora lo que la Célula Once acabó por establecer entre diciembre de 1876 y marzo de 1877, y conviene decirlo con la misma sequedad con la que ellos lo establecieron, porque es la información más importante que la Inquisición Reformada obtuvo en cincuenta años y la obtuvieron cinco personas cansadas en una ciudad llena de humo.

No hubo revelación. No hubo documento capturado, no hubo interrogatorio decisivo, no hubo nada de lo que la literatura promete.

Hubo tres personas entrando por una puerta a la misma hora todos los días y un lingüista que sabía lo que decían.


Reiner las siguió durante siete semanas.

Las tres eran: un hombre de unos sesenta años, que es edad imposible en la Heptarquía y que por sí solo lo decía todo; una mujer de unos cuarenta; y un muchacho de dieciocho o diecinueve que cargaba una caja.

Hablaban veherénico antiguo entre sí. No corriente: antiguo, el de la liturgia, que es la lengua de las nueve palabras que nadie en Karzhar necesita.

Y lo que Reiner oyó, en siete semanas, a trozos, en calles, fue vocabulario de contrato.

Cláusula. Precedencia. Parte otorgante. Término. Revocación.


No es religión. Es la primera cosa que la célula estableció y es la que lo cambia todo.

Los pactuarios de la Heptarquía no son un culto. Eso es propaganda de la Curia y Halt lo escribió así, sabiendo lo que estaba escribiendo:

No hay devoción documentable en esta ciudad. Hay cumplimiento de contrato.

Un hombre de Sathkar no ama a Sathnar. Le debe, y sabe cuánto, y sabe cuándo, y la cláusula está registrada en casa de contrato del mismo modo que una hipoteca.

La Heptarquía Pactuaria es la cosa más parecida a un Estado de derecho que existe al este del Limes, y el derecho que aplica es infernal, y se aplica con rigor, y esa es exactamente la razón por la que funciona desde hace noventa y cuatro años.


Y si es contrato, entonces tiene partes.

Y si tiene partes, entonces tiene jerarquía de partes.

Y fue aquí donde la Célula Once encontró aquello que no estaba en el mandato y que es la razón por la que siete personas atravesaron una frontera y dos volvieron.


El Sello VII no abrió por entero.

Es el hallazgo. Halt lo escribió en nueve palabras en el informe final y nunca más lo desarrolló, porque un hombre de aquellos no desarrolla:

El Sello VII no abrió por entero. Abrió lo suficiente.


Lo que salió del Este Profundo en 1780 no fueron demonios. Es canon conocido y se enseña en los seminarios de la Orden como curiosidad y nadie extrae de ello la consecuencia.

Salieron Vigías.

Ángeles rebeldes —los de la tradición enoquita, los que enseñaron— y no la soldadesca infernal. Salieron vivos, articulados, capaces de instruir, e instruyeron: enseñaron a los supervivientes veherénicos a purificar Mineral Negro, a pactar con forma y cláusula, y a construir siete ciudades sobre ruinas.

Azzal, la forja. Shemyas, el primer jefe.

La Orden Clerical sabe los nombres. Están en los catecismos.

Lo que la Orden Clerical nunca preguntó es: ¿dónde quedan ellos en la jerarquía?


Quedan abajo.

Un Vigía caído es, en el orden infernal, subalterno de Príncipe, y un Príncipe es subalterno de lo que sea que esté por encima de Príncipe, y lo que sea que esté por encima de Príncipe no salió del Sello VII en 1780 ni en ningún otro año, porque no cupo.

Luzhar salió disminuido. Es canon y la Curia lo sabe y lo llama victoria.

No es victoria. Es medida de la abertura.

Lo que pasa por una grieta es lo que la grieta deja pasar, y lo que pasó por el Sello VII en 1780 fueron siete Príncipes reducidos, un número indeterminado de cosas menores, y un puñado de Vigías que eran, dentro de aquello, funcionarios.


Y los funcionarios pasaron noventa y cuatro años construyendo una civilización del lado de fuera, y la civilización que construyeron no es suya.

Es de los siete.

Un Vigía en Karzhar no tiene ciudad. No tiene estandarte, no tiene trono, no tiene cláusula en nombre propio. Enseñó todo y no recibió nada, porque el contrato veherénico de 1786 se hizo con los Príncipes y no con quien lo redactó.

Y es por eso por lo que Azzal y Shemyas quieren abrir el resto.

No para conquistar Cross. Eso es lo que la Orden presumiría y es lo que la Orden presumió cuando por fin leyó aquel informe, catorce años después.

Quieren a los superiores aquí fuera porque allí dentro ellos no son nada, y aquí fuera, en un mundo donde los Príncipes ya han construido siete ciudades, quien abra la puerta a los superiores se queda dirigiendo la oficina.

Es ascenso.


Halt escribió, en una línea:

No estamos ante una acometida. Estamos ante una disputa de precedencia entre dos capas de funcionarios, y el continente está debajo.


ACTO IV — LA PARTE QUE NO SE PUEDE ESCRIBIR

Fuente — Del instrumento de 1786, en las partes que se consiguieron

Reconstitución del elemento sexto a partir de tres lecturas públicas en plaza, 1875-1877, y del manual escolar de Karzhar titulado «Del instrumento», que es libro de texto de cuarto curso, impreso, vendido en librería y comprado por dos ducados y medio.

La Orden Clerical nunca vio el instrumento de 1786. Este es el primer documento en que partes de él aparecen en lengua occidental.


De lo que es.

No es un pacto individual. Eso es lo que nosotros presumimos y es el origen de todo lo que entendimos mal en noventa años.

El instrumento de 1786 es un contrato colectivo, otorgado entre, de una parte, los siete, y de la otra parte «la comunidad superviviente de Veheran y sus descendientes por vía legítima».

Tiene, según el manual escolar, ciento cuarenta y una cláusulas.

Fue otorgado en el cuarto año después de la caída y en el sexto después de la abertura, en lugar que el manual no nombra, por catorce otorgantes del lado humano, cuyos nombres el manual da y que este elemento memorizó y que constan en anexo.


De la cláusula primera, que el manual escolar llama «la cláusula de lo que se da».

Se traduce con la mayor literalidad que el veherénico permite:

«Se da servicio, y se entiende por servicio la obra de las manos, la obra del cuerpo y la obra de la voluntad, por el tiempo que el instrumento diga y no más.»

El manual escolar dedica a esta cláusula once páginas y el ejercicio de la página once es el siguiente, y se transcribe porque es un ejercicio para niños de once años:

«Di lo que no se da en la cláusula primera. Escribe tres cosas.»

Las tres respuestas que el manual da por correctas, al final, son: el alma, la descendencia no nacida, y el tiempo más allá de lo estipulado.


De la cláusula novena, que es la cláusula de precedencia y es la que se lee en la plaza.

«No habrá, entre la comunidad y otro, obligación, invocación, súplica ni servicio, salvo lo que en este instrumento se estipula con los siete; y quien invoque precedencia exterior quiebra por sí y no por los demás.»

Se subraya quiebra por sí y no por los demás, porque es la razón por la que se ejecuta a un hombre y no a una familia, y porque es la diferencia entre este sistema y el que nosotros imaginamos durante noventa años.

No hay culpa de sangre. No hay castigo colectivo por invocación.

Un hombre que reza a Shemyas quiebra su contrato y el contrato de su mujer sigue siendo bueno.


De la cláusula vigésima segunda, que es la contrapartida.

Es la cláusula más larga y es la que el manual escolar trata con más cuidado, y es la que el elemento sexto consiguió menos completa, y se lamenta.

*De lo que se averiguó, estipula: protección contra lo que está fuera del instrumento; enseñanza de la obra del mineral; y —y es el miembro que interesa— «la no entrega de la comunidad a tercero, por cualquier título».

La no entrega a tercero.

Está ahí desde 1786. Fue escrita por gente que acababa de ver caer el mundo y que tuvo el cuidado, con hambre y sin ejército, de poner en el contrato una cláusula contra ser revendidos.


De la cláusula centésima cuadragésima primera, que es la última y que el manual escolar no explica.

El manual escolar de cuarto curso de Karzhar transcribe ciento cuarenta cláusulas y de la última dice solamente:

«La cláusula final no es materia de este curso.»

Este elemento no la obtuvo por ninguna vía.

Obtuvo, en tres lecturas públicas, que existe y que se lee, y que es corta —las tres veces el escribano tardó menos de veinte segundos— y que la plaza se calla de manera distinta cuando se lee.

Y obtuvo, de una mujer de sesenta años en un velatorio, en respuesta a una pregunta que este elemento hizo mal y sin preparación, una cosa que no sirve de nada y que se registra:

«La última es la que dice lo que pasa si ellos no cumplen.»


[Anotación del elemento sexto, al cerrar:]

Pedí que esta parte la lea quien tenga competencia para sacar de ella lo que yo no tengo.

Digo solamente lo que cualquier persona ve: ellos tienen un contrato escrito, con ciento cuarenta y una cláusulas, con cláusula de contrapartida, con cláusula contra reventa, y con una cláusula final que estipula el incumplimiento de la otra parte.

Y se lo enseñan a los niños a los once años, cláusula a cláusula, con ejercicio escrito.

Nosotros decimos, en catecismo, que ellos se entregaron.

Una persona que se entrega no negocia ciento cuarenta y una cláusulas, y no mete ahí dentro una que diga que no puede ser revendida, y no pasa noventa años enseñando a sus hijos dónde está la letra pequeña.


XV. Quién Está de Nuestro Lado

La segunda mitad del hallazgo llegó en enero de 1877 y llegó de Karzhar y no de Sathkar, y llegó por Reiner, y Halt pasó dos semanas rechazándola antes de aceptarla.

La rechazó por un motivo profesional que consta y que lo honra: era demasiado buena.

Un inquisidor de diecinueve años de casa aprende que la información que sirve a la perfección es casi siempre información plantada, y lo que Reiner trajo en enero de 1877 servía a la perfección.


Reiner trajo esto: la Heptarquía está intentando impedírselo.


No la Heptarquía entera. No hay Heptarquía entera; es una confederación de siete ciudades que negocian el orden de marcha y pasan más tiempo en eso que planeando asaltos.

Pero Karzhar, sí. Y Karzhar es la cabeza.


El material era este, y Reiner tardó catorce meses en juntarlo y no lo obtuvo por ningún método que la Reformada enseñe:

Primero. En 1871, el Consejo de Karzhar —que existe, que se reúne, que tiene actas, y cuya existencia la Curia de Aurum Roma nunca creyó— emitió una prohibición de circulación de Mineral Negro no beneficiado dentro de la ciudad.

Se leyó como medida sanitaria y es lo que parece: el polvo quema la piel, es razonable.

Solo que se aplica al mineral en piedra, que no le hace daño a nadie, y no se aplica al polvo, que sí.

Segundo. En 1873, el mismo Consejo rehusó por dos veces autorización para construir cámaras de exposición en Karzhar, con el argumento —que consta y que Reiner oyó citado dos veces en ambiente de comercio— de que el beneficio es oficio de Sathkar y así se mantenga.

Esto se lee como protección de monopolio. Es como Sathkar lo leyó y es como las otras cinco ciudades lo leyeron.

Tercero, y es lo que hizo que Halt se levantara de la silla: en 1875, tres hombres de Karzhar fueron ejecutados en la plaza del Trono Vacío, públicamente, por herejía.

En la Heptarquía Pactuaria. Por herejía.


Halt le hizo a Reiner la pregunta obvia y Reiner tenía la respuesta, y la respuesta llevó diecisiete minutos y está resumida en el informe en cuatro líneas:

La acusación, leída en plaza pública y oída por este elemento de cerca, fue de «invocación de precedencia exterior al contrato».

En lenguaje corriente: los tres habían rezado a alguien que no era parte en el contrato de 1786.

No a Dios. Este elemento lo verificó y lo verificó con cuidado, porque la hipótesis obvia era resistencia litúrgica y habría sido la hipótesis equivocada.

Rezaron a Shemyas.


Y aquí la cosa cierra y Halt la vio cerrar en una sala encima de un establo en Sathkar, con cuatro personas alrededor de una mesa vacía, y escribió después que fue el peor momento de los tres años y no el mejor.

Karzhar está ejecutando gente por rezar a los Vigías.

Porque un pactuario de Karzhar tiene un contrato con Luzhar.

Un contrato con Luzhar no vale nada ante quien manda en Luzhar.

Si el resto del Sello VII abre —si lo que está por encima de Príncipe sale—, entonces los siete Príncipes dejan de ser partes contratantes y pasan a ser intermediarios destituidos, y un contrato hecho con un intermediario destituido es papel.

Y doscientos mil habitantes de Karzhar, que son la cuarta generación de una civilización construida sobre ruinas, que comen carne cuatro veces por semana, que tienen acueductos funcionando y flores en las ventanas y velatorios con comida, dejan de ser ciudadanos de una potencia y pasan a ser ganado.

Ellos lo saben.

Lo saben mejor que la Orden Clerical, porque leen el contrato desde hace noventa y cuatro años y la Orden Clerical nunca lo ha visto.


Halt escribió, en marzo de 1877, la frase que Nikolaus Brecht leyó en Vykhrad en mayo y que lo hizo hacer lo que hizo:

Existe, en la ciudad de Karzhar, un interés de Estado alineado con el nuestro.

No hay simpatía, no hay acercamiento posible, no hay negociación concebible y este elemento no la propone y recomienda expresamente que no se considere.

Se hace notar solamente el hecho, porque es hecho: si los Vigías abren el Sello VII, nosotros perdemos el continente y ellos pierden la ciudad, y ellos lo saben primero y mejor que nosotros.

Están matando por eso, en plaza pública, y llevan dos años haciéndolo, y nosotros no lo sabíamos porque nunca habíamos asistido a una ejecución pactuaria de principio a fin.


Fuente — De las actas del Consejo de Karzhar

Reconstitución del elemento sexto a partir de lectura pública. Las actas del Consejo de Karzhar se fijan a la puerta de la Casa de Contrato durante nueve días y después se recogen, y cualquier persona las puede leer en esos nueve días, y nadie las copia porque copiar lo fijado está prohibido y leerlo no. Osvald Reiner leyó y memorizó treinta y una actas a lo largo de dos años y le dictó diecinueve a Petra Vahl en abril de 1877.

La existencia del Consejo de Karzhar fue negada por Aurum Roma en documento doctrinal hasta 1891.


Sesión de 4 de noviembre de 1871. Punto tercero.

Se prohíbe la circulación de Mineral Negro no beneficiado dentro del perímetro de la ciudad, en cualquier cantidad y bajo cualquier forma.

Fundamento: salubridad.

Aprobada por unanimidad de los once.


[Anotación del elemento sexto:]

El fundamento es falso y es falso de manera verificable.

El mineral en piedra es inerte y no le hace daño a nadie. El polvo quema y es el polvo el que circula, en sacas, todos los días, hacia los cuarenta y un talleres de acabado de esta ciudad, y la prohibición no lo toca.

Prohibieron la piedra y dejaron el polvo.

Una prohibición sanitaria que prohíbe lo que no hace daño y autoriza lo que sí lo hace no es sanitaria. Es otra cosa y tardé cuatro años en entender cuál.

Piedra es lo que se pone en una cámara. Polvo es lo que ya ha estado en ella.

Karzhar prohibió, en 1871, la entrada en la ciudad de materia por beneficiar — es decir, prohibió que se pudiera instalar en Karzhar lo que existe en Sathkar.


Sesión de 19 de junio de 1873. Punto cuarto.

Se deniega el requerimiento de la Casa Tercera para instalación de cámaras de exposición en terreno de su propiedad en el cuadrante oriental.

Fundamento: el beneficio es oficio de Sathkar y así se mantenga.

Aprobada por nueve contra dos.


Sesión de 2 de octubre de 1873. Punto segundo.

Se deniega, por segunda vez, el mismo requerimiento.

Fundamento: se repite el de junio.

Aprobada por once contra cero.

Se hace constar, a requerimiento de la Casa Tercera, que la Casa Tercera considera el fundamento insuficiente y se reserva el derecho de requerir ante quien de derecho.


[Anotación del elemento sexto:]

«Ante quien de derecho» es fórmula y es la fórmula más interesante que he leído en dos años en esta ciudad.

No existe instancia por encima del Consejo de Karzhar en materia de Karzhar. Eso está establecido en el instrumento de 1786 y nunca fue disputado.

¿Entonces ante quién amenaza la Casa Tercera con recurrir?

No a Sathkar, que no tiene jurisdicción sobre Karzhar.

No a las otras cinco ciudades, que no tienen fuero común — la Heptarquía no tiene tribunal federal y es la razón por la que tarda tres meses en acordar una orden de marcha.

Queda una respuesta y la respuesta es que la Casa Tercera amenazó con recurrir hacia arriba.


Sesión de 11 de septiembre de 1875. Punto único, sesión extraordinaria.

Se confirman las tres sentencias dictadas por la Casa de Contrato en los autos de invocación de precedencia exterior al contrato.

Se determina ejecución pública en los términos de costumbre.

Se determina, además de la costumbre, que la lectura del instrumento se haga por extenso y que la plaza no sea cerrada.

Aprobada por unanimidad de los once.


[Anotación del elemento sexto:]

«Además de la costumbre».

La costumbre es lectura resumida y plaza cerrada. En septiembre de 1875 el Consejo de Karzhar determinó lo contrario de las dos cosas, y lo determinó expresamente, y mandó constar que era además de la costumbre.

Quisieron que se oyera.

Asistí a la primera y es por eso por lo que sé lo que se lee, y lo que se lee es el contrato entero, y el contrato entero lleva cuarenta minutos, y la plaza oye.

No estaban castigando a tres hombres.

Estaban leyendo el contrato en voz alta a doscientas personas por semana, durante dos años, y usando a tres condenados como razón para hacerlo.


Sesión de 7 de febrero de 1877. Punto quinto.

Se suspenden por noventa días todas las celebraciones de pacto nuevo en el perímetro de la ciudad.

Fundamento: reordenamiento de registro.

Aprobada por diez contra uno.

Se hace constar el voto en contra de la Casa Tercera.


[Anotación final del elemento sexto, dictada en abril de 1877, tres semanas antes de ser llevado:]

Seis años de actas y una sola línea atravesándolas.

1871: no entra piedra. 1873: no se instalan cámaras, dos veces. 1875: se lee el contrato en voz alta en la plaza, por extenso, a propósito. 1877: no se hacen pactos nuevos durante noventa días.

La Casa Tercera vota en contra en 1873 y vota en contra en 1877 y es la única que vota en contra en seis años.

No sé quién es la Casa Tercera y no conseguí averiguarlo y no voy a tener tiempo.

Sé lo que el Consejo de Karzhar está haciendo y lo sé con la certeza que se puede tener de estas cosas: está cerrando la ciudad por dentro, despacio, por vía administrativa, sin decir nunca contra quién, durante seis años.

Y hay once casas en el Consejo y diez están de acuerdo.


Fuente — De lo que se dice en la plaza del Trono Vacío

Relato del elemento sexto, Osvald Reiner, obtenido por asistencia directa a tres ejecuciones en Karzhar entre octubre de 1875 y febrero de 1877. Dictado a Petra Vahl en abril de 1877 y transcrito por ella en Vykhrad. Es el único documento de la Orden Clerical que describe una ejecución pactuaria de principio a fin.


Del lugar.

La plaza del Trono Vacío está en el centro de Karzhar y se llama así porque tiene un trono y el trono está vacío.

Es de mármol blanco, sobre tres escalones, orientado al norte, y tiene cuarenta y un años: se hizo en 1836 y nunca lo ocupó nadie.

Luzhar no se sienta. Este elemento averiguó tres explicaciones corrientes en la ciudad y ninguna es oficial, porque nada en Karzhar es oficial: que el Príncipe no se sienta porque sentarse sería admitir cansancio; que se sentó una vez en 1793 y que el trono de entonces fue destruido y que este es el segundo; y que el trono no es suyo.

La tercera es minoritaria y se dice en voz baja y es la única que a este elemento le parece interesante.


De la forma.

No hay verdugo encapuchado, no hay tambor, no hay multitud convocada.

Hay un escribano de Casa de Contrato, con mesa y libro, y hay cuatro hombres de casa de rito con máscara de cuero — y la máscara es declarada, lo que quiere decir que todo el mundo sabe quiénes son y que la máscara no esconde, marca.

La plaza no se cierra. La gente se para camino de otro sitio, se queda, y sigue.

Asistí tres veces y nunca había más de doscientas personas, y de las doscientas la mayor parte llevaba cesto en la mano.


De lo que se lee.

El escribano lee el contrato.

Es esta la cosa que necesito que quien lea esto entienda, y es la razón por la que pido que este relato no sea resumido por nadie: no se lee una sentencia. Se lee el contrato.

Se lee, por extenso, el instrumento de 1786 por el cual la comunidad veherénica superviviente contrató con los siete. Se lee la cláusula de exclusividad. Se lee la cláusula de precedencia.

Y después se lee el acto del reo.

Y después se lee la cláusula otra vez.

Llevó, las tres veces, entre treinta y cincuenta minutos, y la plaza oye, y oye con atención, y hay gente que acompaña de memoria las partes que sabe.


Del acto imputado.

En las tres: invocación de precedencia exterior al contrato.

En la primera, un hombre de unos cuarenta años que había rezado a Shemyas en casa, a la mesa, delante de dos huéspedes que lo denunciaron por escrito y cuya denuncia fue leída en voz alta con sus nombres.

En la segunda, dos hermanos, ambos moledores, que habían hecho lo mismo en una forja.

En la tercera, una mujer de unos treinta y cinco años, casa de rito, que había hecho otra cosa y sobre la cual este elemento no consiguió averiguar el qué, porque la lectura de su acto se hizo en voz más baja y en fórmula que yo no domino.

Se hace notar que la mujer de la tercera ejecución era de casa de rito, o sea, personal de culto, y que por tanto sabía exactamente lo que estaba haciendo, lo cual en los dos primeros casos no es seguro.


Del habla del reo.

Se habla. Está previsto y se respeta y es el momento que este elemento no esperaba.

El reo tiene derecho a alegar incumplimiento de la otra parte.

No perdón, no clemencia, no arrepentimiento — nada de eso existe en aquel cuadro. Tiene derecho a alegar que el contrato no fue cumplido del otro lado, y que por tanto su invocación de precedencia exterior es remedio y no crimen.

El hombre de la primera ejecución alegó. Habló nueve minutos. Alegó que su casa había pactuado en 1859 y que la contrapartida prometida no había sido entregada íntegramente, y citó la cláusula, y la citó bien.

El escribano tomó nota.

Y después el escribano leyó la respuesta, que estaba preparada, porque la alegación había sido entregada por escrito con antelación y así es como funciona aquel sistema.

La respuesta tenía catorce líneas y la última decía —traduzco con cuidado porque la palabra es de derecho y no de religión:

«La entrega parcial no abre precedencia. Abre crédito.»


Del final.

Cámara cerrada.

Se lo llevan por una puerta lateral del edificio de la Casa de Contrato y la puerta se cierra y la plaza se dispersa.

No se ve. No se oye. No hay cuerpo expuesto y no hay cabeza en lanza y no hay nada de lo que nuestra literatura promete desde hace cien años.

Las tres veces, la plaza estaba vacía diez minutos después.


Observación final del elemento sexto, y pido que se lea por separado del resto:

Yo fui tres veces convencido de que iba a asistir a una barbarie y asistí a tres audiencias.

Hay acusación, hay prueba documental, hay derecho de alegación, hay respuesta fundamentada y hay decisión. El procedimiento es mejor que el nuestro.

Hago notar esto sabiendo lo que hago. El tribunal sumario de la Inquisición Reformada, desde la reforma de 1824, no da al reo acceso al instrumento que lo acusa y no admite alegación de incumplimiento por parte de la institución, porque la institución no es parte.

En Karzhar es parte.

Allí el reo puede decir «ustedes no cumplieron» y alguien tiene que responder por escrito.

No estoy defendiendo aquello. Estoy relatando que lo que ellos tienen es un sistema jurídico y que el nuestro, en el mismo punto, no lo es.

Y añado la cosa que no consigo dejar de decir, y que no es materia de informe y va aquí igualmente:

Ellos ejecutan por rezar al ángel equivocado.

Nosotros ejecutamos, en el cincuenta y dos, en Ferrumkar, por rezar con éxito.


XVI. El Precio

Entre marzo y junio de 1877, la Célula Once perdió a cuatro personas más, y este libro lo va a contar sin dramatizar ninguna de las cuatro muertes, porque así fue como ocurrieron y porque la única cosa peor que morir de aquella manera es ser escrito de otra.


KONRAD STELLING, médico, cuarenta y nueve años, murió el 11 de abril de 1877 de tifus.

No en interrogatorio. No en huida. De tifus, en un cuarto alquilado en Sathkar, en nueve días, con Mira Solvang cuidándolo y sin nada que darle, en una ciudad de ciento cuarenta mil personas donde el tifus mata a unos cuatrocientos al año y nadie encuentra eso notable.

Fue el hombre más cínico de la célula y el único que rezaba, y en los dos últimos días no rezó, y Solvang lo anotó en el cuaderno de los Hospitalarios porque el Voto de Registro manda anotar lo que no conviene.

Y anotó la última cosa que dijo, que se dijo por la tarde, con lucidez, y que no es una frase de muerte y es por eso por lo que está aquí:

— Dígale al contable que su hoja está mal hecha. No puso los entierros.


OSVALD REINER, lingüista, cuarenta y siete años, fue detenido el 2 de mayo de 1877 en Karzhar.

No por la célula. No por el Rito. Fue detenido en una redada de casa de contrato, un miércoles por la mañana, junto con otras once personas, por una cosa administrativa —falta de registro de residencia— que en la Heptarquía se resuelve con multa.

Estaba sin papeles porque la célula andaba sin papeles. Se lo llevaron.

Y lo que pasó después es la única cosa en este libro que la Célula Once supo con certeza y por testigo, porque Kranz estaba del otro lado de la calle:

Reiner dio el nombre falso, dio la dirección falsa, y el escribano —un hombre de casa de contrato, sentado a una mesa, con un libro abierto— le pidió que repitiera la dirección.

Reiner repitió.

El escribano escribió, y después levantó los ojos y le dijo una cosa en veherénico antiguo.

Nueve sílabas.

Y Osvald Reiner, que tenía cuarenta y siete años y que había pasado tres años entrenándose para no reaccionar, respondió.


Fue lo que lo mató.

No una confesión, no una tortura, no una delación. Un hombre que oyó la lengua de su abuela en una oficina y respondió antes de pensar, porque tenía nueve años cuando la aprendió y porque a los nueve años se aprende por debajo del sitio donde uno se entrena.

Kranz lo vio ser llevado por una puerta interior a las once y veinte de la mañana.

La célula esperó diecinueve días, que es lo que el protocolo manda esperar, y no lo recuperó, porque el protocolo prohíbe la recuperación y está así desde 1824 y no se explica otra vez.


TOBIAS KRANZ, veintinueve años al entrar y treinta y dos al morir, fue el único de la célula que murió del modo como se supone que aquella gente muere, y murió haciendo la única cosa que su protocolo autorizaba.

El 4 de junio de 1877, cuando la célula salía de Sathkar, un control de camino a diecinueve kilómetros al oeste paró el carro.

No era control montado contra ellos. Era control de rutina de salida de mineral, de los que existen en todos los caminos de Sathkar desde 1860, y para todo el mundo.

Kranz iba en el pescante, delante.

Entendió, por la manera como el sargento de camino miró dos veces a Solvang, que la cosa iba al segundo grado de verificación, y que el segundo grado de verificación es el descubrimiento.

Bajó, anduvo seis pasos en dirección al puesto, y disparó tres veces.


No mató a nadie.

Hay que decirlo porque la tentación de escribir la otra versión es enorme y la otra versión es falsa. Kranz disparó tres cartuchos de Crisma Argénteo —munición consagrada, contra hombres— y la munición consagrada no le hace a un hombre vivo nada especial: hiere como una bala.

Hirió a uno. Falló a dos.

Y después corrió hacia el norte, fuera del camino, hacia el descampado, porque un hombre que corre hacia el descampado se lleva detrás a toda la gente que haya, y fue exactamente lo que pasó.

El carro siguió.


Kranz aguantó, en la estimación de Solvang, entre veinte y cuarenta minutos. No se sabe y nunca se supo.

No es mártir y la Orden nunca le dio nada, porque la Inquisición Reformada no condecora.

Y Solvang escribió en el cuaderno de los Hospitalarios, esa noche, a nueve kilómetros de allí, en un barranco, con las manos temblando, la única línea que escribió en tres años que no es un hecho clínico:

A él no le gustaba esto. Quiero que quede escrito que no le gustaba esto y que lo hizo igualmente.


Y JERZY HALT, cincuenta y cuatro años, jefe de la Célula Once, no murió el día 4 de junio.

Murió el 21 de junio de 1877, a cuatro días de la frontera, de una cosa del corazón, andando.

Tenía cincuenta y cuatro años, había hecho tres años de estepa, y llevaba doce días andando, y a las siete de la mañana de un jueves paró, se llevó la mano al pecho con una expresión más de fastidio que de otra cosa, se sentó en el arcén, y les dijo a Vahl y a Solvang la última instrucción que dio:

— Continúen. No paren por esto.

Y después, porque era quien era:

— Y la hoja de Stelling. Pongan los entierros.


Murió veinte minutos después.

Petra Vahl y Mira Solvang lo enterraron solas, en una fosa somera, con piedras encima, y no rezaron porque ninguna de las dos sabía si él querría, y se quedaron allí sentadas unos diez minutos, y Solvang preguntó:

— ¿Cuántos éramos?

Y Vahl, que era la memoria de la célula y que respondía siempre exacto, dijo:

— Nueve.


Intervalo — Los Cuatro Meses

Entre febrero y junio de 1877, cinco personas pasaron a dos, y Jerzy Halt tuvo que decidir tres veces, y de las tres decisiones dos fueron correctas y una fue la que lo mató.

Este intervalo trata de las tres.


La primera decisión fue en febrero y fue quedarse.

El mandato acababa el 9 de abril de 1877, tres años a contar del cruce, y Halt podía haber salido en enero con todo lo que tenía y tenía mucho.

Tenía el método. Tenía el volumen. Tenía las nueve cámaras y las dos que no producían. Tenía las actas del Consejo. Tenía el Rito.

No tenía la última pieza —quiénes son las tres personas que entran y qué hay dentro de la octava y de la novena cámara— y sabía que no la iba a tener.

Se quedó porque Reiner lo pidió.


Reiner lo pidió en enero de 1877, en una sala en Sathkar, y pidió tres meses, y su argumento consta:

— Yo tengo a la Casa Tercera — dijo. — Votó en contra dos veces en seis años y es la única. Si yo sé quién es la Casa Tercera, sé quién está del otro lado dentro de Karzhar, y eso vale más que todo lo que hemos traído.

— ¿Cuánto tiempo?

— Tres meses. Quizá dos.

Halt hizo la cuenta en voz alta, y es la cuenta de un contable, y es la razón por la que dijo que sí:

— Tenemos munición para treinta años, tenemos casa que da beneficio, tenemos cobertura de tres años sin una sola sospecha registrada, y tenemos cuatro personas útiles y un médico.

Y después:

— Y si salimos en abril llegamos a Vykhrad en mayo y el informe se lee en julio. Si salimos en julio se lee en octubre. Tres meses de diferencia en catorce años de guerra no es nada.


Escribió, en el informe final, sobre esa decisión, la única frase autocrítica que aquel documento tiene:

Esta cuenta estaba correcta en todos sus términos y el resultado fue equivocado, y este elemento no ve, revisándola, qué debería haber hecho de otra manera.

Hago notar la distinción porque ella es toda la diferencia entre un error y una pérdida, y porque quien lea esto va a querer ver un error y no lo hay.


La segunda decisión fue en mayo y fue no ir a buscar a Reiner.

Se lo llevaron el 2 de mayo, por una puerta interior de la Casa de Contrato de Karzhar, a las once y veinte de la mañana, y Kranz estaba del otro lado de la calle.

Kranz llegó a Sathkar el 5 de mayo y la primera cosa que dijo, de pie, aún con el polvo del camino, fue que había manera.

La había. Kranz había pasado tres días estudiándola en el camino y la presentó en once minutos, y era una cosa de ex Caballero del Sello: la Casa de Contrato de Karzhar no tiene guardia armada, tiene dos hombres de puerta y un escribano de noche, y un hombre con nueve cartuchos consagrados y voluntad entra allí en tres minutos.

Entra. No sale.


Halt oyó los once minutos hasta el final y no interrumpió.

Y después dijo:

— No.

— Señor primero—

— No. Y voy a decirle por qué una vez y no volvemos al asunto, porque si volvemos yo tengo que echarlo de la célula y no tengo quien lo sustituya.


Lo que dijo a continuación consta, porque Vahl estaba en la sala:

— Está en el despacho de constitución del setenta y tres y está en todos los despachos de constitución desde mil ochocientos veinticuatro y está así desde hace cincuenta y tres años: en caso de captura de elemento, los restantes no alteran el plan y no intentan recuperación.

— Yo sé lo que está en el despacho.

— Lo sabe. Y cree que está ahí por crueldad.

Kranz no respondió.

— Está ahí por aritmética — dijo Halt. — Una célula que va a buscar a un elemento capturado pierde, en media y según lo que yo he leído en diecinueve años de archivo, entre tres y la totalidad de los restantes, y recupera al capturado en menos de un caso de cada nueve.

— En menos de uno de cada nueve.

— Menos.

— Entonces hay casos.

— Hay tres — dijo Halt. — En cincuenta y tres años. Y yo he leído los tres y en dos de ellos el elemento recuperado murió en los cuatro meses siguientes y en el tercero la célula perdió a cuatro personas para recuperar a una que después no fue capaz de continuar en campo.


Y después Halt dijo la cosa que Vahl puso en el informe final y que es lo que lo convierte en el hombre de este libro:

— Y hay otra razón y es la mía y no es de la casa, y es esta: Reiner tiene, en este momento, la única información que nosotros no podemos dejar caer, y es la única persona de la célula que la tiene toda.

— Una razón más para ir.

— No — dijo Halt. — Es la razón para no ir.

Porque si nosotros entramos ahí y fallamos —y vamos a fallar— ellos se enteran de que el hombre que se llevaron vale una operación.

Y un hombre que vale una operación es un hombre al que se interroga con atención en vez de interrogarlo por rutina.

La mejor cosa que nosotros podemos hacer por Osvald Reiner, hoy, es no valer nada.


La célula esperó diecinueve días, que es lo que manda el protocolo, y después lo dio por perdido.

Kranz no volvió al asunto y murió catorce días después de eso, en un camino, corriendo hacia un descampado, y este libro deja las dos cosas una al lado de la otra y no las liga, porque ligarlas sería darle a Tobias Kranz una intención que nadie le conoce y que él no dejó escrita.


La tercera decisión fue en junio y fue salir a pie.

Había dos maneras de salir de Sathkar en junio de 1877 con dos mujeres y dos hombres.

La rápida era por Vykhradia, por camino, en nueve días, con el carro y la cobertura y los papeles de la casa de cuero, y era la manera sensata.

La lenta era a pie por el sur, por la estepa, sin camino, en dieciséis a veinticinco días, sin cobertura ninguna porque cuatro personas a pie en la estepa no son casa de cuero ninguna.

Halt escogió la lenta.


La escogió por una razón que él le explicó a Solvang y que Solvang puso en el cuaderno, y que era correcta:

Una casa de cuero que cierra el almacén y sale de Sathkar con toda la gente dentro, en junio, con la licencia pagada hasta diciembre, es la cosa más notada que hacemos en tres años.

Un acreedor pregunta. Un acreedor pregunta en el portazgo. El portazgo tiene nuestro nombre y la fecha y la dirección.

Si salimos por el camino, dejamos detrás de nosotros un rastro con fecha, y el rastro le dice a quien lo quiera leer exactamente cuándo supimos lo suficiente para irnos.

Y quien lo lea, en Karzhar, va a contar hacia atrás y va a llegar a febrero, y en febrero está la circular del Consejo.

No les voy a entregar la fecha.


Estaba en lo cierto.

Y costó dieciséis días de estepa a un hombre de cincuenta y cuatro años con el corazón gastado, en junio, y Jerzy Halt sabía lo que estaba haciendo y lo hizo igualmente, y Petra Vahl, que estaba allí, lo escribió en 1886 en una declaración interna en respuesta a una pregunta sobre otra cosa:

Él lo sabía. Le pregunté al cuarto día si aguantaba y dijo que no sabía, que era una pregunta razonable, y que si no aguantaba nosotras llevábamos lo que él tenía en la cabeza de cualquier manera porque yo tenía todo lo que él tenía.

Lo tenía. Fue por eso por lo que me escogió para la Once y fue por eso por lo que pasó tres años leyéndome todo en voz alta.

Él no me estaba informando. Estaba haciendo copia.


XVII. Vesna, en el Día

Hay una cosa que este libro tiene que decir y que solo puede decir aquí, y es una cosa pequeña que deshace la versión heroica antes de que se forme:

La Célula Once no fue a buscar a Vesna.

No la rescataron, no la reclutaron, no la tenían en los planes, y el mandato prohibía expresamente el contacto con población cristiana cautiva — se hace notar que existe y que no es materia de este mandato.

Lo que ocurrió fue otra cosa y es peor y es mejor.


La fecha de Vesna era el 11 de marzo de 1877.

Llegó. Hay que decirlo así: llegó, y ella tenía veintidós años, y el vestido estaba listo desde hacía cuatro meses.

Y la casa a la que estaba atribuida —casa buena, del cuadrante del acueducto, con nombre que no consta en este libro— aplazó.


No aplazó por bondad.

Aplazó porque en febrero de 1877 el Consejo de Karzhar suspendió, por circular, todas las celebraciones de pacto nuevo en la ciudad durante noventa días, y la razón declarada de la circular fue reordenamiento de registro, que no quiere decir nada.

La razón real es la razón de este libro entero: Karzhar se estaba cerrando, en 1877, contra una cosa que venía de dentro, y un pacto nuevo es una parte nueva en un contrato que la ciudad ya no sabía si iba a querer tener.

Se suspendieron, según lo que Reiner había averiguado antes de ser llevado, entre cuatrocientas y seiscientas celebraciones.

Cuatrocientas a seiscientas personas en el Cerco con la fecha aplazada y el vestido listo.


Vesna lo supo el 3 de marzo, ocho días antes.

Y lo que sintió —y lo dijo en 1881, en Bernkanton, a una mujer que le preguntó, y la mujer lo escribió y es por eso por lo que existe— no fue alivio.

Me dio rabia.

Pasé ocho años preparándome para un día y el día no vino, y la primera cosa que pensé fue que iba a tener que hacerlo otra vez.

La segunda cosa que pensé, y no se lo conté a nadie durante cuatro años, fue: ¿y si no viene nunca?

Y la tercera cosa fue que yo no sabía hacer nada. Yo sabía ser novia. No sabía nada más, porque nunca nadie me pidió que supiera nada más.


Los noventa días acababan el 11 de junio.

El 9 de junio de 1877, dos mujeres extranjeras entraron en el Cerco de Karzhar por la puerta norte, que estaba abierta porque las puertas están abiertas, a las tres de la tarde, y nadie les preguntó nada porque nadie pregunta nada.


XVIII. Por Qué Fueron Ellas

La respuesta honesta es que nadie lo sabe, porque las dos mujeres que lo decidieron dieron, a lo largo de los trece años siguientes, cuatro explicaciones distintas y ninguna de ellas coincide.

Este libro presenta las cuatro y no escoge.


La explicación de Petra Vahl en 1877, en el informe final, escrita en Vykhrad, nueve días después, en estilo de casa:

Se efectuó entrada en el barrio cautivo de Karzhar el 9 de junio con el objetivo de obtener confirmación testimonial del régimen de suspensión de celebraciones decretado en febrero, por ser ese régimen la única prueba independiente del punto XV de este informe.

Se obtuvo.

Se extrajo a un sujeto por ser la extracción, en las circunstancias, el medio más fiable de transporte de testimonio.

Quiere decir: fuimos a buscar una prueba y la prueba tenía piernas.

Es la versión institucional, es perfectamente defendible, y Vahl la mantuvo durante nueve años.


La explicación de Mira Solvang en 1878, en una conversación que no fue registrada y que sobrevive porque la otra persona la repitió:

Éramos cinco y después tres. Yo había pasado tres años anotando lo que aquella ciudad les hacía a las personas y no había hecho nada por nadie, ni una vez, porque el mandato decía que no era materia.

Me iba de aquel sitio y tenía un sitio en el carro.


La explicación de Petra Vahl en 1886, en una declaración interna, cuando le preguntaron por tercera vez:

Fuimos sin decírselo.

El elemento primero estaba a dos calles de allí, sentado, porque ya no andaba bien, y nosotras le dijimos que íbamos a ver una cosa y él dijo que sí.

Se dio cuenta por la noche, cuando vio a la muchacha.

No preguntó nada. No preguntó ese día y no preguntó en los dieciséis que siguieron y murió sin haber preguntado.

Me han preguntado ahora, tres veces, por qué fuimos. Él tenía el derecho de preguntar y no preguntó, y ustedes no lo tenían y preguntaron, y yo registro la diferencia sin comentarla.


Y la explicación de Mira Solvang en 1890, a los cincuenta años, a una persona que no es de la Orden:

No fuimos a salvar a nadie. Fuimos porque salimos de allí con dos de nueve y porque nosotras dos somos de las Órdenes que anotan, y había una cosa en aquella ciudad que no cabía en ningún cuaderno nuestro.

Aquella gente trata a los cautivos con cariño. Con cariño de verdad. Les preguntan por el vestido.

Yo podía escribir eso en un informe y nadie en Aurum Roma iba a creerlo, y yo sabía que no lo iban a creer, porque yo misma no lo habría creído tres años antes.

Un informe no prueba. Una persona prueba.


Este libro añade una quinta hipótesis y la declara como hipótesis:

Ellas habían sido nueve y eran tres, y una de las tres estaba sentada a dos calles de allí sin conseguir andar más de veinte minutos seguidos, y las dos lo sabían, y sabían lo que eso quería decir para los dieciséis días que venían a continuación.

No hay nada en ningún cuaderno sobre eso.

Lo que hay es la frase que Mira Solvang usó en 1890 y que es la única de las cuatro explicaciones que no explica nada y es la única que este libro cree:

Había un sitio en el carro.

Y no había carro. Salieron a pie.


XIX. La Puerta Norte

Ellas no dijeron quiénes eran.

Nunca lo dijeron. Vesna pasó dos meses con aquellas dos mujeres y solo lo supo en Bernkanton, por otra persona, lo que ellas habían sido, y su primera reacción al saberlo fue decir ah, y quedarse callada mucho tiempo, y después preguntar si eso quería decir que iba a tener problemas.


Lo que pasó en la puerta norte fue esto y llevó once minutos.

La mayor de las dos —la de ojos claros, que hablaba veherénico mal— le preguntó si era del Cerco.

Vesna dijo que sí.

La mujer le preguntó si tenía fecha.

Vesna dijo que la había tenido y que había sido aplazada, y lo dijo del modo como se dice una contrariedad, con un encogimiento de hombros, porque así era como se decía.

Y la mujer de ojos claros miró a la otra, y la otra —la más callada, que no hablaba veherénico ninguno y que estaba mirando las casas— dijo algo en la lengua de ellas, y la de ojos claros se volvió e hizo la pregunta que lo cambió todo, y la hizo mal, con la gramática equivocada, cosa que Vesna recordó toda la vida:

— ¿Tú quieres quedarte?


Vesna no entendió la pregunta.

Es la parte que nadie en Aurum Roma creyó y es la razón por la que este libro insiste en ella: no entendió la pregunta, porque la pregunta presuponía una alternativa, y no había alternativa en su vocabulario.

Preguntó qué quería decir.

Y la mujer de ojos claros —que era Mira Solvang, hospitalaria, treinta y siete años, que tenía nueve años de extracción de marca demoníaca y un cuaderno con el Voto de Registro y que estaba haciendo la peor traducción de su vida— dijo:

— Quiere decir que nosotras nos vamos de aquí hoy y que tú puedes venir.


Vesna se quedó parada unos segundos.

Y después hizo tres preguntas, por este orden, y las tres están en el cuaderno de Solvang porque Solvang las escribió esa noche:

Preguntó si podía llevar a su madre.

Se le dijo que no.

Preguntó si podía ir a despedirse.

Se le dijo que no.

Preguntó qué había del otro lado.

Y este elemento no supo responder, porque la respuesta verdadera es «nada que le pertenezca», y porque la respuesta que se da en estas circunstancias es una mentira que este elemento no estaba dispuesto a decirle a una persona que iba a tener que vivir dentro de ella.

Se respondió: no lo sé.

Y ella dijo que sí.


Salió con lo que llevaba puesto.

No se llevó el vestido. Solvang le preguntó, años después, en Bernkanton, por qué no se había llevado el vestido, que era la única cosa suya que tenía algún valor, y Vesna respondió una cosa que Solvang escribió y subrayó:

Porque era de la casa. El vestido era de la casa. Yo era de la casa.


ACTO V — EL OCTAVO

Intervalo — Dieciséis Días de Estepa

Salieron de Sathkar el 4 de junio de 1877 en carro, perdieron a Kranz al mediodía de ese día en un control de camino a diecinueve kilómetros, y a partir de las dos de la tarde eran tres personas a pie.

Hicieron los ciento diez kilómetros hasta Karzhar en cinco días, entraron en la ciudad el 9 de junio, y salieron de allí ese mismo atardecer con una cuarta persona que no constaba en plan alguno.

Después fueron trescientos kilómetros de estepa sin camino.

Anduvieron dieciséis días.

Este intervalo trata de ellos porque la mayor parte de lo que una persona hace en tres años de servicio es andar, y porque ningún informe de la Inquisición Reformada en sesenta y seis años describió jamás una retirada.


Llevaban: un odre cada uno, un saco cada uno, cuatro mil setecientos noventa y siete cartuchos que abandonaron el segundo día porque pesan cuarenta y un kilos, el cuaderno de los Hospitalarios, y la cabeza de Petra Vahl.

No llevaban mapa.

Vahl tenía el recorrido memorizado desde 1874 porque lo había memorizado todo, y el recorrido era el mismo de la entrada al revés, y los condujo dieciséis días sin una sola vacilación registrada, y Solvang escribió en el cuaderno, al undécimo día, una línea de admiración profesional:

El elemento quinto no mira al sol y no mira a las estrellas y sabe dónde está.

Pregunté cómo.

Dijo que cuenta pasos desde abril del setenta y cuatro.


Halt aguantó doce de los dieciséis.

Se fue quedando atrás a partir del sexto y a partir del noveno pararon por la mañana y por la tarde por causa de él y nadie dijo por qué.

Al duodécimo, Solvang lo examinó de noche, sin pedirle permiso, del modo como examina un hospitalario, y él se dejó examinar y no preguntó el resultado.

El cuaderno registra el resultado en lenguaje de casa:

Pulso irregular, ciento diez en reposo. Extremidades frías. Disnea de esfuerzo a partir de quizá media hora de marcha. Edema de tobillo bilateral al final del día.

No hay nada que hacer aquí y no habría nada que hacer en Bernkanton.

No lo he comunicado al enfermo por no haber preguntado él y porque preguntarle si quería saber sería comunicárselo.


Y está la muchacha, y es la parte de este intervalo que Solvang escribió dos veces.

Vesna tenía veintidós años, había salido de un barrio amurallado con lo que llevaba puesto, y nunca en su vida había andado más de tres horas seguidas.

Aguantó los dieciséis días sin una queja registrada.

Solvang lo anotó al cuarto día y volvió a anotarlo al duodécimo, y la segunda anotación tiene una frase que es la clave del personaje y que ella no desarrolló:

No se queja y no pregunta cuánto falta.

Le pregunté hoy por qué no pregunta cuánto falta.

Dijo que no sabe qué haría con la respuesta.


Al undécimo día, Vesna hizo una cosa que no consta en cuaderno ninguno y que Petra Vahl contó en 1886 en una declaración sobre otra materia y que el inquiridor registró porque no supo qué hacer con aquello.

Halt había parado, sentado, al final de la tarde, y estaba tardando más de lo acostumbrado en levantarse.

Y la muchacha, que no hablaba su lengua y que en once días había cruzado quizá treinta palabras con él por intermedio, se sentó a su lado en el arcén y no dijo nada y se quedó allí hasta que él se levantó.

No lo ayudó. No lo tocó.

Se sentó al lado.


Y Jerzy Halt, que tenía cincuenta y cuatro años y que iba a morir cuatro días después y que nunca en su vida había conseguido despertar un cartucho, le dijo una cosa en kantonal que ella no entendió y que Vahl oyó desde diez pasos y le tradujo al cabo de nueve años, cuando volvieron a verse en Bernkanton.

Fue esto:

— No pare por mí.


Ella no entendió en aquel momento.

Y cuando entendió, nueve años después, en una lavandería en Bernkanton, con treinta y un años y dos hijos, lo que dijo —según lo que Vahl escribió ese mismo día, que es la última cosa que aquella mujer escribió sobre la Célula Once— fue:

— Yo no lo estaba ayudando. Yo estaba cansada.

Y después:

— Pero si él creyó eso, mejor.


XX. El Frío

Cruzaron el 25 de junio de 1877, al sur del Vado de Strazhka, en el mismo sitio por donde habían entrado tres años y dos meses antes, y esta vez eran tres y una de ellas no era de la Orden.

Tardaron dos horas y cuarenta minutos.

Y al cabo de cincuenta minutos del lado occidental, en mitad de un descampado, la muchacha dejó de andar.


Vahl se volvió.

Vesna estaba parada a unos cuatro pasos atrás, con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos metidas debajo de las axilas, y estaba temblando, y tenía una expresión que Vahl no supo identificar y que pasó los diez segundos siguientes intentando identificar antes de entender que era alarma.

— ¿Qué es esto? — dijo Vesna.

Vahl no entendió.

— Qué me pasa — dijo Vesna, y la voz subió. — Qué tengo. Estoy haciendo esto y no consigo parar.


Tenía veintidós años y nunca había sentido frío.

Nació en el Cerco de Karzhar, creció en el Cerco de Karzhar, y nunca en su vida había salido de la cuenca donde el aire está a la temperatura de un cuerpo.

Un veterano del Limes lo llama el calor de grieta y no sabe explicarlo y no lo necesita, porque un veterano del Limes atraviesa la frontera en los dos sentidos y registra la diferencia.

Quien nace ahí dentro no registra nada.

Vesna no tenía palabra para frío. Tenía la palabra veherénica, que existe y que ella sabía, del mismo modo que sabía la palabra para nieve y la palabra para mar — palabras de cosas que están en canciones.


Vahl hizo una cosa que no estaba en protocolo ninguno y que ella misma, al contarla en 1886, dijo que había sido la cosa más estúpida que hizo en veinticuatro años de servicio:

Explicó.

Le dijo, allí, de pie, en un descampado, a tres kilómetros de la frontera, con una patrulla a posiblemente once kilómetros, qué era el frío, y por qué el cuerpo tiembla, y que era normal, y que se le iba a pasar cuando se acostumbrara y que nunca se le iba a pasar del todo.

Llevó seis o siete minutos.

Solvang, detrás, no dijo nada y la dejó hablar.


Y Vesna lo oyó todo, y después hizo una pregunta que es la última cosa que este libro tiene que decir sobre la Heptarquía Pactuaria y que no necesita comentario, y Petra Vahl la escribió esa noche, a lápiz, en el primer papel que tuvo en las manos en tres años y dos meses:

Me preguntó si las personas del otro lado sienten esto todos los días.

Le dije que sí.

Me preguntó cómo lo aguantamos.


Fuente — De la correspondencia de Nikolaus Brecht

Papeles personales legados a la casa de Vykhrad en 1884. Brecht conservó minutas de expedición de catorce años de servicio, lo cual no es irregular, y copia de cuatro piezas que no tenía derecho a conservar, lo cual sí lo es. Las copias estaban en un legajo separado con una portada de una línea: «Si esto aparece, apareció porque yo quise.»


Minuta de expedición. Vykhrad, 2 de diciembre de 1874. Para la Secretaría de Células, Aurum Roma.

Se remite primer informe de la Célula Once, nueve folios, autenticado.

Se hace notar que el punto IV excede el mandato y se remite igualmente, por no competer al elemento octavo expurgar.


Despacho recibido. Aurum Roma, 2 de diciembre de 1874. [Copia conservada.]

El punto IV no es materia de este mandato. No se repita.


Minuta de expedición. Vykhrad, 19 de febrero de 1876. Para la misma.

Se remite segundo informe de la Célula Once, treinta y un folios, autenticado.

Se llama la atención de Vuestra Señoría sobre el punto VII, que establece el método del beneficio y que es, por sí solo, respuesta íntegra al mandato de 1873.

Se llama la atención, por separado, sobre el punto XI, que registra cuatro puestos de vigilancia no pactuada en la Forja Cuarta de Sathkar y para los cuales el elemento primero declara no tener explicación.

Este elemento octavo se permite observar, excediendo su función, que cuatro puestos pagados al doble en una operación industrial son la cosa más informativa que consta en estos treinta y un folios, y que el elemento primero hizo bien en registrar la pregunta sin responderla.


Despacho recibido. Aurum Roma, 11 de marzo de 1876. [Copia conservada.]

Recibido y apreciado. El mandato se da por cumplido en cuanto a método y a volumen.

Se determina prórroga de la célula por el plazo remanente con el siguiente añadido de mandato: establecer capacidad de producción fuera de Sathkar.

En cuanto al punto XI: se anota. No se desarrolle.

Se hace notar al elemento octavo que su función es autenticar y transmitir.


Minuta no expedida. Vykhrad, 14 de marzo de 1876. Tachada y conservada.

La función de este elemento es autenticar y transmitir y no tiene otra y lo reconozco.

Solicito que se me aclare si «no se desarrolle» es orden a transmitir a la célula.

Si lo es, la transmito y queda dicho que la transmití contra mi parecer, y mi parecer es este: acabamos de decirles a cinco personas que llevan dos años en un país enemigo que no desarrollen la única cosa que encontraron y que nadie esperaba.

Si no es orden, no la transmito y el asunto queda entre nosotros dos.


[Debajo, en la misma hoja, otra letra y otra tinta — la del propio Brecht, en fecha posterior:]

No expedí.

No expedí porque, si la respuesta llegaba a ser «es orden», yo habría tenido que transmitirla, y yo no quería la respuesta.

Es la primera vez en catorce años que evito recibir una instrucción. Lo registro aquí porque no hay otro sitio y porque quien hace esto una vez lo hace otra, y yo lo hice otra vez en el setenta y siete.


Minuta de expedición. Vykhrad, 4 de enero de 1877. Para la misma.

Nada que remitir en el trimestre.

Célula Once en posición. Último contacto: 19 de diciembre, punto de frontera, por persona interpuesta. Cinco elementos en servicio.

Perdidos: elemento séptimo, 19 de septiembre de 1875, muerte accidental en patio de carga, comunicada en informe segundo.

Se solicita, por tercera vez, instrucción sobre si el elemento séptimo consta como perdido en servicio a efectos de congrua de familia.


Despacho recibido. Aurum Roma, 2 de febrero de 1877. [Copia conservada. Es el más corto de los cuatro.]

No consta. La Célula Once no existe en cuadro público.

No se insista.


[Anotación de Brecht al margen, contemporánea:]

Él tenía madre en Vykhradia.

Le escribí yo, en nombre propio, en marzo, diciéndole que su hijo había muerto trabajando para la Corona en una cosa que no podía explicar, y le mandé once ducados aurelios míos.

Es irregular y lo firmo.

Se hace notar que once ducados es el valor de la congrua trimestral de un elemento de célula y que yo lo sé porque soy yo quien tramita las congruas, y que por tanto lo que hice fue pagarle un trimestre y no fue caridad ninguna.

Le debían once años.


XXI. Vykhrad

Nikolaus Brecht las recibió el 4 de julio de 1877 en una casa de dos plantas en la ciudad baja de Vykhrad, y la primera cosa que hizo, antes de mandarlas sentarse, fue contarlas.

Contó tres.

Y dijo, porque era la pregunta y no había otra:

— ¿Cuántos?

— Dos — dijo Vahl. — Nosotras dos. Y la muchacha no es nuestra.

Brecht miró a Vesna un par de segundos, sin hostilidad y sin interés, del modo como se mira un objeto que va a tener que ser colocado en algún sitio, y dijo:

— Después.


Nikolaus Brecht tenía sesenta y dos años y treinta y uno de servicio, y era punto de contacto desde hacía catorce, y nunca había atravesado la frontera.

Conviene no hacer de esto un defecto. El elemento octavo no atraviesa por diseño: su función es recibir, autenticar y transmitir, y un hombre que atraviesa deja de poder autenticar lo que trae.

Brecht había recibido, en catorce años, los informes de nueve células, y los había transmitido todos, y tenía una hoja de servicio sin una sola observación en treinta y un años.

Era, en el lenguaje de la casa, limpio.


Lo que hizo con la Célula Once llevó cuatro días y fue impecable.

Puso a Vahl en una sala con papel y le mandó escribirlo todo, de cabeza, sin interrumpirla y sin resumirla, y ella escribió durante cuatro días —ciento once folios, que es el mayor volumen que una célula de la Reformada produjo en el siglo— y él no leyó una línea mientras ella escribía, porque leer mientras se escribe contamina.

Puso a Solvang en otra sala y le recogió el cuaderno de los Hospitalarios, que era irregular y que él registró como irregular y transcribió igualmente.

Y en la noche del 8 de julio de 1877, solo, con los ciento once folios delante y una lámpara de Lumen encima de la mesa, lo leyó todo de una vez.

Llevó nueve horas.


Este libro no sabe lo que Nikolaus Brecht pensó en aquellas nueve horas y no lo va a inventar.

Sabe lo que hizo a continuación, porque está en los asientos, y sabe lo que escribió, porque lo que escribió sobrevivió.

A las siete de la mañana del 9 de julio de 1877, Nikolaus Brecht autenticó el informe de la Célula Once, en los ciento once folios, con su rúbrica en cada uno, que es el procedimiento.

Y después no lo transmitió.


Intervalo — Las Nueve Horas

Este libro dijo que no sabe lo que Nikolaus Brecht pensó en las nueve horas de la noche del 8 de julio de 1877 y que no lo iba a inventar, y mantiene las dos cosas.

Lo que puede hacer es decir lo que había encima de aquella mesa, porque eso se sabe, y dejar al lector sentado donde él estuvo.


Había ciento once folios escritos a mano por una mujer de cuarenta y un años en cuatro días, a partir de memoria, sin una sola corrección — y Brecht verificó eso y lo anotó, porque catorce años de autenticación enseñan a un hombre a mirar las tachaduras antes de mirar el texto, y no había tachaduras.

Estaba el cuaderno de enfermería de Mira Solvang, con cuatrocientas once personas tratadas y ningún nombre registrado.

Estaba un ejemplar del manual de campo de 1859 con la anotación de Halt al margen.

Y estaba una lámpara de Lumen, que es la cosa más cara de cualquier despacho de la Orden Clerical y de la que la casa de Vykhrad tenía una, y Brecht la puso en la mesa y leyó a su luz, lo cual es un detalle sin importancia ninguna y que él registró en la nota, y es el único detalle físico de toda aquella noche que sobrevivió.


Lo que se sabe, además de eso, es el recorrido de la lectura, porque Brecht era metódico y porque anotó la hora a la que cerró cada parte.

Empezó a las diez de la noche.

Partes I a VI —el cruce, Karzhar, el Cerco— cerradas a las doce y cuarto. Dos horas y cuarto para cuarenta folios.

Partes VII a XI —Sathkar, el método, los cuatro vigilantes— cerradas a las dos y media.

Partes XII a XV —las dos cámaras, los Vigías, Karzhar ejecutando— cerradas a las cinco.

Dos horas y media para diecinueve folios.

Partes XVI a XXI —las muertes, la salida, la muchacha— cerradas a las seis.

Una hora para treinta y un folios, lo cual es lectura rápida, y un hombre que lee rápido la parte en que mueren cuatro personas no está leyendo con menos atención: está leyendo con prisa por llegar al final.


Y después estuvo una hora sin leer nada.

Es la única cosa de aquella noche que se puede llamar interior y se sabe porque él dejó la hora en blanco en la anotación y porque la anotación siguiente es de las siete.

Una hora, con los ciento once folios cerrados encima de la mesa, en un despacho de Vykhrad, con una lámpara de Lumen encendida y la ciudad despertando ahí fuera.


A las siete de la mañana autenticó.

Ciento once folios, rúbrica en cada uno, que es el procedimiento y que lleva cerca de veinte minutos hacerlo bien.

Lo hizo bien. Están todos rubricados y la rúbrica es la misma en los ciento once, y un perito que los viera hoy diría que fueron rubricados seguidos y sin vacilación, porque lo fueron.


Y después, y es la última cosa que este libro sabe de aquella noche, escribió la nota de las cuatro razones.

Le llevó, por el espaciado de la letra y por lo que él mismo anotó al final, cerca de dos horas para dos hojas.

Dos horas para dos hojas es escritura lenta.

Es la escritura de un hombre que está poniendo a prueba cada frase antes de dejarla quedarse, y el resultado es un documento que cualquier persona que sepa leer entiende a la primera, y es la única cosa en todo este asunto que fue escrita para ser leída por alguien que todavía no ha nacido.


Una cosa más, y cierra este intervalo.

Petra Vahl estaba en aquella casa, en el piso de arriba, y no durmió, y oyó.

No oyó nada en particular. Oyó a un hombre andar, de vez en cuando, de una punta a otra de un despacho, durante nueve horas.

Y en 1886, cuando le preguntaron en la declaración interna si había tenido conocimiento del destino del informe, respondió que no, lo cual era verdad, porque solo lo supo en 1884 por los papeles de él.

Y añadió, sin que se lo hubieran preguntado, la cosa que hizo al inquiridor de 1886 tachar media página y volver a empezar:

Sé que lo leyó todo, porque yo lo oí andar la noche entera y un hombre que decide no transmitir lo decide al tercer folio y se va a dormir.

Él leyó los ciento once.

Fue el único.


XXII. Las Cuatro Razones

Él las escribió. Es lo que hace posible este libro: Nikolaus Brecht no escondió el informe y no lo destruyó y no mintió sobre él.

Lo archivó, íntegro, en el Archivo Cerrado de Aurum Roma, por vía de depósito directo —que es una vía que existe y que es legal y que se usa tres o cuatro veces por década—, con una nota de acompañamiento de dos hojas firmada con el nombre entero.

El Archivo Cerrado no tiene catálogo.

Un documento depositado por vía directa existe, está allí, es consultable por quien tenga acceso de circulación — y no es encontrable a no ser que ya se sepa que existe.

Brecht lo sabía. Petra Vahl, que había pasado doce años en aquel depósito, lo sabía mejor que él.


La nota de acompañamiento tiene cuatro razones y es el documento mejor escrito de este libro, y hay que presentarlo entero y sin ironía, porque ninguna de las cuatro razones es mala fe y tres de ellas son correctas.


Aurum Roma, por depósito directo. 9 de julio de 1877.

Nikolaus Brecht, elemento octavo, Célula Once.

Autentiqué los ciento once folios que acompañan esta nota y respondo por ellos. Lo que allí está es lo que los elementos primero, segundo, quinto y sexto vieron, y son personas de cuya competencia no tengo reserva que presentar. Cuatro de ellos murieron obteniendo aquello.

No transmito.

Expongo las razones y las firmo con mi nombre entero, lo cual es irregular y lo hago a propósito, para que quien un día lea esto sepa a quién imputarlo.


Primera. El informe establece que el Infierno tiene política interna, que sus capas disputan precedencia entre sí, y que una de esas capas trabaja activamente contra la otra.

Esto es, hasta donde se sabe, verdadero.

Y es indefendible en doctrina. La Orden Clerical sostiene ciento diez años de guerra sobre la proposición de que el adversario es uno. Un adversario que es siete, o que es siete más una capa de funcionarios descontentos, no justifica la estructura que tenemos, y la estructura que tenemos es la única cosa que está entre el continente y lo que está debajo del Sello VII.

La proposición verdadera derriba la institución que la verdad necesita que quede en pie. No tengo solución para esto y no soy el hombre a quien toca encontrarla, y es por eso por lo que no la transmito a un hombre a quien tampoco le toca.


Segunda. El informe establece que existe, en la ciudad de Karzhar, un interés de Estado alineado con el nuestro, y que los pactuarios de Karzhar están ejecutando gente por rezar a los Vigías.

El elemento primero recomienda expresamente que no se considere acercamiento. Concuerdo con él y voy más lejos.

Si esto se transmite, alguien en Aurum Roma va a considerarlo. No hoy. Dentro de nueve años, cuando un frente esté cediendo y alguien necesite una idea.

Y en la hora en que la Orden Clerical establezca contacto con una corte pactuaria por interés común, dejamos de ser la cosa que somos, y todos los que murieron en el Limes desde 1780 murieron en otra guerra que nadie les dijo que era.

Prefiero que este papel se quede en un sótano.


Tercera. El informe contiene, en el punto XI, el relato de una quiebra de pacto obtenida por recitación del Rito Veherénico en la versión íntegra, verificada de cerca por el elemento sexto.

Es la cosa más valiosa que esta Orden ha obtenido en cincuenta años y es la cosa que menos puedo transmitir.

Porque no es un arma. Requiere fe genuina de quien reza, y nosotros somos la Orden que no la tiene — es nuestra condición de oficio y está establecida desde hace cincuenta años y el elemento sexto lo consiguió una vez, con un esfuerzo que él describe, y nunca más lo intentó.

Si esto se transmite, se transforma en programa. Se van a formar hombres para esto y los hombres no lo van a conseguir, porque no se forma la fe, y se va a concluir que fallaron por deslealtad en vez de por imposibilidad.

Ya he visto sacar esa conclusión en esta casa. No la quiero ver otra vez a escala de un continente.


Cuarta, y es la única de la que no me enorgullezco.

El elemento primero murió el 21 de junio, a cuatro días de la frontera, de causa natural, a los cincuenta y cuatro años.

Si él estuviera vivo yo transmitía.

No porque él me lo mandara — yo soy el octavo y él era el primero y en esto la jerarquía no cuenta, y él lo sabía.

Transmitía porque él estaría vivo para responder por los ciento once folios, y yo habría transmitido el informe de un hombre, y no el informe de una célula extinta que no tiene quien la defienda.

Un documento sin autor vivo, en esta casa, no es un documento. Es un objeto al que cualquier persona puede atribuir la intención que le convenga.

Lo deposito en vez de transmitirlo porque un depósito no tiene intención. Se queda. Quien lo quiera, que lo busque.

Firmo: Nikolaus Brecht.


Intervalo — Lo Que Se Hace con Una Persona

El problema de Vesna le ocupó a Nikolaus Brecht más tiempo que los ciento once folios y es el único asunto de toda la Célula Once que resolvió mal.

Se dice esto sin malicia. Él mismo lo escribió.


El problema es este y es administrativo y no tiene nada de dramático.

Una mujer de veintidós años, nacida en territorio pactuario, sin documentos, sin lengua del continente occidental, sin oficio, sin familia de este lado y sin existencia legal en ningún sitio, atravesó la frontera de Vykhradia por paso irregular en junio de 1877.

La Orden Clerical no tiene procedimiento para esto.

No es desatención. Es doctrina: un cautivo cristiano recuperado del este es, en derecho canónico, un cautivo cristiano recuperado del este, y el procedimiento es entrega al obispado de su naturaleza.

Vesna no tenía naturaleza cristiana. Nació en Karzhar.


Brecht pasó dos semanas en esto y la cosa que escribió al cabo de las dos semanas es la frase más honesta de este libro sobre lo que aquella Orden es:

No hay casa. Busqué.

Hay casa para el cautivo recuperado, hay casa para el hereje arrepentido, hay casa para el poseído extraído y hay casa para la huérfana de guerra.

No hay casa para la persona que nació ahí dentro, que es cristiana por ninguna vía que nosotros reconozcamos, que no pactuó, y que salió por voluntad propia dos días antes de la fecha.

Ella no es nada. No estoy siendo cruel: literalmente no cabe en ninguna de las cuatro categorías y yo leí las cuatro órdenes.


Las opciones eran tres y Brecht las escribió por orden y después tachó la primera.

Entregarla al obispado de Vykhrad como cautiva recuperada. Es el camino normal y dura nueve meses y acaba en casa de acogida y después en servicio doméstico, y ella sería interrogada cuatro o cinco veces por gente de mi Orden, y la primera pregunta sería por qué salió, y ella no tiene respuesta que satisfaga, porque la respuesta es que le aplazaron la fecha.

[Tachado, con nota: no hago esto.]

Segunda: dejarla en Vykhrad sin papeles. Es lo que les pasa a cuatro mil al año y no muere nadie de eso, y al cabo de dos años hay manera de conseguir papeles.

Dos años en Vykhrad sin papeles, para una mujer de veintidós años sin lengua, es una cosa que yo sé lo que es y no escribo.

Tercera: una de las dos se la lleva.


Hizo la tercera y la hizo del modo más irregular posible, y lo que escribió sobre eso está en el legajo de las cuatro copias, en una hoja aparte, en letra pequeña:

Falsifiqué.

Le hice una declaración de naturaleza de una aldea del Limes de Vykhradia que fue destruida en 1859, en la campaña de Cherniwicz, y cuyo registro parroquial ardió, y que por tanto no puede ser desmentida por documento ninguno porque no hay documento ninguno.

Escogí esa aldea porque la conozco de servicio y porque sé que el registro ardió.

Le puse apellido de aquella aldea. Le puse edad correcta.

Firmé con la rúbrica de autenticación de mi función, que es la única cosa que tengo y que vale, y que usé catorce años para autenticar lo que era verdad.

La usé una vez para esto.

Si algún día esto se descubre y alguien busca qué más autentiqué yo en catorce años, encontrará que está todo correcto, y encontrará esta.

Y concluirá que un hombre que falsifica una vez falsifica siempre, lo cual es falso, y que por tanto todo lo demás es dudoso, lo cual es el daño real y es el daño que yo le hice a esta casa, y no a la muchacha.

Lo asumo.


Vesna se fue a Bernkanton con Mira Solvang en septiembre de 1877, con un papel que decía que había nacido en una aldea que ya no existía.

Llevó consigo dos cosas: el papel y una carta de recomendación para la casa hospitalaria, firmada por Solvang, que decía que la portadora era persona de confianza y que sabía lavar.

No sabía lavar.

Aprendió en tres semanas y Solvang escribió en el cuaderno, en octubre de 1877, una línea que es de las pocas con humor en veintiún años de aquel cuaderno:

V. no sabía lavar y dijo que sabía. Aprendió en tres semanas. Lo anoto por ser el primer embuste del que ella es autora y por haber salido bien.


Fuente — Del expediente de Vesna en la casa hospitalaria de Bernkanton

Hospitalarios del Hashmal, casa de Bernkanton, expediente de personal auxiliar 1877/411. Formulario kantonal. Los Hospitalarios abren expediente a toda la gente que entra al servicio, incluida la lavandería, porque el Voto de Registro no distingue.


Ficha de admisión, 11 de septiembre de 1877.

Nombre: [rellenado] Edad: 22 Naturaleza: conforme a declaración anexa. Estado: soltera. Oficio anterior: ninguno declarado. Sabe leer: sí. Sabe escribir: no. Lenguas: veherénico. Kantonal, ninguno. Admitida para: lavandería, turno de día. Recomendada por: Solvang, M., hospitalaria con facultad.


Observación del admisor, misma fecha, campo libre:

La recomendante trajo a la admitida en persona y esperó dos horas, lo cual no es costumbre suya ni de nadie.

La admitida no habla kantonal y respondió al formulario por intermedio de la recomendante.

Hizo una pregunta al final, por intermedio, y la transcribo por ser inusual:

Preguntó si iba a poder salir.

Respondí que sí, que la lavandería es turno de día y que se sale a las seis.

Preguntó otra vez, y la recomendante tradujo por segunda vez con más palabras, y entendí que la pregunta no era sobre el turno.

Respondí que sí, que puede salir cuando quiera y adonde quiera y que nadie le pregunta nada.

No pareció creerlo. Se anota.


Anotación marginal, 2 de marzo de 1878.

Aprende kantonal. Progreso notable para seis meses.

Pasa a turno de día con llave, que es puesto de confianza.


Anotación marginal, 19 de junio de 1880.

Requiere autorización para asistir a clase de escritura de la casa, dos noches por semana.

Concedido.


Anotación marginal, 11 de noviembre de 1881.

Concluyó la clase de escritura.

Se hace notar, a petición de la propia y por haber ella insistido, que la primera cosa que escribió de su mano fue una carta que no expidió y que pidió guardar en el expediente.

Se guarda.


[La carta consta en el expediente. Está en veherénico, escrita con letra de quien aprendió kantonal primero, con la ortografía aproximada. Tiene cuatro líneas y no tiene dirección.]

Madre,

Yo no hice mal papel en el día.

No hubo día.

Estoy bien y hago una cosa con las manos y nadie me pregunta nada.


Anotación marginal, 4 de mayo de 1884.

Se casó. Continúa al servicio a petición propia.


Anotación marginal, 21 de noviembre de 1890.

Fallecimiento de la recomendante, Solvang, M.

Se hace notar, porque el Voto lo manda y porque lo pidió la interesada, que la titular de este expediente asistió al velatorio y que pidió quedarse a cerrar la sala, y que se quedó sola en la sala veinte minutos, y que cuando salió pidió que se anotara que se había quedado.

Se anota.


XXIII. Lo Que Les Pasó a las Dos

PETRA VAHL volvió al Archivo Cerrado en septiembre de 1877 y se quedó allí hasta 1893.

Pidió el traslado ella misma, por segunda vez en su vida y en sentido inverso al de la primera, y el despacho de concesión tiene una línea de fundamentación que es una de las pocas frases con humor que la Inquisición Reformada produjo:

Se concede. La requirente es la única funcionaria de esta casa que pidió dos veces el puesto opuesto al que tenía y tenía razón las dos veces.

Pasó dieciséis años en aquel sótano.

Y lo que hizo allí dentro durante dieciséis años es la única cosa que se parece a una venganza en todo este libro, y no se parece mucho: guardó la cota.


No hay cotas en el Archivo Cerrado. Es el punto. Pero hay posición física, y Petra Vahl supo, hasta morir, exactamente en qué corredor, en qué estante y a qué altura estaban los ciento once folios de la Célula Once, y lo sabía porque fue ella misma quien los colocó.

Nunca se los enseñó a nadie.

Nunca se los pidieron.


En 1889 —doce años después— el Cardenal Reinhardt Voss, de la Reformada, pidió al Archivo Cerrado todo lo que existiera sobre concurrencia de estandartes en campo, para un trabajo que no tiene nada que ver con este.

Petra Vahl, que tenía entonces cincuenta y tres años y era la funcionaria más antigua del depósito, fue a buscar las diecinueve cajas de 1854.

Y no fue a buscar los ciento once folios.

Le preguntaron, en 1893, al final de la carrera, en una investigación de rutina, si alguna vez había dejado de suministrar material pedido.

Respondió que no, y era verdad: nadie lo había pedido.


MIRA SOLVANG no volvió a la Reformada.

Pidió reversión a los Hospitalarios del Hashmal en octubre de 1877 y la obtuvo en tres semanas, lo cual es insólitamente rápido y se debe, según lo que se averiguó después, a una carta personal del Prior de Bernkanton que nadie le pidió que escribiera.

Se fue a la casa hospitalaria de Bernkanton y se quedó allí veintiún años.

Trabajó en enfermería de desgaste: es el ala donde se entierran los clérigos iluminados al final del plazo, las Blancas Médiums al cabo de cuatro o seis años, y los purificadores licenciados al final de la carrera — cerca de dos mil cuatrocientos al año en todo el continente, y todos ellos mueren en una cama hospitalaria.

Y los Hospitalarios, siendo lo que son, anotan.

Mira Solvang pasó veintiún años anotando la curva.


Y en 1881 anotó, en un cuaderno de enfermería de Bernkanton, entre un óbito de purificador de cincuenta y nueve años y un óbito de Blanca de veintiséis, cuatro líneas que no son de enfermería ninguna y que la casa nunca borró:

Conversación con V., 24 años, ex cautiva de Karzhar, cuatro años en Bernkanton, empleada de lavandería de esta casa.

Preguntada sobre lo que más le costó en la salida, respondió que fue no saber hacer nada.

Preguntada sobre el día señalado, respondió que lo que la asustaba era hacer mal papel delante de su madre.

Se anota porque el Voto manda anotar lo que no conviene, y esto no le conviene a nadie.


Fuente — De la enfermería de desgaste de Bernkanton

Hospitalarios del Hashmal, casa de Bernkanton, cuadernos de enfermería de desgaste, 1878 a 1898. Mira Solvang fue titular del ala entre 1879 y 1890. Los cuadernos son públicos dentro de la Orden y están en la casa y cualquier hospitalario los puede pedir.

La enfermería de desgaste es el ala donde mueren los clérigos iluminados al final del contacto, las Blancas Médiums al cabo del plazo, y los purificadores licenciados al final de la carrera. Cerca de dos mil cuatrocientos al año en todo el continente. Todos ellos mueren en una cama hospitalaria.

Y los Hospitalarios, siendo lo que son, anotan.


Resumen anual, 1879. Casa de Bernkanton, ala de desgaste.

Óbitos: 41.

Purificadores licenciados: 29. Edad media: 58 años y 4 meses. Años de ejercicio: 31.

Clérigos iluminados: 8. Edad media: 44. Años de contacto: 5 y medio.

Blancas Médiums: 4. Edad media: 27. Turnos: 4 y 6 y 5 y 6.


Resumen anual, 1884.

Óbitos: 51.

Purificadores licenciados: 34. Edad media: 56 años y 1 mes.

Clérigos iluminados: 11. Edad media: 42. Años de contacto: 4 y cuarto.

Blancas Médiums: 6. Edad media: 26. Turnos: seis, siete, siete, siete, ocho, ocho.


[Anotación de la titular, 1884, al final del resumen:]

Seis Blancas este año y cuatro de ellas por encima de seis turnos.

El límite canónico es de dos y fue quebrado por circular este año, y la circular es buena y es necesaria y yo concuerdo con ella y lo firmo.

Se anota igualmente que cuatro mujeres de esta casa hicieron siete y ocho turnos y que la mayor tenía veintinueve años.


Resumen anual, 1889.

Óbitos: 61.

Purificadores licenciados: 39. Edad media: 54 años y 9 meses.

Clérigos iluminados: 14. Edad media: 41. Años de contacto: 3 y tres cuartos.

Blancas Médiums: 8. Edad media: 25.


Hoja anexa, sin fecha, letra de la titular, archivada en el fondo de 1889 y no integrada en ningún resumen.

Diez años en esta ala.

Purificadores licenciados: edad media a la muerte, cincuenta y ocho años y cuatro meses en el setenta y nueve; cincuenta y cuatro y nueve en el ochenta y nueve.

Tres años y siete meses en diez años.

Clérigos iluminados: cinco años y medio de contacto en el setenta y nueve; tres y tres cuartos en el ochenta y nueve.

Blancas: veintisiete años a la muerte en el setenta y nueve; veinticinco en el ochenta y nueve.

Las tres curvas bajan y bajan juntas y bajan todos los años y no hay un solo año de inversión en diez.

Esta casa forma, al año, entre once y catorce purificadores.

Esta casa entierra, al año, entre veintinueve y treinta y nueve.

No soy yo quien forma y no es mi Orden, y el seminario de Bernkanton tiene números propios que yo no tengo.

Pero yo tengo estos y ellos son de lo que se entierra y lo que se entierra es más que lo que entra por aquella puerta, y lo es desde hace diez años, y va a seguir siéndolo.


[Segunda hoja anexa, misma letra, sujeta a la primera:]

Hice esto por hábito de Orden y no por encargo de nadie, y voy a hacer una cosa que no es de hábito ninguno, que es escribir lo que esto quiere decir.

Lo escribo una vez y no lo repito y no lo mando a ninguna parte.

Yo estuve tres años, entre el setenta y cuatro y el setenta y siete, en una ciudad donde el otro lado beneficia la materia que usa por exposición de portador y no por acto de fe, y donde por eso la producción se aumenta contratando gente.

Vine de allí con esa información y ella fue a parar a un sótano y yo concordé con quien la puso allí, y sigo concordando.

Y pasé diez años en esta ala viendo bajar la nuestra.

Nosotros gastamos fe y no la podemos contratar, y ellos gastan tiempo de gente y sí pueden, y es eso, es solo eso, esa es la diferencia entera, y está en un sótano en Aurum Roma y está aquí en tres columnas de números que cualquier hospitalario de esta casa puede pedir y leer.

Y va a seguir en dos partes hasta que alguien las ponga en la misma mesa.

Dudo que sea yo. Tengo cuarenta y nueve años y he tosido sangre dos veces este mes.


[No hay tercera hoja.]


XXIV. Vesna, Después

Vesna llegó a Bernkanton en septiembre de 1877 con veintidós años, sin documentos, sin lengua y sin oficio, y hay que decir lo que le pasó sin embellecer, porque lo que le pasó fue duro y no fue trágico y las dos cosas son distintas.

Trabajó en lavandería catorce años.

Aprendió kantonal en tres, mal, y lo habla con acento que nadie identifica porque no hay en Bernkanton nadie más con aquel acento.

Se casó en 1884 con un hombre de Bernkanton que trabajaba en fundición, y el matrimonio fue bueno y duró, y él nunca supo de dónde venía ella, y ella nunca se lo dijo, y en 1890 seguía sin habérselo dicho.

Tuvo dos hijos.


Nunca le escribió a su madre.

No podía —no hay correo para la Heptarquía y no habría dirección y ella no sabe escribir veherénico, porque en el Cerco se enseñaba a leer y no a escribir.

Pensó en ella todos los días durante unos seis años y después, según lo que ella misma dijo, pensó en ella casi todos los días.


Y está la cosa que ella hace y que nadie en Bernkanton entiende y que este libro deja aquí sin explicarla:

Vesna lleva abrigo dentro de casa.

En agosto. Con la chimenea encendida. Su marido se mete con eso desde hace seis años y ella se ríe y no lo explica, y una vez, en 1888, le dijo una cosa que a él le pareció extraña y que le repitió a un amigo y que es así como se sabe:

— Yo no siento el frío como tú. Yo lo siento como una cosa que está pasando.


Y está la última, que es de 1890 y que cierra esto.

En marzo de 1890, una mujer de cincuenta años entró en la lavandería de la casa hospitalaria de Bernkanton y se sentó en un banco junto a la caldera y se quedó allí una hora, y era Mira Solvang, que estaba enferma y que murió en noviembre del mismo año.

Hablaron de cosas pequeñas.

Y a la salida, Solvang le preguntó una cosa que llevaba trece años guardando:

— Si la fecha no hubiera sido aplazada, ¿tú habrías ido?

Y Vesna, que tenía treinta y cinco años y dos hijos y catorce años de lavandería y un abrigo puesto en marzo dentro de una sala con caldera, respondió:

— Habría ido.

Y después:

— Y tú habrías llegado a Karzhar en junio igualmente, y yo habría estado allí, y tú no me habrías reconocido, porque yo ya sería otra cosa.

Y después, y es la última frase de este libro que pertenece a una persona viva:

— Ustedes llegaron dos días pronto. Fue solo eso. Todo el mundo dice que es mucho más que eso y es solo eso.


Fuente — De las hojas que se quedaron con el elemento primero

Jerzy Halt escribió, a lo largo de tres años, un número indeterminado de hojas que no forman parte de informe alguno y que nunca fueron transmitidas. Las llevaba consigo. Veintiuna sobrevivieron: estaban en su saco cuando murió, y Petra Vahl trajo el saco, y se lo entregó a Nikolaus Brecht con el resto.

Brecht las leyó, decidió que no eran materia de servicio, y las guardó con sus papeles personales, lo cual es irregular dos veces.

Están en Vykhrad. Son la única cosa en este libro que se parece a un diario y no son un diario: son un contable pensando en voz alta en papel, porque era como él pensaba.


Hoja cuarta. Sin fecha, probablemente 1874.

Hice hoy las cuentas del primer semestre y cierran.

No sé por qué esto me da satisfacción en un sitio así y me la da.


Hoja séptima. Sin fecha, probablemente finales de 1875.

Dorn tenía veintiséis años.

Estuve hoy haciendo la cuenta de cuánto gastó esta Orden en él —reclutamiento, cuatro años de congrua, instrucción, equipo, pasaje— y da seiscientos once ducados aurelios.

Hice la cuenta porque es lo que yo hago y a mitad de ella entendí que la estaba haciendo para no hacer otra cosa, y la terminé igualmente, porque terminar es mejor que parar a medias.

Seiscientos once.

No es la cuenta correcta y yo sé cuál es la cuenta correcta y no la sé hacer.


Hoja novena. Sin fecha, probablemente 1876.

Tres cosas que yo sé y que no van en el informe porque no son de informe.

Primera: Solvang trata gente y yo lo sé desde el cuarto mes y nunca dije nada, y ella sabe que yo lo sé y nunca dijo nada, y es la cosa más parecida a la amistad que hubo en esta célula en dos años.

Segunda: Vahl sabe todo lo que yo sé y lo sabe a propósito, porque yo se lo leo todas las semanas en voz alta. Nunca le dije por qué y ella nunca preguntó, y es porque nunca preguntó por lo que yo sé que lo entendió.

Tercera: Kranz va a morir. No es previsión, es aritmética: en cualquier cosa que salga mal, el diseño de la célula lo pone delante, y las cosas salen mal dos o tres veces en tres años.

Escribo esto para que quede escrito que yo lo sabía cuando lo diseñé.


Hoja undécima. Sin fecha, probablemente después del velatorio de julio de 1876.

Reiner quebró un pacto con una oración.

Yo estuve diecinueve años en esta casa persiguiendo gente por decir que eso es posible.

No es lo mismo. Ferrumkar fue purificación sin clero y esto es otra cosa, y yo sé la diferencia y podría escribirla en tres líneas y sostenerla delante de un tribunal.

Escribo aquí que pasé la noche haciéndolo y que ninguna de las tres líneas me sirvió.


Hoja decimotercera. Sin fecha, 1876.

Le pregunté a Reiner si funcionaba conmigo y dijo que no porque yo no tengo a nadie.

Tenía razón y lo dijo con delicadeza, lo cual fue peor.

Yo tenía una hermana en Bernkanton y le escribo dos veces al año desde hace diecinueve años diciéndole que estoy bien y que el trabajo va bien. Ella cree que soy perito de seguros como nuestro padre.

Si yo muero aquí, ella se va a quedar creyendo eso.

Y yo lo prefiero así y no es por oficio, es porque no consigo imaginarme su cara oyendo el resto.


Hoja decimosexta. Enero de 1877.

Reiner pidió tres meses y yo se los di.

La cuenta está bien: tenemos munición, tenemos casa, tenemos cobertura, y tres meses en catorce años de guerra no es nada.

La cuenta está bien y voy a escribir aquí, porque no lo puedo escribir en ninguna otra parte, que la cuenta no es la razón.

La razón es que aquel hombre pasó dos años diciéndome cosas que yo no entendía y que eran todas verdaderas, y que cuando me pidió tres meses yo entendí, por su cara, que era la primera vez en dos años que me pedía algo.

Le di los tres meses por eso.

Si sale mal, salió mal por eso, y no por la aritmética, y quien un día lea el informe va a ver la aritmética y va a creer que decidí bien.


Hoja decimonovena. Mayo de 1877, después de Karzhar.

Diecinueve días.

Acabaron hoy.

El protocolo manda esperar diecinueve y yo esperé diecinueve y al vigésimo lo di por perdido, y lo hice a las nueve de la mañana, solo, sin ceremonia, porque no hay ceremonia.

Escribo aquí una cosa que nunca le diré a nadie de esta célula.

Yo conté los diecinueve días al revés.

Empecé en diecinueve y fui quitando uno, y no sé por qué, y cuando llegué a tres entendí lo que estaba haciendo y continué igualmente hasta el cero, porque parar a medias es peor.


Hoja vigésima primera. La última. Sin fecha, junio de 1877, probablemente escrita en la estepa.

No aguanto los dieciséis días.

Hice la cuenta al tercero y sé hacer cuentas.

Vahl lo tiene todo. Lo leyó conmigo semana a semana durante tres años y no falló una. Solvang tiene su cuaderno y el cuaderno es bueno.

Está hecho. No falta nada que yo tenga y ellas no tengan.

Escribo esto para que, si alguien encuentra estas hojas, sepa que yo lo supe y que seguí andando, y que seguir andando era la única cosa útil que me quedaba por hacer, y que no hice ningún gesto y no le dije nada a nadie porque un gesto habría hecho que ellas pararan.

No paren por esto.

Es la única instrucción que dejo y la voy a decir en voz alta cuando sea el momento, y ellas van a creer que fue valentía, y no lo fue: yo la escribí aquí hace dieciséis días y la ensayé.


[No hay hoja vigésima segunda.]


EPÍLOGO — EL NÚMERO SIGUIENTE

Lo Que Está en el Sótano

La Célula Once se extinguió por despacho de 19 de julio de 1877, un mes y diez días después de la última muerte, y el despacho de extinción tiene dos líneas y una de ellas es aritmética:

Se extingue la Célula Once. Se constituye la Célula Doce.

Fue todo.

No hubo mención, no hubo nota de servicio, no hubo nada. Es lo que la casa hace y es lo que aquella gente firmó.


La Célula Doce fue constituida en agosto de 1877, con seis elementos, y recibió un mandato de dos líneas que pedía levantamiento de rutas de salida de Mineral Negro por Vykhradia.

No recibió el informe de la Once.

No podía: el informe de la Once estaba depositado en el Archivo Cerrado por vía directa y no era encontrable a no ser que ya se supiera que existía, y el jefe de la Doce no lo sabía, porque un inquisidor conoce a su célula, a su superior inmediato y a nadie más.

Mapeó las rutas en dos años y lo hizo bien, y su informe fue transmitido, leído y aprovechado, y está en el origen de tres operaciones de interdicción en el Limes entre 1880 y 1884 que salieron razonablemente.

Ninguna de ellas tuvo el menor efecto sobre cosa alguna.


Los Siete

Este libro les debe a los siete la cosa que su Orden no da, que es decir lo que les pasó con nombre y por extenso, y lo hace aquí.


EMIL DORN, elemento séptimo, murió el 19 de septiembre de 1875 en Sathkar, a los veintiséis años, de hemorragia interna por aplastamiento, en un patio de portazgo, por caída de un fardo de carga.

Está enterrado fuera de Sathkar, a unos dos kilómetros al sur, en una fosa abierta por dos personas, sin marca.

No consta en cuadro público de la Inquisición Reformada porque la Célula Once no existe en cuadro público.

Su madre, en Vykhradia, recibió en marzo de 1877 una carta de un hombre al que no conocía y once ducados aurelios.

Murió en 1889 y hasta morir siguió diciéndoles a las vecinas que su hijo estaba en la guardia de camino y que no escribía porque nunca había sido de escribir.


KONRAD STELLING, médico contratado, murió el 11 de abril de 1877 en Sathkar, a los cuarenta y nueve años, de tifus.

No era de la Orden. Era el único civil de la célula y recibía salario y no congrua, y se empeñaba en recordarlo cuando estaba de mal humor.

Dejó, en Königsburg, una hermana, y la hermana recibió en 1878 el pago íntegro de su contrato hasta el término —que es lo que la Orden Clerical hace con contratados civiles y que hace correctamente y sin retraso, porque un contrato civil es un contrato y un contrato se cumple.

Ella escribió agradeciéndolo y preguntando dónde estaba enterrado su hermano.

La respuesta consta y tiene una línea:

No es posible informar.


OSVALD REINER, elemento sexto, fue detenido el 2 de mayo de 1877 en Karzhar, en una redada de casa de contrato, por falta de registro de residencia.

No se sabe qué le pasó.

Este libro dice que no se sabe y no lo va a rellenar.

Se sabe que fue llevado por una puerta interior a las once y veinte de la mañana y que Tobias Kranz lo vio desde la calle.

Se sabe que su nombre falso no consta en ninguna lista de ejecución pública de Karzhar entre 1877 y 1890, y que esas listas se fijan a la puerta y que fueron consultadas en 1889 por vía comercial y pagadas a dos ducados y medio.

Y se sabe que, en Karzhar, un extranjero sin papeles detenido en una redada administrativa paga multa y sale, y que la multa es de once céntimos.

Lo que esto permite concluir es que o pagó once céntimos y salió y desapareció, o no fue ejecutado públicamente.

Nada más.

Tenía cuarenta y siete años. Era hijo y nieto de gente que había salido de aquella ciudad a pie. Hablaba cinco lenguas y la que hablaba mejor era la que aprendió en una cocina en Aurum Roma, a los nueve años, con una mujer que había nacido en Karzhar en 1771.


TOBIAS KRANZ, elemento cuarto, murió el 4 de junio de 1877 en un descampado a diecinueve kilómetros al oeste de Sathkar, a los treinta y dos años.

Disparó tres cartuchos de Crisma Argénteo, hirió a un hombre, falló a dos, y corrió hacia el norte.

No se sabe cuánto tiempo aguantó ni cómo acabó.

Había sido Caballero del Sello, Casa del Limes, cuatro campañas, y había salido en 1871 por incompatibilidad de servicio, que quiere decir que golpeó a un superior.

La Inquisición Reformada no condecora y la Casa del Limes, que sí condecora, no lo podía condecorar porque él ya no era suyo y porque no constaba nada.

En 1878, alguien de la Casa del Limes —nunca se averiguó quién— mandó grabar el nombre de Tobias Kranz en la lista de los muertos de la campaña de verano de 1877 de aquella Casa, que está en una pared en Vallium.

Kranz no estuvo en la campaña de verano de 1877.

El nombre está allí.


JERZY HALT, elemento primero, jefe de la Célula Once, murió el 21 de junio de 1877 en el arcén de un camino de estepa a cuatro días de la frontera, a los cincuenta y cuatro años, de una cosa del corazón, andando.

Está enterrado en fosa somera con piedras encima, sin marca, en un sitio que Petra Vahl sabía localizar y que nunca indicó a nadie.

Le preguntaron, en 1886, si quería indicarlo.

Dijo que no.

No dejó familia. Dejó, en la casa de Bernkanton donde había nacido, una hermana mayor que murió en 1881 y que nunca supo lo que hacía su hermano, y que les decía a las vecinas que era perito de seguros como su padre.

Era el hombre menos creyente de la célula y el único que nunca consiguió despertar un cartucho y el único de quien nadie, en tres años, dijo una sola palabra de queja.


MIRA SOLVANG, elemento segundo, volvió a los Hospitalarios del Hashmal en octubre de 1877 y trabajó veintiún años en enfermería de desgaste en Bernkanton.

Murió el 21 de noviembre de 1890, a los cincuenta años, en la casa donde trabajaba, de una cosa de pulmón que ella misma diagnosticó en 1888 y que registró en su propio expediente de personal, con su letra, porque el Voto de Registro no distingue y porque ella era la titular y la enferma y le pareció que era más simple así.

Tuvo funeral. Los Hospitalarios hacen funeral.

Estuvieron presentes ciento cuarenta personas, lo cual es mucho para una hospitalaria de casa de provincia, y entre ellas una mujer de treinta y cinco años de la lavandería que pidió quedarse a cerrar la sala.


PETRA VAHL, elemento quinto, volvió al Archivo Cerrado de Aurum Roma en septiembre de 1877 y se quedó allí hasta 1893.

Se jubiló con cincuenta y siete años y treinta y uno de servicio, sin una sola observación en la hoja, sin condecoración porque la casa no condecora, y con la pensión de escribana de primera, que es de ciento once ducados aurelios al año.

Se fue a vivir a Bernkanton.

Nadie sabe por qué y ella no lo explicó, y la única persona que lo habría entendido había muerto tres años antes.

A partir de noviembre de 1890, con la muerte de Mira Solvang, era la única de las siete personas que atravesaron la frontera en abril de 1874 que aún estaba viva.


Lo Que la Información Hizo

Nada.

Es la respuesta y este libro la da ya, porque el lector tiene derecho a saber adónde va esto antes de que se le haga andar catorce años más.

Los ciento once folios de la Célula Once no alteraron, entre 1877 y 1890, una sola decisión de una sola persona en ningún punto del continente.

No hay batalla que se hubiera librado de otra manera. No hay tratado que se hubiera escrito distinto. No hay un hombre que haya muerto de menos o de más.


Y hay una cosa que este libro tiene que decir a continuación y que es la cosa más difícil que tiene que decir, porque deshace el consuelo que el lector está construyendo desde la página en que Nikolaus Brecht archivó el informe.

Si hubiera sido transmitido, tampoco habría hecho nada.


Hay que entender a la Orden Clerical en 1877 y no es cómodo.

Un informe de una célula extinta, de nueve elementos con siete muertos, sobre un mandato de intendencia mineral, con la información central clasificada en grados de confianza honestos —o sea, con la mitad de ella declarada como inferencia— llega a la Secretaría de Células de Aurum Roma en agosto de 1877.

Lo que le pasa a ese informe, en la Orden Clerical de aquel año, es lo siguiente y es verificable porque les pasó a otros:

Lo lee un secretario de cuarto orden que tiene, en la mesa, entre once y diecinueve informes de célula por semana.

Se resume en nueve líneas.

Las nueve líneas suben.

Lo que sube no es el Sello VII no abrió por entero y los Vigías están intentando abrir el resto y Karzhar está intentando impedírselo.

Lo que sube es: célula extinta en el este, mandato cumplido en cuanto a método y volumen, no cumplido en cuanto a capacidad externa, pérdidas siete de nueve, materia adicional sobre disputas internas del enemigo en grado de confianza bajo.

Y lo que un cardenal hace con materia adicional en grado de confianza bajo es lo que cualquier persona hace con materia adicional en grado de confianza bajo.


Nikolaus Brecht sabía esto.

Está en la nota de las cuatro razones, en la entrelínea de la cuarta, y es la razón por la que la cuarta razón es la única de la que dice no enorgullecerse y no es la razón por la que debería avergonzarse:

Un documento sin autor vivo, en esta casa, no es un documento.

Él no archivó aquello porque la verdad fuera peligrosa.

Lo archivó porque la verdad era frágil, y porque la única manera de que una cosa frágil sobreviva a aquella máquina es no entrar en ella.


Y es aquí donde este libro hace su única afirmación de juicio y la hace una vez:

Nikolaus Brecht acertó por el motivo equivocado.

Él creyó que estaba escondiendo una cosa peligrosa de gente que la usaría mal.

Lo que hizo, en realidad, fue conservar una cosa verdadera en un sitio donde no podía ser resumida en nueve líneas por un secretario de cuarto orden.

Ciento once folios enteros, autenticados folio a folio, en una caja sin cota, en el corredor cuarto del Archivo Cerrado.

Intactos.

Y fue por eso por lo que, cuando alguien finalmente fue a buscarlos —y alguien fue a buscarlos, y este libro existe—, lo que allí estaba era todo y no era el resumen de nada.


Los Que Se Quedaron Donde Estaban

NIKOLAUS BRECHT murió en Vykhrad en 1884, a los sesenta y nueve años, en la cama, en servicio, con una hoja sin observaciones.

Nunca fue interpelado sobre el depósito de 1877 porque nadie supo que hubo un depósito en 1877.

Dejó los papeles personales a la casa y en los papeles personales había una copia de la nota de acompañamiento de las cuatro razones, que no tenía derecho a guardar y que guardó, y es por causa de esa copia por lo que este libro sabe lo que escribió.

En el margen de la cuarta razón —la única de la que decía no enorgullecerse— había una línea añadida en fecha posterior, con tinta distinta, y es la última cosa que Nikolaus Brecht escribió sobre el asunto en siete años de vida:

Sigo creyendo que hice bien en las tres primeras.


LA NOVENA nunca salió.

No hay nada más que decir y este libro no va a inventar nada, porque inventarlo sería exactamente lo contrario de lo que aquella mujer hizo.

Consta en el despacho de constitución de 1873: elemento en posición desde 1868. No se comunica. No se busca. Recibe.

Consta en el despacho de extinción de 1877, en una tercera línea que no estaba en la versión que circuló y que solo aparece en el original:

El elemento noveno se mantiene. Se transfiere a la Célula Doce con la misma condición.

Y consta, una última vez, en una lista administrativa de 1889 —una hoja de cargas corrientes de la Secretaría de Células, sin importancia ninguna, del género que nadie lee:

Elemento en posición, este. Veintiún años. Sin comunicación recibida.

Veintiún años.

Ella suministró, según lo que Halt estableció en 1876 y escribió en los ciento once folios, cerca de un tercio de todo lo que la Célula Once supo — por deposiciones anónimas en tres puntos muertos de Sathkar, sin una sola palabra de identificación, durante tres años.

Los siete nunca la vieron.

Halt escribió, en una línea:

No sé quién es el noveno. Sé que está ahí y que lo que manda es correcto, y dejé de querer saber más en 1875.


Lo Que Roma Dijo que No Existía

En 1891 —catorce años después— la Congregación de la Doctrina de Aurum Roma retiró de circulación una nota doctrinal de 1856 que había sido reimpresa once veces y que se enseñaba en todos los seminarios del continente.

La nota se llamaba De la naturaleza de las ciudades del este y tenía nueve páginas, y el punto cuarto decía esto, en latín eclesial y después en vernáculo:

No hay entre los pactuados gobierno, ni consejo, ni magistratura, ni ley escrita, ni forma alguna de deliberación común.

Donde la voluntad del demonio es inmediata, no hay necesidad de consejo, y donde no hay necesidad no hay órgano.

Así se explica que aquellas ciudades, siendo populosas, no produzcan ni tratado, ni embajada, ni instrumento, y que toda negociación con ellas sea imposible por falta de parte con quien negociar.


Es falso en todos los miembros de la frase y era falso en 1856 y era verificable en 1856 por cualquier persona que fuera a Karzhar a leer una afijación a la puerta de la Casa de Contrato durante nueve días.

El Consejo de Karzhar se reúne desde 1791.

Tiene once casas, tiene actas, tiene orden del día, tiene votación nominal y fija sus actas a la puerta.


Por qué fue retirada en 1891 es materia de la que este libro no sabe nada y sobre la cual no va a especular.

Se sabe que fue retirada por despacho de circulación interna, sin anuncio, y que la edición de 1891 del manual de seminario salió sin el punto cuarto y sin nota de que el punto cuarto hubiera existido.

Se sabe que en los catorce años anteriores habían llegado a Aurum Roma, por vías diversas, al menos cuatro relatos independientes que establecían la existencia del Consejo de Karzhar, y que uno de ellos es el de la Célula Once y que ese no llegó.

Y se sabe que quien preparó la edición de 1891 fue el mismo funcionario que preparó la de 1889, y que en 1889 el punto cuarto todavía estaba allí.


Petra Vahl tenía, en ese año de 1891, cincuenta y cinco años y estaba en su último bienio en el Archivo Cerrado.

No hay nada que la ligue a la retirada de la nota doctrinal. Este libro hizo la pregunta y no encontró nada y dice que no encontró nada.

Lo que hay es una cosa mucho menor, que consta en el libro de requisiciones internas del depósito, y que se registra aquí porque es la única coincidencia de todo este asunto y porque no prueba nada:

En noviembre de 1890 —cuatro meses antes de la retirada— alguien de la Congregación de la Doctrina requirió al Archivo Cerrado todo lo que exista sobre deliberación colectiva entre pactuados.

La petición está registrada.

Y al lado, en la columna de ejecución, en la letra menuda de una funcionaria de cincuenta y cuatro años que estaba en aquel depósito desde 1865:

Suministradas once piezas.


El informe de la Célula Once no es una pieza sobre deliberación colectiva entre pactuados.

Es un informe sobre beneficio de Mineral Negro, y contiene, en el punto XV, diecinueve actas del Consejo de Karzhar memorizadas por un lingüista muerto y transcritas por una escribana, y una persona que supiera que aquello estaba ahí dentro podría haberlo clasificado como pieza sobre deliberación colectiva sin forzar nada.

Vahl suministró once piezas y las once están identificadas en el libro por posición física, que es como aquel depósito identifica las cosas.

Ninguna de las once es la caja sin cota del corredor cuarto.


El Continente, en 1890

En 1890, trece años después, el Sello VII sigue cerrado en lo que le falta cerrar.

Los Vigías siguen intentándolo, en la octava y en la novena cámara de la Forja Cuarta de Sathkar, con tres personas entrando por una puerta a la misma hora todos los días, y cuatro hombres limpios pagados a nueve por cuarentena para tocar una campanilla.

Karzhar sigue ejecutándolos en la plaza del Trono Vacío, por invocación de precedencia exterior al contrato, unas tres o cuatro veces al año, públicamente, y la Orden Clerical sigue sin asistir a ejecuciones pactuarias de principio a fin y por tanto sigue sin saber lo que dicen.

Los siete Príncipes nunca más aparecieron más de tres en el mismo campo. En Cracoviana, en 1888, fueron dos.

Y la Inquisición Reformada sigue teniendo diecinueve cajas de 1854 en grado seis, y ciento once folios de 1877 sin cota ninguna, tres estantes más allá, en el mismo corredor, en el mismo sótano.

A cuatro metros de distancia una cosa de la otra.

Nadie puso las dos cosas encima de la misma mesa.


Las Dos Cosas que Nadie Puso en la Misma Mesa

En 1890, la Orden Clerical de Aurum Roma tiene, en dos sitios distintos, las dos mitades de la respuesta a la pregunta de la que depende su supervivencia, y no sabe que las tiene.

Este libro las pone lado a lado una vez, porque es la única cosa que un libro puede hacer.


Primera mitad. Está en la casa hospitalaria de Bernkanton, en cuaderno de enfermería, y es pública dentro de la Orden de los Hospitalarios del Hashmal.

La edad media a la muerte de los purificadores licenciados bajó tres años y siete meses en diez años.

El tiempo de contacto de los clérigos iluminados bajó de cinco años y medio a tres y tres cuartos.

Las Blancas Médiums mueren a los veinticinco en vez de a los veintisiete, y hacen siete y ocho turnos donde el límite canónico era dos.

Tres curvas, diez años, sin un solo año de inversión.

La Orden Clerical se está gastando más deprisa de lo que se repone, y los Hospitalarios tienen los números en tres columnas y lo saben desde cerca de 1881.


Segunda mitad. Está en una caja sin rótulo, de cartón pardo con cinta de lino, en el corredor cuarto del Archivo Cerrado de Aurum Roma, y no es encontrable a no ser que ya se sepa que existe.

El adversario no gasta fe.

Gasta tiempo de portador, que se contrata, que se fija a la puerta, que se paga a la cuarentena, y que se aumenta empleando a más gente.

Cincuenta y tres altos hornos contra cuarenta y uno. Cincuenta y un días de trabajo de más al año. Nueve mil a once mil arrobas beneficiadas con mano de obra que se compra en un mercado.

Ellos pueden crecer contratando. Nosotros no podemos.


Las dos mitades juntas hacen una frase, y la frase es esta, y nadie en Cross la ha escrito hasta hoy:

La curva de la Orden Clerical baja porque lo que ella gasta es insustituible, y la curva de la Heptarquía Pactuaria no baja porque lo que ella gasta se compra — y las dos cosas fueron medidas, por dos mujeres, en dos cuadernos, en la misma década, y las dos mujeres se conocían.


Mira Solvang y Petra Vahl pasaron tres años juntas en Sathkar y dieciséis años separadas a cuatrocientos kilómetros una de la otra.

Una tenía la curva.

La otra tenía la razón.

Se escribieron, según lo que consta en el expediente de personal de Bernkanton, cuatro veces en dieciséis años, y las cuatro cartas eran de circunstancia y ninguna de ellas se conservó.

Y en marzo de 1890, cuando una de ellas se estaba muriendo, la otra no fue.

Este libro no sabe por qué y no va a suponer.

Sabe que Petra Vahl se fue a vivir a Bernkanton en 1893, tres años después del funeral al que no fue, y que pasó los últimos años a cuatro calles de la casa donde la otra había trabajado veintiún años, y que nunca entró allí.


Y está la última cosa, y es la cosa que le da el nombre a este libro.

La Célula Doce fue extinguida en 1881.

Siguió la Trece, que duró cuatro años, y la Catorce, y la Quince, y en 1890 la Inquisición Reformada tiene en campo treinta y una células numeradas y la más reciente es la Cuarenta y Uno.

Cuarenta y una células en sesenta y seis años.

Ninguna de ellas tiene nombre. Ninguna de ellas tiene funeral. Ninguna de ellas sabe lo que encontró la anterior, porque las células no se comunican entre sí y porque el Archivo Cerrado no tiene catálogo y porque un inquisidor conoce a su célula, a su superior inmediato y a nadie más.

Cada una empieza desde el principio.

Cada una atraviesa una frontera y al cabo de cuarenta minutos se quita el abrigo y no se da cuenta.

Y cuando muere, es sustituida por el número siguiente.


Fuente — De lo que no se encontró

La última pieza de este libro es una lista de ausencias, y es la pieza más honesta que tiene.

La Célula Once pasó tres años y dos meses en el interior de la Heptarquía Pactuaria y trajo ciento once folios. Lo que no trajo es lo siguiente, y se enumera porque un levantamiento que no declara lo que le falta no es un levantamiento, es una historia.


No se estableció qué hay en las cámaras octava y novena de la Forja Cuarta de Sathkar.

Se sabe que no producen. Se sabe que cuestan. Se sabe que tres personas entran allí todos los días y que hablan veherénico antiguo y vocabulario de contrato.

No se entró. No se vio. No se obtuvo descripción de segunda mano.

Todo lo que este libro afirma sobre lo que aquello es se asienta en inferencia y la inferencia está declarada como inferencia en todos los puntos en que aparece.


No se identificó la Casa Tercera del Consejo de Karzhar.

Votó en contra en 1873 y votó en contra en 1877 y es la única que votó en contra en seis años de actas.

Osvald Reiner tenía tres meses para averiguarlo y fue detenido al cuarto día del segundo mes.


No se averiguó qué pasó en la Forja Cuarta en 1866.

Tres versiones orales entre capataces antiguos, concordantes en dos puntos: cámara octava, catorce muertos.

Ninguna de las tres dice accidente.

El puesto de vigilancia no pactuada se creó ese año.


No se estableció la existencia o inexistencia de capacidad de beneficio fuera de Sathkar.

Es el único punto del mandato de 1873 que no se cumplió, y es el punto que la prórroga de 1876 mandó cumplir expresamente.

Tres años. No se cumplió.


No se identificó al elemento noveno.

Y se declara que no se intentó después de 1875, por decisión del elemento primero, y que la decisión fue correcta.


No se paró en las dos últimas aldeas del camino de Sathkar.

Cuatro pasadas en tres años. No se vio niño en las dos.

No se paró, no se buscó, y el elemento primero hizo constar que no buscó.

Es la ausencia de la que este libro tiene más dificultad en dar cuenta y es aquella sobre la que tiene menos que decir.


No se supo qué le pasó al hombre del velatorio de julio de 1876.

Segunda etapa, cuarenta y un años, moledor de la Forja Séptima.

Osvald Reiner rezó a su lado y el pacto se quebró y él salió sin decir nada y sin volver a mirar.

Se lo buscó tres veces en la Forja Séptima y dijeron que ya no trabajaba allí.

Una de dos: o está vivo en Vykhradia sin papeles, entre los cuatro mil al año que nadie cuenta.

O tuvo entre dos y nueve días.


[Y hay una última ausencia, que no es de hecho y que Petra Vahl añadió por iniciativa propia en 1877, en el folio ciento once, después de la firma, y que Nikolaus Brecht autenticó como todos los demás:]

No se supo por qué el elemento primero escogió salir a pie.

Él dio una razón operativa y la razón era correcta y yo la creí durante nueve años.

Dejé de creerla cuando hice la cuenta que él habría hecho y que hizo con certeza, porque las hacía todas.

Por el camino llegábamos a Vykhrad el 13 de junio con tres personas.

A pie llegamos el 4 de julio con dos.

Él sabía la diferencia y sabía cuál de las tres iba a ser él, y escogió a pie, y la razón operativa era verdadera y no era la razón.

Y está la segunda cosa, y es la que yo solo vi en el ochenta y seis, y la vi haciendo la cuenta otra vez por otro motivo.

El camino de Vykhradia sale de Sathkar hacia el noroeste.

A pie por el sur se pasa por Karzhar.

No es desvío. Es el camino. Quien sale a pie por el sur pasa por Karzhar porque no hay otro sitio donde llenar los odres en ciento diez kilómetros, y él lo sabía, porque sabía todo lo que se podía saber de aquel territorio al cabo de tres años.

Él escogió el único camino que nos ponía a la puerta de aquella ciudad dos días antes del fin de la suspensión, y nunca dijo nada, y cuando nosotras le dijimos que íbamos a ver una cosa él dijo que sí, y cuando vio a la muchacha no preguntó nada.

No escribo que lo hiciera a propósito, porque no lo sé y porque escribir lo que no se sabe es lo contrario de lo que esta casa hace.

Escribo que faltó preguntárselo, y que tuve dieciséis días de estepa para hacerlo, y que no pregunté.


Fuente — Del mapa de células de 1890

Inquisición Reformada, Secretaría de Células, Aurum Roma. Mapa de efectivos operativos, ejercicio de 1890. Documento de rutina interna, distribuido a cuatro personas. No es clasificado porque no dice nada: es una lista de números y de recuentos.


Células constituidas desde 1824: cuarenta y una.

En actividad a la fecha: treinta y una.

Extintas: diez.


De las extintas, por causa declarada:

Mandato cumplido: cuatro.

Mandato no cumplido, plazo agotado: dos.

Extinción por pérdida de elementos: cuatro.


Elementos en campo: ciento noventa y uno.

Elementos perdidos desde 1824: doscientos once.


[Y es todo. El documento tiene una hoja y no tiene nada más, y es por eso por lo que este libro lo cita: porque es el único sitio en que la Inquisición Reformada cuenta a sus muertos, y los cuenta en una línea, sin nombre, al lado del recuento de los vivos.]


Doscientos once en sesenta y seis años.

Es cerca de tres al año, lo cual en un cuerpo de tres mil operativos es una pérdida que cualquier regimiento de línea del continente consideraría excelente y que la Casa del Limes cambiaría por la suya sin vacilar un segundo.

Y hay que poner esto al lado del resto, porque es la última cosa de este libro que es verdadera e incómoda al mismo tiempo:

La Inquisición Reformada muere poco.

Muere mucho menos que los Caballeros del Sello, que pierden mil cuatrocientos en una mala campaña de verano, y muere menos que los Hospitalarios, que cogen tifus en las enfermerías de campaña en números que nadie publica.

Siete de nueve en una célula es, en sesenta y seis años de aquella Orden, el peor resultado registrado.

La Célula Once es la peor cosa que le pasó a aquella casa y le pasó en un mandato de intendencia mineral.


Y hay una última línea en el mapa de 1890, en la parte de abajo, en la rúbrica de las observaciones, que existe en todos los mapas anuales desde 1824 y que en casi todos está en blanco:

Observaciones: ninguna.


Fuente — De la hoja del último día

Archivo Cerrado de Aurum Roma. Hoja suelta, sin membrete, sin firma, encontrada en fecha que no se declara, doblada en cuatro, dentro del libro de requisiciones internas del depósito, entre la hoja del ejercicio de 1893 y la contraportada.

El libro de requisiciones internas es un libro de rutina que se consulta para verificar quién pidió qué, y que se abre quizá dos veces al año, y que nadie hojea hasta el final porque el final está en blanco.


La hoja tiene siete líneas en letra menuda y derecha de escribana de larga práctica, y no dice qué es, y no le hace falta.


Corredor cuarto, cara oeste.

Estante nueve, balda cuarta contando desde abajo.

Entre la caja de «Interdicción de rutas — Limes Orientalis — 1880-1884» y la caja de «Falsificación de reliquia — Meridia — 1871».

Caja sin rótulo, de cartón pardo, con cinta de lino.

Ciento once folios manuscritos, rubricados folio a folio.

Una nota de acompañamiento de dos hojas, firmada con nombre entero.

Depósito directo, 9 de julio de 1877.


[Y debajo, separada por un espacio, una octava línea que es la única que no es posición física:]

Eran nueve.


Petra Vahl se jubiló el 11 de diciembre de 1893, con cincuenta y siete años y treinta y uno de servicio, y en la investigación de rutina del final de la carrera le preguntaron, como se le pregunta a todo el mundo, si alguna vez había dejado de suministrar material que le hubiera sido pedido.

Respondió que no.

Era verdad. Nunca nadie lo pidió.


Este libro no afirma que la hoja sea suya.

No tiene firma, no tiene fecha, no tiene nada que la ligue a persona alguna, y la letra de una escribana de larga práctica se parece a la letra de todas las demás escribanas de larga práctica, y el Archivo Cerrado tuvo, entre 1865 y 1893, once personas con acceso de circulación.

Lo que este libro afirma es lo siguiente, y lo afirma con el grado de confianza que su casa enseñó a declarar:

Alguien que sabía exactamente dónde estaba aquello dejó, al final de una carrera, un papel diciendo dónde estaba.

No se lo enseñó a nadie. No se lo entregó a nadie. No lo puso en un sitio donde fuera encontrado deprisa.

Lo dobló en cuatro y lo metió en la parte en blanco de un libro de rutina, en un depósito sin catálogo, para que estuviera allí cuando alguien, un día, por alguna razón, llegara hasta el final de aquel libro.

Grado de confianza: segundo.

Dicho a quien escribe por quien vio la hoja.


Nota sobre las fuentes: el informe de la Célula Once —ciento once folios, autenticados folio a folio por Nikolaus Brecht— está depositado por vía directa en el Archivo Cerrado de Aurum Roma y no tiene cota. La nota de acompañamiento de las cuatro razones existe por duplicado en los papeles personales de Brecht, legados a la casa de Vykhrad en 1884. El cuaderno de enfermería de Mira Solvang está en la casa hospitalaria de Bernkanton, en el fondo de 1881, y es público. La declaración de Osvald Reiner sobre Karzhar fue entregada por él en Aurum Roma en 1876, antes del último viaje, y nunca fue publicada. Las frases de Vesna son de 1881 y de 1890 y llegaron por dos vías distintas que nunca se cruzaron.

Fin de la pieza

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